Lo que pasa en Santorini Capítulo Dos
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Capítulo Dos

E l vuelo desde Atenas había sido corto, pero turbulento.

Vicky pasó los cuarenta y cinco minutos de vuelo agarrada al reposabrazos, con el estómago todavía revuelto por todo el champán del primer avión.

Para cuando aterrizaron en el pequeño aeropuerto de Santorini sobre una pista diminuta rodeada de ese azul impresionante del Egeo estaba mareada, deshidratada, y convencida de que el universo la odiaba.

Esto me pasa por emborracharme y meterme en baños de aviones con desconocidos , pensó mientras esperaba su maleta.

El recuerdo la golpeó como una ola. Las manos de Mateo en su cintura. Su boca en su cuello. El calor de su cuerpo en ese espacio diminuto. Y luego la azafata tocando la puerta, y la vergüenza, y esa despedida incómoda en el aeropuerto de Atenas.

Arrastró la maleta por el aeropuerto, esquivando turistas con sombreros ridículos y vendedores de excursiones que le gritaban ofertas en un inglés macarrónico.

El sol griego caía sin piedad sobre su cabeza, y Vicky se arrepintió de no haber traído un sombrero.

O protector solar. O sentido común, que a estas alturas era lo más que le hacía falta.

El taxi hasta Oia, el pueblo más fotografiado de la isla, donde estaba su hotel, costó una fortuna. Pero a estas alturas le daba igual, era dinero de su ex.

El Hotel Atlantis Blue apareció después de una hora de curvas que le revolvieron el estómago de nuevo.

Era tal y como en las fotos: paredes encaladas, buganvillas moradas derramándose por los balcones, vista al acantilado y al mar infinito.

El tipo de lugar donde las parejas se sacaban selfis al atardecer y se juraban amor eterno.

Vicky iba a hacer lo mismo. Pero sola. Y con toda probabilidad borracha.

—Bienvenida al Atlantis Blue —dijo la recepcionista con una sonrisa perfecta y un español bastante deficiente—. ¿Tiene reservación?

—Sí. Victoria Ruiz. R-U-I-Z.

La chica tecleó en su ordenador mientras Vicky miraba alrededor.

El lobby era mediano, pero elegante, con suelos de mármol blanco y plantas colocadas de forma estratégica para destacar el buen gusto.

Olía a limón y eucalipto. Había un par de sillones de mimbre junto a un enorme ventanal, y una pareja de ancianos tomándose de la mano mientras miraban el mar.

Qué asco , pensó Vicky. El amor.

—Aquí está. Suite luna de miel, trece noches. —La recepcionista le dedicó una mirada de simpatía profesional—. ¿Viaja sola?

Ay, no me jodas.

—Mi pareja llega mañana —mintió Vicky con una sonrisa que escondía la verdad de su dolorosa realidad—. Tenía un compromiso de trabajo.

—Oh, perfecto. Aquí su llave. Suite 12, tercer piso. El desayuno es de siete a diez, y el restaurante de la terraza abre a las ocho. ¿Necesita ayuda con el equipaje?

—No, gracias. Puedo sola.

Siempre puedo sola , pensó mientras agarraba la llave. Ese es el puto problema.

Estaba dándose la vuelta hacia los ascensores cuando la puerta principal del hotel se abrió y allí estaba él.

M ateo entró al lobby del Atlantis Blue con la sensación de que necesitaba una ducha, una cama, y al menos tres litros de agua. El vuelo de conexión había sido turbulento. ¿A quién coño se le ocurrió hacer aviones tan pequeños? Además, llevaba desde Madrid sin comer nada.

Pero al menos estaba aquí. Lejos de Madrid, de Daniela, de su primo el hijo de puta, y de la cara de Gisela que no comprendía porque sus padres no se hablaban.

Dos semanas , se recordó. Dos semanas para evitar cometer una locura con los sesos calientes.

Caminó hacia la recepción arrastrando la maleta, con los ojos entrecerrados por el sol que entraba por los ventanales.

El lobby era bonito, el típico lujo discreto de los hoteles caros.

Tal y como se lo había pedido a Alfonsina, su diligente asistente, cuando entró en su despacho con ganas de quemarlo todo.

“Me da igual el precio. Quiero lo mejor. Cama de rey, vista al mar, que tenga cocina equipada. Eso es lo más importante. Y una piscina infinita. Mucho vino, caro, bien caro”, había dicho .

Levantó la mirada hacia el mostrador de recepción y se quedó congelado.

Había una mujer de espaldas. Pelo oscuro rizado recogido en una coleta despeinada. Vestido de verano arrugado, que él parecía conocer. Maleta a sus pies.

Y algo en la forma de sus hombros, en la curva de su cuello, le resultó familiar.

No puede ser.

La mujer se dio la vuelta. Era ella. La del avión. La del champán y las mentiras. La que usaba champú de vainilla y fresa. La que casi se había follado en el baño a treinta y cinco mil pies de altura antes de que la azafata les cortara el rollo.

Vicky. Sus ojos se encontraron.

P or un segundo, uno largo, eterno, absurdo, ninguno de los dos se movió.

Vicky lo miraba con los ojos muy abiertos, la tarjeta magnética que servía de llave todavía en la mano y la boca abierta en una expresión que mezclaba el horror con la incredulidad.

Mateo la miraba igual. Como si estuviera viendo un fantasma. O una broma muy elaborada del destino.

No , pensó Vicky. No, no, no, no, no.

Joder , pensó Mateo. Joder, joder, joder.

—Tú —dijeron al unísono.

Más silencio. La recepcionista los miraba confundida.

—¿Se conocen? —preguntó con su sonrisa profesional.

—No —dijo Vicky.

—Sí —dijo Mateo al mismo tiempo.

Se miraron.

—Algo así —corrigió Vicky.

—Del avión —añadió Mateo.

La recepcionista asintió como si eso explicara algo. Por supuesto, no tenía idea de lo que había pasado en ese avión.

Vicky fue la primera en reaccionar. Enderezó los hombros, agarró su maleta con fuerza, y compuso una expresión de indiferencia que no sentía ni por asomo.

—Bueno —dijo—. Qué casualidad. Que disfrutes tu estancia, Mateo.

Y se dio la vuelta hacia los ascensores con toda la seguridad que le quedaba, que no era mucha.

—Vicky, espera.

La voz de Mateo la detuvo a medio camino. Se giró, intentando parecer impaciente en lugar de alterada.

—¿Qué?

Él se había acercado. Estaba a dos metros de ella, con esa mandíbula perfecta y esas ojeras que contaban historias tristes.

—Es mucha coincidencia. ¿No crees? —Mateo se pasó una mano por el pelo, visiblemente incómodo.

—El mundo es un pañuelo.

—Sí.

Silencio otra vez. Vicky odiaba los silencios porque daban tiempo para pensar, y pensar era peligroso cuando tenías delante al hombre que casi te había hecho ver las estrellas en un baño de avión.

—Mira —dijo ella, bajando la voz para que la recepcionista no oyera—. Lo del avión fue... lo que fue. Estábamos borrachos, fue un error, y ya está. No tiene que ser incómodo.

—¿Quién ha dicho que es incómodo?

—Tu cara lo dice.

Mateo soltó una risa corta, sin humor.

—Mi cara dice muchas cosas últimamente. No le hagas caso.

Vicky lo estudió. Había algo diferente en él ahora que no estaba flotando en una nube de alcohol y adrenalina. Algo más pesado, más triste. .

—Bueno —dijo ella con una sonrisa un poco forzada—. Pues nada. Que la pases bien.

—Tú también.

Se dio la vuelta otra vez. Esta vez llegó al ascensor, apretó el botón, esperó.

—Oye —dijo él desde atrás.

Vicky cerró los ojos.

Por favor, que se calle. Por favor, que me deje en paz.

—¿Qué?

—¿Cenas algo esta noche?

Se giró con lentitud. Él seguía ahí, junto a su maleta, con las manos en los bolsillos y una expresión que intentaba ser casual pero no lo conseguía.

—¿Me estás invitando a cenar?

—Estoy siendo educado.

A pesar de todo: la vergüenza, el cansancio y la promesa que se había hecho de mantenerse alejada de los hombres españoles, Vicky sintió que la comisura de su boca se curvaba hacia arriba de forma involuntaria.

(El cuerpo que es un traidor, tú y yo lo sabemos).

—Eres un poco descarado.

—Me lo han dicho.

El ascensor llegó con un pitido. Las puertas se abrieron. Vicky debería haber entrado, subido a su suite de luna de miel, cerrado la puerta y olvidado que este hombre existía.

En lugar de eso, dijo:

—A las ocho. En el restaurante de la terraza.

Y entró al ascensor antes de poder arrepentirse.

(Ya sabemos cómo podría terminar esto, ¿verdad? ¿Cuántas veces has pensado que algo es inconveniente, pero la boca dice lo contrario? No levantes la mano para inculparte).

L a suite era ridículamente romántica. Cama king size con sábanas blancas y pétalos de rosas.

¿En serio pétalos de rosa? Todos esparcidos sobre la colcha.

Balcón privado con vistas al mar y a la caldera del volcán.

Bañera de hidromasaje junto a la ventana.

Champán enfriándose en una cubitera junto a la cama.

Todo gritaba “aquí deberían estar dos personas follando”, y Vicky estaba más sola que un pez beta en su pecera.

Se dejó caer en la cama, mandando pétalos de rosa volando por todas partes.

¿Por qué le dijiste que sí? , se preguntó. ¿Por qué coño le dijiste que sí?

Pero conocía la respuesta. La había visto en sus ojos cuando la miraba en el lobby. Esa mezcla de sorpresa y algo más. Algo que podía ser esperanza, o deseo, o simplemente la soledad reconociendo a otra soledad.

Se levantó de la cama y caminó hacia el balcón.

Santorini se extendía ante ella en todo su esplendor: las casas blancas derramándose por el acantilado, el sol comenzando su descenso hacia el horizonte y el cielo como una paleta de colores en tonalidades entre el azul y el violeta, con toques anaranjados.

Era el lugar más hermoso que había visto en su vida.

(Y estaba más sola que el pulpo Octopus Vulgaris).

No del todo , susurró una voz en su cabeza. Hay un español tres pisos más abajo que te mira como si quisiera comerte. ¡Dije que españoles no, carajo! Otro español y me desvivo.

Pero mientras se duchaba, se secaba el pelo y abría la maleta buscando qué ponerse para una cena que “no era una cita”, Vicky sabía que se estaba mintiendo.

Algo iba a pasar.

Y una parte de ella, una parte que llevaba años enterrada bajo capas de decepciones y corazones rotos, lo estaba deseando.

M ateo se miró en el espejo del baño y no reconoció al hombre que le devolvía la mirada.