Lo que pasa en Santorini Capítulo Dos #2
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Capítulo Dos #2

Treinta y cuatro años. Ojeras de una semana. Barba de tres días que ya empezaba a parecer de vagabundo en lugar de interesante. Y una expresión de idiota que no se le quitaba desde que la había visto en el lobby.

Vicky. La del avión, la de la lengua afilada y los ojos que escondían tormentas. La que había gemido contra su boca en un baño diminuto antes de que el mundo real los interrumpiera.

¿Qué probabilidades había? Millones de turistas visitaban Grecia cada año. Cientos de hoteles en Santorini. Y ella estaba aquí, en el mismo hotel, a tres pisos de distancia. Si eso no era una señal del puto destino ¿entonces que era?

El universo se está riendo de ti , pensó mientras se afeitaba.

La verdad era que no había podido dejar de pensar en ella desde el avión.

Durante la espera en Atenas, mientras mataba el tiempo en el duty free , su mente volvía una y otra vez a ese momento tan excitante en el baño, cómo sabía su boca, cómo se arqueaba contra él.

Cómo lo miraba con esos ojos oscuros llenos de hambre y desafío.

Le sonrió al reflejo del espejo. Un polvo, solo eso , se dijo mientras se ponía una camisa limpia.

Porque estaba aquí para olvidar. Para quemar dinero y tiempo y quizás tirarse a alguna turista sin nombre ni historia.

Pero Vicky no era una turista sin nombre.

Era complicada, sospechaba que tenía secretos y mucho sarcasmo, y una forma de mirarlo que le hacía sentir visto por primera vez en años.

Y le seguía el juego, al punto de aceptar tener sexo en el baño de un avión.

Usaba un idioma puntilloso, respondía, no se quedaba callada y eso era nuevo para un hombre acostumbrado a mujeres frías y correctas.

Y eso era peligroso, peligrosísimo.  Alto voltaje a la décima potencia.

(Pero ¡qué rico es el peligro! Ay, por favor, si, tú misma la que estás leyendo no me salgas conque todo lo tienes bajo control. ¡Qué aburrida! Deja que se te despeine un poquito el pelo de vez en cuando, aunque sea, doña Perfecta).

En ese momento vibró su teléfono. Llamada de Alfonsina.

—Mateo, joder, por fin contestas. La productora necesita que le confirmemos el estreno de la primera temporada del programa para septiembre.

—Confirma. Dile que salí a Grecia por un asunto de negocios y que regreso en dos semanas, pero que el plan sigue en pie. En septiembre lanzamos. ¿Cómo va lo de San Sebastián?

—Nico se ha estado encargando de eso —dijo Alfonsina—.

Me llamó hoy para decirme que ya llegó el mobiliario y que los diseñadores pusieron el plan en marcha.

Pero lo de los permisos todavía no se ha resuelto.

Así que el local no va a estar listo para la fecha que estimábamos.

—Hizo una pausa—. Por lo menos Nico está demostrando ser menos inútil de lo que creía.

—Sé amable con él.

Nico era el hermano menor de Mateo. Un incorregible que adoraba a Alfonsina, tal vez porque ella le recordaba todo el orden que él no era capaz de tener en su vida.

—Pues si no consigue los permisos, olvídate de abrir este mes —dijo ella.

—Hostia, puta. La maldita burocracia española. Voy a ver a quién puedo mover para que nos eche una mano.

—Mateo, otra cosa, la entrevista con El País es en ocho días.

—Aplázala.

—Ya la aplazamos una vez. ¿Recuerdas?

—Estoy en el culo del mundo, Alfonsina. No voy a volver hasta que me beba todo el vino de Santorini y me importa una mierda esa entrevista. —Se detuvo—. No es contigo, Alfonsina, estoy hasta los cojones.

—Pues procura no ahogarte en la playa o en alcohol, o ambas cosas. Si esto se complica, te escribo. —Pausa—. Para que sepas, he toreado a tu mujer. Llama a la oficina todo el tiempo preguntando dónde estás, pero no sé hasta cuando pueda evitarla.

—Pues la próxima vez que insista le dices que me fui a construir un igloo en el Polo Norte.

—Vale. Y en cuanto a tu hermano, seré amable con él cuando se comporte a la altura.

Alfonsina cortó la llamada y Mateo soltó el teléfono sobre la cama, pero antes miró el reloj. Las siete y media. Treinta minutos para la cena que “no era una cita”.

Abrió la cartera y verificó que el condón seguía ahí.

Ahora llevaba uno. Por si acaso. Nunca se sabe.

Vamos, que no era un santurrón. Más de una vez tuvo la ocasión de ponerle los cuernos a su mujer, pero nunca dio el paso.

Sabía cómo terminaba el juego de los amantes: complicaciones, estrés y drama. Un polvo no valía ese mal rato.

Pero ahora al descubrir que su matrimonio hacía dos años era una farsa, ya nada lo detenía.

Cenamos, charlamos y la pasamos bien. Matamos tiempo. Lo que quiero es su compañía. No tiene que haber sexo. Le demostraré que soy un caballero.

Mientras bajaba al restaurante de la terraza, Mateo batallaba para no hacer exactamente lo contrario de lo que había planificado.

E l restaurante era de esos sitios que parecían diseñados para fotos de Instagram. Mesas blancas con velas flotando en cuencos de agua. Guirnaldas de luces colgando sobre las cabezas. Vista panorámica del atardecer más espectacular que Vicky había visto en su vida.

En una mesa del rincón, una pareja de ancianos cenaba mientras conversaban y se reían.

Él tenía el pelo blanco y las manos grandes de quien ha trabajado toda su vida.

Ella llevaba un pañuelo de seda al cuello y miraba a su marido como si todavía fuera el chico que la sacó a bailar hace cincuenta años.

Cuando Vicky pasó junto a ellos, la mujer levantó la vista y le sonrió con algo que parecía complicidad.

Allí estaba Mateo sentado en una mesa para dos, mirándola acercarse con una expresión que la hizo sentir desnuda.

Es solo una cena , se recordó.

—Llegas puntual —dijo él cuando ella se sentó.

—Y tú llegaste temprano.

—Estás… estás hermosa.

Él sonrió con una sonrisa torcida que le provocó cosas raras al estómago de Vicky.

—Gracias. —Vicky le sonrió—. Has cogido la última mesa, en el rincón más apartado.

—Quiero asegurarme de que no huyas.

—Todavía estoy a tiempo —dijo ella mientras se sentaba cuando él le sacó la silla.

—Pero no lo has hecho —le dijo cerca de su oído.

El camarero apareció antes de que Vicky pudiera responder con otro sarcasmo. Pidieron vino tinto para él y blanco para ella. Estudiaron los menús en un silencio que era casi incómodo.

Casi, porque ya Vicky se estaba acostumbrando a los comentarios desfachatados de aquel hombre que estudiaba el menú como si fuera un tratado de química nuclear.

—Entonces —dijo Mateo cuando el camarero se fue tras tomar la orden—. ¿Qué tal te parece Santorini?

—He estado a punto de convulsar por la forma de conducir del taxista que me trajo al hotel y he descubierto que mi suite tiene pétalos de rosa en la cama. —Levantó su copa—. Por todo lo demás, un éxito total.

—¿Pétalos de rosa?

—Es una suite... para recién casados. —Vicky se encogió de hombros, manteniéndose en el personaje—. Mi ex y yo la reservamos hace meses, antes del… divorcio. No iba a perder la reserva.

—Entiendo. ¿Y él no quiso venir a reclamar su parte?

—Él puede irse a la mierda.

Mateo soltó una risa.

—Vaya. Divorcio amistoso, por lo que veo.

—El más amistoso del mundo. —Vicky tomó un trago de vino.

Se miraron. Los dos sabían que el otro estaba mintiendo. Los dos fingían no saberlo. Era un baile extraño, una coreografía de mentiras donde ambos reconocían los pasos y seguían bailando de todas formas.

—Cuéntame más de esos cursos online que das —dijo Mateo, y Vicky detectó un brillo de diversión en sus ojos.

Cabrón , pensó. Sabe que estoy mintiendo.

—¿Qué quieres saber?

—Todo. Cómo empezaste, cuántos alumnos tienes, qué enseñas exactamente...

Vicky se recostó en la silla, aceptando el desafío.

—Empecé hace cuatro años, cuando me di cuenta de que las empresas españolas no tenían ni idea de marketing digital. —La mentira fluía fácil, casi creíble—. Ahora tengo unos doscientos alumnos activos. Enseño estrategia de contenido, SEO, gestión de redes sociales...

—Impresionante.

—¿Verdad? —Sonrió con falsa modestia—. ¿Y tú? Cuéntame de esas inversiones. ¿Qué es lo más arriesgado que has hecho en la bolsa?

Mateo ni pestañeó.

—El año pasado aposté fuerte por el sector tecnológico europeo justo antes de una corrección del mercado. Todo el mundo decía que estaba loco.

—¿Y?

—Gané un treinta por ciento en seis meses.

—Mentira —dijo Vicky, pero estaba sonriendo.

—Verdad —respondió él, también sonriendo.

El camarero llegó con la cena. Pescado para ella, cordero para él.

Comieron intercambiando más mentiras elaboradas, cada uno tratando de superar al otro en creatividad.

Era como un juego, un duelo de ficciones donde el objetivo no era ganar sino ver cuánto podían estirar la fantasía antes de que se rompiera.

Y en algún momento, entre la tercera copa de vino y el postre, Vicky se dio cuenta de que se estaba divirtiendo de verdad.

Por primera vez en semanas, no estaba pensando en Alejandro, ni en la boda cancelada, ni en el desastre de su vida.

Solo estaba aquí, ahora, mintiéndole a un hombre guapo que le mentía de vuelta.

Era liberador.

—¿Conoces algún bar por aquí? —preguntó ella cuando terminaron el postre.

—¿Un bar?

—Sí. Donde pongan música y sirvan alcohol. Ya sabes, un bar.

—Hay un sitio en Fira que me recomendó uno de los botones.

—¿Fira?

—El pueblo de al lado. A veinte minutos en coche. Y yo tengo un coche alquilado.

Vicky lo pensó. Debería terminar la noche aquí, irse a su habitación, mantener la distancia, recordar que este hombre era un desconocido.

Pero el vino le calentaba las venas y la noche olía a cerezo y a posibilidades, y a esa loción de afeitar de Mateo, que ahora llevaba su cara lisa y se veía tan guapo.

—Vamos —dijo él.

(Decía mi difunta madre que el que juega con candela…)

E l bar se llamaba Tango y estaba en un callejón de Fira, con paredes de piedra y luces tenues y música que sonaba desde algún rincón. No era un sitio de turistas; era el tipo de lugar donde los locales iban a beber ouzo y olvidarse del mundo.