Capítulo Tres #5
Y Vicky descubrió lo que era el sexo oral de verdad.
Porque Alejandro nunca hacía esto. Alejandro miraba su coño como si fuera territorio enemigo, algo que había que evitar a toda costa. Y los novios anteriores... bueno. Eran entusiastas pero ineptos, como perros lamiendo un plato vacío.
Pero Mateo. Dios mío, Mateo.
La lamía como si fuera un plato gourmet que había que saborear.
Lento, preciso, alternando presión y suavidad, escuchando cada gemido como una guía.
La lengua, los labios, los dedos trabajando juntos hasta que Vicky se abrió por completo, lo agarró del cabello y se dejó llevar hasta que sintió que iba a explotar.
—Mateo... no pares, carajo... Si lo haces te mato...
Él sonrió contra su piel sin dejar lo que hacía. Ahí está , pensó. Ahí está mi diez.
No paró. La llevó al borde y la dejó caer, una y otra vez, hasta que ella gritó su nombre tan fuerte que con toda probabilidad la oyeron en el pueblo de al lado. Las piernas le temblaban y ya estaba tan sensible que le pidió una tregua.
Cuando subió a besarla, con el sabor de ella en sus labios, Vicky estaba temblando.
—¿Qué puntuación me darías ahora? —preguntó él con esa sonrisa de cabrón satisfecho.
—No voy a elevarte el ego —dijo con la voz apenas audible por la falta de aliento.
—Eso pensé.
Pero Vicky no era de las que se quedaban en deuda. Así que lo empujó sobre la tumbona, le desabrochó el bañador, y le demostró exactamente lo que una boca boricua podía hacer.
Mateo no estaba preparado para eso.
Había tenido mujeres antes de casarse, claro. Pero ninguna como esta. Ninguna que lo mirara a los ojos mientras lo tragaba entero, que usara las manos y la lengua y los dientes con esa precisión devastadora, que gimiera como si chupársela fuera un placer y no un favor.
—Joder... Vicky... tu boca... Hostia puta...
Ella sonrió sin dejar de hacer lo que hacía. Y esa sonrisa, esos ojos oscuros mirándolo desde abajo, fue su perdición.
—Para —jadeó—. Para o voy a...
Ella no paró. Pero él la detuvo, la subió hasta su boca y la besó con desesperación.
—Quiero estar dentro de ti —dijo contra su boca.
—Estás tardando.
La llevó a la cama. Encontró un condón en el cajón de la mesa de noche, se lo puso, y cuando entró en ella los dos gimieron al unísono.
Y entonces Vicky tomó el control.
Lo empujó hasta dejarlo de espaldas sobre el colchón, se sentó sobre él, y empezó a moverse. Arriba, abajo, circular, sin prisa, con una precisión que Mateo no podía manejar. Lo montó como si fuera suyo, como si ella mandara, como si él fuera solo un instrumento para su propio placer.
Y Mateo, que siempre había sido el que dominaba, el que dirigía, el que decidía el ritmo... se rindió.
La dejó hacer, montarlo, morderlo, marcarle el cuello con los dientes. La dejó hablarle sucio al oído. “¿Te gusta así, papi? ¿Te gusta cómo te aprieto? Siéntelo” Mientras él perdía la capacidad de formar palabras coherentes.
Cuando ella se corrió por segunda vez, apretándolo con todo su cuerpo, él la siguió segundos después con un gruñido animal que no reconoció como propio.
Se quedaron así un momento, ella sobre él, los dos jadeando, el sudor mezclándose entre sus cuerpos.
—Joder —dijo él al final.
—Sí.
—Esto ha sido...
Silencio. Solo sus respiraciones y el sonido del mar a lo lejos.
Entonces Vicky se levantó.
—¿Qué haces? —preguntó él.
—Ducharme.
—¿Ahora?
—Estoy sudada.
Se metió al baño sin más explicación. Mateo escuchó el agua correr mientras miraba al techo, intentando procesar lo que acababa de pasar.
¿Qué coño fue eso?
Porque él tenía un plan. Él iba a demostrarle que era un buen polvo, que si Daniela lo había engañado no era por su culpa. Él iba a hacerla gritar su nombre y sentirse como el puto amo del universo.
Y lo había hecho. La había hecho gritar. Dos veces.
Pero también ella lo había hecho gritar a él. Lo había desarmado por completo. Lo había montado como si él fuera... como si él fuera...
Suyo.
El agua dejó de correr. Vicky salió del baño envuelta en una toalla, recogiendo su ropa del suelo.
—¿Te vas? —preguntó él, incorporándose.
—Es tarde.
—Puedes quedarte.
—Mejor no.
—¿Por qué?
Ella lo miró. Había algo en sus ojos que él no pudo descifrar. ¿Miedo? ¿Defensa? ¿Ambas cosas?
—Porque esto es lo que es —dijo ella—. No hace falta complicarlo.
—No lo complicaremos.
—Quedarse a dormir es complicarlo.
Se vistió mientras él la miraba, sin saber qué decir, ni cómo retenerla. Cuando estuvo lista, se acercó a la cama, se inclinó, y le dio un beso corto.
—Te acompaño —dijo él.
—No me voy a perder. Buenas noches, inversionista.
—Buenas noches, profesora.
Y se fue.
Mateo se quedó solo en esa suite enorme, mirando al techo, sintiendo el fantasma de las manos de esa mujer en su cuerpo y el eco de su risa en sus oídos.
¿Qué coño me está pasando?
Porque esto no era el plan. El plan era follar sin sentir. Demostrar que podía. Cerrar el capítulo de Daniela y seguir adelante.
Pero algo había cambiado esta noche. Algo que no quería nombrar.
(Hay noches que empiezan como un juego y terminan con el corazón en la garganta).