Capítulo Diez #2
—Ah. —Sus ojos brillaron—. Nunca he conocido a una puer…torri…queña —lo pronunció mal. Con toda probabilidad no tenía idea de dónde quedaba ese lugar.
Él era de Londres, estaba de vacaciones con amigos, llevaba una semana en la isla. Ella le contó una versión editada de su vida: consultora de marketing, vacaciones, necesitaba desconectar.
Anthony era agradable. Guapo, en un sentido genérico. Inofensivo.
Y no era Mateo. Ese era su mayor atractivo.
Estaban en medio de una conversación sobre los mejores restaurantes de la isla cuando Vicky sintió una presencia a su espalda.
No tuvo que girarse para saber quién era. Lo supo por la forma en que su cuerpo reaccionó. Por el calor que le subió por la columna y el cosquilleo en la nuca.
Mateo se colocó junto a ellos, tan casual como si estuviera pidiendo una cerveza. Miró a Anthony con una sonrisa amable y le extendió la mano.
—Mucho gusto. Mateo —le dijo en inglés. Le estrechó la mano con firmeza—. Esposo de Vicky
El londinense parpadeó, confundido.
—Lo… lo siento.
Pero Mateo ya no le estaba prestando atención. Se había girado hacia Vicky, le había puesto una mano en la cintura. Anthony se despidió de forma discreta y Mateo se sentó en el taburete frente a la barra al lado de ella.
—¿Qué carajo te pasa? —dijo Vicky, aunque su voz sonaba más ronca de lo que pretendía— ¿Cómo me encontraste?
—Soborné a la recepcionista del hotel y me dijo a dónde habías ido.
—Eres un cabrón inseguro.
Mateo se bebió su whisky de un solo sorbo.
—Y tú una desvergonzada que a la primera pelea se tira a la calle con ese vestidito. —Le recorrió el cuerpo con la mirada, los ojos oscureciéndose—. Que, por cierto, cuando lleguemos a la suite te lo voy a romper y te voy a empotrar contra la pared y te voy a follar hasta que me supliques que pare.
El calor que Vicky sintió entre las piernas fue instantáneo. Traidor cuerpo.
—No voy a ninguna parte contigo, Mateo. El juego se acabó.
—Sí vas. Este juego apenas empieza.
—Imbécil. Troglodita. Cavernícola.
—Vicky. —Se acercó hasta que sus labios rozaban su oído—. Puedes hacerte la dura todo lo que quieras, pero los dos sabemos cómo va a terminar esto.
—Eres un hijo de puta.
Él sonrió. Esa sonrisa que ella odiaba y amaba en partes iguales.
—Eso suena mejor en boricua. Dilo otra vez.
—Hijo de puta.
—Así me gusta. Me excita tu acento.
La tomó del brazo. Ella se resistió. Un poco. Lo justo para mantener las apariencias.
Mateo dejó tres billetes de cincuenta sobre la barra, le sonrió al bartender que los miraba con cara de “esto es mejor que la telenovela”, y se la llevó hacia la puerta.
—Te odio —dijo Vicky mientras caminaban hacia el coche.
—Pues vamos a odiarnos mucho esta noche.
Le abrió la puerta del coche.
—Sube.
Vicky subió. Porque era una idiota. Porque él tenía razón. Porque, aunque estaba furiosa, también estaba excitada y eso la enfurecía más.
Mateo rodeó el coche y se sentó al volante. Pero no arrancó hacia el hotel.
Tomó otra dirección.
—El hotel está para el otro lado —dijo Vicky.
—No vamos al hotel.
—¿A dónde vamos?
—Ya verás.
Condujo en silencio por carreteras oscuras, subiendo por la montaña, hasta llegar a un mirador solitario con vistas al mar iluminado por la luna.
Apagó el motor.
—Aquí no —dijo Vicky.
—¿Por qué no?
—Porque no. Porque estoy enojada contigo. Porque me sacaste del bar como si fuera tu propiedad. Porque leíste mi teléfono. Porque...
—¿Porque te estoy volviendo loca y no sabes cómo manejarlo?
Ella se quedó callada.
Mateo se giró en el asiento para mirarla.
—Yo tampoco sé cómo manejarlo —dijo, y su voz había perdido la arrogancia—. Lo que siento por ti... no estaba en el plan.
—No hay plan. Solo sexo. Eso fue lo que acordamos, Mateo.
—Ya no es solo sexo y lo sabes.
—Mateo...
—Pero si quieres seguir fingiendo que sí, vale. —Se encogió de hombros—. Puedo jugar a eso también.
Su mano encontró la rodilla de ella. Subió despacio por el muslo, metiéndose debajo del vestido.
—¿Qué haces? —preguntó Vicky, aunque no apartó la pierna.
—Sexo. Solo sexo. Sin preguntas. Sin compromisos. ¿No era eso lo que querías? Un polvo.
Su mano llegó más arriba. Rozó el borde de sus bragas.
—Mateo...
—Dime que pare y paro.
Silencio.
—Eso pensaba.
La besó. Hambriento. Desesperado. Como si llevara horas —días— necesitando hacerlo.
Vicky se dejó llevar. Porque estaba cansada de pelear. Porque lo necesitaba. Porque cuando él la tocaba, todo lo demás desaparecía.
Las manos de él le subieron el vestido hasta la cintura. Las de ella le desabrocharon el pantalón. El espacio era reducido, incómodo, pero ninguno de los dos parecía importarle.
—¿Alguna vez lo has hecho en un coche? —preguntó él contra su boca.
—Nunca.
—Va a ser incómodo como el carajo. —Le bajó las bragas—. Pero excitante.
La ayudó a pasarse al asiento del conductor, sobre él. Las piernas de ella a cada lado de sus caderas, el volante clavándose en su espalda, el techo demasiado bajo para moverse bien.
—Incómodo se queda corto —dijo ella, intentando encontrar una posición que funcionara.
—Shh. Deja de quejarte y bésame.
Lo besó. Y cuando él entró en ella —despacio, ajustándose al espacio reducido— dejó de importarle la incomodidad.
Se movieron como podían. Torpe al principio. Encontrando el ritmo poco a poco. Las ventanas se empañaron. El coche se mecía. Y el placer crecía a pesar de todo.
—Vicky —jadeó él, agarrándola de las caderas.
Ella abrió los ojos. Lo miró.
Y entonces él dijo algo que la atravesó entera.
—No sé quién coño sea ese tal Alejandro. Ni qué tengas con él. Ni qué pasó con ese dinero que le robaste. Debe ser un gilipollas. —Su voz era ronca, intensa—. Pero aquí, ahora, eres solo mía. Dilo.
—Mateo...
—Dilo, carajo.
—Soy tuya.
—¿Solo mía?
—Solo tuya.
Él cerró los ojos un momento, como si las palabras le hubieran quitado un peso de encima. Luego la miró de nuevo y aceleró el ritmo.
El orgasmo la golpeó con fuerza. Se aferró a sus hombros, temblando, gimiendo su nombre contra su cuello. Él la siguió segundos después, corriéndose dentro de ella con un gruñido que sonó casi doloroso.
Se acomodaron en sus asientos y se quedaron un rato así, con una mano entrelazada, mirando el mar a través de las ventanas empañadas y el motor enfriándose bajo el capó.
—Vicky.
—Mmm.
—No soy inversionista.
Ella no se movió. No abrió los ojos. Pero él sintió cómo se le tensaba la mano dentro de la suya.
—Ya lo sé —dijo al rato.
—¿Desde cuándo?
—Desde la brunoise.
Mateo soltó una risa corta, sin ganas. Se quedó mirando el techo del coche.
—Puedo contarte el resto.
Y ahí quedó. Servido. En un mirador a oscuras, con las ventanas empañadas y dos días por delante. Solo tenía que preguntar.
Vicky calculó lo que costaba esa pregunta.
Porque las preguntas se hacen de a dos. Si él le contaba lo suyo, después venía lo de ella. Y lo de ella era una caja fuerte abierta en Madrid, un pasaporte que hacía años no valía nada, y un hombre que no la estaba buscando por amor.
Y entonces él la miraría distinto. Y eso sí que no lo iba a aguantar.
—No —dijo.
—Vicky…
—Que no. —Le apretó la mano, para que no sonara a lo que era—. Quedan dos días, Mateo. Déjalo así.
Silencio.
—Vale —dijo él.
Y no insistió. Porque en el fondo —muy en el fondo, donde uno no se mira— sintió alivio.
Porque por ahora, esto era suficiente.
O tenía que serlo.