Capítulo Siete
R ed Beach era exactamente lo que prometía su nombre: una playa de arena roja, enclavada entre acantilados volcánicos que parecían sacados de Marte.
El agua era tan azul que dolía mirarla, el sol pegaba como si tuviera algo personal contra los turistas, y el olor a salitre se mezclaba con el de protector solar factor cincuenta de la señora que se estaba untando a tres metros de ellos.
Vicky extendió su toalla sobre la arena roja —que, descubrió demasiado tarde, se pegaba a todo como si fuera velcro— y se quitó el vestido, revelando un bikini blanco que había comprado específicamente para su luna de miel con Alejandro en Benidorm.
Pero como no estaba en modo lamentación esa mañana decidió que lo estrenaría en aquella playa.
Se tumbaron al sol. Ella sacó una novela que había comprado en el aeropuerto, un thriller que no le interesaba ni un poco, pero que le daba algo que mirar que no fuera él, y Mateo cerró los ojos, aparentemente dormitando.
Pasaron veinte minutos de paz.
Veintiuno.
Veintidós.
—¡CHICOS! ¡ACÁ ESTAMOS!
No. Por favor, Dios, no.
Vicky levantó la vista y ahí venían. Facundo y Florencia, caminando por la arena roja como si estuvieran en una pasarela, él con un bañador y ella con un bikini verde brillante que hacía juego con sus uñas.
—¡Qué casualidad! —chilló Flor, plantando su toalla a menos de un metro de ellos sin preguntar—. ¡Facu, poné la sombrilla acá que encontré a los chicos!
Mateo abrió un ojo. Luego el otro. Miró a Vicky con expresión de “¿esto es real?”.
Ella le devolvió una mirada de “bienvenido al infierno”.
—Hola —dijo Vicky, intentando sonar entusiasta y fallando de manera estrepitosa.
—¡Hola, hola! —Flor ya estaba sacando cosas de su bolso: protector solar, revista, botella de agua, snacks, otra revista, un abanico, más snacks—. ¿Vieron qué divina está el agua? Facu se metió hace un rato y dice que está perfecta. ¿Vos te metiste ya, Mateo?
—Iba a hacerlo ahora —dijo Mateo, levantándose con la gracia de alguien que necesita escapar con urgencia.
—¡Ay, andá, andá! Yo me quedo acá con Vicky charlando. Tenemos mucho de qué hablar. —Le guiñó un ojo—. Cosas de chicas.
Mateo miró a Vicky. Ella le hizo un gesto con la mano que decía “vete, huye maldito”. Él asintió y caminó hacia el agua como quien huye de un incendio.
—Es re lindo tu marido —dijo Flor, viéndolo alejarse—. Tiene alto lomo. ¿Hace gimnasio?
—Algo así.
—Facu hacía rugby antes, pero ahora... —Suspiró con dramatismo exagerado—. Viste cómo es. La oficina, las cervezas con los amigos, el asado del domingo... Se dejó estar un poquito.
—¡Te escuché, amor! —gritó Facundo desde donde estaba montando la sombrilla.
—¡Era un cumplido, mi vida!
—¡No sonó como cumplido!
—¡Todo lo que digo es un cumplido porque te amo!
Facundo pareció satisfecho con esa lógica. Vicky intentó volver a su libro.
—¿Qué leés? —preguntó Flor, inclinándose para ver la portada—. Ay, un thriller. Yo no puedo con esos, me dan ansiedad. Prefiero las novelas románticas. ¿Leíste “Culpa mía”? Es de una española. Buenísimo. Hay pibitos re lindos.
—No la he leído.
—Te la recomiendo. Es de una chica que se enamora del hijo de su padrastro. Re jugado, ¿viste? Pero el chabón está fuerte mal.
Vicky asintió, fingiendo interés mientras sus ojos buscaban a Mateo en el agua.
Lo encontró. Y no estaba solo. Un grupo de cuatro mujeres —rubias, altas, con cuerpos de gimnasio y bikinis que parecían más decorativos que funcionales— lo habían rodeado como tiburones oliendo sangre. Una de ellas, la más alta, le estaba diciendo algo que lo hizo reír.
REÍR. Esa risa que Vicky había empezado a considerar suya.
—Uh —dijo Flor, siguiendo su mirada—. ¿Esas quiénes son?
—No tengo idea.
—Parecen alemanas. Las alemanas son re lanzadas, ¿sabés? Una vez en Ibiza, una alemana le tiró los perros a Facu EN MI CARA. ¿Podés creer? Le dijo que tenía “interesante energía”. —Imitó un acento alemán horrible—. Interesante energía. ¡Por favor!
—¿Y qué hiciste?
—Le dije que su energía era MÍA y que si quería energía interesante que se comprara un vibrador en el sex shop de la esquina.
Vicky soltó una carcajada a pesar de sí misma.
—No jodas.
—¡Te lo juro! Facu casi se muere de la vergüenza, pero la alemana se fue rapidito. —Flor se acomodó los lentes de sol—. Hay que marcar territorio, amiga. Los hombres son como los perros: si no les ponés límites, mean en cualquier árbol.
Volvió a mirar hacia el agua. Mateo seguía ahí, rodeado de aquel cuarteto de mujeres. Una de ellas, la más alta, la del bikini rojo, le tocó el brazo mientras se reía de algo.
Le tocó el brazo.
—Mirá esa —dijo Flor con indignación solidaria—. ¿Viste cómo le tocó el brazo? Eso es lenguaje corporal de “te quiero coger”, amiga. Lo leí en Cosmopolitan.
—Confío en él —dijo Vicky, con una voz que no convenció a nadie.
Flor la miró con escepticismo.
—Yo también confío en Facu. Pero igual lo vigilo. —Sacó su teléfono—. ¿Querés que les saque foto? Así después se la mostrás y le decís “¿qué es esto?”.
—No, Flor, no hace falta...
—Ya está. —Flor tomó la foto—. Mirá, se ve clarísimo cómo la rubia le toca el brazo.
Le mostró la foto. Se veía clarísimo.
Vicky sintió algo retorcerse en su estómago.
Pasaron diez minutos. Las mujeres, que parecían un grupo de fans, no se iban. Mateo tampoco hacía ningún esfuerzo por alejarse.
—Esto es indignante —declaró Flor—. Facu, amor, vení.
Facundo, que había estado dormitando bajo la sombrilla, levantó la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Mirá lo que está pasando en el agua. El marido de Vicky está siendo acosado por esas mujeres.
—No está siendo acosado... —empezó Vicky.
Facundo se sentó y miró hacia el agua.
—Ah, sí. Las vi cuando me metí. Son españolas. Una me preguntó si tenía fuego.
—¿QUÉ? —Flor se giró hacia él—. ¿Y por qué no me contaste?
—Porque no tenía fuego, amor. Le dije que no fumaba y ya está.
—¿Te tocó el brazo?
—No me acuerdo.
—¿CÓMO QUE NO TE ACORDÁS?
Mientras Flor interrogaba a Facundo sobre el incidente del fuego, Vicky seguía mirando el agua. Las mujeres ahora estaban sacándose fotos con Mateo. FOTOS.
Esto es ridículo , pensó. Estoy celosa. ¿En serio?
Pero los celos no escuchaban razones.
—Ya vengo —dijo, levantándose.
—¿Vas a ir a marcarlo? —preguntó Flor con entusiasmo—. ¡Te acompaño!
—No, voy a... — ¿A qué? ¿A hacer el ridículo? —. Voy al baño.
Caminó hacia las rocas donde estaban los baños públicos, sin mirar hacia el agua, con la cabeza alta y los puños apretados.
No iba a darle la satisfacción de verla celosa, de que supiera que le importaba.
No iba a...
—¿Vicky?
Se detuvo. Marisol y Antonio, el matrimonio de cincuenta y dos años, estaban sentados en unas tumbonas bajo una sombrilla, él con un sombrero de paja que le daba aspecto de jubilado en la Costa del Sol y ella con un pareo floreado y gafas de sol enormes.
—¡Hija! —Marisol le hizo señas para que se acercara—. ¡Ven, ven! ¿Qué haces sola? ¿Dónde está ese marido tuyo tan guapo?
Vicky señaló hacia el agua con la barbilla.
—Por ahí.
Marisol se quitó las gafas de sol y entrecerró los ojos mirando hacia la orilla.
—¿Esas rubias de ahí?
—Sí.
—¿Y él está con ellas?
—Están... hablando.
Marisol y Antonio intercambiaron una mirada. Esa mirada de pareja que lleva cincuenta y dos años junta y ya no necesita palabras.
—Siéntate —dijo Marisol, palmeando la tumbona a su lado.
—No, es que iba al...
—Siéntate.
No era una sugerencia. Vicky se sentó.
—Mira —dijo Marisol, poniéndole una mano en el brazo—. Yo he estado casada con este hombre cincuenta y dos años. ¿Tú crees que no me han tocado las pelotas unas cuantas rubias en mi vida?
—Marisol, por Dios —murmuró Antonio.
—Calla, Antonio, que estoy hablando. —Volvió a mirar a Vicky—. Los hombres son imbéciles, hija. Todos. Sin excepción. Les gusta que les hagan la pelota, que les rían las gracias, que les digan lo guapos que son. Es el ego. Lo tienen del tamaño de un dirigible.
—Oye, que estoy aquí —protestó Antonio.
—Lo sé, cariño. Por eso lo digo. —Le lanzó un beso—. Pero mira, Vicky. Una cosa es que sean imbéciles y otra cosa es que no te quieran. Tu marido te mira como si fueras el sol y la luna juntos. Yo lo he visto. Este tonteo con las rubias es eso: tonteo. Nada más.
En ese momento, una sombra se proyectó sobre ellas.
—Hola.
Vicky levantó la vista. Mateo estaba ahí, goteando agua de mar, con el pelo revuelto y esa sonrisa que ella había empezado a odiar.
—Marisol, Antonio —saludó, inclinando la cabeza hacia ellos—. ¿Qué tal el día?
—Aquí andamos, hijo —dijo Marisol, estudiándolo con esos ojos que no se perdían nada—. Charlando con tu mujer. Tiene una cara de pocos amigos que asusta.
—Ya me imagino por qué —murmuró Mateo, mirando a Vicky—. Te estaba buscando.
—Pues ya me encontraste. —Se cruzó de brazos—. ¿Ya terminaste tu... conversación?
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué conversación?
—Con tus amigas españolas.
—Ah. —Tuvo la decencia de parecer incómodo—. Eso. Solo me preguntaron por restaurantes.
—Ya. Restaurantes. ¿Y las fotos?
—Me pidieron una foto porque... —Se detuvo—. Porque una de ellas me reconoció de... —Otra pausa—. De nada. No importa.
Vicky lo miró. Él le sostuvo la mirada, pero había algo raro en sus ojos. Algo que parecía culpa.
—Bueno —dijo Marisol, levantándose con una agilidad sorprendente para sus años—. Antonio y yo nos vamos a dar un paseo. Ustedes tienen cosas de qué hablar. —Le dio una palmadita a Vicky en el hombro—. Recuerda lo que te dije, hija.
—Un placer verlos —dijo Mateo.
—Igualmente, hijo. Y no la cagues más de lo que ya la has cagado. —Marisol le guiñó un ojo—. Un consejo de vieja que no me has pedido, pero igual te doy.
Se alejaron, Antonio murmurando algo sobre “meterse en asuntos ajenos” y Marisol diciéndole que “callara y caminara”.
Mateo se sentó donde había estado Marisol.
—¿Estás molesta? —preguntó.
—No.
—Vicky...
—No estoy molesta. Tú puedes hablar con quién te dé la gana, Mateo.
—Pero te molestó.
—No me molestó. ¿Por qué iba a molestarme?
—Te conozco. Cuando estás molesta, aprietas la mandíbula así. —Le tocó la cara—. Como ahora.
Vicky le apartó la mano.