Capítulo Cuatro #2
La besó. Lento al principio, saboreándola, pero la urgencia fue creciendo. Sus manos le desataron el bikini por detrás, dejándola desnuda de cintura para arriba.
—Me encanta ver tus tetas al aire —dijo él, bajando la boca a sus pechos.
—¿Siempre eres así de ordinario?
—Cuando de tus tetas se trata, sí.
Él se rio contra su piel y siguió bajando. Pero esta vez Vicky no iba a dejarlo tomar el control.
Le agarró la cara y lo hizo subir.
—Esta noche mando yo de nuevo —dijo.
—¿Ah sí? Eres muy dominante.
—Sí.
Le bajó el bañador con una mano mientras lo besaba. Cuando sintió su erección contra su muslo, sonrió contra sus labios.
—Parece que alguien me ha echado de menos.
Lo acarició.
—Vicky...
—Shh. —Le mordió el labio inferior.
Lo empujó hasta el borde de la piscina, donde había un escalón sumergido. Lo hizo sentarse y se subió a horcajadas sobre él.
—Condón —dijo ella.
—Mierda. En la habitación.
—Pues vas a tener que aguantar un poco más.
Y empezó a moverse contra él. Sin penetración, solo fricción. Su sexo contra el de él a través de la tela del bikini, resbalando, provocando, torturando.
—Joder, Vicky... me estás matando...
Se movió más rápido, más fuerte. Él tenía las manos en sus caderas, apretando, intentando controlar el ritmo, pero ella no lo dejaba.
—¿Te gusta esto? —le preguntó, mordiéndole la oreja—. ¿Te gusta que te monte así?
—Me encanta... joder... me encanta todo lo que me haces...
—¿Quieres más?
—Sí... hostia, sí... Te quiero toda.
Él la miró con los ojos oscurecidos de deseo.
—Quiero que me folles hasta que no pueda caminar —dijo ella.
—Hecho.
La levantó como si no pesara nada, salió de la piscina con ella en brazos, y la llevó a la habitación dejando un rastro de agua por todo el suelo.
La tiró en la cama, encontró el condón en la mesita de noche, se lo puso con manos ansiosas, y dos segundos después estaba dentro de ella.
—Dios... —gimió Vicky—. Mateo…
—¿Bien?
—Más fuerte.
Él obedeció. La embistió con fuerza, profundo, sin contenerse. El cabecero de la cama golpeaba contra la pared, el agua de la piscina todavía goteaba de sus cuerpos, y Vicky ya no intentaba controlar los gemidos.
—¿Te gusta? —Él le levantó las piernas sobre sus hombros, cambiando el ángulo para que fuera más profundo—. ¿Te gusta cómo te follo?
—Me encanta... carajo, me encanta...
—Dime que soy el mejor.
Vicky soltó una risa jadeante.
—¿Ahora necesitas validación?
—Dímelo, carajo. —Aumentó el ritmo, tocándola exactamente donde la necesitaba—. Dime que soy el mejor polvo de tu vida.
—Eres... joder... eres...
—¿Soy qué?
El orgasmo la golpeó antes de que pudiera responder. Se arqueó contra él, gritando su nombre, apretándolo con todo su cuerpo mientras el placer la atravesaba en oleadas.
Él la siguió segundos después, gruñendo contra su cuello, temblando encima de ella.
Se quedaron así un momento, jadeando, el sudor mezclándose con el agua de la piscina.
—No has respondido —dijo él al final.
—¿A qué?
—A si soy el mejor polvo de tu vida.
Vicky sonrió, pasándole los dedos por el pelo mojado. Sin sospechar que ese machote que tenía a su lado necesitaba convencerse de que era buen amante porque una mujer se había encargado de que creyera lo contrario.
—Quiero probar otra vez —dijo ella con expresión traviesa.
Él la miró con esa sonrisa torcida que la volvía loca.
—¿Esa es tu respuesta?
—Tengo que asegurarme de hacer una evaluación justa.
—Pues yo te puedo asegurar que comiéndome la polla has sido la mejor.
Vicky soltó una carcajada.
—Eres un cabrón.
—Soy un cabrón honesto.
Se besaron perezosamente, pero el beso fue subiendo de temperatura. Las manos de él empezaron a vagar de nuevo, acariciándole la espalda, el culo, colándose entre sus piernas.
La giró hasta ponerla boca abajo, pasándole las manos por la espalda.
—Ahora quiero verte así.
Vicky sintió su erección contra su culo y contuvo un gemido.
—¿Ya estás duro otra vez?
—Contigo siempre estoy duro, Victoria.
Le levantó las caderas, encontró otro condón en la mesita —el cabrón tenía una reserva infinita—, y un momento después estaba entrando en ella desde atrás.
—Joder... —gimió Vicky contra la almohada.
—¿Estás bien?
—Sí, demasiado bien.
Él empezó a moverse. Profundo, lento al principio, pero fue aumentando el ritmo hasta que el sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. Le agarró el pelo con una mano, echándole la cabeza hacia atrás, y Vicky gimió.
—¿Te gusta? —preguntó él, tirando un poco más.
—Sí... más fuerte...
Joder , pensó él mientras le tiraba del pelo y la embestía más duro.
Nunca había estado con una mujer que se dejara hacer todo esto.
Que pidiera más en lugar de menos. Que gimiera cuando le tiraba del pelo en lugar de quejarse.
Daniela siempre había sido fría en la cama, siempre con límites, siempre “así no” y “eso no me gusta”.
Pero Vicky... Vicky era fuego. Vicky era todo lo que él no sabía que necesitaba.
—Joder... me vuelves loco cuando te pones así —gruñó, agarrándola de las caderas con la otra mano—. Verte así, abierta para mí... caliente.
—Mateo... Esto es…Papi, no pares.
Ese era el sonido de una mujer perdiendo la cabeza. Ese era su diez.
Se esmeró más. La embistió más fuerte, más profundo, inclinándose sobre ella para morderle el hombro mientras una mano bajaba a tocarla donde más lo necesitaba.
—¿Te gusta así? —jadeó contra su oído—. ¿Te gusta cómo te follo?
—Sí... sí... Qué rico…
Estaba a punto de correrse. Él lo sentía, lo notaba en cómo se apretaba alrededor de él, en cómo temblaban sus piernas.
—¿Quieres ser mía de por vida? —gruñó, perdiendo el control.
—Ay, sí papi... tuya. Completita.
Palabras que se decían en un arrebato de lujuria, pero ambos sabían que el significado era hueco. Mateo se corrió con un rugido casi animal, embistiéndola una última vez mientras ella gritaba su nombre contra la almohada.
Colapsaron juntos en la cama, jadeando, temblando, completamente exhaustos.
—Joder —murmuró él después de un largo silencio mientras batallaba por recuperar el aliento.
—Sí.
—Si muero ahora, me muero feliz
Más silencio. Solo sus respiraciones y el sonido del mar.
—¿Te quedas esta noche? —preguntó él al rato cuando la tenía acomodada sobre su pecho.
Vicky lo pensó. Debería irse. Mantener la distancia. No convertir esto en algo que no era.
Pero estaba cómoda. Cansada. Y él era tibio y olía bien.
—¿Tienes algo para desayunar mañana? —preguntó.
Mateo sonrió.
—¿Después de la cena que te hice todavía piensas en comida?
—Siempre pienso en comida. Es un defecto de carácter.
Él se rio.
—Te haré el mejor desayuno de tu vida si te quedas.
—Eso habrá que verlo. Yo crecí con desayunos boricuas. Jamón, huevo, pan con mantequilla y café con leche. A ver si puedes competir con eso.
—Acepto el reto.
—Todo contigo es un reto.
Mateo la atrajo hacia él, y Vicky se dejó hacer porque era más fácil que levantarse y caminar hasta su habitación.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
—En nada.
—Mentirosa.
—Mira quién habla.
Él se rio contra su pelo.
Silencio. Vicky podía sentir su pecho subir y bajar debajo de su mejilla, y que algo en ese ritmo había cambiado. Los dedos de Mateo se detuvieron en su pelo. Ya no era agitación. Era otra cosa.
—Ojalá que… —dijo él, pareció arrepentirse—. Nada, no importa. Descansa.
Vicky había escuchado lo que él no dijo. Estaba ahí, flotando entre ellos como el humo de una vela apagada.
Así que hizo lo que mejor sabía hacer: esquivar.
—Touché —dijo ella.
Los dos supieron que algo había cambiado. Algo pequeño, casi invisible, como una fisura en un muro que parece sólido. No se cae todavía, pero ya entró el agua.
Se quedaron en silencio. El sueño la fue arrastrando poco a poco, y lo último que pensó ella antes de dormirse fue que este juego se estaba volviendo peligrosamente cómodo.
Pero mañana se preocuparía por eso. Mañana.
(¿Saben cuál es el momento más peligroso de un juego? Cuando los dos comienzan a dejar de jugar).