Lo que pasa en Santorini Capítulo Diez
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Capítulo Diez

A l otro día estaban en la piscina de la suite, con el sol de la tarde cayéndoles encima como una promesa de tranquilidad y dos copas de vino a medio terminar.

Vicky flotaba boca arriba, mirando el cielo azul infinito, sintiéndose más relajada de lo que se había sentido en meses. Mateo estaba sentado en el borde, con los pies en el agua, mirándola con esa expresión que ella ya conocía.

—Deja de mirarme las tetas —dijo sin abrir los ojos.

—No te estoy mirando las tetas.

—Mentiroso.

—Vale, sí te estoy mirando las tetas. Pero también te miro la cara. Y el culo cuando te das la vuelta.

—Eres un cretino.

—Soy un hombre con ojos.

Vicky se rio y nadó hacia él. Se apoyó en el borde de la piscina, entre sus piernas, y lo miró desde abajo.

—¿Sabes qué? —dijo.

—¿Qué?

—Podría acostumbrarme a esto.

Algo cruzó por los ojos de Mateo, pero desapareció antes de que ella pudiera nombrarlo.

—Yo también —dijo.

Se miraron un momento. El aire se cargó de algo que ninguno quería nombrar.

—Voy al baño —dijo Vicky, rompiendo el momento—. No te bebas mi vino.

—No prometo nada.

Salió de la piscina, agarró una toalla, y caminó hacia el interior de la suite. Dejó el teléfono en la mesita de la terraza sin pensarlo.

Mateo la miró alejarse. Ese culo. Esas piernas. Esa mujer que lo estaba volviendo loco de maneras que no quería admitir.

El teléfono de Vicky vibró.

Mateo miró hacia el baño. La puerta estaba cerrada. Miró el teléfono.

No debería . Es su privacidad. No tengo derecho.

Pero la curiosidad era más fuerte. Porque llevaba días preguntándose quién era Victoria en realidad. Qué escondía detrás de esa sonrisa. Por qué a veces se quedaba mirando el vacío como si algo la preocupara.

Estiró la mano y giró el teléfono para ver la pantalla.

Un mensaje de WhatsApp de un teléfono no registrado.

¿Dónde coño estás, Vicky? Devuélveme el dinero que me robaste. Voy a denunciarte con la policía por ladrona. Llámame. Alejandro.

Mateo leyó el mensaje dos veces.

El dinero que me robaste.

Alejandro.

¿Quién coño era Alejandro? ¿El exmarido?

La puerta del baño se abrió y Vicky salió secándose las manos. Vio a Mateo con el teléfono en la mano y se detuvo en seco.

—¿Qué haces?

Mateo levantó la vista. Su expresión era indescifrable.

—Te llegó un mensaje.

—¿Y lo leíste?

—Sí.

El silencio que siguió fue denso. Pesado.

Vicky caminó hacia él y le arrebató el teléfono de la mano con furia. El nombre en la pantalla le cerró la cara como una puerta.

—No tenías derecho —dijo.

Mateo guardó silencio.

—Es mi teléfono. Mi vida privada.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué carajo lo leíste?

Se levantó. La miró con la mandíbula tensa.

—¿Quién es Alejandro? ¿Tú ex?

—Eso no te importa.

—¿Por qué dice que le robaste su dinero?

—Eso tampoco te importa.

—Vicky...

—No. —Ella dio un paso atrás—. Cuando empezó esto, decidimos que no íbamos a hablar de nuestras vidas fuera de Santorini. Esa fue la regla. Estuviste de acuerdo.

—Las cosas han cambiado y lo sabes.

—¿Ah sí? ¿Han cambiado? —Su voz se volvió fría—. Quedan tres días, Mateo. Tres putos días. Y después cada uno vuelve a su vida. Eso fue lo que acordamos.

—Pero...

—No hay peros. —Lo interrumpió—. No me interesa llevarlo más allá. No me interesa contarte algo más de lo que te he contado sobre mi vida. No me interesa saber nada de la tuya. Lo que tenemos funciona así. Sin preguntas. Sin compromisos. Sin futuro.

Las palabras lo golpearon como puñetazos.

Mateo la miró. Esta mujer que hacía diez minutos estaba flotando en su piscina diciendo que podría acostumbrarse a esto. Esta mujer que ahora lo miraba como si fuera un extraño.

Está asustada y se está protegiendo.

Quiso decirle que él también tenía miedo, que también estaba ocultando cosas. Que lo que sentía por ella era más de lo que había sentido por nadie en años.

Pero no lo hizo porque ella no quería oírlo y él todavía no estaba listo para decirlo.

—Vale —Se encogió de hombros, aunque le costó cada gramo de autocontrol que tenía—. Tienes razón. Tres días. Sin preguntas. Sin compromisos.

Vicky lo miró como si esperara más. Una pelea. Un reclamo. Algo.

Pero Mateo solo se dio la vuelta y caminó hacia el interior de la suite.

—¿A dónde vas? —preguntó ella.

—A ducharme. El cloro me irrita la piel.

Y cerró la puerta del baño detrás de él con un portazo.

Vicky se quedó sola en la terraza, con el teléfono en la mano y un hueco en el pecho que no sabía cómo llenar.

Hiciste lo correcto. Es mejor así. No involucrarse más.

Pero si era lo correcto, ¿por qué se sentía tan mal?

Miró el mensaje de Alejandro otra vez. Ese maldito cabrón que le había destrozado la vida. Se merecía que ella hubiera tomado el dinero. Después de todo lo que le había hecho, se merecía cada centavo.

Pero explicarle eso a Mateo significaba contarle todo, la traición, la boda cancelada, el robo. Y no estaba lista. No sabía si estaría lista alguna vez.

Con un suspiro, fue a la habitación, metió la poca ropa que tenía en su bolso, y salió de la suite sin despedirse.

M ateo abrió el grifo y se metió bajo el chorro. El frío le golpeó la piel como un castigo y lo recibió con los dientes apretados. Necesitaba sentir algo que no fuera lo que estaba sintiendo.

Devuélveme el dinero que me robaste.

Las palabras le daban vueltas en la cabeza como un disco rayado. Las había leído dos veces en la pantalla de un teléfono que no era suyo y ahora no podía borrarlas.

Alejandro. ¿Quién era? ¿El exmarido?.

Voy a denunciarte con la policía por ladrona.

¿Qué dinero? ¿Cuánto? ¿De dónde?

Mateo apoyó la frente contra la pared de azulejos y dejó que el chorro le cayera en la nuca.

Pensó en ella. En las cosas que no encajaban.

Los billetes de primera clase para una mujer que supuestamente daba cursos de marketing online.

La suite nupcial de catorce noches en temporada alta.

El efectivo que siempre llevaba encima, los billetes arrugados que sacaba del bolso para comprar helados y revistas y la propina de una mesera.

¿Quién paga en efectivo cuando tiene tarjeta? Alguien que no quiere dejar rastro.

Joder, Vicky. ¿En qué coño estás metida?

Porque una cosa era mentir sobre algunas cosas. Eso lo entendía. Él mismo había mentido sobre todo: su nombre completo, su trabajo, su vida entera. Eran las reglas del juego. Mentiras de protección, de vergüenza, de no querer ser visto por quién eres en realidad.

Pero un tío amenazando con la policía por robo era otra cosa.

Y él estaba ahí, en una ducha en Santorini, sin poder hacer nada. Sin derecho a preguntar. Sin poder protegerla. Porque ella le había dejado claro que no quería su protección. Que no quería nada de él excepto tres días más y una despedida limpia.

Tres días. Sin preguntas. Sin compromisos. Sin futuro.

Le dolió más de lo que debería.

Cerró los ojos y vio la cara de Gisela. Su princesa mirándolo desde la puerta. ¿Vuelves pronto, papi? Pensó en Daniela y sus amenazas. En el programa de televisión. En las tres estrellas. En los ciento veinte empleados que dependían de él. En la mierda de vida que lo esperaba al otro lado del mar.

Y pensó en Vicky. En cómo lo miraba cuando creía que él no se daba cuenta. En cómo se le quebraba la voz cuando bajaba la guardia. En cómo se dormía contra su pecho como si fuera el único lugar seguro del mundo.

Se quedó bajo el agua hasta que se le arrugaron los dedos. Cuando cerró el grifo y el silencio llenó el baño, supo que ella ya no estaba.

Salió del baño con la toalla en la cintura. La terraza estaba vacía. La copa de ella, a medio terminar, seguía en el borde de la piscina. Al lado, la marca húmeda de sus pies descalzos ya se estaba secando bajo el sol de la tarde.

Se sirvió un whisky. Se lo bebió mirando la marca de sus pies desaparecer.

No sé quién eres, Vicky , pensó. Pero me importa una mierda lo que hayas hecho.

Lo pensó y supo que era verdad. Y supo también que eso lo convertía en un idiota porque estaba dispuesto a ponerse del lado de una mujer que le había mentido sobre todo, sin saber siquiera de cuánto dinero hablaban ni a quién se lo había robado ni por qué.

Pero así era. Así estaba. Jodido hasta las cejas por una boricua de ojos oscuros que le ponía sirope en la polla y luego le cerraba la puerta en la cara.

Se sirvió otro whisky.

Y cuando la noche empezó a caer y ella seguía sin aparecer, Mateo supo exactamente lo que iba a hacer.

Iba a buscarla.

L a recepcionista del hotel se llamaba Elena y tenía una sonrisa amable y ojos que habían visto demasiadas historias de turistas con el corazón roto.

—¿Hay algún bar cerca donde pueda ir a tomar una copa? —preguntó Vicky cuando la noche caía.

—Claro. —Elena le dio un papelito con una dirección—. Este es mi favorito. Música en vivo, buen ambiente, tragos fuertes. Perfecto para pasarla bien.

Vicky agradeció y subió a su habitación a cambiarse. Mateo no había aparecido en todo ese tiempo. Imaginó que también batallaba en su infierno personal.

Se puso un vestido negro, corto, con un escote en la espalda que sobrepasaba la cintura. El tipo de vestido que decía “estoy soltera y me importa una mierda”.

Se miró en el espejo.

Vas a salir a emborracharte sola en un bar , le dijo su reflejo. Muy maduro de tu parte.

—Cállate —le respondió en voz alta.

Necesitaba alcohol para olvidar a Alejandro, necesitaba un mar de alcohol para olvidar a Mateo.

Agarró su bolso y salió.

(Si tienes un problema, añádele otro y tendrás un problemón)

E l bar era tal y como lo que Elena había prometido: música en vivo, buen ambiente, tragos fuertes.

Vicky se sentó en la barra y pidió un cóctel. Luego otro y luego un tercero.

La música era una mezcla de rock y covers en inglés. La banda era decente. El alcohol le calentaba el cuerpo y le adormecía la mente.

Perfecto , pensó. Justo lo que necesitaba.

—¿Te molesta si me siento aquí?

Vicky giró la cabeza. Un hombre alto, rubio, con acento de inglés de Inglaterra le sonreía desde el taburete de al lado.

—Soy Anthony. —Le extendió la mano.

—Victoria —le contestó Vicky en inglés.

—¿Americana?

—Puertorriqueña.