Capítulo Tres #3
Vicky se dio cuenta de su error demasiado tarde. Maldito cabrón manipulador.
—Sabes lo que quise decir.
—Sé lo que dijiste. —Se recostó en la silla, esa sonrisa de suficiencia ocultando el alivio que sentía por dentro—. Dijiste que la pasaste bien.
—Fue aceptable.
—¿Aceptable?
—Sí. Aceptable. Pasable. Un seis de diez.
El alivio desapareció. Mateo sintió el golpe directo en el pecho.
¿Un seis? ¿UN POLVO DE SEIS?
La había hecho correrse tan fuerte que tuvo que morderse el labio para no despertar a todo el pueblo. Le había metido los dedos hasta que ella le clavó las uñas en los hombros. La había follado hasta que sus gemidos se convirtieron en gritos.
¿Y le ponía un seis?
—Un seis —repitió, intentando que su voz sonara casual y fallando miserablemente.
—Quizás un seis y medio. —Vicky le dio un sorbo a su café—. Por el escenario. Las vistas eran bonitas.
¿Las vistas? , pensó Mateo. ¿Las VISTAS? ¿Cree que soy gilipollas?
Pero entonces la vio. Una chispa en sus ojos. Un brillo travieso, casi imperceptible, en la comisura de sus labios.
Qué hija de puta… me está tomando el pelo de nuevo.
Y de repente, algo cambió en su pecho. Algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.
—Vale —dijo él, aceptando el desafío—. Un seis y medio. Entendido.
—Me alegra que lo entiendas.
—Entonces tendré que mejorar.
—¿Perdona?
—El catamarán sale a las once. —Se levantó, dejando dinero en la mesa para pagar ambos desayunos y cubrir la propina de la chica de la faldita sexy—. Te espero en el lobby a las diez y media.
—Ya te dije que tengo planes.
—Cancélalos.
—No puedo.
—¿Por qué?
Vicky abrió la boca para responder, pero no encontró palabras. ¿Por qué? Porque tenía miedo. Porque anoche había sido demasiado bueno y no quería complicarse. Porque este hombre la miraba como si pudiera ver a través de todas sus mentiras y eso la aterraba.
Pero no podía decir nada de eso.
—Porque no me da la gana —dijo al final.
Mateo le lanzó una sonrisa que prometía problemas.
—Diez y media en el lobby. Si no vienes, entenderé que un seis y medio es todo lo que puedes manejar.
Y se fue, dejándola sola con su tostada fría y su orgullo herido.
(Ese “seis y medio” casi lo había destrozado. Detrás de esa sonrisa de suficiencia había un hombre convencido de que no era suficiente para nadie. A veces, las bromas más crueles son las que hacemos sin saber que el otro ya está sangrando).
A las diez y veintinueve, Vicky estaba en el lobby.
No porque él la hubiera retado, ni porque esa sonrisita de suficiencia la hubiera enfurecido hasta el punto de querer demostrarle que podía manejar lo que fuera.
Tampoco porque se hubiera pasado la última hora pensando en sus manos, en su boca, en la forma en que había dicho “su culo no es tan bonito como el tuyo” con esa cara de cabrón.
No. Estaba ahí porque le apetecía hacer snorkeling. ¡Era boricua, coño! Chica de playa. El mar era lo suyo.
Mateo la estaba esperando junto a la puerta, con el mismo sombrerito ridículo de turista, las gafas de sol colgando del cuello y una bolsa de playa.
—Sabía que vendrías —dijo cuando la vio.
—No te emociones. Solo me gusta el snorkeling.
—Claro. El snorkeling.
—Exacto.
Se miraron. Él sonrió. Ella puso los ojos en blanco.
—¿Vamos o qué? —dijo Vicky.
—Después de ti, esposa.
—Que no soy tu...
—Shh. —Mateo señaló con la cabeza hacia la recepción—. Antonio y Marisol están ahí.
Vicky giró la cabeza. Efectivamente, los ancianos estaban en el mostrador, con toda seguridad preguntando por excursiones. Marisol los vio y levantó la mano con entusiasmo.
—¡Los recién casados! —gritó—. ¡Antonio, mira, son los recién casados!
Mateo le pasó el brazo por los hombros a Vicky y la atrajo hacia él.
—Sonríe, cariño.
—Te voy a matar —murmuró ella entre dientes mientras sonreía y saludaba.
—Lo sé. Pero después del catamarán.
E l catamarán resultó ser una embarcación preciosa de velas blancas con espacio para unas veinte personas. Subieron por una rampa de madera y un tripulante griego con demasiados músculos y muy poca camiseta les dio la bienvenida.
—Kalimera! Welcome! Siéntense donde quieran.
Vicky eligió un sitio en la cubierta, cerca de la proa, donde el viento le daría en la cara y podría fingir que no estaba prestando atención a Mateo.
Había varias parejas ya instaladas. Una pareja de franceses que hablaban entre ellos, un grupo de amigas escandinavas que se hacían fotos, y...
—¡AY, AMOR, MIRÁ ESTE BARCO! ¡ES RE LINDO!
Vicky giró la cabeza.
Una pareja acababa de subir. Él era alto, con el pelo engominado hacia atrás, gafas de sol de marca, y una camiseta ajustada que luchaba por contener una pancita de asados.
Ella era rubia teñida, bronceada de cama solar, con un bikini fucsia que dejaba poco a la imaginación bajo un pareo transparente, y el teléfono ya en la mano grabando todo.
—Facu, ponete acá que te saco para el Instagram —dijo ella—. Hacé como que mirás el mar. ¡EL MAR, FACU, NO A MÍ!
Facu obedeció, mirando el mar con cara de modelo de publicidad de fernet.
—¿Así está bien, amor?
—Divino. Ahora dame un beso. ¡UN BESO, FACU!
Se besaron. Con lengua. Durante lo que pareció una eternidad.
—Ay, no, amor, salimos re mal. De nuevo, ¿dale?
Se besaron otra vez.
Vicky miró a Mateo. Mateo la miró a ella.
El catamarán comenzó a moverse y la pareja de argentinos dejó de besarse para buscar asientos. Por supuesto, eligieron los que estaban justo al lado de Vicky y Mateo.
—¡Hola! Soy Florencia, pero decime Flor —dijo la rubia, extendiendo una mano con uñas acrílicas color fucsia—. Y este es mi marido, Facundo. ¡Estamos de luna de miel!
—Mucho gusto —dijo Vicky—. Yo soy Vicky, y él es...
—Su marido —completó Mateo, estrechando la mano de Facundo—. Mateo. También estamos de luna de miel.
Vicky le clavó las uñas en el muslo con cierto disimulo. Él ni se inmutó.
—¡NO TE PUEDO CREER! —Flor juntó las manos—. ¡Facu, están de luna de miel también! ¡Qué genial! ¡Somos como gemelos de casamiento!
—Qué genial —repitió Facundo, asintiendo.
—¿Cuánto llevan casados? —preguntó Flor.
—Tres días —dijo Mateo.
—¡TRES DÍAS! ¡Nosotros cinco! Ay, ¡qué divino! —Se giró hacia Vicky—. ¿Cómo se conocieron? Nosotros nos conocimos en un boliche en Palermo. Hace ocho meses. ¿Podés creer? Ocho meses de conocernos y ya casados. Todos nos decían que estábamos re locos pero, viste, cuando sabés, sabés, ¿entendés?
Vicky no sabía qué responder. Por suerte, Flor no parecía necesitar respuestas.
—Facu me propuso en la cancha de River. ¡Re romántico! Se arrodilló justo cuando Borre metió un gol. No escuché nada de lo que dijo porque todos gritaban, pero le dije que sí igual. —Se rio—. O sea, OBVIO que le dije que sí. Miralo. Está re bueno.
—Gracias, amor —dijo Facundo.
—De nada, amor.
Se besaron. Otra vez.
Vicky aprovechó para inclinarse hacia Mateo.
—Te odio —susurró.
—Ya lo dejaste ver en el desayuno esta mañana.
—Lo verbalizo para ver si por fin lo entiendes.
—Lo tengo presente. —Le sonrió—. ¿Cómo nos conocimos, cariño? Flor va a preguntar.
—No tengo ni puta idea.
—Podemos decir que en Tinder.
—Ni muerta.
—¿En un bar?
—Muy vulgar.
—¿En una librería?
—Nadie se creería eso.
—¿En un avión?
Vicky lo miró con cara de querer matarlo.
—Nos conocimos en un avión —dijo él al final—. Quedamos atrapados juntos en primera clase. Ella odia volar y yo la distraje con mi conversación brillante.
—Y tu ego enorme.
—Eso también.
Flor se separó de Facundo justo a tiempo para escuchar el final.
—¡¿Se conocieron en un AVIÓN?! ¡Ay, qué romántico! ¡Como en una película! Facu, amor, ¿por qué no nos conocimos nosotros en un avión?
—Nos conocimos en un boliche, amor.
—Ya sé, pero un avión hubiera quedado mejor para el Instagram.
El catamarán había salido del puerto y ahora navegaba por aguas azul turquesa. El viento les revolvía el pelo y el sol les calentaba la piel, y Vicky tuvo que admitir, muy a su pesar, que esto no estaba mal.
Entonces Mateo se quitó la camisa de lino.
Dios mío , pensó Vicky, fingiendo mirar el mar. Esos abdominales no son de inversionista de bolsa.
Porque ese era un cuerpo de alguien que trabajaba. No en un gimnasio, sino de verdad. Hombros anchos, brazos definidos, un torso que invitaba a ser tocado...
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó él cuando la pilló mirando.
—He visto mejores.
—Mentirosa. —Sonrió con picardía.
—Creído.
—Solo soy honesto.
Flor, que aparentemente no conocía el concepto de conversación privada, se metió:
—¡Ay, amiga, tu marido está re fuerte! Facu, amor, tenés que ir más al gimnasio.
—Voy al gimnasio, amor.
—Ya sé, pero MIRALO.
Facundo miró a Mateo con una mezcla de resignación y envidia.
—Buen físico, che.
—Gracias —dijo Mateo..
—Facu jugaba al rugby en el club —explicó Flor—. Estaba RE lomo. Pero después se puso a laburar en la oficina y, viste, pasan cosas.
—Pasan cosas —repitió Facundo con tristeza.
—Pero igual te amo, amor.
—Gracias, amor.
Se besaron otra vez. Vicky llevaba la cuenta: iban siete besos en quince minutos.
Decidió que era momento de quitarse el vestido. Se levantó, se lo pasó por la cabeza, y reveló un bikini negro que no había elegido para impresionar a nadie.
El silencio que siguió fue elocuente.
Mateo se quedó mirándola con la boca abierta. Facundo también, hasta que Flor le dio un codazo. Incluso el tripulante griego de los músculos dejó de enrollar cuerdas para echar un vistazo.
—Joder —murmuró Mateo, con la voz más ronca de lo normal.
—¿Qué dijiste?
—Lo que has oído. —Se acercó un paso, bajando la voz para que solo ella oyera—. Estoy pensando cómo sería arrancarte ese bikini con los dientes.
Vicky sintió el calor subirle por el cuello, pero no le dio la satisfacción de verla sonrojarse.
—Vas a tener que ganártelo.
—Dame tiempo. —Le mostró el tubo de bloqueador solar—. ¿Quieres que te lo pase?
—Puedo sola.
—Ya, pero no llegas a la espalda.
Vicky lo miró con desconfianza.
—¿Y tú vas a ser un caballero?
—Voy a ser un marido ejemplar. Los recién casados se cuidan la piel, ¿no?
Antes de que pudiera protestar él ya estaba echándose crema en las manos.
—Date la vuelta —le susurró él al oído.