Capítulo Tres
E l teléfono sonó a las siete de la mañana del día siguiente.
Vicky abrió un ojo, vio "MAMI" en la pantalla, y consideró seriamente lanzar el móvil por el balcón.
No lo hizo por supuesto porque si no contestaba, Zulma Castellano Pérez era capaz de llamar a Interpol, al consulado americano, y al mismísimo Papa para reportar a su hija desaparecida. Incluyendo una llamada al Mossad.
—¿Helou? —contestó con voz ronca.
—¡VICTORIA DE LOS ÁNGELES RUIZ CASTELLANO!
Vicky apartó el teléfono de su oreja. Su madre tenía el volumen de una sirena de ambulancia cuando estaba en modo reclamación.
—Hola, mami.
—¡No me vengas con “hola mami”! ¿Tú sabes la hora que es aquí? ¡La una de la mañana! ¡Y yo despierta pensando en ti, bregando con los nervios, sin poder dormir! Hasta un té de tilo me tuve que hacer.
—Mami, si no puedes dormir, ¿por qué me llamas a esta hora?
—¡No te pongas graciosa conmigo que te parto la cara! ¡Llevo tres días esperando que TÚ me llames! ¡Tres días, Victoria! ¿Así es como tratas a tu madre? ¿A la mujer que te parió después de veinticuatro horas de parto?
Aquí vamos , pensó Vicky, frotándose los ojos. Las veinticuatro horas de parto.
—Mami, te escribí cuando llegué.
—¡Un mensajito de mierda! “Llegué bien, mami”. ¡Cuatro palabras! ¡Cuatro! ¿Eso es todo lo que merece tu madre? ¿Cuatro palabras?
—¿Qué querías que te escribiera? ¿Un ensayo?
—¡Quería que me llamaras! ¡Que me explicaras qué carajo haces en esa isla sola! ¡SOLA, Victoria! ¡Una mujer sola en Grecia! ¿Tú no ves las noticias? ¡A las mujeres solas las secuestran, las matan, las meten en contenedores y las venden en el mercado negro!
—Mami, estoy en Santorini, no en una película de Liam Neeson.
—¡No me hables en ese tonito! —Zulma respiró profundo, y Vicky la escuchó tomar algo.
Probablemente café con leche, su combustible para los sermones nocturnos—.
Mira, nena, yo entiendo que estás dolida.
Lo de Alejandro fue horrible. Un sinvergüenza, eso es lo que es.
¡Un desgraciao! ¡Cuando tu hermano Carlitos se enteró quería ir a Madrid a romperle la cara!
—Carlitos le tiene miedo a los aviones.
—¡Es la intención lo que cuenta, mija! ¡Y Junior dice que conoce a alguien que conoce a alguien que puede hacerle una visita a ese cabrón allá donde él vive!
—Mami, dile a Junior que deje la película de maleante que él es un simple maestro de historia y ni una pistola ha visto en su vida.
—¡Yo no sé nada! Dijo que conocía a una gente ahí de Juana Matos. ¡Yo no escuché nada! —Pausa dramática—. Pero se lo merece después de lo que te hizo.
Vicky suspiró.
—Mami, estoy bien. De verdad.
—¿Bien? ¿BIEN? ¡Cancelaste tu boda, Victoria! ¡Ochenta invitados! ¡El vestido! ¡La iglesia! ¿Tú sabes lo que están diciendo tus tías?
—No quiero saber.
—¡Titi Rosa dice que ella siempre supo que ese español era un cabrón! ¡Y titi Carmen dice que qué pena, que tan bonita que eres y ya tienes treinta años y el tiempo pasa y los ovarios no esperan!
—Mis ovarios están perfectos, gracias.
—¡No te pongas graciosa conmigo, Victoria de los Ángeles! —Otro sorbo de café—. Y tu pai... Ay, Victoria, tu padre está que no duerme. Dice que va a coger un avión para allá pa traerte por el pelo si hace falta.
—Papi no tiene pasaporte.
—¡Lo saca! ¡Cómo que no! ¡Julio, ven acá! ¡Tu hija está al teléfono!
Vicky escuchó ruidos de fondo, probablemente su padre levantándose del sofá donde se había quedado dormido viendo béisbol.
—¡Dile que estoy bien!
—¡VICTORIA! —La voz de su padre sonó lejana pero igual de potente—. ¡¿QUÉ CARAJO HACES TU EN GRECIA?!
—¡JULIO, NO GRITES QUE VAS A DESPERTAR A LOS VECINOS!
—¡LOS VECINOS QUE SE JODAN!
—¡Ya, papi, estoy bien!
—¡NO ESTÁS BIEN! ¡ESTÁS EN UNA ISLA LLENA DE HOMbrES EUROPEOS CON PIPIS AL AIRE!
Escuchó la risa de su padre.
—Julio, por Dios —dijo Zulma, recuperando el teléfono—. Victoria, ignora a tu padre. Está nervioso.
—Ya veo.
—Pero tiene razón en una cosa. —La voz de Zulma bajó, adoptando ese tono de madre-que-va-a-dar-un-sermón—. Mija, yo sé que estás dolida. Sé que lo de Alejandro te destruyó. Pero escúchame bien: el que ese hombre te haya hecho lo que te hizo no es excusa para hacer locuras.
Demasiado tarde , pensó Vicky, recordando la pared del mirador contra su espalda.
—No voy a hacer locuras, mami.
—Tú siempre has sido una muchacha seria. De tu casa al trabajo, del trabajo a tu casa. Nunca nos has dado problemas. No como tu prima Yahaira, que anda con un hombre diferente cada mes como si fuera un buffet.
—Yahaira está feliz.
—¡Yahaira está perdida! Pero ese no es el punto. El punto es que tú, Victoria, siempre has guardado tu honor. Nos has honrado a tu padre y a mí.
Ay, Dios mío , pensó Vicky. El discurso del honor.
—Y yo sé que a los treinta años la presión es fuerte. —Zulma suspiró—. Pero prométeme que esta desilusión no te va a llevar a convertirte en una mujer frívola. Que eso en sí es una tragedia. Prométeme que no vas a andar por ahí con cualquiera solo para olvidar.
Se escuchó la voz de Julio de fondo:
—¡Mija, esa muchacha con treinta años y tú crees que le anda haciendo rosarios a la virgen! ¡Por Dios, Zulma! No seas ridícula.
—¡JULIO, CÁLLATE!
—¡Es la verdad! ¡Déjala tranquila que ya es una mujer! Y si le fue mal con uno que se consiga otro. Decía mi madre que un clavo saca otro clavo y al final lo importante es que te claven.
—¡Vete a ver tu béisbol y no te metas!
Vicky sonrió. Su padre siempre había sido el más sensato de los dos.
—Ignora a tu padre —dijo Zulma, volviendo al teléfono—. No sabe lo que dice. Siempre con sus relajos y su doble sentido.
Vicky miró el techo. Todavía tenía un chupetón en el cuello. Todavía le dolían los muslos por lo de anoche. Todavía podía sentir las manos de Mateo en lugares que su madre preferiría no saber que existían.
—Prométeme que no harás cosas locas cegada por el despecho.
—Te lo prometo, mami —dijo, cruzando los dedos bajo la sábana.
—¿Me lo juras?
—Te lo juro.
—¿Por la Virgen del Carmen?
—Por la Virgen del Carmen.
—¿Y por tu abuela Ángela que en paz descanse?
—Y por abuela Ángela.
—Ay, nena. —La voz de Zulma se suavizó—. Es que me preocupo por ti. Tú sabes que todo lo que hago es porque te quiero.
—Lo sé, mami.
—Y porque no quiero que cometas los mismos errores que... bueno, que otras mujeres.
Vicky sabía la historia. Todo el mundo en la familia la sabía, aunque nadie la mencionaba en voz alta.
Zulma se había fugado con Julio a los dieciséis años.
Se casaron a las carreras porque Junior ya venía en camino.
Y según titi Rosa —después de tomarse su tercer coquito una Nochebuena y soltársele la lengua— los habían pillado más de una vez detrás de las gradas de la escuela haciendo de todo menos estudiar.
Pero claro, eso fue “diferente”. Eso fue “por amor”. Eso fue “otro tiempo”.
Las madres siempre olvidan quiénes fueron antes de ser madres , pensó Vicky.
—Sí, mami —dijo en voz alta—. No voy a cometer errores.
—Bueno, y cuéntame, ¿qué vas a hacer hoy?
—Planes de turista. Ver ruinas. Tomar fotos. Cosas normales.
—¿Sola?
—Sola.
—Ay, Victoria, no me gusta que andes sola. ¿No puedes buscar un grupo? ¿Un tour? ¿Algo con más gente?
Mami, sola no voy a estar. Conmigo estará un tipo con una sonrisa que me baja los pantys. Pero eso, obvio, no se lo podía decir.
—Voy a estar bien, mami. Te quiero.
—Yo también te quiero, nena. Y recuerda lo que te dije. Que las muchachas serias se guardan. Que tu honor es lo más importante.
—Sí, mami. Lo recordaré.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
—Te quiero, Victoria de los Ángeles.
—Yo también, mami.
Colgó y dejó caer el teléfono en la cama.
Las chicas serias se guardan , pensó, recordando en cómo Mateo se había esmerado en cuidar su honor la noche anterior. Sonrió con malicia.
Se levantó, caminó hacia el baño, y se miró en el espejo. El chupetón del cuello le devolvía la mirada como una acusación.
Si mami me viera esto infartaba , pensó.
Se duchó pensando en él. En sus manos. En su boca. En esa voz ronca que le decía “estás empapada” mientras ella se mordía el labio para no gritar.
(Las madres quieren lo mejor para sus hijas. Lo que pasa es que a veces “lo mejor” y “lo más divertido” no son la misma cosa).
B ajó al restaurante del hotel a las nueve, esperando desayunar tranquila y evitar cualquier encuentro con Mateo.
Porque ahora, sobria y totalmente consciente, lo de la noche anterior le parecía una necedad.
Era mejor no continuar por ese camino. Estaba decidida a mantener distancia prudente porque si aquello se le salía de las manos, sería una nueva complicación que no necesitaba en su vida.
Buscaría un tour y solo por hoy lo evitaría.
Se había puesto un vestido veraniego que no le cubría el chupetón del cuello, pero intentó ocultarlo con maquillaje. Debajo un bikini, unas gafas de sol colgadas en la cabeza y unas sandalias de playa.
Eligió una mesa apartada, junto a la ventana, con vistas al mar. Pidió café solo, tostadas, y un poco de fruta. Santorini brillaba bajo el sol de la mañana como una postal y Vicky casi logró convencerse de que lo de anoche había sido un sueño.
Casi.
Porque cada vez que se movía, los muslos le recordaban exactamente lo real que había sido.
Estaba untando mantequilla en su pan cuando una sombra se proyectó sobre la mesa.
—Buenos días.
Esa voz. Esa maldita voz ronca que anoche le susurraba cosas sucias al oído mientras la follaba contra una pared.
Levantó la mirada despacio. Mateo estaba ahí, con un sombrerito de turista.
No tenía derecho a verse tan bien. Llevaba unas gafas de sol enganchadas en el cuello de una camisa de lino blanca abierta hasta el tercer botón, shorts beige, y esa sonrisita de cabrón sexy que anoche le había metido la lengua hasta la garganta.
Olía a bloqueador solar y a complicaciones.
Hijo de puta , pensó Vicky. ¿Cómo puede verse tan bien a las nueve de la mañana?
—Buenos días —respondió, volviendo a su tostada como si él fuera apenas un conocido del ascensor.
—¿Puedo sentarme?
—Claro.