Capítulo Cinco #3
Porque ese era el verdadero problema, ¿no?
No la prensa, ni los abogados, ni Daniela y su veneno.
El problema era que Vicky no sabía quién era él.
Le había mentido. Le estaba mintiendo cada día, cada beso, cada vez que ella le decía “inversionista” con esa sonrisita de burla y él se tragaba la verdad como un cobarde.
Y lo peor —lo verdaderamente jodido— era que no podía decírselo.
Porque si le decía la verdad, esa mirada limpia desaparecería.
Vicky dejaría de verlo a él y empezaría a ver al chef, al famoso, al tipo de la tele.
O peor: pensaría que todo había sido un juego de un hombre CA-SA-DO, jugando al turista con la primera idiota que se le cruzó.
Y ella no era una idiota. Ella era...
Mateo se levantó del sofá con brusquedad. Se sirvió un whisky. Luego otro. Se sentó junto a la piscina y dejó que la tarde pasara lenta, pesada, llena de silencios y pensamientos que no quería tener.
Pensó en Gisela. En su carita mirándolo desde la puerta cuando se fue. ¿Vuelves pronto, papi? Pronto, princesa. Te lo prometo.
Pensó en Daniela. En el veneno de su última llamada. Tu primo lo hacía mejor que tú. ¿Sería ella la “fuente cercana”? Claro que sí. ¿Quién más?
Pensó en el programa. En las tres estrellas. En Ática, en el restaurante de San Sebastián que Nico, su hermano menor, estaba montando. En todo lo que había construido y que ahora pendía de un hilo porque a él se le había ocurrido la brillante idea de fugarse a Grecia y follarse a una desconocida.
No. No una desconocida. Era Vicky.
Vicky, que le ponía sirope de arce en la polla y lo miraba desde abajo como si aquello fuera lo más natural del mundo.
Vicky, que hacía reglas para no enamorarse y luego se quedaba a dormir.
Vicky, que le decía “inversionista” con la boca llena de mentiras propias y los ojos llenos de algo que no quería nombrar.
A las seis de la tarde ya se había bebido tres whiskys y no había comido nada. El sol empezaba a bajar y la suite se llenaba de esa luz dorada que lo hacía todo parecer bonito, incluso las cosas que no lo eran.
Mateo estaba descubriendo que no importa cuántos kilómetros pongas de por medio: lo que te persigue siempre viaja en el mismo avión.
T res pisos más arriba, Vicky estaba tumbada en la cama mirando el techo de su suite y sintiéndose como una idiota.
¿Por qué le importaba? ¿Por qué le molestaba que se hubiera cerrado como una ostra después del desayuno? ¿Por qué seguía pensando en esa mirada rota que le había visto cuando se levantó del taburete?
Pero entonces pensó en cómo la miraba mientras cocinaba. En cómo le había cortado las fresas en forma de corazón sin que ella lo pidiera. En cómo le había servido el café con leche porque ya sabía que así le gustaba.
Eso no era un simple polvo de vacaciones.
Esto era... otra cosa. Algo que la asustaba porque hacía años que nadie se tomaba la molestia de aprenderla.
Alejandro la quería como se quiere un mueble bonito: estaba ahí, ocupaba su lugar, y si un día la movías, la pared se veía vacía, pero tampoco lo echabas tanto de menos.
Mateo la miraba como si estuviera memorizándola. Como si cada detalle fuera importante. Y eso era peligrosísimo porque Vicky llevaba años convencida de que no merecía que la miraran así.
Se levantó de la cama. Necesitaba aire, sal, algo que le quitara a ese hombre de la cabeza.
Se puso un bikini, cogió una toalla, y bajó a la pequeña playa privada del hotel. Se tumbó en una hamaca, cerró los ojos, y dejó que el sol le quemara los pensamientos.
No funcionó. Porque detrás de los párpados cerrados seguía viéndolo. Su cara cuando se corrió esa mañana. No la cara de placer —esa ya la conocía—. La de después. La de un hombre que acababa de darse cuenta de algo que no quería saber.
Agarró el teléfono por costumbre. Revisó WhatsApp. Un mensaje de su madre con una imagen de la Virgen del Carmen y un “Dios te bendiga, nena” que probablemente era código para “no hagas anormalidades”. Un cupón de Zara que había expirado.
No tenía redes sociales. Nunca le había interesado tener un escaparate virtual.
Se mantenía alejada de todo eso y ahora con la situación de Alejandro eso la había salvado de que él la contactara, aunque por previsión lo había bloqueado del teléfono y de Whatsapp la misma noche que salió del apartamento, sentada en el sofá de Axel con Sardina ronroneando en sus piernas y las manos todavía temblándole de la rabia.
Pero había esperado... algo. Que intentara llegar por otro lado. Un mensaje desde un número desconocido. Un recado a través de Axel. Algo. Lo que hace cualquier hombre cuando su prometida desaparece de un día para otro.
Pero Alejandro no había hecho nada de eso. Casi una semana. Ni una señal.
Un hombre normal estaría desesperado. Un hombre que acaba de perder a la mujer con quien iba a casarse se arrastra, suplica, llora, manda flores, se aparece borracho a las tres de la mañana tocando el timbre en el apartamento de Axel. No estaba haciendo nada de eso.
Y la parte racional de Vicky decía: mejor. Se acabó. Que le quede claro. No quieres que te busque.
Pero había otra parte, una más pequeña, más fría, que susurraba algo diferente.
Porque Alejandro no era un hombre normal.
Nunca lo había sido, aunque ella se había esforzado mucho en fingir que sí.
Un hombre normal no tiene diecisiete mil euros en efectivo en una caja fuerte en el armario del dormitorio.
Tampoco recibe llamadas a las dos de la mañana y sale del apartamento sin explicar a dónde va.
Mucho menos tiene amigos con cicatrices en los nudillos que hablan en código delante de ti y se callan cuando les preguntas.
Se le heló el estómago.
No me va a buscar por amor , pensó. Si me busca, va a ser por el dinero .
Pero no la estaba buscando. Y eso era peor. Porque el silencio de un hombre como Alejandro no significaba que se hubiera rendido. Significaba que estaba pensando, calculando, decidiendo qué hacer o averiguando dónde estaba.
Vicky se sacudió el pensamiento como se sacude la arena de una toalla. Con fuerza, con ganas, intentando que no quedara ni un grano.
Se quedó en la playa hasta que el sol empezó a bajar. Luego subió a su suite, se duchó, se miró al espejo, y tomó una decisión.
Esta noche no iba a haber sexo. Esta noche iba a mirarlo a los ojos sin que ninguno de los dos pudiera esconderse detrás de un orgasmo.
A ver qué quedaba cuando no había cuerpos de por medio.
L a llamó tres veces corrida al teléfono de la habitación. Vicky dejó que sonara.
A las ocho, cuando ya se había duchado, maquillado, y puesto un vestido rojo que sabía que lo iba a volver loco, contestó.
—¿Diga?
—Eres una hija de puta —dijo él.
—Buenas noches para ti también.
—¿Sabes lo que me has hecho? He pasado toda la tarde con una erección que no se me bajaba.
Mentira, pensó Vicky. Había algo más en esa voz. Algo raspado, de whisky y de horas pensando demasiado, pero no iba a preguntarle por teléfono.
—Pobrecito. Una ducha de agua fría hubiese arreglado tu problema.
—Vicky...
—¿Cenamos? —lo interrumpió ella—. Vi por internet un sitio en Fira que tiene música en vivo.
Silencio, más largo de lo normal.
—¿Me estás invitando a cenar? —preguntó él, y había algo en su voz. Algo que no era solo frustración sexual. Algo que sonaba peligrosamente a necesidad.
—Sí. Sin sexo. Solo cenar, beber, quizás bailar. ¿Puedes con eso o es demasiado para tu edad avanzada? Te adelanto que esta cena la pagaré yo.
—Ni muerto dejaré que pagues.
—Deja ya tus complejos de macho ibérico.
Él soltó una risa. Una risa de verdad. La primera del día. Y Vicky la sintió en el pecho como algo tibio que no esperaba.
—Te espero en el lobby en media hora —dijo él.
—Que sean cuarenta y cinco minutos. No he terminado de arreglarme.
—¿Más? Ya debes estar espectacular.
—Adulador.
—Realista.
Colgó con una sonrisa que no pudo controlar.
Y él, tres pisos más abajo, se quedó mirando el teléfono con una expresión que no se había permitido en años.
Alivio.
Porque iba a verla. Porque después de una tarde de whisky, prensa basura y el peso de una vida que no cabía en esta isla, ella le ofrecía una cena sin sexo y eso —joder, eso— le parecía lo más valioso que le habían dado en mucho tiempo.
Se levantó del sofá. Se miró en el espejo. Vio a un hombre con ojeras, barba de un día, y los ojos un poco rojos del alcohol.
Se duchó. Se afeitó. Se puso la mejor camisa que tenía.
Y mientras bajaba al lobby, Mateo supo lo que estaba a punto de hacer. Rendirse.