Lo que pasa en Santorini Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

L a luz del amanecer se colaba por las ventanas de la suite cuando Vicky abrió los ojos.

Mateo seguía dormido a su lado, con el brazo sobre su cintura y la respiración lenta y profunda. Ella se quedó mirándolo un momento. El pelo revuelto, las pestañas de color castaño contra la piel. la boca entreabierta.

Este hombre me cargó al hospital. Me hizo sopa. Me puso medias.

Sintió algo expandirse en su pecho. Algo grande, que ya no podía ignorar.

Le acarició la mejilla con los dedos, suave, apenas rozándolo.

Él se movió. Abrió los ojos despacio.

—Hey —murmuró, la voz ronca de sueño.

—Hola.

—¿Cómo te sientes?

—Mejor. Mucho mejor.

Él le besó la frente.

—Gracias a ti.

—Ya te dije que no...

—Shh. —Le puso un dedo en los labios—. Déjame agradecerte.

—¿Cómo?

En lugar de responder, lo besó. Suave al principio. Un beso de gracias. Un beso de buenos días, de algo que no podía decir con palabras.

Las manos de Vicky encontraron el borde de su camiseta y se la quitó despacio. Él hizo lo mismo con la de ella. Y de pronto estaban piel contra piel, corazón contra corazón.

—Vicky... —murmuró él—. No tienes que...

—Quiero. —Lo miró a los ojos—. Quiero estar contigo. Así. Despacio. ¿Puedo?

Él la besó como respuesta. Profundo y lento.

Vicky se colocó sobre él, sintiendo su erección contra ella, pero sin dejarlo entrar todavía. Solo moviéndose, rozándose, construyendo el momento.

—Quiero sentirte —susurró ella—. De verdad. Sin nada.

—¿Estás segura?

—Nunca he estado más segura.

Se hundió sobre él despacio. Centímetro a centímetro. Sintiendo cada parte de él llenarla, completarla. La sensación era diferente sin condón. Más íntima, más real.

—Joder —gimió él—. Se siente... tan…

Empezó a moverse. Despacio. Arriba y abajo, circular, sintiendo todo. Él le acariciaba la espalda con las manos, subiendo y bajando por su columna, memorizando cada curva.

No había urgencia, ni competencia, ni guarradas.

Solo ellos dos.

—Mírame —dijo él.

Ella no apartó los ojos.

Se movieron juntos, mirándose como si pudieran verse el alma. Y en ese gesto había cosas que ninguno se atrevía a decir en voz alta.

Creo que te quiero , decían los ojos de él.

Yo también , respondían los de ella.

Pero las palabras no salieron. Solo las miradas, solo las manos que buscaron las del otro.

—Dame las manos —susurró él.

Ella ya se las dio. Entrelazaron los dedos mientras el placer crecía. Sin apartar los ojos. Sin soltarse.

—Juntos —dijo él—. Quiero que nos corramos juntos.

—Sí...

El orgasmo llegó como una ola. Lento, profundo, devastador. Vicky sintió cómo él se derramaba dentro de ella mientras su propio cuerpo temblaba. Y no dejaron de mirarse.

Había algo en ese gesto. Algo que cambiaba todo.

—Vicky —susurró él contra su pelo, abrazándola fuerte—. Me estás volviendo loco.

Ella cerró los ojos y se permitió sentir el peso de esas palabras.

Tú también a mí , pensó.

Se quedaron así un rato largo, con los cuerpos entrelazados y los corazones latiendo al mismo ritmo. Hasta que Vicky se movió.

—Voy a ducharme —dijo, dándole un beso corto.

—¿Quieres compañía?

—Si vienes conmigo, no vamos a salir de aquí en todo el día.

—¿Y cuál es el problema?

Ella se rio y se levantó de la cama.

—El problema es que prometiste llevarme a algún sitio. Un faro, dijiste.

—Puedo llevarte al faro mañana.

—Mateo.

—Vale, vale. —Levantó las manos en rendición—. Ve a ducharte. Yo preparo el desayuno.

Vicky caminó hacia el baño, sintiendo su mirada en la espalda desnuda. Se giró en la puerta.

—Oye.

—¿Qué?

—Lo de antes... —Se mordió el labio—. Fue increíble.

Él sonrió. No la sonrisa de cabrón. Otra. Más suave, más real.

—Lo sé —dijo—. Para mí también. —Entonces la sonrisa cambió. Ahí estaba el cabrón de nuevo—. Dame puntuación.

Vicky soltó una carcajada.

—¿En serio? ¿Ahora?

—Siempre. Es importante para mis estadísticas.

—Eres imposible.

—Soy competitivo. Puntuación.

Ella lo miró. Todavía acostado, con el pelo revuelto, desnudo, los ojos brillantes, esperando su veredicto como un niño esperando una estrellita.

—Un veinte.

La sonrisa de Mateo se volvió victoriosa. Se recostó en la almohada con los brazos detrás de la cabeza, satisfecho consigo mismo, sonriente.

—Un veinte —repitió—. Eso es el doble de un diez.

—Sé matemáticas.

—Solo quería asegurarme de que entendieras la magnitud de mi logro.

—Dios mío. —Pero estaba riéndose—. Voy a ducharme antes de que tu ego explote.

—Mi ego está perfectamente calibrado.

—Tu ego necesita su propia habitación.

—Mi ego te acaba de dar un orgasmo de veinte puntos. Respétalo.

Vicky entró al baño y cerró la puerta. Se miró en el espejo y apenas reconoció a la mujer que le devolvía la mirada.

Tenía los ojos brillantes. Las mejillas sonrosadas. Y una sonrisa que no podía controlar.

Abrió la ducha y dejó que el agua caliente le cayera encima mientras pensaba en él. En sus manos, en su mirada. En las palabras que no habían dicho pero que habían estado ahí, flotando entre ellos.

Creo que te quiero.

No lo había dicho. Él tampoco. Pero lo habían sentido. Los dos.

E l faro de Akrotiri estaba en el extremo sur de la isla, en un promontorio que se asomaba al mar Egeo como un vigía solitario.

Mateo condujo por carreteras serpenteantes bordeadas de viñedos y casas blancas.

Vicky iba en el asiento del copiloto, con los pies en el salpicadero y las gafas de sol puestas, sintiéndose como protagonista de una película que no quería que terminara.

—¿Puedo poner música? —preguntó.

—Pon lo que quieras.

Conectó su teléfono y buscó una playlist. Algo de rock, de ese que ponía en el apartamento de Alejandro en Madrid cuando quería sentirse viva.

—¿Vetusta Morla? —preguntó Mateo, arqueando una ceja.

—¿Te gusta?

—No sabía que eras fan. Me gusta. —Subió el volumen.

—Me gusta el vocalista.

—Tienes una fijación con los machitos españoles —sonrió él.

—Su voz. Me gusta la voz, Mateo.

Él soltó una carcajada.

Los dos canturreaban Maldita Dulzura y se miraban entre sí y sonreían. La letra le quedaba a la medida, pero ninguno se atrevió a admitirlo.

Llegaron al faro a media tarde. El sol todavía estaba alto, pero ya empezaba a inclinarse hacia el oeste, tiñendo el cielo de tonos dorados.

El lugar era más salvaje de lo que Vicky esperaba. No había las típicas tiendas de souvenirs ni restaurantes con vistas. Solo un puesto de bebidas y el faro —blanco, sencillo, con una luz que ya no funcionaba— junto a los acantilados cayendo hacia el mar azul infinito.

—Esto es hermoso —dijo Vicky, bajando del coche.

—¿Verdad? —Mateo se puso el gorro para cubrirse del sol—. Casi nadie viene aquí. Todos van a Oia para el atardecer.

Le tomó la mano. Natural, sin pensarlo.

Vicky miró sus manos entrelazadas y sintió algo expandirse en su pecho.

Caminaron hacia el faro, siguiendo un sendero de tierra entre arbustos bajos y flores silvestres. El viento soplaba fuerte desde el mar, trayendo olor a sal y a verano.

—¿Sabes? —dijo él mientras caminaban—. Esto me recuerda a un lugar en España.

—¿Dónde?

—Finisterre. El fin del mundo. —Le apretó la mano—. Hay un faro parecido, en un acantilado sobre el Atlántico. Fui una vez con... —Se detuvo.

—¿Con quién?

—Con mi familia. Hace años.

Vicky notó la pausa. La forma en que había cambiado la frase a medio camino. Pero no presionó.

—¿Te gustó?

—Me encantó. Había algo en estar al borde del mundo, mirando el mar infinito... —Se encogió de hombros—. Me hacía sentir pequeño. Pero en el buen sentido. Como si mis problemas no fueran tan grandes comparados con todo eso.

—Entiendo lo que dices. —Vicky miró el mar que se extendía ante ellos—. Yo sentía algo parecido en Puerto Rico. Cuando iba a la playa sola, temprano en la mañana, antes de que llegara la gente. Era como si el mundo fuera solo mío.

—¿Ibas mucho a la playa?

—Siempre que podía. —Sonrió—. Mi abuela decía que el mar me había robado el corazón.

Siguieron caminando, parándose de vez en cuando para mirar el paisaje, para sacarle fotos al paisaje. Él insistió en que se tomaran una foto juntos. Ella se negó. Eso haría más difícil la separación.

—Las reglas… —se quejó él.

Se sentaron en las rocas mirando el atardecer como dos personas que tienen todo el tiempo del mundo. El sol se hundía despacio en el horizonte, tiñendo el agua de colores imposibles. Naranja, rosa, púrpura, oro. Como si alguien hubiera derramado pintura sobre el mar.

—¿Sabes qué estoy pensando? —dijo él.

—¿Qué?

—Que en toda mi vida, he visto muchos atardeceres, pero ninguno como este.

—Es porque estamos en Santorini. Los atardeceres aquí son famosos.

—No es por Santorini.

Ella giró la cabeza para mirarlo.

—¿Entonces por qué?

—Por ti. —Le besó la sien—. Porque lo estoy viendo contigo.

—Mateo...

—Es verdad. Podría estar en el lugar más feo del mundo, y si estuviera contigo, sería perfecto.

—Dios mío. —Se rio, pero tenía los ojos húmedos—. ¿De dónde sacas estas cosas tan bonitas?

—De aquí. —Se tocó el pecho—. Salen solas cuando estoy contigo.

Ella le tapó la boca con el dedo.

—Sin promesas —dijo ella—. Esto es lo que es. Tú tienes tus rollos y yo los míos. Los dos sabemos que esto es un paréntesis, no es real.

—Vicky…

Ella se quedó muy quieta.

¿Qué? Esperó el remate. La guarrada. El chiste que rompiera la tensión. Pero no llegó.

Se giró para mirarlo, esperando ver la sonrisa de cabrón que significaba que estaba vacilando.

Pero no estaba sonriendo. La miraba serio. Con algo en su mirada que ella no había visto antes.

—¿Y si mandamos a todo el mundo a que les den y nos quedamos aquí?

Ella no supo cómo responder a aquella proposición, pero sabía que era una locura, imposible.

—Compramos un chiringuito y vendemos pescado fritos —sugirió él.

—Y piña colada. Es deliciosa.

—¿Nos quedamos?

—Mateo, tengo una madre que removería los cuatro pilares de la tierra para encontrarme y se aseguraría de que te ahogaran en el fondo del Mar Egeo y un gato naranja que no puedo abandonar.

Él se rio y la abrazó más fuerte.

Se quedaron así un rato largo, viendo cómo el sol se hundía en el mar. Sin hablar. Sin necesidad de hacerlo. Solo existiendo juntos en ese momento perfecto.

Cuando el sol ya era solo un destello en el horizonte, Mateo rompió el silencio.

—Lo que dije fue en serio.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos. Pesadas. Reales.

Vicky tragó hondo. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía sentirlo.

—¿Lo de comprar el chiringuito?

—Lo de quedarnos juntos aquí para siempre.

—Mateo...

—Señores, disculpen —interrumpió una voz detrás de ellos.

Se giraron. Era el guía de un grupo de turistas que acababa de llegar, un hombre bajo con una gorra de la empresa de tours y una sonrisa profesional.

—El autobús sale en quince minutos. Si quieren ver el atardecer completo desde el mirador principal, tienen que ir ahora.

—No somos del tour —dijo Mateo, y había algo en su voz. Frustración. O quizás alivio. Vicky no supo cuál.

—Ah, perdón, perdón. —El guía se alejó hacia su grupo—. ¡Quince minutos, señores! ¡Vamos al mirador!

El grupo de turistas invadió el espacio, sacando teléfonos y haciendo fotos, hablando en alemán y en inglés y en idiomas que Vicky no reconoció.

El momento se había roto.

—Deberíamos irnos —dijo Mateo, poniéndose de pie y tendiéndole la mano—. Esto se va a llenar de gente.

—Sí. —Vicky aceptó su mano y se levantó—. Vámonos.

Caminaron de vuelta al coche en silencio. Pero no era un silencio cómodo como antes. Era un silencio cargado de palabras que no se habían dicho.

Lo digo en serio.

¿Lo decía? ¿De verdad?

Vicky quería creerle. Con todo su ser, quería creerle. Pero había pasado demasiados años escuchando promesas vacías. Demasiados hombres que decían cosas bonitas y luego desaparecían.

¿Cómo podía ser real algo construido sobre mentiras?

—Hey.

La voz de Mateo la sacó de sus pensamientos. Estaban junto al coche, y él la miraba con una expresión que ella no supo interpretar.

—Vamos —dijo, abriéndole la puerta del coche.

Vicky subió al coche y miró por la ventana mientras él rodeaba el vehículo para sentarse al volante.

El sol se estaba poniendo sobre el mar, tiñendo el mundo de oro y rosa. Era el atardecer más bonito que había visto en su vida.

Pero lo único que podía ver eran los ojos de Mateo cuando dijo lo digo en serio .

Y el miedo que sentía de creerle.