Capítulo Uno #3
No fue un beso de película romántica con violines de fondo. Fue un beso hambriento, desesperado, de dos personas que necesitaban olvidar. Vicky le agarró la camisa, él le puso las manos en la cintura y la levantó hasta sentarla en el pequeño lavabo.
—Joder —murmuró él contra su boca—. Sabes bien.
—Menos bla bla.
Le desabrochó los botones de la camisa mientras él le subía la falda del vestido playero. Las manos de Mateo eran grandes, seguras, sabían exactamente dónde tocar. No como Alejandro, que la manoseaba como si estuviera buscando las llaves en el fondo de un bolso.
—Eres preciosa —dijo Mateo, y sonaba como si lo dijera en serio mientras le acariciaba una teta sobre el vestido.
Vicky le mordió el labio como respuesta.
Él gruñó. Le bajó el tirante del vestido, le mordisqueó el hombro, el cuello. Sus manos bajaron hasta su culo y apretó, por fin, sintiendo esa carne que lo había vuelto loco desde que la vio caminar por el pasillo cuando se dirigieron al baño.
Joder , pensó. Es mejor de lo que imaginaba .
Vicky echó la cabeza hacia atrás, dejándole espacio, sintiendo su boca bajar por su cuello mientras sus manos la apretaban contra él. Podía sentirlo duro contra su vientre. Grande. Prometedor.
Esto es lo que me merezco después de la traición de ese pendejo , pensó ella.
La boca de Mateo siguió bajando. Le apartó el sujetador, le lamió un pezón, y Vicky tuvo que morderse el labio para no gemir demasiado fuerte.
—Shhh —susurró él, sonriendo contra su piel—. Nos van a pillar.
—Pues date prisa.
Él se rio y volvió a besarla mientras sus dedos buscaban el borde de sus bragas...
TOC TOC TOC.
—Señores, tienen que salir. Ahora.
La voz de la azafata atravesó la puerta como un cubo de agua fría.
Se miraron. Ella con el vestido a medio subir, el tirante abajo y el sujetador corrido. Él con la camisa abierta, el cinturón desabrochado y una erección que iba a ser difícil de disimular.
—Mierda —susurró él.
—Señores, sé que están ahí. Salgan, por favor.
Mateo se rio. Una risa baja, resignada.
—Bueno —dijo—. Fue bonito mientras duró.
Se arreglaron como pudieron en treinta segundos de pánico.
Vicky se subió el tirante y se bajó el vestido, él se abrochó el cinturón pensando en su abuela para bajar la erección.
Cuando abrieron la puerta, la azafata los esperaba con una expresión que mezclaba el profesionalismo con el más puro “no me pagan suficiente para esto”.
—A sus asientos, por favor.
—Sí, claro. Perdona —dijo Mateo.
Caminaron de vuelta a la cabina de primera clase como si fueran dos niños que se portan mal, escoltados.
Todos los pasajeros los miraban. Una señora mayor con collar de perlas parecía a punto de sufrir un infarto.
Un hombre de negocios con traje caro escondía una sonrisa pícara detrás de su periódico.
Vicky quería morirse, que el avión se abriera y la lanzara al Mediterráneo. Volver a hace diez minutos y decir que no, gracias, no quiero meterme al baño con un desconocido.
Pero otra parte de ella, una parte que llevaba mucho tiempo silenciada, estaba eufórica.
C uando aterrizaron, se levantaron al mismo tiempo. El roce de sus brazos fue eléctrico.
—Bueno —dijo Mateo, agarrando una maleta pequeña del compartimento superior—. Tengo que buscar mi conexión.
—Yo también. —Vicky evitó mirarlo a los ojos—. Tengo una hora para encontrar la puerta.
No preguntó a dónde iba él. Él tampoco preguntó a dónde iba ella. Era mejor así.
Caminaron por el pasillo del avión en silencio, rodeados de pasajeros impacientes. El aire entre ellos seguía cargado de lo que casi había pasado en ese baño.
Después de lo que pareció una eternidad, Mateo habló:
—Oye.
—¿Qué?
—Ha sido...
—No digas nada.
—Vale.
Más silencio.
—Pero ha estado bien —añadió él cuando alcanzaron el pasillo para desembarcar—. ¿No?
Vicky no pudo evitar sonreír.
—Cállate.
—Lo que tú digas.
—Que disfrutes Grecia —dijo Mateo.
—Igualmente. Y... gracias. Por hacerme olvidar un rato.
Él la miró con algo que podía ser ternura o tristeza, era difícil saberlo.
—Gracias a ti —dijo—. Por lo mismo.
—Adiós, Mateo.
—Adiós, Vicky.
Ella se dio la vuelta y caminó hacia la terminal. No miró atrás. No podía permitírselo.
En el aeropuerto de Atenas, cada uno tomó direcciones diferentes. Ella hacia una cafetería a matar el tiempo. Él hacia las tiendas del duty free . Dos extraños que habían compartido un avión, unas copas, y casi algo más. Nada que contar.
Cuarenta minutos después, caminó hacia la puerta B7 con una revista sobre turismo en Santorini. No lo buscó entre la multitud porque no esperaba verlo. El inversionista español y el whisky ya era un recuerdo borroso mezclado con champán y vergüenza.
Cuando abordó el pequeño avión a Santorini, ni siquiera miró a los otros pasajeros. Se acomodó en el asiento, cerró los ojos, y dejó que la isla la esperara.
Nueve filas más atrás, Mateo Rey de Francisco miraba la nuca de Vicky con el ceño fruncido, preguntándose si el universo le estaba jugando una broma muy hija de puta.
Pero no dijo nada. ¿Para qué? Ya se habían despedido, habían cerrado ese capítulo.
(O eso creían).