Capítulo Cinco
V icky se despertó con el olor a café y algo dulce que no supo identificar.
Abrió los ojos. La cama estaba vacía, pero todavía caliente donde había estado Mateo. Por la puerta entreabierta llegaba el sonido de sartenes y el murmullo de una canción tarareada.
El inversionista está cocinando , pensó con una sonrisa perezosa.
Se levantó, agarró la camisa de él que había quedado tirada en el suelo y se la puso. Le quedaba enorme, le llegaba a medio muslo, y olía a su colonia.
Caminó descalza hasta la cocina y se quedó en el umbral, mirándolo.
Mateo estaba de espaldas, con solo el pantalón del pijama, los músculos de la espalda moviéndose mientras volteaba algo en la sartén. Había música sonando bajito desde su teléfono —algo de jazz suave— y él se movía al ritmo sin darse cuenta.
—Buenos días —saludó ella.
Él se giró y sus ojos la recorrieron de arriba abajo. La camisa. Las piernas desnudas. El pelo revuelto.
—Joder —murmuró—. ¿Siempre te ves así de bien recién levantada?
—¿Siempre eres así de cursi por las mañanas?
—Solo cuando una boricua se pone una de mis camisas sin nada debajo.
Vicky sonrió y caminó hacia él. Se puso de puntillas para besarlo —un beso suave, de buenos días— y miró por encima de su hombro cuando se giró para atender la sartén.
—¿Qué estás haciendo?
—Tortitas. Con sirope de arce y fruta.
—¿Y el jamón, huevo y pan con mantequilla que prometiste?
—Te fallé, pero creo que no te voy a defraudar.
Había un plato ya preparado en la isla de la cocina. Tortitas perfectamente doradas, fresas cortadas en forma de corazón —qué cursi, pensó ella, pero no lo dijo— y una jarrita de sirope de arce al lado.
—Siéntate —dijo él—. Voy a servirte.
Vicky se sentó en uno de los taburetes de la isla. Él le sirvió café y puso el plato de tortitas frente a ella.
—Come —ordenó.
—¿Y tú?
—Yo como después. Quiero ver tu cara cuando las pruebes.
Vicky cortó un trozo de tortita, lo mojó en sirope y se lo llevó a la boca.
—Carajo —murmuró con la boca llena—. Está delicioso.
—¿Verdad?
Él sonrió y se apoyó en la encimera, mirándola comer con una expresión de satisfacción que a ella le resultó tierna.
—Quiero la receta.
—Tendrás que ganártela.
Rieron. Comieron juntos, él de pie y ella sentada, intercambiando bocados y bromas. El sol entraba por las ventanas, el mar brillaba afuera.
Cuando terminaron, Vicky se bajó del taburete y agarró la jarrita de sirope.
—¿Qué haces? —preguntó él.
—Sacarte la receta de las tortitas.
—Vicky…
Ella sonrió. Esa sonrisa que él ya conocía. La sonrisa que significaba problemas.
—Siéntate —dijo ella.
—¿Qué?
—Que te sientes. En el taburete.
Algo brilló en los ojos de él. Curiosidad. Anticipación. Se sentó.
Vicky caminó hacia él, la jarrita de sirope todavía en la mano. Se puso entre sus piernas y le bajó el pantalón del pijama de un tirón sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Hostia —murmuró él cuando el aire fresco le golpeó la polla, que ya estaba medio dura por la anticipación, solo de verla acercarse.
—Shh —dijo ella—. Quietecito.
Inclinó la jarrita. El sirope de arce cayó en un hilo dorado, tibio, sobre su erección. Mateo siseó.
—¿Qué coño…?
—Tengo antojo de algo dulce —dijo Vicky, mirándolo a los ojos—. ¿Te importa?
Antes de que él pudiera responder, ella se puso en cuclillas y se metió su polla en la boca.
El sabor del sirope mezclado con su piel era obsceno. Dulce, salado, caliente. Vicky lo lamió como si fuera un helado que se derretía, recogiendo cada gota de sirope mientras él gemía sin dejar de mirarla.
—Joder… Vicky… joder…
Ella no respondió. Estaba demasiado ocupada chupando, lamiendo, tragando. Le agarró la base con una mano mientras con la otra le acariciaba los huevos y se lo metió tan profundo como pudo.
—Para… hostia… para o voy a…
No paró. Lo quería así. Lo quería perdido, descontrolado, suyo, rendido.
Aceleró el ritmo, apretando los labios, succionando con fuerza. Él le agarró el pelo —no tirando, solo agarrando, como si necesitara sostenerse de algo— y ella gimió contra su erección porque le encantaba cuando hacía eso.
—Vicky… me corro… me voy a correr…
Ella lo miró desde abajo, sin apartar la boca, y ese contacto visual fue lo que lo destrozó.
Se derramó en su boca, temblando en el taburete como si fuera a caerse. Y Vicky se tragó cada gota. Sin apartar los ojos de los suyos. Sin hacer una mueca. Sin escupir en un pañuelo, como otras.
Lo disfrutó. Y eso fue lo que lo rompió.
Mateo había tenido mujeres antes del matrimonio, correrías desde los quince años.
No pocas. Sabía cómo era un sexo rápido, un favor a medias, una rodilla clavada en el suelo con la mirada perdida en el techo.
Pero nunca así. Nunca con una mujer arrodillada frente a él, tragándose todo mientras lo miraba como si aquello fuera un secreto solo de los dos.
Daniela ni siquiera quería bajar; siempre decía que le daba asco. Las demás lo hacían con la prisa incómoda de algo que había que tachar de la lista.
Vicky, en cambio, parecía estar justo donde quería estar. Y eso fue lo que le encendió una alarma en el pecho.
Esta mujer, loca que había conocido en un avión. Esta mentirosa preciosa que ahora estaba de rodillas en su cocina…
¿Qué coño me está pasando? , pensó mientras ella se levantaba y se limpiaba los labios con la servilleta, mirándolo con descaro.
—El sirope le da un toque especial —dijo Vicky con descaro.
Mateo la miraba como si le hubiera crecido una segunda cabeza. El corazón le latía demasiado rápido. Las manos le temblaban. Y sentía algo en el pecho —algo cálido, peligroso— que lo asustaba más que cualquier cosa que hubiera sentido en años.
—¿Estás bien? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Sí. —Pero su voz sonó rara, un poco lejos—. Sí, claro.
Se subió el pantalón, se levantó del taburete y cogió el plato del desayuno con más prisa de la necesaria. Un tenedor tintineó contra la loza.
Vicky frunció más el ceño. Esa torpeza no era de después de correrse; era de alguien que quería huir de su propia cabeza.
—Oye.
—¿Qué?
—Mírame.
Él la miró. Pero había algo diferente en sus ojos. Algo cerrado, como si hubiera bajado una persiana desde dentro.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Nada.
—No me digas nada. Hace un minuto estabas corriéndote en mi boca y ahora pareces que viste un fantasma.
Mateo apretó la mandíbula.
—Estoy bien.
—Mateo…
—Que estoy bien, joder. —Dejó el plato en la encimera con un golpe seco que hizo temblar las tazas—. ¿Quieres salir hoy? Hay un pueblo en el sur de la isla que dicen que tiene buen mercado.
Cambio de tema. Tan torpe que casi dolía. Vicky lo vio, lo reconoció. Había visto ese “estoy bien” tenso en otros hombres, en otras circunstancias, después de otros momentos en los que ella se había permitido desear sin filtro.
Podría haber insistido, haberle arrancado la verdad a base de preguntas. Pero estaba en Grecia. De vacaciones. No iba a perseguir a un hombre por toda la isla para que admitiera que algo le había movido el piso.
—Vale —dijo, tragándose las ganas de pincharlo un poco más—. Me ducho y vamos.
E l pueblo se llamaba Pyrgos y era exactamente el tipo de lugar que aparecía en las guías de viaje. Calles empedradas, casas blancas con puertas azules, una plaza llena de cafés y tiendas de artesanía. Turistas por todas partes sacando fotos y regateando precios.
Caminaron juntos pero separados. No tomados de la mano como el día anterior. No rozándose “accidentalmente” cada dos pasos. Mateo mantenía una distancia de medio metro que a Vicky le resultaba más fría que un acondicionador de aire.
¿Qué carajo le pasa? , pensó mientras fingía mirar unas cerámicas pintadas a mano.
El mercado eran cuatro puestos a la sombra de un toldo: especias en montañitas de colores, tomates que olían a tomate de verdad, baratijas para los turistas.
Vicky regateó un frasco de pimentón ahumado como si le fuera la vida en ello, se lo sacó en cinco euros al vendedor y se lo mostró a Mateo con cara de triunfo.
—Cinco euros —dijo, agitándole el frasco delante—. Aprende, inversionista.
Él casi sonrió y volvió a guardarse en su silencio y su distancia de medio metro.
Quince minutos después el sol golpeaba como un castigo y a Vicky se le pegaba la blusa a la espalda.
—Te invito a tomar algo —dijo ella— antes de que nos derritamos.
Se metieron en una taberna, dos mesas y un ventilador que movía el calor de un lado a otro, pero que no producía ningún alivio. Los atendió una muchacha que por su apariencia no debía pasar los veinte años, Vicky no se lo preguntó, le bastó con mirarla.
—¿Venezolana? —le preguntó cuando trajo las cervezas.
La chica sonrió.
—De Maracaibo. ¿Cómo sabes?
—Por el acento. —Vicky se encogió de hombros—. Yo también vengo de lejos. Puerto Rico.
—Ay, Puerto Rico, chama. Yo quiero ir a la tierra de Bad Bunny.
Vicky asintió con una sonrisa.
—El reguetón… —dijo la venezolana con cierta nostalgia.
Mateo las observaba a ambas, pero no participaba.
—¿Y hace mucho que estás aquí? —preguntó Vicky.
—Bueno, hace ocho meses. Quiero ver si ahorro dinero y puedo mudarme con mi novio a Francia, pero ahora con lo de los terremotos también me gustaría ir a ayudar a mi familia.
—Me imagino —dijo Vicky—. Ha sido trágico.
A la chica se le formó un nudo en la garganta y le brillaron los ojos.
—Espero que todo te salga bien —dijo Vicky.
—Gracias.
La muchacha volvió a su bandeja para atender a la otra mesa.
Y Vicky la siguió con la mirada porque conocía esa coreografía de memoria.
Conocía los pies que a las tres de la mañana ya no eran pies, sino dos cosas hinchadas dentro de unos zapatos baratos.
Conocía la sonrisa que había que sostener una hora más, aunque se te estuviera cayendo la cara.
Y conocía a los tipos que con tres copas encima se creían con derecho a una mano en la cintura, a un nombre, a un “guapa” que nadie les había dado.
En La Tinta había aprendido a sonreír con los dientes apretados y a esquivar manos sin tirar la bandeja.
Tres años de eso no se le borraban así como así.