Capítulo Tres #2
Él se sentó frente a ella sin esperar más invitación. Una camarera apareció de inmediato —rubia, bronceada, con una faldita plisada blanca, zapatos deportivos y unas piernas que no terminaban nunca.
—Kalimera —ronroneó la griega, ignorando completamente a Vicky y dedicándole a Mateo una sonrisa de comercial de pasta de dientes—. ¿Qué te sirvo?
Mateo le devolvió la sonrisa. Esa sonrisa. La misma que anoche le había dedicado a ella en el bar antes de follársela contra una pared.
—Un café solo y huevos revueltos, por favor.
—¿Solo? —La camarera ladeó la cabeza, como si “café solo” fuera la cosa más interesante que había escuchado en su vida—. ¿Seguro que no quieres nada más... dulce?
Vicky observó el intercambio como quien mira un documental de National Geographic. Ah, mira. El macho ibérico en su hábitat natural. Observen cómo despliega su sonrisa para atraer a la hembra.
Mateo se rio, ese sonido grave que anoche le había parecido sexy y ahora le parecía... ensayado.
—Solo el café, gracias. Aunque... —miró a Vicky con una chispa de diversión en los ojos— ¿tú quieres algo más, cariño?
¿Cariño? Vicky arqueó una ceja.
—Estoy bien, gracias.
La camarera reparó en su existencia. La miró de arriba abajo y su sonrisa se enfrió unos cuantos grados.
—Enseguida vuelvo —dijo, y se alejó contoneando las caderas como si estuviera en una pasarela.
Mateo la vio irse. O más bien, vio cómo se iba.
Ajá , pensó Vicky, dándole un mordisco a su tostada. Así que este es el juego. La sonrisita, el “cariño”, la mirada intensa... Lo hace con todas.
No le sorprendía. De hecho, le convenía. Era más fácil tratar a un gigolo como lo que era: un pasatiempo desechable. Un tapete de Temu. Bonito de lejos, pero barato y reemplazable.
—¿Qué tal dormiste? —preguntó Mateo.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Muy bien.
—¿Y qué tal el resto de la noche?
Vicky lo miró por encima de su tostada.
—¿El resto de la noche?
—Ya sabes. —Mateo se inclinó un poco, bajando la voz—. Después de lo del mirador.
—Ah, eso. —Vicky se encogió de hombros—. Dormí como un bebé.
Mateo frunció el ceño. No era la respuesta que esperaba.
—¿Como un bebé?
—Sin interrupciones. —Le dio otro mordisco a su tostada—. El aire del mar, supongo.
¿El aire del mar? , pensó Mateo. ¿Me está tomando el pelo?
Porque él no había dormido una mierda. Se había quedado despierto hasta las cuatro de la mañana después de la llamada con Daniela, bebiendo whisky y mirando al techo, pensando en Vicky tres pisos más arriba y en todo lo que había hecho mal en su puta vida.
Pero sobre todo en lo que pasó en el mirador.
La camarera volvió con el café de Mateo, inclinándose más de lo necesario para dejarlo en la mesa.
—Si necesitas algo más... —dijo la griega, mirando solo a Mateo— lo que sea... estoy por aquí.
—Gracias —respondió él con esa sonrisa de mierda.
La camarera se fue y Vicky casi se rio. Pobre ilusa. Cree que es especial. Igual que yo anoche.
Mateo removió su café sin mirarlo, los ojos fijos en ella.
—Estás muy callada —dijo.
—Estoy desayunando.
—Ya.
Silencio. Vicky podía sentir sus ojos sobre ella, estudiándola, buscando algo. Una reacción, quizás. Una confirmación de que lo de anoche había significado algo.
Pero Vicky no iba a darle eso. No podía. Porque si admitía que todavía le temblaban las piernas al recordarlo, entonces tendría que admitir otras cosas. Cosas peligrosas.
—¿Todo bien? —preguntó él, y había algo en su voz que sonaba casi... ¿inseguro?
—¿A dónde quieres llegar, Mateo?
—A lo de anoche...
—Anoche fue anoche —lo cortó ella—. Hoy es hoy.
No le gustó , pensó Mateo, sintiendo el estómago hundirse. Joder, no le gustó. Fue demasiado rápido, demasiado brusco, demasiado... Daniela tiene razón. Soy un desastre.
Vicky vio algo cruzar por sus ojos. ¿Preocupación? ¿Decepción? No supo identificarlo, pero sintió una punzada de algo parecido a la culpa.
No seas blanda , se dijo. Es solo un polvo de vacaciones. No le debes nada.
Fue entonces cuando una voz interrumpió desde la mesa de al lado.
—¡Perdonen la intromisión!
Vicky giró la cabeza. Una pareja de algunos setenta y largos los miraba desde la mesa contigua.
Él tenía el pelo blanco, la piel curtida por el sol, y unos ojos pequeños que brillaban con picardía.
Ella llevaba un pañuelo de seda al cuello y una sonrisa maternal que desentonaba completamente con lo que dijo a continuación:
—Es que mi marido lleva diez minutos intentando adivinar si son casados o amantes.
—¡Marisol! —protestó el hombre, aunque no parecía particularmente avergonzado.
—¿Qué? Es verdad. No has dejado de mirarlos desde que él se sentó.
Vicky abrió la boca, pero no le salieron palabras. Mateo soltó una carcajada.
—Antonio —se presentó el viejo, extendiendo la mano hacia Mateo—. Y esta bocazas es mi mujer, Marisol. Cincuenta y dos años casados y todavía no aprende a quedarse callada.
—Cincuenta y dos años aguantándote, querrás decir —replicó Marisol, dándole una palmada en el brazo.
Mateo sonrió hacia la pareja de ancianos sin levantarse.
—Yo soy Mateo —dijo, y luego tomó la mano de Vicky y se la llevó a los labios—. Y ella es Vicky, mi esposa. Recién casados. Luna de miel.
Vicky sintió el beso en su mano y las ganas de ahorcarlo con el mantel.
¿ESPOSA? ¿LUNA DE MIEL? ¿Qué carajo está haciendo este imbécil?
Pero los ojitos de Marisol se iluminaron con tanta ternura que Vicky no tuvo el corazón para corregirlo.
—¡Ay, Antonio! ¡Recién casados! ¿No te dije que aquí había amor?
—Dijiste que podían ser amantes —gruñó Antonio.
—¡Es lo mismo cuando uno está joven! —Marisol juntó las manos sobre el pecho—. ¡Felicidades! ¡Qué pareja más guapa! ¿Cuánto llevan casados?
Vicky abrió la boca, pero Mateo se adelantó:
—Tres días.
—¡TRES DÍAS! —Marisol parecía a punto de llorar de la emoción—. ¡Antonio, tres días! ¿Te acuerdas de nosotros con tres días de casados?
—No salíamos de la habitación —dijo Antonio con una sonrisita.
—¡ANTONIO!
—¿Qué? Es verdad.
Vicky le clavó las uñas en el muslo a Mateo por debajo de la mesa, no se las clavó en la polla para no llamar demasiado la atención. Él ni se inmutó.
Te voy a matar , le dijo con los ojos. Lenta y dolorosamente.
Él le respondió con esa sonrisa de cabrón que estaba empezando a odiar.
—Mucho gusto —dijo Vicky, forzando una expresión de esposa feliz.
—¿Y cómo se conocieron? —insistió Marisol—. Cuéntenme todo. Me encantan las historias de amor.
Vicky abrió la boca, pero no sabía qué decir. ¿Qué historia iba a inventar? “Nos conocimos ayer en un avión y casi nos follamos en el baño antes de aterrizar” no parecía apropiado para los abuelitos.
—Fue muy rápido —dijo Mateo, apretándole la mano—. La vi y supe que era ella. A veces pasa así, ¿no? Uno mira a alguien y simplemente... sabe.
Hijo de puta , pensó Vicky. Encima poeta.
Marisol se llevó la mano al corazón.
—¡Ay, Antonio! ¿Escuchaste eso? ¡Amor a primera vista!
Marisol se inclinó hacia ella con expresión maternal.
—Mira, hija, ese hombre te mira como si fueras lo único bueno que le ha pasado en mucho tiempo.
—Bueno, los dejamos desayunar —dijo Antonio, levantándose y ayudando a Marisol—. Ha sido un placer.
—El placer es nuestro —dijo Mateo.
Marisol se detuvo junto a Vicky y le puso una mano en el hombro.
—Disfruten, hijos —les dijo en voz baja—. El matrimonio es la empresa más bonita de la vida.
Se alejaron entre discusiones sobre qué excursión tomar.
Vicky esperó a que estuvieran lo suficientemente lejos. Entonces se giró hacia él.
—¿Se puede saber qué carajo fue eso? —siseó.
Mateo le dio un sorbo a su café con total tranquilidad.
—¿El qué?
—“Mi esposa Vicky” ¿Cómo te atreves?
—Tú no me corregiste.
—¡Porque la señora tenía cara de abuela ilusionada! No le iba a romper el corazón.
—Qué tierna eres, mi amor.
—No me digas mi amor.
—¿Prefieres cariño? ¿Cielo? ¿Mi vida?
—Prefiero que te calles.
—Eso no va a pasar.
Vicky apretó los dientes.
—A ver si lo entiendo. Nos conocimos AYER. Nos acostamos UNA vez...
—Técnicamente fueron dos. Lo del avión cuenta.
—En el avión no pasó nada.
—¿Qué no pasó nada? ¿Quieres repetir?
—Las ganas tuyas, pero hoy estoy sobria.
—O sea, ¿qué ahora se lo atribuyes al alcohol?
—Contribuyó bastante.
—Te ves preciosa cuando te enojas.
Sonrió.
—No me vengas con eso, Mateo.
—¿Con qué?
—Con la sonrisita y el “te ves preciosa”. Sé lo que haces.
—¿Qué hago?
—Lo mismo que con la camarera. El encanto barato del macho ibérico.
Mateo estalló en una carcajada.
—¿Encanto barato del macho ibérico?
—Te vi cómo le mirabas el culo.
—Tenía un culo que mirar. No soy ciego.
—Eres un cerdo.
—Soy un hombre. Es diferente.
—Es lo mismo.
—No, no lo es. —Se inclinó sobre la mesa—. Un cerdo le habría pedido el número. Yo solo miré.
—Qué caballero.
—¿Verdad? —Sonrió—. Además, su culo no es tan bonito como el tuyo.
Vicky abrió la boca para responder, pero no encontró palabras.
—¿Qué pasa? —preguntó él, con esa sonrisita de cabrón—. ¿Te quedaste sin insultos?
—Tengo muchos más. Solo estoy eligiendo cuál usar.
—Tómate tu tiempo, querida.
Vicky se mordió el labio para no sonreír.
—¿Tienes planes para hoy? —preguntó él, cambiando de tema.
—Sí.
—¿Cuáles?
—Planes.
Mateo apretó la mandíbula. Esta mujer lo estaba volviendo loco. Anoche gemía su nombre y hoy lo trataba como a un cucaracho.
—Hay una excursión en catamarán —dijo, cambiando de táctica—. Snorkeling, comida, vino. Sale a las once. Pensé que podríamos ir juntos.
—Tengo otros planes.
—¿Qué planes?
—No son de tu incumbencia.
No iba a rendirse tan fácil. No podía. Porque si Vicky también lo rechazaba, si otra mujer le confirmaba que no era suficiente... no sabía cómo iba a sobrevivir a eso.
Se inclinó sobre la mesa, bajando la voz.
—¿Sabes qué creo?
—No me interesa.
—Creo que te da miedo.
Eso la hizo reaccionar. Sus ojos se clavaron en los de él con una chispa de irritación.
—¿Miedo de qué?
—De pasarla bien.
—Ya la pasé bien anoche. No necesito repetir.
—Ah. —Mateo sonrió, aferrándose a esa admisión como a un salvavidas—. O sea que sí la pasaste bien anoche.