Lo que pasa en Santorini Capítulo Seis
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Capítulo Seis

C aminaron de vuelta al hotel después de cenar tomados de la mano sin pensarlo. Las estrellas brillaban sobre sus cabezas y el mar susurraba a lo lejos.

—Esta noche ha sido diferente —dijo él.

—¿Cómo diferente?

—Diferente... no sé. —Le apretó la mano—. Me ha gustado. Hablar contigo. Bailar contigo. Sin pensar en...

—¿En follarme?

—Sí. —Se rio—. Aunque siempre pienso en follarte. Es como un ruido de fondo constante.

—Qué romántico.

—Soy así de encantador.

Siguieron caminando. Las calles estaban casi vacías a esa hora, solo algún gato callejero y el eco de sus pasos en el camino empedrado.

—¿Puedo preguntarte algo? —preguntó ella.

—Depende.

—¿Por qué estás solo?

Él se tensó, aunque trató de disimular.

—¿A qué te refieres?

—Un hombre como tú. Guapo, con dinero, que sabe cocinar y follar... —Le guiñó un ojo—. No tiene sentido que estés solo en una isla griega.

—Podría decir lo mismo de ti.

—Yo ya te dije. Divorcio.

—Ya.

Silencio. Vicky esperó. Algo le decía que él quería hablar, que había algo presionando por salir.

—Hubo alguien —dijo al final—. Alguien que... —Se detuvo, buscando las palabras—. Alguien que pensé que era para siempre. Pero no lo fue.

—¿Qué pasó?

—Me mintió. —Su voz era plana, sin emoción—. Durante mucho tiempo. Y cuando descubrí la verdad, ya era demasiado tarde.

Vicky sintió un escalofrío.

—Lo siento —dijo, y lo decía en serio.

—Yo también. —La miró—. Pero a veces las cosas se rompen en el momento justo. ¿No?

—Eso dicen.

—¿Tú lo crees?

Vicky lo pensó.

—Creo que las cosas se rompen, pero lo que hagas después depende de ti.

—Muy filosófico para las dos de la mañana.

—El vino me pone profunda.

Él se rio y le pasó el brazo por los hombros, atrayéndola hacia él mientras caminaban.

—Me gustas, Vicky —dijo, como si fuera la cosa más simple del mundo—. Me gustas mucho.

Ella no supo qué responder. Porque “me gustas” era peligroso, era más que sexo, podría ser el principio de algo que no podía existir porque estaba construido sobre mentiras.

—Tú también me gustas —dijo, porque era verdad y porque no podía callárselo.

—Qué par de idiotas estamos hechos —murmuró él.

—Los peores.

Llegaron al hotel. Caminaron por el pasillo hasta la suite de él.

—Bueno —dijo Vicky, deteniéndose en la puerta—. Ha sido una buena noche.

—Sí.

—Me voy a mi habitación.

—O... —Él le agarró la mano antes de que pudiera alejarse—. Podrías quedarte.

—¿A dormir?

—A dormir. Solo dormir.

Vicky lo miró. Había algo vulnerable en sus ojos. Algo que no había visto antes.

—¿Solo dormir? —repitió—. ¿Tú? ¿El hombre que piensa en follarme como ruido de fondo constante?

—Puedo controlarme y ser un caballero. Palabra de honor —le dijo con una sonrisa traviesa y los ojos vidriosos por el vino.

—No sé si me lo creo.

—Quédate. —Le acarició el dorso de la mano con el pulgar—. Por favor.

Ese “por favor” la desarmó. Mateo no decía por favor. Él ordenaba, exigía, manipulaba, seducía, no pedía.

—Vale —dijo ella—. Me quedo.

Él sonrió. Esa sonrisa que le arrugaba los ojos y lo hacía parecer años más joven.

Abrió la puerta y la dejó entrar. Vicky caminó hacia la cama, pensando en lo extraño que era esto. Pasar una noche juntos sin sexo. Solo durmiendo. Como una pareja de verdad.

Se giró para decir algo —una broma, quizás, para romper la tensión— pero él ya estaba ahí, justo detrás de ella.

—Oye —dijo, con esa voz ronca que le erizaba la piel.

—¿Qué?

Le tomó la mano. Y antes de que ella pudiera reaccionar, se la llevó a la entrepierna.

Estaba duro. Otra vez. O todavía. Con este hombre nunca se sabía.

—Tengo tu biberón aquí —murmuró contra su oído—. Para que te duermas tranquilita.

Vicky soltó una carcajada.

—Eres un hijo de puta.

—Soy un hijo de puta honesto. —Le mordió el lóbulo de la oreja—. Hay diferencia.

—Dijiste que solo íbamos a dormir.

—Y vamos a dormir. Después.

—Mateo...

—¿Sí?

Lo miró. Esos ojos que la miraban con hambre y con algo más. Algo que ninguno de los dos quería nombrar.

—Nada —dijo—. Ven aquí.

Y lo besó.

V icky entró a su habitación a la mañana siguiente tras desayunar en la suite de Mateo y lo primero que hizo fue buscar el teléfono. Lo había dejado en silencio desde ayer —desde que ese hombre la había arrastrado a todas sus locuras— y ahora la pantalla brillaba con notificaciones.

Cincuenta y tres mensajes. Dieciocho de su madre. Catorce de Axel. Doce de Junior, su hermano mayor. Nueve de Carlitos, su hermano del medio.

Dios mío.

Abrió primero el chat de su madre. El último mensaje decía: “Victoria si no me contestas voy a llamar a la embajada. Tu padre ya está buscando el pasaporte. CONTESTA”.

Le escribió rápido antes de que Zulma cumpliera su amenaza:

“Mami, estoy bien. Quédate tranquila. Te llamo mañana. Voy para un tour. Todo es bien seguro en esta isla. Te quiero”.

Enviar.

Tres segundos después, el mensaje tenía doble check azul. Su madre lo había leído. No respondió, lo cual significaba que estaba furiosa pero aliviada. Mañana le tocaría aguantar el sermón completo, pero por ahora había comprado tiempo.

Ahora Axel.

El último mensaje de él decía: “Criatura nocturna, si no me contestas en la próxima hora le enseño a Sardina a odiarte. Cuando vuelvas no los vas a reconocer”.

Vicky sonrió a pesar de sí misma. Axel Sotomayor, relaciones públicas del diputado Carrasco, vecino del piso de arriba de Alejandro, cuidador oficial de Sardina, y el ser más dramático que había conocido en su vida. También era la persona de más confianza, aunque a veces quisiera estrangularlo.

Lo llamó antes de que Axel convirtiera a Sardina en su enemigo.

—Ah, mira. La criatura nocturna decidió aparecer. —Su voz era puro sarcasmo—. Estaba por hacer un live por Instagram para darte por desaparecida, demonia.

—Hola, Axel.

—No me vengas con “hola, Axel” —la imitó con burla—. ¿Tú sabes la ansiedad que tengo? Ni fumándome un porro me la he podido quitar. He estado revisado mi Whatsapp para ver si me envías algo. Ni una foto. Ni un puto atardecer de la isla. Nada.

—No te he enviado nada porque no he tenido tiempo ni ganas.

—¿No has tenido tiempo Victoria de los Ángeles? Eso te lo creería si te hubieses fugado con algún griego millonario y te hubiera encerrado en su mansión para una sesión de BDSM.

—Casi casi, lo único es que es español.

—No juegues con mis controles. ¿Cómo que un español?

Vicky se dejó caer en la cama con una sonrisa.

—Es largo el cuento. Te lo cuento cuando regrese a Madrid.

—No, me tienes que hacer un resumen corto.

Sabía que Axel no se detendría.

—Lo conocí en el avión y da la casualidad de que coincidimos en el hotel y la hemos pasado bien.

—¿Follaron?

Si le decía el maratón que habían tenido estaría dos días para contarle los detalles porque Axel era insaciable. Y ese cuento ameritaba una buena pizza de Luca Brazi en Chamartín con una Estrella Galicia 1906, porque a ella le gustaba el vino, pero consideraba que la pizza bajaba mejor con cerveza.

—Sí, pero los detalles te los cuento a mi regreso.

—Quiero foto.

—¿De la polla?

—Vicky, eres una subnormal —bufó él—. Por supuesto que no. Quiero verlo.

—Confórmate con saber que está buenísimo y folla diez de diez. —hubo un corto silencio—. Tenemos reglas.

—¿Reglas?

—Nada de fotos. Nada de nombres completos. Nada de preguntas personales. Nada de intercambiar números. Cuando se acabe, se acabó. Cada uno a su vida.

Silencio.

—¿Me estás diciendo —dijo Axel lentamente— que te estás follando a un desconocido con el que has firmado un contrato de no-amor?

—No es un contrato. Son... acuerdos.

—Criatura. —Cuando la llamaba así sin el "nocturna", iba muy en serio—. Eso es lo más triste que he escuchado en mi vida. Y mira que yo me he acostado con hombres que ni me miraban a la cara.

—No es triste. Es práctico.

—Es TRISTE. El sexo sin posibilidad de amor es como... como comer sin saborear. ¿Para qué molestarse?

—Axel, tú eres gay y estás en el armario por conservar tu trabajo. No me vengas con lecciones de romanticismo.

Silencio. Había tocado un nervio.

—Ya sabes por qué. —Su voz se volvió más seria, más vulnerable—. Y sabes que esas reglas que te inventaste no funcionan como antídoto al amor.

Vicky se quedó callada. Odiaba cuando Axel tenía razón.

—El tío no está para enamorarse. Es para un revolcón. Solo eso. Tiene rollos sin resolver como yo.

—Mentirosa. Te conozco. Sé cómo suenas cuando mientes. Suenas exactamente igual que cuando me dijiste que Alejandro era “un buen tío”.

El nombre le cayó como un balde de agua fría.

—¿Qué sabes de él?

—¿Que qué sé? —Axel soltó una risa amarga—. Sé que el tío está como loco. Me ha llamado todos los días. Le ha dicho a todo el mundo que le robaste.

—Era dinero SUCIO, Axel.

—¿Y si te denuncia de todas formas?

—¿Con qué pruebas? ¿Va a decirle al juez que su prometida le robó los ahorros de sus negocios turbios? —Vicky se rio sin humor—. Le faltan huevos.

Silencio largo.

—Joder, Vicky. ¿Qué vas a hacer?

—Beberme todo el vino que pueda y follar con el machito español hasta que me duela el coño. Eso voy a hacer. Eso es lo que se merece ese cabrón por pegarme cuerno.

—Te extraño. Y Sardina también te extraña.

—Sardina es lo único que me hace querer regresar.

—¿Cuándo vuelves?

—Semana y media. Quizás antes.

Silencio. Luego un suspiro.

—Vale. Pero me debes una cena cuando vuelvas. Y quiero todos los detalles del español. TODOS. Bueno, los que puedas darme sin romper tus reglas ridículas.

—Hecho.

—Te quiero, ¿sabes? Aunque seas una prófuga de la justicia madrileña que se acuesta con desconocidos bajo contratos raros.

—Y yo a ti, aunque seas un dramático del carajo. Cuida a mi gato.

—Cuídate, ¿vale?

Colgó con una sonrisa que duró tres segundos.

Después la sonrisa se desvaneció y se quedó mirando el techo, pensando en lo que Axel había dicho de que las reglas no eran antídoto contra el amor.

Tenía razón. Claro que tenía razón. Porque cada vez que Mateo la tocaba, cada vez que la miraba como si fuera lo único que existía en el mundo, Vicky sentía algo peligroso crecer en su pecho. Algo que no tenía derecho a sentir, que violaba todas las reglas que ella misma había impuesto.

Y lo peor era que una parte de ella —la parte más estúpida, la que todavía creía en finales felices después de encontrar a su prometido con otra— quería romper esas reglas. Preguntarle su nombre completo, de dónde era, por qué estaba solo en Santorini. Si él sentía lo mismo que ella.

Pero no podía preguntarle nada de eso. Porque las reglas existían por una razón.

Porque en diez días, o menos, esto se acabaría.

Él volvería a su vida y ella volvería a la suya.

A buscar un piso porque ya no podía vivir con Alejandro.

A trabajar sirviendo copas en La Tinta. A las preguntas de su madre.

A la realidad.

Mateo era una fantasía. Un anestésico para el dolor que todavía no había terminado de procesar.