Capítulo Ocho
V icky se despertó a las cuatro de la mañana con el estómago revuelto.
Al principio pensó que era el vino del día anterior. O el queso. O la mezcla de ambos con el sol y el mar y demasiadas emociones. Pero cuando la náusea le subió por la garganta como una ola imparable, supo que era algo más.
Apartó el brazo de Mateo que la rodeaba, se levantó de un salto y corrió al baño.
Llegó justo a tiempo.
El sonido de sus arcadas debió despertarlo, porque un momento después él estaba en la puerta del baño con los ojos todavía medio cerrados.
—¿Vicky? ¿Qué pasa?
Ella no pudo responder.
—Hostia —murmuró él, arrodillándose a su lado.
Le recogió el pelo, apartándolo de su cara, y le puso una mano en la espalda mientras ella seguía vaciando el estómago en el inodoro.
—Ya está —dijo con voz suave—. Ya está, tranquila.
Pero no estaba. Otra oleada de náuseas la golpeó y Vicky sintió que iba a morirse ahí mismo, en el baño de un hotel de Santorini, con un hombre al que conocía hacía una semana sosteniéndole el pelo.
Qué glamuroso , pensó entre arcada y arcada. Así es como quería que me viera.
Cuando paró, se dejó caer contra la pared del baño, temblando. Estaba empapada en sudor frío y sentía el cuerpo como si le hubiera pasado un camión por encima.
—¿Mejor? —preguntó Mateo.
—No.
—¿Qué te duele?
—Todo. —Se llevó una mano al estómago—. Creo que fue algo que comí.
—El queso. —Él frunció el ceño—. Joder, el queso llevaba horas al sol. Debí tirarlo.
—No es tu culpa.
—Claro que es mi culpa. Yo lo compré.
—Mateo...
Otra oleada de náuseas. Vicky se inclinó sobre el inodoro otra vez, pero ya no quedaba nada que vomitar. Solo bilis y dolor.
Cuando levantó la cabeza, él tenía el teléfono en la mano.
—¿Qué haces? —preguntó ella.
—Buscando el hospital más cercano.
—No necesito un hospital.
—Estás vomitando bilis y temblando. Necesitas un hospital.
—Mateo, estoy bien...
—No estás bien. —Su voz era firme pero suave—. Y no voy a quedarme aquí viendo cómo te pones peor. Vamos.
—No puedo moverme.
—Entonces te cargo.
Y lo hizo. La levantó del suelo del baño como si no pesara nada, la llevó a la habitación, y la sentó en la cama mientras buscaba las chanclas.
Le quitó la parte de arriba del pijama y lo sustituyó por unas de sus camisetas con una delicadeza que no encajaba con el hombre que hacía chistes sobre pollas y tetas.
—¿Puedes ponerte de pie?
—Creo que sí.
Se puso de pie. El mundo giró. Volvió a sentarse.
—Vale, eso es un no. —Mateo se agachó frente a ella—. Te cargo.
—¿Qué?
—Que te llevo al coche cargada.
—Mateo, peso mucho...
—Me importa una mierda lo que peses.
Lo dijo con tanta autoridad que Vicky obedeció sin pensar. La cargó con ligereza.
—Si vomito en tu pecho... —murmuró ella mientras le pasaba los brazos por el cuello para sostenerse.
—Me ducho después. No te preocupes por eso.
—Esto es humillante.
—Esto es cuidarte para que estés bien.
E l hospital más cercano estaba en Fira, a veinte minutos en coche. Veinte minutos que a Vicky le parecieron una eternidad, con el estómago retorciéndose y la cabeza dándole vueltas.
Mateo conducía con una mano en el volante y otra en su rodilla, apretándola de vez en cuando como para recordarle que estaba ahí.
—Aguanta —decía—. Ya casi llegamos.
El hospital era pequeño, más una clínica que un hospital de verdad, pero tenía urgencias y eso era lo único que importaba.
El problema empezó en la recepción.
— Kaliméra —dijo Mateo a la enfermera de turno—. Mi... ella está enferma. Vomitando. Toda la noche.
La enfermera lo miró sin comprender. Dijo algo en griego que ninguno de los dos entendió.
—English? —intentó Mateo—. Do you speak English?
—Little —dijo la enfermera, haciendo un gesto con los dedos—. Little English.
—She's sick. Vomiting. Stomach.
—Oh. —La enfermera asintió y sacó un formulario—. Insurance?
Mierda. El seguro. Vicky se tensó. No tenía seguro de salud y no se le ocurrió que sería necesario para su viaje.
—No tengo —dijo, mirando a la enfermera.
—Problem —dijo la mujer frunció el ceño, negó con la cabeza y señaló un rótulo con los logos de varias tarjetas de crédito y la palabra CASH.
Vicky sintió que iba a vomitar otra vez, pero se contuvo.
—¿Qué problema? —preguntó Mateo, tensándose.
—We… no provide —la mujer trataba de hablar en inglés—, no services without insurance. Payment with credit card or cash.
—How much is it?
La enfermera dijo una cifra en euros que hizo que Vicky se mareara aún más.
—Yo pago —dijo Mateo antes de que ella pudiera abrir la boca y sacó la cartera sin rechistar—. No te preocupes.
—Mateo, no puedo dejar que...
—Vicky. —La miró a los ojos—. Estás enferma. Yo tengo dinero. Déjame hacer esto.
No era una petición. Era una declaración.
Vicky asintió, demasiado débil para discutir.
Mateo sacó una tarjeta y pagó sin pestañear.
Tras procesar la tarjeta, Vicky llenó un formulario con sus datos personales todos falsos. Su estatus de inmigrante sin papeles en España le había enseñado a ocultarse. Y la suma de dinero que Mateo pagó ayudó a que no hubiera mayores indagaciones.
La enfermera les indicó que pasaran a una sala de espera, y diez minutos después un médico con cara de no haber dormido en días los llamó.
El médico la examinó, le hizo preguntas sobre lo que había comido, cuándo habían empezado los síntomas. Y entonces llegó la pregunta que Vicky no esperaba.
—¿Posibilidad de embarazo? —preguntó el médico, mirándola por encima de sus gafas.
Vicky vio cómo Mateo se ponía blanco. Literalmente blanco. Como si le hubieran sacado toda la sangre del cuerpo de golpe.
Usamos condón , lo vio pensar. Usamos condón siempre, ¿verdad? Maldita sea, ¿USAMOS CONDÓN?
—La posibilidad es muy remota —dijo Vicky, conteniendo la risa a pesar de lo mal que se sentía—. Tengo un implante anticonceptivo.
—Ah, bien. —El médico asintió—. Pero haremos la prueba de todas formas. Protocolo.
Cuando el médico salió a buscar el kit de prueba, Vicky miró a Mateo. Seguía pálido.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
—Sí. Sí, claro. —Pero su voz sonaba una octava más alta de lo normal—. Es solo que... o sea, usamos protección, pero...
—Mateo. Tengo un implante. Llevo tres años con él.
—Ya, ya lo sé. Es solo que... joder. —Se pasó la mano por el pelo—. Por un momento pensé...
—¿Pensaste qué? ¿Que ibas a ser papá de un boricua-español?
—No es gracioso.
—Es un poco gracioso.
—No lo es.
—Tu cara dice que sí lo es.
Él la miró con una mezcla de alivio y exasperación.
—Hija de puta.
—Y tú casi te desmayas por una pregunta de rutina.
—No.
—Mateo, te pusiste más blanco que las sábanas del hospital.
—Estaba... preocupado. Por ti. Por tu salud.
—Claro. Por mi salud. —Le guiñó un ojo—. No por la idea de un bebé con tu nariz y mi mal genio.
—Hostia, Vicky. —Pero ahora se estaba riendo—. No me hagas esto.
El médico volvió con la prueba. Diez minutos después, el resultado confirmó lo que Vicky ya sabía: negativo.
—No embarazo —dijo el médico.
Solo intoxicación alimentaria. Con toda probabilidad el queso, como Mateo había sospechado. Le pusieron una vía intravenosa para hidratarla, le dieron medicación para las náuseas, y le dijeron que tendría que quedarse unas horas en observación.
—¿Unas horas? —preguntó Vicky, mirando la habitación diminuta con su cama estrecha y sus paredes blancas—. ¿Cuántas horas?
—Cuatro, cinco —dijo el médico en un inglés con fuerte acento—. Depende de cómo responda al tratamiento.
Cuando el médico se fue, Mateo soltó un suspiro largo.
—¿Todavía pensando en el bebé imaginario? —preguntó Vicky.
—Cállate.
—Podríamos haberle puesto Mateíto. O Vickencio.
—Te odio.
—No es verdad.
—No, no lo es. —Le tomó la mano y se la besó—. Pero casi.
Mateo se sentó en la única silla de la habitación, junto a su cama, y no le soltó la mano.
—Puedo quedarme sola.
—No me voy a ninguna parte —dijo.
—No tienes que quedarte. En serio.
—Lo sé. Pero quiero. No voy a dejarte.
Vicky sintió algo apretarse en su pecho. Algo que no tenía nada que ver con la intoxicación.
—Gracias —susurró.
—No me las des. —Le besó los nudillos—. Ahora descansa. Luego te facturo.
—Mateo.
—En carne —le dijo cerca del oído con esa voz rasposa que la provocaba.
—Imbécil.
D ebió quedarse dormida, porque cuando abrió los ojos el sol entraba por la ventana, indicando que era media mañana.
Mateo seguía en la silla, pero estaba mirando su teléfono con el ceño fruncido. Cuando el teléfono empezó a sonar, vio cómo su expresión cambiaba.
Se tensó por completo. Como si alguien le hubiera metido una barra de hierro por la espalda.
Miró la pantalla y su mandíbula se apretó.
—Tengo que... —Se levantó, evitando los ojos de Vicky—. Tengo que contestar esto. Vuelvo enseguida.
—¿Todo bien?
—Sí. Sí, es solo... trabajo.
Mentira. Vicky lo supo al instante. Pero no tuvo tiempo de decir nada porque él ya estaba saliendo de la habitación con el teléfono pegado a la oreja.
—¿Qué quieres? —lo oyó decir antes de que la puerta se cerrara.
Su voz era fría. Dura. Nada que ver con el hombre que le había sostenido el pelo mientras vomitaba.
Vicky se quedó mirando la puerta cerrada, sintiendo algo frío instalarse en su estómago que no tenía nada que ver con la intoxicación.
¿Quién era?
Los minutos pasaron. Cinco. Diez. Quince.
Mateo no volvía.
Vicky podía ver su silueta a través del cristal de la puerta, caminando de un lado a otro por el pasillo. Hablando en voz baja. Gesticulando. En un momento le pareció que se pasaba la mano por el pelo con frustración.
Veinte minutos.
Al final, la puerta se abrió y él entró.
Pero no era el mismo hombre que había salido.
Su rostro estaba desencajado. Pálido. Había algo en sus ojos —rabia, dolor, miedo, todo mezclado— que Vicky no había visto antes.
—¿Mateo? —preguntó, incorporándose en la cama—. ¿Qué pasó?
—Nada. —Pero su voz sonaba hueca—. Nada, cosas del trabajo.
—No parece nada.
—Vicky, por favor. —Se dejó caer en la silla, frotándose la cara con las manos—. No ahora. ¿Vale? No ahora.