Capítulo Siete #3
Vicky se quedó ahí, con la espalda contra la puerta y una sonrisa que no podía controlar.
Mañana , pensó. Tal vez mañana lo perdono.
O quizás no. Depende de lo bien que se porte.
M ateo se sirvió una copa de vino y salió a la terraza.
La piscina brillaba en azul turquesa, el mar susurraba a lo lejos, y él se sentía como la mierda más grande del Mediterráneo.
Se sentó en el borde, metiendo los pies en el agua tibia, y le dio un trago largo al vino.
¿Qué coño estás haciendo? , se preguntó.
Había visto a esas mujeres en la playa y había pensado... ¿qué había pensado? Que podía demostrar algo. Que Vicky era solo otra mujer. Que esto no significaba nada.
Pero la cara de ella cuando volvió. Esa frialdad que escondía algo más. Algo que él había puesto ahí.
La heriste porque tenías miedo de admitir lo que sientes.
¿Y qué sentía? Demasiado. Sentía demasiado. Y eso lo aterrorizaba.
Porque la última vez que sintió algo así, terminó con el corazón destrozado, los cuernos puestos, y una vida entera construida sobre mierda y muchas mentiras.
Ella también te está mintiendo , susurró una voz en su cabeza. No sabes quién es realmente.
Era cierto. No sabía nada de ella. No sabía su apellido, ni dónde vivía exactamente, ni si lo del divorcio era verdad.
Pero sabía cómo sonaba su risa, cómo brillaban sus ojos cuando le tomaba el pelo, cómo se sentía tenerla entre sus brazos a las tres de la mañana, cuando el mundo estaba en silencio y solo existían ellos dos.
Sabía que no quería perderla. Y eso era lo más aterrador de todo.
Se terminó el vino y se sirvió otra copa.
V icky estaba sentada en el piso del baño, con la espalda contra la bañera y las rodillas pegadas al pecho.
No estaba llorando. Las lágrimas le quemaban los ojos, pero se negaba a dejarlas caer.
No vas a llorar por un hombre , se dijo. No otra vez.
Pero es que no era solo un hombre. Era Mateo. Era sus manos y su boca y su risa y la forma en que la miraba como si fuera lo más importante del mundo.
Hasta que dejó de mirarla así para mirar a otras.
Es lo que hacen , pensó con amargura. Es lo que siempre hacen. Te hacen sentir especial y luego te recuerdan que no lo eres.
Alejandro lo había hecho. La había enamorado con detalles que taparon todos sus defectos.
La promesa de cuidarla y ella se había rendido sin pensarlo bien.
Se había creído todo aquello. Él le había jurado que la amaba, que quería casarse con ella, que era la mujer de su vida y se había follado a otra en su apartamento.
¿Por qué Mateo sería diferente?
No lo es , se dijo. Ninguno lo es.
Pero entonces, ¿por qué le dolía tanto? ¿Por qué sentía este hueco en el pecho, esta necesidad absurda de estar con él, aunque supiera que era un error?
Porque te estás enamorando de él, idiota.
La realización la golpeó como un puñetazo.
Se estaba enamorando de un hombre al que le había mentido sobre todo. De un hombre que le había mentido también, que en unos días desaparecería de su vida para siempre.
Esto va a destrozarte, Vicky.
Pero ya era demasiado tarde para protegerse.
Se abrazó las rodillas y dejó que una lágrima —solo una— le rodara por la mejilla.
V icky no podía dormir.
Llevaba horas dando vueltas en la cama, mirando el techo, pensando en él. En su beso de despedida. En sus ojos cuando dijo “solo un beso”.
Se levantó y salió de su habitación. El pasillo estaba vacío y silencioso. Sus pies descalzos no hacían ruido mientras caminaba hacia la suite de Mateo.
Tocó la puerta. Suave. Una vez. Dos.
Nada. Iba a darse la vuelta cuando la puerta se abrió.
Mateo estaba ahí, con el pelo revuelto y los ojos medio cerrados. Llevaba solo los bóxers y tenía cara de no saber qué día era. El pelo revuelto.
—Joder —murmuró, parpadeando—. ¿Qué haces aquí?
—Quiero dormir contigo.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué?
— No puedo dormir sola. —Se abrazó a sí misma, de repente sintiéndose vulnerable—. No esta noche.
Mateo la miró. Y en sus ojos, incluso medio dormido, había algo que ella reconoció. Algo que reflejaba lo que ella sentía.
Sin decir nada, se hizo a un lado y la dejó entrar.
Caminaron hasta la cama en silencio. Él se acostó primero y levantó las sábanas para que ella se metiera. Vicky se acostó de lado, dándole la espalda. Y él, sin preguntar, se pegó a ella. Un brazo rodeándole la cintura, su pecho contra su espalda, su respiración tibia en su cuello.
Cucharita.
—Lo siento —susurró él contra su pelo.
—Lo sé.
—No quiero hacerte daño. Vicky...
—Shh. —Le puso la mano sobre la de él, entrelazando sus dedos—. Duérmete.
Silencio. Solo sus respiraciones y el sonido del mar a lo lejos.
—¿Vicky?
—¿Mmm?
—Me alegra que hayas venido.
Ella sonrió en la oscuridad.
—A mí también.
Se quedaron así, abrazados, sin sexo, sin palabras, sin confesiones. Solo dos personas asustadas que no sabían cómo decir lo que sentían.
Y por primera vez en mucho tiempo, ambos durmieron en paz.
(El sexo puede ser casual, el gusto es pasajero, pero cuando duermes con alguien en la posición de cucharita estás perdido sin remedio. Toma nota, doña Lectora).