Capítulo Cuatro
V icky se despertó pensando en él, aunque le costaba admitirlo.
En sus manos, su boca. En la forma en que había gemido su nombre cuando ella lo montaba. En cómo lo había dejado mirando el techo cuando se fue, sin quedarse a dormir, sin darle la satisfacción de verla vulnerable.
Mantén el control , se dijo mientras se duchaba.
Pero era difícil no sentir real atracción cuando un hombre te hacía correrte varias veces en una noche y luego te miraba como si fueras lo más hermoso que había visto en su vida.
Es solo sexo , se recordó.
El teléfono de la habitación sonó. Vicky lo miró con desconfianza.
¿Quién coño llamaba a un teléfono de hotel a las nueve de la mañana?
Pensó en Alejandro, pero quien único sabía que ella estaba en Santorini era su amigo Axel.
Imposible que pudiese encontrarla. Tal vez era el servicio de habitación.
Levantó el auricular despacio con el corazón desbocado y la mano temblando.
—Helou —contestó con la voz un poco baja.
—Tour de vinos hoy. Te recojo a las once. Y no me vengas con que tienes planes.
Esa voz ronca. Ese descaro. Vicky sintió cómo el alma le volvió al cuerpo y una sonrisita traidora se le formó en los labios.
—A las once —dijo ella—. Pero solo porque me gusta el vino.
—Claro. El vino.
—Deja tus delirios, Mateo.
Colgó antes de que él pudiera decir nada más. No iba a darle la satisfacción de escucharla reír.
E l tour de vinos de Santorini era una de esas experiencias “imprescindibles” que salían en todas las guías turísticas. Bodegas excavadas en la roca volcánica, vistas al mar Egeo, y vinos con nombres impronunciables que sabían a historia.
A Vicky le importaba poco la historia. Solo quería beber. Y quizás, si era franca con ella misma, ver a Mateo con esa camisa blanca que le marcaba los hombros y esa colonia que usaba para después de afeitar.
Contrólate, Victoria , se dijo mientras esperaban en el lobby. Es solo un hombre.
El problema era que cada vez que lo veía, su cuerpo reaccionaba como si tuviera dieciocho años y no treinta. Mariposas en el estómago, palpitaciones, ganas de arrancarle la ropa ahí mismo.
El minibús los recogió en el hotel, ya medio lleno con otros diez turistas.
Una pareja de recién casados alemanes que no paraban de hacerse fotos.
Un grupo de amigas inglesas celebrando una despedida de soltera, todas con camisetas que decían “Bride Tribe” y diademas de penes brillantes.
Se detuvieron en otro hotel para recoger a un hombre solo, italiano por el acento, de unos cuarenta años, bronceado, con esa seguridad de quien sabe que es atractivo.
Se sentó justo al lado de Vicky, lo único que los separaba era el pasillo. Le sonrió y le dio los buenos días. Mateo iba pegado a la ventanilla.
—¿Primera vez en Santorini? —preguntó el hombre, inclinándose hacia el pasillo. Olía a colonia cara y a ego
Vicky sintió a Mateo tensarse a su lado como un cable de alta tensión.
—Sí —respondió ella, educada pero fría.
—Yo vengo cada año. Esta isla tiene algo especial, ¿no crees?
El mar, el vino, las mujeres hermosas...
—Le dedicó una sonrisa que tal vez funcionaba con el noventa por ciento de las mujeres—.
Me llamo Alessandro. Si quieres, después del tour puedo enseñarte los lugares que no salen en las guías. Los secretos de Santorini.
Ay, Dios mío , pensó Vicky. Otro macho con complejo de conquistador.
—Está conmigo —interrumpió Mateo, con una voz que podría cortar cristal y congelar el Egeo.
Alessandro levantó las manos en gesto de rendición, pero su sonrisa decía que no se daba por vencido con facilidad.
—Solo ofrecía ser amable, amigo. No hay que ponerse así.
—Pues busca a otra persona para que le ofrezcas tu amabilidad.
El italiano se recostó en su asiento, pero Vicky podía sentir que de vez en cuando la miraba de reojo.
—¿Y eso? —le susurró a Mateo.
—No me gusta que un tipo se propase.
—Siempre y cuando ese tipo no seas tú
—Tú y yo estamos jugando, ¿no? —Sonrió—. Y ese italiano quería meterse en el juego sin invitación.
—A lo mejor me apetecía jugar con él.
—Pero los dos sabemos que no te apetece. —Sonrió, pero esta vez no mostró los dientes. Fingía cierta indiferencia que en realidad no sentía, debajo estaba furioso.
—¿Y tú cómo sabes lo que me apetece?
Él se inclinó hacia ella, bajando la voz hasta susurrarle en el oído.
—Porque si te apeteciera, no estarías aquí sentada con tu mano en mi rodilla.
Vicky bajó la mirada. Era cierto. Sin darse cuenta, había puesto la mano en su pierna de modo casual.
—Eso no significa nada —dijo, pero no la apartó.
—Claro que no. Nada de esto significa nada.
E l tour terminó a las cinco de la tarde. Vicky había bebido suficiente vino como para sentirse ligera pero no estaba borracha, y Mateo no había dejado de mirarla con esos ojos que prometían venganza.
—¿Tu suite o la mía? —preguntó él en el minibús de vuelta al hotel.
—La tuya tiene piscina.
—Y cocina.
—¿Cocina?
—¿Tienes hambre?
Vicky lo miró con curiosidad. Llevaban tres días juntos y todavía no habían cenado en un sitio que él no pagara.
—¿Vas a cocinarme?
—Intentaré.
—Espero que al menos no me envenenes
Él sonrió, enigmático.
La suite de Mateo a la luz del atardecer era todavía más espectacular que de noche.
La piscina brillaba como un zafiro líquido, el sol teñía el mar de naranja y rosa, y la cocina, porque efectivamente había una cocina completa con isla de mármol, fogones profesionales y una colección de cuchillos que parecían de museo, parecía sacada de una revista de diseño.
—Ponte cómoda —dijo él, abriéndole la nevera que estaba llena de ingredientes frescos: verduras, mariscos, hierbas aromáticas—. Voy a preparar algo.
—¿Desde cuándo tienes todo eso en la nevera, Mateo?
—Llamé antes para que lo trajeran.
Ya , pensó ella. Claro. Porque los inversionistas siempre piden gambas frescas y albahaca para sus suites.
Vicky se sentó sobre la encimera con las piernas cruzadas. Llevaba un pareo transparente que apenas le cubría un diminuto bikini marrón y una copa de vino en su mano derecha. Lo observaba moverse por la cocina. Y lo que vio la dejó perpleja.
Mateo no cocinaba como un aficionado. Tampoco como alguien que “tiene la cocina como hobby”. Más bien parecía que había nacido con un cuchillo en la mano.
Cortaba las verduras con precisión milimétrica, movimientos fluidos que hablaban de miles de horas de práctica.
Ajustaba el fuego sin mirar, como si pudiera sentir la temperatura exacta a través del aire.
Probaba las salsas con la cuchara de madera, añadía una pizca de sal aquí, un chorrito de limón allá, todo con la seguridad de alguien que sabe exactamente lo que hace.
Sus manos se movían como las de un cirujano.
—Oye —dijo ella, incapaz de contenerse—. ¿Dónde aprendiste a cocinar así?
—¿Así cómo?
—Como si llevaras haciéndolo toda la vida. Esos cortes, esa técnica... eso no se aprende viendo vídeos de YouTube. Y no me digas que eres aficionado porque no soy pendeja.
Él se encogió de hombros sin mirarla, y Vicky notó una tensión casi imperceptible en sus hombros.
—Me gusta cocinar. Es un hobby.
—Eso no es un hobby, Mateo. Eso es... otra cosa.
—¿El qué?
—No sé. Pero los inversionistas de bolsa tienen cara de no saber freír ni un huevo, y no tienen una técnica de brunoise perfecta.
Mateo se quedó inmóvil por un segundo. Solo un segundo.
—¿Brunoise? —preguntó, con tono casual—. ¿Desde cuándo sabes de técnicas de cocina?
—Vi MasterChef una temporada. —Vicky le dio un sorbo al vino—. Sé reconocer cuando alguien sabe lo que hace. Y tú, inversionista, sabes demasiado de cocina.
—Bueno, yo no soy como los inversionistas de bolsa que te imaginas. Y te recuerdo que TUS reglas establecen que no vamos a compartir información sensitiva.
No preguntó más. Ese era el trato. Sin preguntas sobre el pasado. Sin cuestionar las mentiras. Las reglas que ninguno de los dos podía saltar.
Aunque cada vez costaba más ignorarlas. Cada vez las grietas en su historia eran más evidentes. La técnica de cocina profesional y esa forma de hablar de comida como si fuera su lengua materna...
Media hora después, Mateo puso frente a ella un plato que parecía sacado de un restaurante con estrella Michelin. Pasta con mariscos, salsa de azafrán, decorada con hierbas frescas y un chorrito de aceite de oliva que brillaba como oro líquido.
—Pruébalo.
Se llevó el tenedor a la boca y cerró los ojos. Los sabores explotaron en su paladar: el mar, el azafrán, algo cítrico, algo picante... era perfecto. Absolutamente perfecto.
—Carajo, esto está bien bueno —dijo Vicky con la boca llena, relamiéndose—. Rico.
—¿Sí?
—SI. —Lo miró con los ojos muy abiertos—. Mateo, esto es lo mejor que he comido en mi vida.
Comieron en la terraza mientras el sol se hundía en el mar. La conversación fluyó fácil, como siempre entre ellos: bromas, pullas, esa tensión constante que hacía que cada roce fuera eléctrico.
—¿Postre, cariño? —preguntó él cuando terminaron.
(¿Le había dicho “cariño”? Esto está escalando demasiado rápido y esta vez ella lo había obviado o le había encantado que le dijera así) .
—Depende de qué tipo de postre.
—El que tú quieras.
Vicky dejó la copa en la mesa y se levantó. Con toda la calma del mundo, se quitó el pareo y lo dejó caer al suelo sin dejar de mirar a Mateo a los ojos.
—¿Qué haces? —preguntó Mateo, con la voz más ronca de lo normal.
—Me apetece un baño.
Y se metió en la piscina.
El agua estaba perfecta. Tibia por el sol del día, refrescante contra su piel caliente. Vicky nadó hasta el borde que daba al mar, apoyó los brazos y esperó. Escuchó a Mateo entrando detrás de ella. Sintió sus manos en su cintura, el pecho contra su espalda, la boca en su cuello.
—Eres una provocadora —murmuró él contra su oído.
—Y tú eres un impaciente.
—Llevo horas esperando esto.
—Pobrecito. —Se giró para mirarlo, pasándole los brazos por el cuello—. ¿Has sufrido mucho?
—No tienes ni idea.