Capítulo Siete #2
—No me toques.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que me toques.
Vicky lo miró. Él la miraba con esa mezcla de confusión y diversión que la sacaba de quicio.
—Perdóname —dijo.
—No hay nada que perdonar. No hiciste nada malo.
—Entonces perdóname por no haber hecho nada malo, pero haberte hecho sentir mal igual.
Vicky parpadeó.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo sé. Pero es verdad.
Se miraron. El sol caía sobre ellos, el mar brillaba a lo lejos, y Vicky sintió algo aflojarse en su pecho.
—Esta noche no te toco —dijo, decidida, indignada.
—Vale.
—Ni mañana.
—Como tú digas.
Vicky asintió, satisfecha.
Se levantó y caminó con un contoneo de caderas de vuelta hacia donde estaban los argentinos, dejándolo ahí sentado, goteando agua de mar y sonriendo como un idiota.
R ecogían para marcharse de la playa cuando Mateo se dio cuenta de que Vicky se había quedado quieta.
Tenía la toalla a medio doblar entre las manos y los ojos clavados en el otro extremo de la playa, donde los acantilados rojos se iban oscureciendo con la tarde y el agua empezaba a apagarse.
La gente plegaba sombrillas, sacudía la arena, arrastraba neveras hacia el sendero.
La marea de turistas se vaciaba hacia la salida.
Y en medio de todo aquello, dos niños llorando.
Eran pequeños. Una nena de unos siete años y un nene un poco mayor, agarrados de la mano, girando sobre sí mismos como dos brújulas rotas. La nena lloraba a pleno pulmón. El hermano apretaba la mandíbula para no hacerlo, y le estaba saliendo fatal.
Nadie se paraba. La gente los rodeaba, los esquivaba; alguno los miró un segundo y siguió plegando su sombrilla. Una playa entera recogiendo sus cosas alrededor de dos críos perdidos, como si fueran un par de piedras más.
Vicky soltó la toalla en la arena y echó a andar hacia ellos.
No lo pensó. Cuando Mateo quiso reaccionar, ella ya estaba agachada frente a los dos, a su altura.
—Hey. Hey, it's okay. Look at me. What are your names? —les preguntó con una enorme sonrisa.
Mateo se quedó parado a unos metros, con la sombrilla en la mano, como un idiota.
Entendió cada palabra. Y eso fue lo peor: entenderla entera y aun así no reconocerla.
Sabía que era puertorriqueña; no sabía que existía esta Vicky, la del inglés redondo y sin costuras, tierna de una manera que él no le había visto, en un sitio al que él no tenía entrada.
Vio cómo la nena dejaba de llorar a trompicones para escucharla, cómo el hermano aflojaba la mandíbula.
—Lily. And he's Mason. We can't find our mom. —La nena lloró de nuevo.
—Okay. Okay, listen to me. —Vicky le limpió la cara con el pulgar—.
They're going to show up. Moms always show up.
We're going to wait right here, the three of us.
You, me, and your brother. And you know what?
—bajó la voz, como quien cuenta un secreto—.
Bet you they're way more scared than you are right now.
El nene soltó una risa floja, a su pesar. La nena hipó y casi sonrió.
Mateo se acercó por fin. Se quedó al lado, mirándola convertir el pánico de dos desconocidos en algo manejable —en un juego, en una espera con reglas—, y se habría quedado así el resto de la tarde si el nene no se le hubiera pegado.
Se separó medio paso de su hermana, le tendió a Mateo la mano abierta con una piedra dentro —una de esas piedras rojas y lisas que escupía la playa— y le soltó una parrafada atropellada sobre ella.
Mateo se agachó, cogió la piedra, la giró contra la luz como si fuera la cosa más seria del mundo y asintió despacio.
—Good one. —Se la devolvió y señaló la arena negra, a sus pies—. But there's a better one over there.
El nene se lo tomó como una misión y se puso a escarbar.
Y fue agachado ahí, con un crío ajeno buscándole piedras al lado, cuando a Mateo se le movió algo debajo del esternón, en un sitio que tenía clausurado.
Conocía ese gesto. Lo había hecho mil veces, con otra niña, en otra parte, en la vida que había dejado en pausa para subirse a aquel avión.
Se incorporó demasiado rápido. Apartó la vista. No aquí. Aquí no podía.
Pasaron diez minutos que parecieron más.
La playa siguió vaciándose. La nena vigilaba el sendero pegada a Vicky; el nene le iba trayendo a Mateo una piedra tras otra, montándole a los pies una colección que él no había pedido.
En algún momento Vicky levantó la vista y lo pilló mirándola por encima de las dos cabezas.
Mateo no apartó los ojos. Que lo descubriera le dio igual.
La miraba como no recordaba haber mirado a nadie, y ya no le quedaban fuerzas para fingir que no.
Los padres llegaron casi corriendo por el sendero, blancos del susto, gritando los nombres.
La reunión fue un lío de llanto, abrazos y "thank you, thank you so much, oh my god".
La madre le agarró a Vicky las dos manos; dijo algo de que no había sido nada, que cualquiera habría hecho lo mismo.
Mateo, que acababa de ver que nadie más lo había hecho, no dijo nada.
El nene, antes de que se lo llevaran, le puso a Mateo la última piedra en la mano y le sonrió.
Los niños se despidieron tímidos, diciéndole adiós con la mano desde los brazos de sus padres. Vicky les guiñó un ojo y sonrió.
Cuando se alejaron, Mateo seguía mirándola, con la piedra del nene todavía en el puño.
—Se te dan bien los niños —dijo. Le salió más bajo de lo que pretendía, y más verdad.
Vicky recogió su toalla de la arena y la sacudió.
—Si crees que por lo que acaba de pasar se me olvidaron las rubias, es que no me conoces, Mateo. —Se la echó al hombro.
Él se giró hacia el sendero para que ella no le viera la cara. Sonrió, con la piedra apretada en la mano.
Esta mujer lo desarmaba. Y eso era lo que más miedo le daba.
C uando llegaron a la puerta de su habitación, Vicky sacó la tarjeta y abrió. Mateo hizo ademán de entrar con ella.
Vicky le puso la mano en el pecho.
—¿Qué haces?
—Entrar.
—No.
—Vicky, llevamos todo el día...
—Te dije que hoy no se toca.
—Eso fue antes. Antes de los niños.
—Nada de eso cambia lo que dije, Mateo.
Él dio un paso hacia adelante. Ella mantuvo la mano firme.
—Solo quiero dormir contigo —dijo él con voz rasposa, bajito—. Abrazarte. Nada más.
—Mentiroso.
—Vale, quizás tocarte un poco. —Le sostuvo la mirada—. Me encantan tus tetas. No voy a fingir que no.
—Buenas noches, Mateo.
La miró con esos ojos que casi la hicieron ceder. Casi.
—¿Puedo besarte al menos?
—Uno. Solo uno. De piquito.
Se inclinó y la besó. Suave, lento. Cuando intentó profundizarlo, cuando sus manos empezaron a bajar por su espalda, Vicky se apartó.
—Buenas noches —dijo, y le cerró la puerta en la cara.
Se apoyó contra la puerta, el corazón latiéndole demasiado rápido. Del otro lado, escuchó a Mateo exhalar un suspiro frustrado.
—Eres cruel —dijo él a través de la madera. Su voz era casi un murmullo triste, de súplica.
—Ya lo establecimos.
—Y me encantas.
Silencio. Luego sus pasos alejándose por el pasillo.