Lo que pasa en Santorini Capítulo Dos #3
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Capítulo Dos #3

Pidieron cócteles. Luego más cócteles. La conversación se volvió más suelta, más honesta en su deshonestidad.

Mateo le contó sobre un crucero que nunca había tomado con tanto detalle que casi parecía real.

Vicky inventó una conferencia de marketing en Dubái que había dado el año pasado frente a quinientas personas.

—Quinientas —repitió él, arqueando una ceja.

—Quinientas doce, para ser exactos.

—¿Y no te pusiste nerviosa?

—Nunca me pongo nerviosa.

—Mentira.

—Mentira —admitió ella, riéndose—. Estaba cagada de miedo. Pero fingí que no.

—Eso sí me lo creo.

La música cambió. Algo más lento, más suave. Una canción en griego que sonaba a melancolía y a noches de verano.

—Baila conmigo —dijo Mateo—. Esta canción me encanta

No era una pregunta.

—Ni que supieras griego.

— Thelo Na Me Nioseis de Nikos Vertis

Se levantó y le ofreció la mano. Vicky la miró —esa mano grande que no encajaban con las de un inversionista— y supo que estaba a punto de cruzar una línea.

La tomó de todas formas.

El espacio de baile era pequeño, apenas un rincón entre las mesas. Mateo la atrajo hacia él con una mano en su cintura, la otra sosteniendo la suya. Estaban cerca, demasiado. Vicky podía oler su colonia mezclada con el whisky y sentir el calor de su cuerpo a través de la tela del vestido.

—Esto no es bailar —murmuró ella—. Esto es estar de pie muy juntos.

—¿Te quejas?

—No.

Se mantuvieron la mirada. Se lo atribuyeron al alcohol.

La mano de Mateo bajó un poco, rozando la curva de su espada baja. Vicky contuvo la respiración.

—Hueles bien —dijo él contra su pelo.

—Es el vino.

—No. Es otra cosa. —Le rozó la oreja con los labios—. Hueles a problemas.

—Mira quién habla.

Él se rio. Una risa baja que vibró contra su cuello y le envió escalofríos por toda la columna.

—Pero a mí me están empezando a gustar los problemas.

—¿En serio?

—Estoy dispuesto al riesgo y a las consecuencias.

Ella soltó una risita burlona y él la apretó más contra sí.

La canción terminó, pero no se separaron. Empezó otra. Siguieron bailando sin dejar de mirarse.

O lo que fuera que estuvieran haciendo.

S alieron del bar pasada la medianoche borrachos de vino y de ouzo.

—¿Volvemos al hotel? —preguntó Vicky cuando el aire fresco de la noche le golpeó la cara.

—Todavía no. —Mateo le tomó la mano—. Quiero enseñarte algo.

—¿A esta hora? Es tardísimo.

—Las mejores vistas son a esta hora.

La guio por las calles empedradas de Fira, subiendo escalones tallados en piedra, pasando iglesias con cúpulas azules que brillaban bajo la luna.

Vicky debería haber protestado, estaba en tacones y las escaleras eran empinadas, pero había algo en la forma en que él la llevaba, seguro y firme, sin soltar su mano, que la hizo seguirlo sin preguntar.

Llegaron a un mirador apartado, lejos de las luces de los restaurantes y los hoteles. Desde allí se veía toda la caldera, el mar negro bajo el cielo estrellado, las luces de los pueblos brillando como constelaciones en la ladera del acantilado.

—Wow, qué hermoso —susurró Vicky.

—Sí, demasiado.

Se quedaron en silencio, mirando. El viento traía olor a sal y a buganvilla. En algún lugar lejano, una campana de iglesia dio la hora.

—Es lo más bonito que he visto en mi vida —dijo ella.

—Estoy de acuerdo.

Pero cuando Vicky se giró para mirarlo, él no estaba viendo el paisaje, la estaba viendo a ella.

—Mateo...

No la dejó terminar. La empujó suave contra la pared de piedra que bordeaba el mirador y la besó.

No fue un beso tierno. No fue el beso del avión, interrumpido y frenético.

Este era diferente. Lento al principio, profundo, con toda la noche por delante.

Las manos de él encontraron su cintura, sus caderas, la curva de su culo bajo el vestido.

Las manos de ella se aferraron a su camisa, atrayéndolo más cerca, siempre más cerca.

—Alguien puede vernos —jadeó ella cuando él bajó a su cuello.

—No hay nadie.

—Estamos en la calle.

—Técnicamente es un mirador.

—Mateo...

—¿Quieres que pare?

La pregunta quedó suspendida en el aire. Vicky sabía cuál era la respuesta correcta. Sabía lo que debería decir, lo que una mujer sensata diría en su situación.

—No —susurró—. No pares.

Él gruñó contra su cuello. Le subió el vestido, despacio, dándole tiempo para cambiar de opinión. Pero Vicky no iba a cambiar de opinión. Quería esto. Lo quería a él.

Aunque fuera un mentiroso y ella también lo fuera.

Las manos de Mateo encontraron el borde de sus bragas. Se detuvo.

—¿Estás segura?

—Que sí, carajo.

Él soltó una risa ronca. Y entonces le echó las bragas hacia un lado sin quitárselas, y Vicky sintió sus dedos donde más los necesitaba, y tuvo que morderse el labio para no gemir demasiado fuerte.

—Joder —murmuró él contra su oído—. Estás empapada.

—Cállate y sigue.

Él siguió. Dios, cómo siguió. Con los dedos primero, lentos, precisos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Vicky se arqueó contra la pared de piedra, sintiendo la frialdad en su espalda y el calor de él en todas partes, y pensó que iba a morirse si no la follaba ya.

—Mateo... por favor...

—¿Por favor qué?

—Carajo.

Él se apartó un momento mientras sonreía con picardía. Sacó la cartera del bolsillo trasero, extrajo el condón que llevaba “por si acaso”, y Vicky oyó el ruido del envoltorio rasgándose.

Un segundo después él la levantó contra la pared, ella le rodeó la cintura con las piernas, y entonces él entró en ella despacio, con un movimiento que era casi una tortura deliciosa. Y el mundo desapareció.

Vicky gimió.

—¿Bien? —preguntó él

—Sí —dijo ella con hilito de voz.

Él se movió. Profundo, constante, con un ritmo que la volvía loca. La pared de piedra le arañaba la espalda a través del vestido, pero le daba igual. Todo le daba igual excepto esto, él dentro de ella, la forma en que la miraba mientras la follaba como si fuera lo único que importaba en el mundo.

No era como con Alejandro. No era como con nadie. Alejandro la tocaba como si estuviera cumpliendo un trámite, algo que hacer antes de dormirse. Mateo la tocaba como si quisiera memorizarla, como si cada gemido fuera un premio que se había ganado.

—Más —jadeó ella—. Más fuerte.

Él obedeció. La embistió contra la pared con más fuerza, más profundo, y Vicky tuvo que enterrar la cara en su hombro para acallar el grito.

Sentía el orgasmo construyéndose, esa ola inevitable que empezaba en su vientre y se extendía hacia afuera, y cuando finalmente la golpeó se mordió el labio tan fuerte que sangró.

—Joder —gruñó Mateo contra su pelo—. Joder, Vicky...

Él terminó segundos después, temblando contra ella, su respiración caliente en su cuello. Se quedaron así un momento, todavía unidos, el corazón de él latiendo contra el pecho de ella.

La brisa nocturna les enfriaba la piel sudada. Desde algún lugar llegaba música, risas, el sonido de la isla siguiendo su vida mientras ellos dos existían en su propia burbuja.

—Ha sido... —empezó Vicky.

—Sí.

—El mejor polvo que he tenido en años —admitió ella casi sin aliento.

Mateo se apartó lo suficiente para mirarla. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados, y una expresión de satisfacción masculina que en otro momento habría irritado a Vicky.

Ahora mismo, solo la hizo querer repetir.

—¿En años? —preguntó él.

—No te lo creas mucho.

—Demasiado tarde.

Le bajó el vestido con cuidado, se deshizo del condón con discreción, se abrochó el pantalón. Vicky se recostó contra la pared, todavía temblando un poco, mirando las estrellas sobre sus cabezas, intentando aterrizar.

(Houston llamando a Vicky desde Tierra).

C aminaron de vuelta por las calles empedradas, tomados de la mano como si fuera lo más natural del mundo.

—Oye —dijo Vicky de pronto—. Si vamos a hacer esto...

—¿Hacer qué?

—Esto. Lo que sea que estemos haciendo. Necesitamos reglas.

Mateo la miró de reojo.

—¿Reglas?

—Reglas. —Vicky se detuvo bajo una farola—. Nada de apellidos, ni direcciones, ni teléfonos. Mucho menos fotos.

—¿No fotos?

—Esto queda aquí. En Santorini. Cuando termine, cada uno vuelve a su vida y ya. Sin rastros. Sin forma de buscarnos.

Mateo la estudió un momento largo.

—¿Por qué?

—Porque así es más fácil. —Vicky se encogió de hombros—. Un paréntesis limpio. Sin complicaciones ni expectativas. Solo tú, yo, y dos semanas de... lo que sea esto.

Él no respondió enseguida. Algo cruzó por sus ojos: ¿alivio? ¿decepción?, pero desapareció antes de que ella pudiera identificarlo.

—Vale —dijo al final—. Nada de apellidos, ni teléfonos, ni fotos. Lo que pasa en Santorini… se queda en Santorini.

—Exacto. Esto vivirá solo en nuestra memoria como un bonito recuerdo.

—Un bonito recuerdo —repitió él, y había algo en su tono que Vicky no supo descifrar.

Siguieron caminando en silencio. No hablaron de lo que acababa de pasar. Tampoco hicieron promesas ni planes. Solo caminaron en dirección al coche, dos mentirosos bajo las estrellas de Santorini, fingiendo que nada de esto importaba.

Cuando llegaron al hotel, Mateo la acompañó hasta la puerta de su suite.

—Gracias por la invitación —dijo ella.

—Gracias a ti por esta noche. Ha sido increíble.

Se inclinó y la besó. Un beso suave esta vez, casi tierno. Un beso de despedida que prometía mucho más.

—Buenas noches, Vicky.

—Buenas noches, inversionista de bolsa.

Él sonrió. Esa sonrisa que prometía problemas.

—Que descanses.

Y se fue por el pasillo, dejándola con su suite llena de pétalos de rosa y el sabor de él todavía en los labios.

Vicky entró, cerró la puerta, y se dejó caer en la cama con una expresión de satisfacción en su cara y una sonrisa que sospechaba exhibiría de forma permanente.

¿Qué acabas de hacer? , le preguntó una voz en su cabeza.

(La voz de la sensatez que pocas veces se manifestaba en aquella cabecita. Y por si lo estás pensando, no es mi voz. Yo tengo muy poco de sensata).

Y mientras se quedaba dormida, todavía sintiendo el fantasma de las manos de Mateo en su cuerpo, Vicky no supo que esas dos semanas iban a cambiarle la vida.

Y de qué forma.

T res pisos más abajo, Mateo entró a su suite y miró el reloj en la mesa de noche.