Lo que pasa en Santorini Capítulo Dos #4
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Capítulo Dos #4

Las once y media. En Madrid serían las diez y media. Tarde para una niña de diez años.

Mierda.

Se quitó los zapatos, se sentó en el borde de la cama, y sacó el móvil. Sabía que probablemente Gisela ya estaría dormida. Pero necesitaba intentarlo, aunque fuera para escuchar que estaba bien.

Marcó el número de su casa con la esperanza de que contestara Consuelo, la niñera. Cada tono se le clavaba en el pecho como un cuchillo.

Un tono. Dos. Tres.

—¿Diga?

La voz de Daniela. Fría como siempre, un poco pesada, con toda probabilidad había bebido.

—Soy yo —dijo Mateo, seco—. Quiero hablar con Gisela.

Silencio. Podía imaginársela al otro lado, con esa sonrisa de serpiente que ponía cuando sabía que tenía el control.

—¿A estas horas llamas a tu hija? —El tono era de burla—. Son las diez y media de la noche, Mateo. ¿No sabes qué hora es o estabas demasiado ocupado follándote a alguna puta para mirar el reloj?

Apretó los dientes.

—Solo quiero saber si está bien. Si todavía está despierta...

—Pues claro que no está despierta. Es una niña de diez años. Tiene colegio mañana. ¿O también se te olvidó eso?

—Daniela, no tengo ganas de discutir. Si está dormida, vale. Solo quería...

—¿Qué querías? ¿Aliviar tu culpa de padre ausente con una llamadita rápida? —Se rio—. Qué conveniente. Te largas sin avisar, y ahora llamas a las tantas de la noche esperando que te reciba con los brazos abiertos.

—Me fui porque descubrí que mi mujer llevaba dos años follándose a mi primo. Perdona si no me quedé a preparar el desayuno.

—Ya te expliqué cómo se dieron las cosas.

—Eso no borra lo que hiciste, Daniela.

Ella suspiró con fastidio.

—¿Dónde estás, Mateo?

—No te importa.

—Claro que me importa. Soy tu mujer.

—Eras. Eras mi mujer.

—Mateo, esto es ridículo. —Su voz cambió, se volvió más suave, casi dulce. El tono que usaba cuando quería manipularlo—. Llevas días fuera de casa. Ya hiciste tu berrinche. Ahora vuelve. Podemos hablarlo. Ir a terapia. Podemos arreglarlo.

—¿Arreglarlo? —Mateo soltó una carcajada amarga—. ¿Dos años de cuernos con mi primo y quieres arreglarlo?

—Fue un error. Lo que pasó no tuvo importancia. Pero somos una familia, Mateo. Gisela nos necesita juntos.

—No uses a Gisela para esto.

—No la estoy usando. Estoy siendo realista. —Pausa—. Dime dónde estás.

Silencio.

—Mateo... ¿cuándo regresas?

—Voy a volver cuando me dé la gana.

El silencio al otro lado fue gélido. Cuando Daniela volvió a hablar, la dulzura había desaparecido. Ahora era puro veneno.

—Ah, ya entiendo. Estás con alguien. ¿Quién es? ¿Alguna puta que conociste en un bar? Ah, no, es que por fin Marisela Valenzuela y Sotomayor se salió con la suya y cediste a su casería.

Mateo se pasó la mano por la cara con fastidio. Sabía de los celos de Daniela con Marisela. Celos infundados porque él jamás miró a esa mujer como un posible. Era la presidenta de la Asociación de Padres con Niños con Síndrome Down, una aliada, guapa, pero solo eso.

—El título de condesa no le quita lo cualquiera —continuó Daniela—. Siempre quiso follar contigo. Era evidente, te comía con los ojos. ¿En qué hotel de mierda te la estás follando?

—Eso no es asunto tuyo, Daniela. —Mateo no la iba a sacar de su error.

—Claro que es asunto mío. Eres el padre de mi hija y mi marido. ¿Qué ejemplo le estás dando a tu hija? ¿Que cuando las cosas se ponen difíciles, papá huye y se va de putas?

—Como si tú pudieras hablar de ejemplos. —La rabia le subía por el pecho—. Dos años de mentiras. Y ahora me vienes con lecciones de moral.

—Eso ya lo hemos hablado.

—No. Tú hablaste. Yo escuché tus excusas de mierda. —Respiró hondo, intentando calmarse—. Mira, no quiero pelear. Solo dime cómo está Gisela. ¿Comió bien? ¿Preguntó por mí?

Silencio.

—¿Sabes lo que me preguntó hoy? Me preguntó si papá ya no la quería. Que si por eso se había ido.

El golpe le llegó directo al pecho. Se tuvo que agarrar del borde de la cama.

—Eso es mentira. Me despedí de ella. Le dije que volvería pronto.

—Pues no se acuerda. O a lo mejor sí se acuerda, pero prefiere olvidarlo. Los niños son así, ¿sabes? Olvidan las promesas vacías de los padres ausentes.

—No soy un padre ausente. Llevo tres putos días fuera de la casa.

—Desde que te fuiste no has llamado ni UNA vez. Y cuando llamas, es casi medianoche. Padre del año, desde luego.

Mateo cerró los ojos. Tenía razón. Maldita sea, tenía razón en eso. Había estado tan ocupado huyendo de todo, y ahora follándose a Vicky, que no había llamado a su hija desde que se fue.

—Tienes razón —admitió—. Debí llamar antes. Pero estoy llamando ahora. Despiértala. Solo un minuto. Solo quiero decirle buenas noches.

—No.

La palabra cayó como una losa.

—¿Qué has dicho?

—Que no. —Daniela sonaba casi alegre, disfrutando cada segundo—. No voy a despertar a mi hija a las diez y media de la noche porque a su padre le dio un ataque de culpa entre polvo y polvo.

—Daniela, te lo estoy pidiendo por favor.

—¿El gran Mateo Rey suplicando? —Se rio—. Qué tierno. Pero no. Gisela necesita dormir. Necesita estabilidad. Necesita una rutina. Una niña con sus necesidades no puede tener un padre que desaparece cuando le da la gana.

—Eso no es verdad y lo sabes.

—¿Ah, no? ¿Cuántas obras del colegio te perdiste por estar en los restaurantes? ¿Cuántas noches llegaste tan tarde que ya estaba dormida?

—Joder, trabajando como una bestia para darle la vida que tienen.

—Te has contestado, Mateo. Yo soy la que está aquí. ¿Y tú dónde estás? En algún hotel, follándote a esa zorra. Ni siquiera tienes la valentía de decirme dónde. Pero la prensa lo va a saber.

—Lo que yo haga o deje de hacer ya no es tu problema y deja tus estúpidas amenazas..

—Oh, claro que es mi problema. Todo lo tuyo es mi problema hasta que firmemos el divorcio. —La voz de Daniela se volvió afilada—. ¿Estás con ella o no? Dime la verdad.

—Esta conversación se acabó.

—No, no se ha acabado. —Daniela bajó la voz, y eso era peor que cuando gritaba—.

Escúchame bien, Mateo. Puedes tirarte a todas las mujeres que quieras dondequiera que estés.

Pero cuando vuelvas, te va a esperar una guerra.

Voy a quitarte a Gisela. Voy a quitarte los restaurantes.

Voy a dejarte sin nada. Y cuando estés solo, arruinado, y tu hija no quiera ni mirarte a la cara, vas a acordarte de esta conversación.

—¿Por qué haces esto? —Su voz salió ronca—. ¿Por qué la usas como arma? Es tu hija también. Estás enferma.

—Estoy harta. Y una mujer harta es peligrosa, cariño. Deberías saberlo.

Silencio.

Mateo quería colgar, lanzar el teléfono contra la pared, subir tres pisos, tocar la puerta de Vicky, y perderse en ella hasta olvidar que esta conversación había existido.

Pero no podía. Porque Gisela estaba ahí, en esa casa, con esa mujer. Y él estaba a tres mil kilómetros, impotente.

—Voy a luchar por ella —dijo al final—. Te lo juro, Daniela. Voy a luchar por mi hija.

—Lucha todo lo que quieras. Pero recuerda quién tiene los mejores abogados. ¿Se te olvida quién es mi padre? Quién tiene a Gisela durmiendo en la habitación de al lado. —Pausa—. Y quién está en un hotel de mierda, oliendo al perfume de esa puta.

—Daniela, deja de enterrar la culpa en vino. Estás ebria.

—¿Ebria? No, cariño. Lúcida. Por primera vez en años.

—Su voz se volvió afilada, cruel—. Tu primo lo hacía mejor que tú, por cierto.

Cada vez que te decía que estaba cansada, era porque ya él me había follado en nuestra cama esa tarde.

Y cuando fingía correrme contigo, estaba pensando en cómo él sí sabía hacerme temblar.

Silencio.

Mateo sintió el golpe en el pecho, en el estómago, en cada rincón de su orgullo de hombre.

Pero entonces sonrió. Una sonrisa fría que Daniela no podía ver, pero podía sentir.

—Qué bien tu historieta de mujer infiel. ¿Sabes? Estoy pensando que sería muy interesante que el juez que decida la custodia la escuche. Que te jodan, Daniela.

Mateo puso fin a la conversación. La línea quedó muerta.

Se quedó mirando el teléfono en su mano. La pantalla brillaba en la semioscuridad de la habitación. “Llamada finalizada. 5 minutos 23 segundos”.

Cinco minutos de veneno. Y una amenaza que iba a costarle caro a Daniela.

Se levantó despacio, caminó hasta el minibar, y sacó una botellita de whisky. La abrió, se la bebió de un trago, sintiendo cómo le quemaba la garganta. Sacó otra.

La suite era enorme. Cama king size , vistas al mar, cocina equipada como él había pedido. Todo lo que el dinero podía comprar. Y se sentía más solo que nunca.

Pensó en Vicky. En cómo lo había mirado después de follársela en el mirador. En cómo le había sonreído cuando él la besó en la puerta de la habitación. En esas reglas absurdas y hasta un poco infantiles que habían establecido.

Nada de apellidos, ni teléfonos, ni fotos. Esto se queda en Santorini.

Qué fácil sonaba. Qué limpio. Un paréntesis sin consecuencias.

Pero Mateo sabía que nada era tan simple, que tenía una hija en Madrid que lo necesitaba. Que tenía una guerra que pelear. Que tenía una vida esperándolo al otro lado del mar, por muy destrozada que estuviera.

Se terminó el segundo whisky y se sentó en la terraza para mirar las luces de Santorini brillar en la oscuridad.

Gisela.

Pensó en su niña de ojos almendrados. Su princesa que lo miraba como si él fuera su superhéroe. Que no entendía por qué papá no estaba, pero lo sentía. Los niños con síndrome de Down sienten todo más profundo. Eso decían los médicos. Y Mateo lo sabía.

Perdóname, princesa. Papá va a arreglarlo toda esta mierda. Te lo prometo.

Pero las promesas sonaban huecas a medianoche en una isla griega, con el sabor del whisky en la boca y el de otra mujer todavía en los labios.