Lo que pasa en Santorini Capítulo Tres #4
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Capítulo Tres #4

—No.

—¿Tienes miedo?

—Tengo sentido común.

Pero se dio la vuelta de todas maneras porque era una idiota. Cuando le puso las manos en los hombros, Vicky tuvo que morderse el labio.

Mateo le pasó las manos por la espalda con una lentitud que debería ser ilegal, todo deliberado.

—Listo —dijo él—. Tu turno.

—¿Mi turno?

—Mi espalda. No llego.

Vicky tomó el tubo de bloqueador y se echó crema en las manos. Cuando las puso sobre los hombros de Mateo, casi se le escapa un gemido.

Dios mío.

Porque una cosa era verlo sin camiseta y otra muy diferente era tocarlo.

A ese hombre enorme. Esos hombros anchos.

Los músculos moviéndose bajo su piel mientras ella le pasaba las manos.

Esa espalda que parecía esculpida. Se imaginó dándole mordisquitos en las pecas de los hombros, pero de inmediato se reprendió mentalmente.

—Date la vuelta —le dijo, con la voz más ronca de lo que hubiera querido.

Él obedeció. Y Vicky tuvo que contenerse para no relamerse los labios como una loba hambrienta.

El pecho. Dios, el pecho. Duro, definido, con una línea de vello castaño que bajaba hacia... No lo voy a mirar a los ojos.

—¿Todo bien, esposa? —preguntó él como si supiera con exactitud lo que ella estaba pensando.

—Perfectamente —mintió, pasándole las manos por los pectorales, por los abdominales, sintiendo cómo se contraían bajo sus dedos. Sin contacto visual.

—Te has quedado muy callada.

—Estoy concentrada. No quiero que te quemes.

—Qué considerada.

—Soy tu esposa. Es mi deber.

Le dio una palmada en el pecho, quizás más fuerte de lo necesario.

—¡Listo! Ya no te quemas.

Mateo le atrapó la mano antes de que pudiera apartarla.

—¿Segura que no quieres seguir? Todavía me falta el cuello.

—Tu cuello puede arder.

—Qué esposa más cruel.

—¿Cruel? —Vicky arqueó una ceja—. ¿Quieres verme ser cruel?

—Muero por verlo.

Se miraron. Tensión. Fuego. Ganas de arrancarse la poca ropa que tenían, delante de los argentinos y del griego musculoso y de todo el Mediterráneo.

—¡AY, AMIGA! —chilló Flor, rompiendo el momento—. ¡Son RE tiernos! ¡Cómo te mira! Facu, amor, ¿por qué no me mirás ASÍ a mí?

Facundo la besó.

Mateo los miró de reojo. Ya iban por el beso número... ¿nueve? ¿Diez? Era difícil llevar la cuenta.

—No podemos pasar como unos principiantes ante estos dos —murmuró.

—¿Qué?

Pero ya era tarde.

Mateo le tomó la cara con ambas manos, esas manos grandes todavía resbalosas de bloqueador, y la besó.

Pero no fue un beso corto como el de la noche anterior frente a la puerta de la suite de Vicky.

No. Este fue un beso largo, profundo, de esos que te roban el oxígeno y las neuronas y cualquier pensamiento coherente.

La lengua de Mateo encontró la suya. Una mano bajó a su cintura, atrayéndola. La otra se enredó en su pelo. Y Vicky, que debería haberlo empujado, que debería haberle mordido el labio hasta hacerlo sangrar, que debería haber hecho CUALQUIER COSA excepto lo que hizo...

Le devolvió el beso con ganas. Con las manos todavía en su pecho. Con el sabor a sal y a bloqueador solar y a problemas.

Cuando se separaron, los dos jadeando, Flor estaba aplaudiendo.

—¡AY, QUÉ DIVINOS! ¡Facu, amor, ¿viste eso?! ¡ESO es un beso! ¡Nosotros parecemos amateurs!

Mateo se separó con esa sonrisita de macho satisfecho, el pelo revuelto por las manos de Vicky, los labios hinchados.

—¿Ves? —dijo—. Creíble.

Vicky le sonrió. Una sonrisa dulce, de esposa enamorada. Y entre dientes, sin dejar de sonreír, le dijo:

—Si me tocas una vez más, te mato y tiro tu cuerpo al fondo del Mediterráneo.

—Esa sonrisa dice otra cosa.

—Esa sonrisa es para los argentinos.

—Tus manos en mi pecho decían otra cosa.

—Mis manos estaban poniendo bloqueador.

—Ya no había bloqueador, esposa.

Vicky abrió la boca para responder, pero no encontró palabras. Porque el muy cabrón tenía razón. En algún momento había dejado de ponerle crema y había empezado simplemente a... tocarlo.

Se miraron. Ella furiosa. Él divertido. Flor y Facu completamente ajenos a la guerra silenciosa que se libraba frente a sus narices.

Otro beso de los argentinos.

Vicky y Mateo intercambiaron una mirada. En ese momento, sin palabras, llegaron a un acuerdo silencioso: los siguientes días iban a ser muy largos si tenían que compartir excursiones con Facundo y Florencia.

Pero también, en algún lugar muy profundo que ninguno de los dos quería admitir, sintieron algo parecido a la envidia.

Porque Facu y Flor eran ridículos, sí. Superficiales, empalagosos, y con toda probabilidad se divorciarían en dos años. Pero al menos no tenían que fingir. No tenían que mentir sobre quiénes eran o de dónde venían.

Eran libres.

Y Vicky y Mateo, atrapados en sus mentiras y sus reglas, no lo eran.

(A veces los que más se burlan del amor cursi son los que más lo desean. Pero eso no se lo van a admitir ni a ellos mismos) .

S e despidieron de los argentinos con abrazos y besos en las mejillas después del catamarán y después de que insistieran en cenar y luego ir a la discoteca.

Caminaron hacia el hotel en silencio.

La noche estaba perfecta y las calles de Oia estaban repletas.

—Gracias —dijo Mateo.

—¿Por qué?

—Por salvarme de la cena y la discoteca.

—No lo hice por ti. Estoy cansada.

Caminaron unos pasos más. Entonces Mateo se detuvo.

—Ven conmigo —dijo.

—¿Adónde?

—A mi habitación.

Vicky debería haber dicho que no, haber vuelto a su suite y seguir fingiendo que esto no significaba nada.

Pero entonces él la besó. Un beso lento, profundo, con sabor a vino y a promesas peligrosas. Y todas sus defensas se derribaron.

—Te prometo que solo es para que veas mi suite. Es increíble. Seré un caballero

—No sé si creerte, pero está bien —susurró contra sus labios.

L a suite de Mateo era espaciosa y muy lujosa. Nada que ver con la suite de Vicky. Estaba diseñada para el alojamiento de huéspedes distinguidos que buscaban privacidad, por lo tanto, contaba con una entrada privada, independiente a la del hotel.

Tenía piscina. Terraza con vistas infinitas al mar.

Sala de estar más grande que cualquier apartamento promedio de Madrid.

Una cocina equipada y una habitación enorme con una cama que parecía diseñada específicamente para el pecado, junto a un jacuzzi cuadrado que muy bien po d ía pasar por una piscina pequeña.

—Eah, diantre —dijo ella, mirando alrededor—. No me esperaba que fuera así.

—Por eso te invité a verla.

—Parece que las inversiones…

—Van muy bien —dijo él con una sonrisa.

—Ya veo. ¿Y por qué la cocina? ¿No es mejor servicio a la habitación? No me digas que vas a cocinar. No tienes cara de que cocines mucho.

Mateo sonrió divertido. Después de todo, su farsa estaba dando resultado.

—La verdad es que soy un aficionado de la cocina. ¿Cuál es tu plato favorito?

—Me gustan mucho los mariscos.

—Pues cualquier día de esto te preparo un Risotto ai frutti di mare . Arroz, marisco, paciencia y amor. Te va a gustar.

Vicky le sonrió con burla.

—Después que no me envenenes.

—Tendrás que asumir el riesgo. ¿Estás dispuesta? —Él la tomó de la cintura sin dejar de mirarla a los ojos.

—Depende.

—¿De qué?

—De lo que esté en riesgo.

Mateo se separó para abrir una botella de vino y servir dos copas. Se sentaron en la terraza, con las piernas colgando sobre el borde de la piscina, mirando las estrellas reflejadas en el agua.

—Santorini es hermoso —dijo Vicky contemplando el paisaje de las luces de las casas sobre la ladera y el mar en el cual se reflejaba la luna llena.

—Hermosa eres tú.

Ella sonrió, pero evitó mirarlo.

Mateo se acercó para besarla cerca del lóbulo de la oreja.

—Me gustas mucho, Vicky.

—Mateo, me invitaste a ver la suite y me dijiste que serías un caballero.

Él dejó la copa en el suelo y se giró hacia ella.

—¿Sabes qué creo? —dijo, con esa voz ronca que le erizaba la piel—. Creo que te da miedo admitir que te gusta esto.

—¿El vino?

—Yo.

—Tu ego es impresionante.

—Mi ego tiene fundamentos.

Y entonces la besó. Pero

diferente esta vez. Sin prisa. Sin la urgencia borracha del mirador. La besó como si tuviera toda la noche, toda la semana, toda la vida.

La besó hasta que ella dejó de pensar.

La llevó a la terraza, la recostó en una de las tumbonas acolchadas, y empezó a bajar por su cuello, por su clavícula, por el valle entre sus pechos con besos pequeños, pero precisos. Vicky temblaba un poco porque el placer de sentirlo era demasiado.

—Voy a subirte ese seis y medio —murmuró contra su piel.

—Inténtalo.

Le quito la parte de arriba del traje de baño y la parte de abajo del bikini, tal y como dijo en el catamarán, con los dientes, mientras la miraba con esa sonrisa torcida que le provocaba a Vicky espasmos en el vientre.

Y cuando la tuvo desnuda bajo las estrellas, se quedó mirándola como si fuera lo más hermoso que había visto en su vida.

—¿Qué? —preguntó ella, sintiéndose expuesta.

—Nada. Solo... joder. Eres más hermosa de lo que imaginé. Perfecta. Tu piel bronceada. —le pasó la punta del dedo índice desde el cuello, el centro de su pecho hasta el monte de venus.

Y entonces le fue dando pequeños besos hasta llegar al centro de placer de ella.