Capítulo Ocho #2
Ella quiso preguntar. Quiso saber quién llamaba, qué había pasado, por qué parecía que le habían dado una noticia terrible. Pero algo en su expresión le dijo que no era el momento.
—Ok —dijo suavemente.
Él la miró. Por un segundo, solo un segundo, pareció que iba a decir algo. Algo importante. Algo real.
Pero el momento pasó.
—Gracias —dijo y le tomó la mano otra vez.
Se quedaron así, en silencio, mientras el suero goteaba en la vía de Vicky y el sol subía más alto en el cielo.
L os dieron de alta a las tres de la tarde.
Vicky se sentía mejor —débil todavía, pero sin náuseas— y el médico le dio medicamentos junto a la recomendación de llevar una dieta blanda para los próximos días.
—Arroz, pollo hervido, plátano —leyó Mateo mientras caminaban hacia el coche—. Nada de lácteos, nada de grasa.
—Qué divertido.
—Podría ser peor.
—¿Cómo?
—Podrías estar muerta.
—Ay, Mateo. ¡Qué dramático!
—¿Qué? Es verdad. Estabas muy deshidratada —Le abrió la puerta del coche—. Sube.
En el coche, Vicky lo miró de reojo. Él tenía la vista fija en la carretera, pero la tensión en sus hombros no había desaparecido. Fuera lo que fuera esa llamada, todavía lo estaba carcomiendo por dentro.
—Oye —dijo ella—. Siento haberte arruinado el día.
—No me arruinaste nada.
—Estás de vacaciones. En vez de estar en la playa o haciendo algo divertido, has pasado ocho horas en un hospital.
Él la miró un momento antes de volver la vista a la carretera.
—Vicky.
—¿Qué?
—¿Tú crees que me importa perderme un día de playa?
—Bueno...
—Me importas tú. No la playa. —Su mano encontró la de ella sobre el asiento—. Además, ha sido sexy ser tu enfermero.
Vicky soltó una risa incrédula.
—¿Sexy? Estuve vomitando.
—Sí, pero entre vómito y vómito me dejaste verte las bragas.
—Mateo...
—Y ahora que lo pienso... —Le dedicó esa sonrisa de cabrón que ella comenzaba a amar—. Cuando gustes te meto esta inyección de carne —se agarró la polla con una sonrisa plena de hijo de puta— en la boca para que mejore tu vitamina B12. Suelta una medicina líquida que te mejoras en un santiamén.
—¡Eres un animal! —Pero se estaba riendo. No podía evitarlo—. Acabo de salir del hospital.
—Por eso. Necesitas proteínas.
—Eres imposible.
—Soy medicinal.
Vicky negó con la cabeza, pero seguía riéndose. Ese era su superpoder. Hacerla reír incluso cuando se sentía como la mierda. Incluso cuando él claramente también se sentía como la mierda por lo que fuera que había pasado en esa llamada.
—¿Sabes qué? —dijo ella—. Creo que tu vitamina B12 va a tener que esperar.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que no sienta que me voy a morir si me muevo demasiado rápido.
—Puedo moverme lento.
—Mateo.
—¿Qué? Solo digo que tengo versatilidad.
—Dios mío.
Llegaron al hotel y él volvió a cargarla en la puerta de la suite, esta vez en brazos porque “es más romántico”, según él.
—Pareces un novio cruzando el umbral —dijo Vicky mientras entraban.
—Si fueras mi novia, te cargaría así todos los días.
—Mentira. Te cansarías al tercer día.
—Jamás. Tengo mucha resistencia. —Le guiñó un ojo—. Ya lo sabes.
La dejó en la cama con cuidado y la miró de arriba abajo.
—Vale —dijo—. Plan de acción. Primero, ducha. Llevas oliendo a hospital desde hace horas.
—Qué romántico... Eso por no decir que huelo a vómito.
—Soy un hombre práctico. ¿Puedes ducharte sola o necesitas ayuda?
Vicky lo pensó. Se sentía débil, pero no tanto como esa mañana.
—Creo que puedo.
—Pues yo creo que no. —La levantó otra vez—. Vamos.
—Mateo, de verdad que puedo...
—Déjate cuidar, joder. —Pero lo dijo con cariño—. ¿Por qué te cuesta tanto?
Porque ningún hombre me ha cuidado nunca , pensó. Pero no lo dijo.
La llevó al baño y abrió la ducha, dejando que el agua se calentara. Luego, con una delicadeza que contrastaba con todas sus guarradas, empezó a desvestirla.
—Arriba los brazos —dijo, quitándole el pijama.
—Estoy enferma, pálida y probablemente huelo a vómito.
—Y sigues siendo la mujer más guapa que he visto en mi vida. —Le quitó las bragas—. Ahora calla y métete en la ducha.
El agua caliente se sentía como el cielo. Vicky cerró los ojos y dejó que le cayera encima, lavándose el olor a hospital, el sudor frío, el malestar.
—¿Estás bien ahí? —preguntó Mateo desde fuera de la ducha.
—Sí.
—¿Necesitas que te frote la espalda?
—¿Con las manos o con otra cosa?
—Mira quién está diciendo guarradas ahora. —Él soltó una risa.
—Aprendí del mejor.
Lo oyó reírse y eso la hizo sonreír.
Cuando salió de la ducha, él estaba esperándola con una toalla grande y suave.
—Ven aquí —dijo.
La envolvió en la toalla y empezó a secarla. Con cuidado. Sin prisa. Pasándole la tela por los brazos, la espalda, las piernas, el pelo. Como si fuera algo precioso que había que manejar con cuidado.
—¿Sabes qué? —dijo mientras la secaba—. Tienes un lunar aquí que no había visto.
—¿Dónde?
—Aquí. —Le tocó un punto en la parte baja de la espalda—. Es muy pequeño. Parece una estrella.
—Es la mancha de plátano. Todo puertorriqueño que se respete tiene una.
—¿En serio? Qué interesante. —Le acarició la marca—. Me gusta.
Vicky sintió algo apretarse en su garganta.
No llores , se dijo. No llores por un lunar.
Pero no era el lunar. Era él. Era cómo la estaba tratando. Era la ternura debajo del descaro. Era todo.
—Vamos —dijo él, llevándola de vuelta a la habitación—. Hay que vestirte.
Sacó una de sus camisetas del cajón y se la puso por la cabeza. Luego buscó en el armario hasta encontrar unos calcetines gruesos.
—¿Para qué son esos? —preguntó Vicky.
—Para tus pies. —Se arrodilló frente a ella y empezó a ponérselos—. No quiero que te dé frío.
—Estamos en Grecia. En verano.
—Y tú estás débil. Y los pies fríos empeoran todo.
—¿Eso es ciencia?
—Es sabiduría de madre. —Terminó de ponerle los calcetines y le dio un beso en la rodilla—. Mi madre siempre dice que los pies calientes curan todo.
Vicky lo miró. Arrodillado frente a ella, poniéndole calcetines como si fuera lo más natural del mundo. Como si cuidarla fuera algo que hacía todos los días.
Ningún hombre me ha cuidado así , pensó. Nunca.
Alejandro nunca. Ni siquiera cuando tuvo gripe y pasó tres días en cama. Él se había ido a dormir al sofá “para no contagiarse” y le había dejado un vaso de agua en la mesita de noche como si eso contara como cuidar.
Pero Mateo... Mateo la había cargado al coche a las cuatro de la mañana. Había pagado el hospital sin pestañear. Había sostenido su mano durante horas. La había duchado, secado, vestido, puesto calcetines.
El nudo en la garganta creció hasta que Vicky tuvo que tragar para no llorar.
—Ahora —dijo él, levantándose—, te meto en la cama y te hago algo de comer.
—No tienes que…
—Descansa. —Le guiñó un ojo.
La arropó como si fuera una niña. Le colocó las almohadas. Le puso el pelo detrás de la oreja.
—No te muevas —ordenó—. Vuelvo en veinte minutos.
—Mateo.
—¿Qué?
—Gracias.
—No me las des todavía. Espera a probar lo que te voy a cocinar.
Desapareció y Vicky se quedó mirando el techo, con los ojos ardiendo por las lágrimas que se negaba a soltar.
Esto es lo que se siente , pensó. Que te cuiden de verdad. Esto es lo que me he perdido toda la vida.
Y de pronto sintió una rabia feroz hacia Alejandro, hacia todos los hombres que la habían hecho sentir que no merecía esto. Que pedir ayuda era debilidad. Que tenía que hacerlo todo sola porque nadie iba a estar ahí para ella.
Pero Mateo estaba ahí, con sus guarradas, su descaro y su corazón escondido debajo de todo eso.
Veinte minutos después, él volvió con una bandeja. Una taza de sopa humeante, unas tostadas, un vaso de agua, y una flor —¿de dónde había sacado una flor?— en un vaso pequeño.
—Servicio de habitación —dijo, dejando la bandeja en su regazo—. Sopa de pollo con arroz. Receta de mi madre.
Vicky miró la sopa. Olía increíble, a hogar, a cuidado, a alguien que se había tomado el tiempo de hacerla bien.
—Eres increíble.
—Lo sé. —Pero lo dijo sin arrogancia. Lo dijo mirándola con algo en los ojos que Vicky no supo nombrar—. Ahora come.
La sopa estaba deliciosa. Perfecta. El tipo de sopa que te hace sentir mejor solo de olerla. Vicky comió despacio, saboreando cada cucharada, mientras él la miraba con esa expresión de satisfacción que tenía cuando ella disfrutaba algo que él había hecho.
—¿Buena? —preguntó.
—Deliciosa.
—Lo sé.
—Presumido.
—Realista.
Cuando terminó, él le quitó la bandeja y la dejó en la mesita de noche. Luego se quitó los zapatos y se acostó a su lado.
—Ven aquí —dijo, señalando su pecho.
Vicky se acurrucó contra él, apoyando la cabeza en su hombro. Él la rodeó con el brazo, atrayéndola más cerca.
—Duerme —murmuró contra su pelo—. Yo te cuido.
El nudo en la garganta volvió. Más fuerte esta vez. Las lágrimas le quemaban los ojos.
No llores , se dijo. No llores. No lloró. Pero enterró la cara en su pecho y respiró hondo, como quien traga algo que no puede nombrar. Él la sintió temblar y le apretó más fuerte, besándole la frente sin decir nada.
—Estoy aquí —dijo—. No me voy a ninguna parte.
Vicky cerró los ojos y dejó que el sonido de su corazón la arrullara hasta dormirse.
Y por primera vez en su vida, se sintió cuidada.