Lo que pasa en Santorini Capítulo Cinco #2
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Capítulo Cinco #2

—Es muy joven para estar sirviendo copas —dijo Mateo. Lo dijo bajito, casi para sí, mirando a la chica.

Vicky no apartó los ojos de ella.

—A veces la vida empuja a la gente a hacer cosas que no quiere —dijo—. No todo el mundo tiene la suerte de poder elegir.

Lo dijo sin dramatismo, como quien comenta el tiempo que hace, pero Mateo giró la cabeza y la miró, y por primera vez en toda la mañana no la miró como se mira a una mujer con la que uno se acuesta.

La había tenido por un huracán: graciosa, salvaje, imposible de agarrar.

No se le había ocurrido que debajo del huracán pudiera haber suelo firme.

Cuando llegó la cuenta, Vicky no sacó tarjeta, sacó un fajo del bolso —billetes, dinero que no era suyo y que le quemaba en la mano— y al saldarle la cuenta le dobló dentro varios euros, rápido, sin ceremonia.

—Guárdalo antes de que lo vea el de la barra —fue todo lo que le dijo a la chica.

La muchacha cerró el puño. Abrió la boca. No le salió nada. Se guardó el dinero en el bolsillo del jean con prisa. Vicky le sonrió.

Mateo vio el fajo —efectivo, ni una tarjeta, en estos tiempos— y lo guardó en el rincón de las cuentas que no le cuadraban. Pero esa cuenta podía esperar. Lo otro, no —la chica, lo que Vicky había dicho, la forma en que no lo había dicho para él— se le había quedado clavado.

Se suponía que esta mujer no era nada. Una semana. Un nombre a medias y un puñado de reglas. Y no paraba de ser alguien. Eso era lo que lo tenía así, no podía descifrarla.

Salieron otra vez al sol de la placita, y para cuando pisaron el empedrado Mateo ya había vuelto a levantar el muro. Lo observó de reojo. Estaba mirando un puesto de aceite de oliva con una concentración excesiva, como si el secreto del universo estuviera escrito en las etiquetas.

—¿Quieres comprar aceite? —preguntó ella.

—No.

—¿Quieres decirme qué carajo te pasa?

Él la miró.

—No me pasa nada.

—Mateo. —Se puso frente a él, bloqueándole el paso—. Desde el desayuno estás raro. Casi no hablaste en la taberna. ¿Es por lo que hice esta mañana? ¿Fue demasiado? ¿Te incomodé?

—No.

—¿Entonces?

Silencio. Él apartó la mirada.

—Estoy cansado —dijo al final, vencido—. Eso es todo.

Vicky lo miró. Vio las ojeras, la tensión en sus hombros. la forma en que evitaba sus ojos. Y de pronto lo entendió.

No era que no le había gustado. Era que le había gustado DEMASIADO.

Le había asustado. Una sonrisa lenta se extendió por su cara.

—¿Estás cansado? —repitió, con un tono que destilaba maldad—. ¿No me puedes llevar el ritmo, inversionista?

Los ojos de él se oscurecieron.

—¿Perdona?

—No, nada. —Vicky se encogió de hombros con falsa inocencia—. Es que pensé que eras de los que aguantan. Pero si no puedes con el paso...

—Puedo con el paso perfectamente.

—No parece.

—Vicky... —Advertencia.

—Tranquilo. —Le dio una palmadita en el brazo—. Es normal. Ya no tienes veinte años. El cuerpo pide descanso.

Vio el momento exacto en que su orgullo masculino se encendió como una llamarada.

—¿Que ya no tengo veinte años? —repitió, acercándose a ella—. Anoche te hice correrte tres veces. TRES.

—Dos y media. La última no cuenta.

—¿QUE NO CUENTA?

—Fue más un temblorcito.

—Temblor... —Apretó la mandíbula—. Vamos al hotel.

—¿Para qué?

—Para demostrarte que no fue un temblorcito.

Vicky sonrió.

Demasiado fácil , pensó.

E l camino de vuelta al hotel fue tenso. Mateo no le quitaba los ojos de encima, mirándola como un depredador a punto de saltar. Como queriendo decirle: “Te voy a demostrar”. Vicky fingía revisar su teléfono mientras contenía la risa.

Cuando llegaron, él le agarró la mano y la arrastró hacia el lobby.

—Vamos —dijo.

—Espera.

—¿Qué?

Vicky se soltó con suavidad cuando llegaron frente al ascensor. Le puso las manos en el pecho, acariciándolo por encima de la camisa, y se acercó hasta que sus labios casi rozaban los suyos.

—¿Sabes qué, papito? —murmuró—. Creo que necesitas descansar.

—¿Qué?

—Sí. —Le acarició la mejilla con ternura falsa—. Estás cansadito. Lo dijiste tú mismo. Así que... duerme. Reposa. Que lo necesitas.

Y le dio un besito. Casto, con los labios cerrados, como se besa a un niño pequeño.

Mateo se quedó paralizado.

—¿Qué coño...?

—Nos vemos esta noche. —Le acarició la polla por encima del pantalón —dura, lista, dolorida— y le guiñó un ojo—. Cuida esto por mí.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el interior del ascensor, moviendo el culo de forma exagerada con cada paso.

—¡Vicky! —gritó él a sus espaldas—. ¡Ven acá, joder! ¡Hostia!

Ella se giró, le sacó el dedo del medio con la sonrisa más dulce del mundo, le tiró un beso, y desapareció dentro del ascensor.

Lo último que vio antes de que las puertas se cerraran fue su cara de incredulidad y frustración.

(Hay mujeres que saben exactamente cuándo soltar la cuerda para que el pez muerda más fuerte. Vicky era de esas. El problema es que a veces, mientras sueltas la cuerda, se te olvida que tú ya estás enganchada).

M ateo entró a su suite, cerró la puerta, y se quedó de pie en medio de la sala mirando la piscina vacía.

Tenía la polla dura, el orgullo herido, y algo peor: un hueco debajo del esternón que no se le iba desde el desayuno. Desde que ella lo miró desde abajo con esos ojos oscuros y él sintió que se le abría algo dentro del pecho que llevaba años soldado.

Se metió a la ducha. Fría. Se mantuvo bajo el chorro dos minutos con los dientes apretados hasta que la erección cedió y lo único que le quedó fue el frío y esa vocecita de mierda que no se callaba.

Te está gustando demasiado esta mujer.

No. Cerró el grifo de un manotazo. Se secó con rabia. Se puso un pantalón deportivo y se dejó caer en el sofá de la terraza con la intención de no pensar en absolutamente nada.

Lo consiguió durante exactamente cuarenta y tres segundos.

Entonces sonó el teléfono. Pantalla: “Alfonsina”.

Mierda. Apretó el puente de la nariz con dos dedos y contestó.

—Dime.

—Mateo, antes de que digas nada, necesito que respires.

Nunca, en la historia de la humanidad, la frase “necesito que respires” ha precedido nada bueno.

—¿Qué pasó?

—¿Conoces La Liebre Digital?

—¿Ese blog de mierda que publica quién se tira a quién en Madrid?

—Ese mismo. Publicaron algo hace dos horas.

Te leo el titular: “Mateo Rey de Francisco, el chef de las tres estrellas, desaparece de Madrid en plena crisis matrimonial. Fuentes cercanas confirman que el cocinero más cotizado de España habría abandonado el país rumbo a un destino desconocido, posiblemente acompañado”.

Mateo se quedó mirando el mar. El azul precioso, infinito, que hace cinco minutos era un refugio y ahora se sentía como una pecera.

—Posiblemente acompañado —repitió—. ¿De dónde coño sacan eso?

—No lo sé. Pero el artículo menciona que una fuente del aeropuerto confirmó que viajaste en primera clase a Atenas. No dan nombre de acompañante, pero especulan.

—Especulan. —Apretó la mandíbula—. ¿Y quién es la “fuente cercana”? ¿Daniela?

—No lo sé, pero no me sorprendería. También puede ser alguien de la aerolínea, o del personal de la terminal. Eres conocido, Mateo. Tienes un programa de televisión a punto de estrenarse. La gente te reconoce.

Mateo cerró los ojos.

“La gente te reconoce”. Esa frase le cayó en el estómago como un ladrillo.

Porque en cinco días en Santorini nadie lo había reconocido.

O eso creía. Aquí era solo Mateo, el inversionista de bolsa que cocinaba “como hobby”.

Aquí era un hombre sin estrellitas Michelin, sin programa de televisión, sin un apellido que se buscaba en Google.

Aquí era el hombre que Vicky miraba sin saber nada de todo eso. Y esa mirada limpia —sin cálculo, sin interés, sin el brillo hambriento que ponían las mujeres cuando sabían quién era— valía más que cualquier reseña en El País.

—¿Mateo? ¿Sigues ahí?

—Sigo. ¿Qué más?

—Tres cosas. Una: los productores de la cadena llamaron. Están nerviosos. Quieren saber si el escándalo matrimonial va a afectar el lanzamiento del programa en septiembre. Les dije que era un viaje de negocio y que no había escándalo, pero no se quedaron convencidos.

—Que se jodan. El programa se estrena cuando se estrene.

—Dos: tu abogado quiere hablar contigo. Dice que, si Daniela está filtrando información a la prensa, eso te puede perjudicar en el proceso de custodia. Pero necesita que le confirmes si estás solo o acompañado, porque eso sí podría beneficiarla a ella.

—Dile que estoy solo.

Silencio al otro lado.

—Mateo.

—¿Qué?

—¿Estás solo?

Más silencio. Mateo miró hacia la piscina. Junto al borde, todavía estaban las dos copas de vino de anoche. La toalla de ella colgada en la tumbona.

—Estoy solo, Alfonsina —dijo.

Su asistente no respondió durante tres segundos. Tres segundos que dijeron más que cualquier palabra.

—Vale —dijo al fin—. Le digo eso al abogado. Y tres: Nico me pidió que te dijera que lo de San Sebastián se está complicando por lo de la permisología. Que si puedes llamar al amigo tuyo diputado. Lo tengo aquí anotado, a un tal Carrasco.

—Trataré de contactarlo. ¿Algo más?

—Sí. —Alfonsina bajó la voz—. Mateo, ten cuidado. Si alguien te reconoce ahí y saca una foto, La Liebre será el menor de tus problemas. Una foto con una mujer que no es Daniela y todo se derrumba.

—Lo sé —dijo.

—¿Realmente lo sabes?

—Alfonsina, lo sé. ¿Vale? Lo sé.

—Solo cumplo con mi trabajo. ¿Necesitas algo más?

—No. Gracias. Por todo.

—De nada. Y Mateo... come algo. Suenas fatal.

—Siempre tan encantadora.

—Para eso me pagas.

Colgó.

Mateo dejó el teléfono en la mesa y se quedó mirando la pantalla oscura.

Una sola foto con Vicky y todo se iba a la mierda. La custodia de Gisela, el programa, su reputación. Todo el castillo de naipes que había construido durante quince años de carrera, derrumbado por una imagen de él con una mujer que ni siquiera sabía que estaba cenando con un chef famoso.