Lo que pasa en Santorini Capítulo Uno #2
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Capítulo Uno #2

—Puertorriqueña. Pero vivo en Madrid desde hace un tiempo. Se ha suavizado un poco.

—Ah, ya. —Él asintió—. Boricua. Muy bonita tu isla.

—¿Conoces la isla?

—Conozco el mofongo. —Mateo sonrió—. Estuve una vez en San Juan en el 2016.

La observó unos segundos con demostrado interés.

—¿Y a qué te dedicas? —preguntó él.

—Doy cursos de marketing digital. Online.

La mentira salió suave, fácil. Casi se la creyó ella misma. No iba a compartir ningún detalle real de su vida con un extraño.

—Interesante.

—No realmente. Pero paga las facturas.

Él sonrió por primera vez. Una sonrisa torcida, medio amarga, que le iluminó los ojos por un segundo antes de apagarse.

—¿Vacacionas sola? —preguntó.

—Se disfruta diferente.

—Te entiendo.

Vicky lo estudió. Había algo en su tono que no pudo descifrar del todo.

—Quería playas, sol, desconectar un poco —añadió ella—. Y surgió la oportunidad.

—Te entiendo. Yo también necesitaba desaparecer un rato.

Desaparecer . Sí. Eso era exactamente lo que ella quería. Desaparecer de esa vida falsa al lado de Alejandro.

—Pues brindemos por eso —dijo él, levantando su copa—. Por desaparecer.

P ara la quinta copa, o la sexta, Vicky ya había perdido la cuenta, los otros pasajeros dormían o trabajaban en sus laptops, y ella y Mateo estaban oficialmente borrachos.

—¿Me puedo cambiar? —preguntó él, señalando el asiento del medio—. No te oigo bien desde aquí.

Vicky lo miró con los ojos entrecerrados.

—Llevamos media hora hablando perfectamente.

Él sonrió. Esa sonrisa torcida, medio arrogante, que ya le parecía atractiva si otra fuera la situación.

—Tienes razón —admitió, aunque de todas formas se sentó en el asiento 2B, justo al lado de ella—. Pero desde aquí veo cómo te sonrojas cuando te digo que eres guapa.

Vicky sintió que le subían los colores al rostro. Este cabrón está borracho y cree que soy idiota.

—No me sonrojo.

—Acabas de hacerlo.

—Es el champán.

—Claro. El champán.

Se quedaron mirándose unos segundos. Demasiado cerca. Muy borrachos. Tremenda química para dos desconocidos en un avión.

—Entonces, ¿qué? —Él tenía los ojos vidriosos por el alcohol—. ¿Eres una empresaria exitosa que viaja por el mundo dando cursos?

—Algo así. —Vicky se rio con ligereza—. Tengo clientes en todas partes. Europa, Latinoamérica... Ya sabes cómo es el mundo digital.

—Impresionante.

—¿Y tú? ¿A qué te dedicas?

—Inversiones —dijo—. Comprar barato, vender caro, bla bla bla. Aburridísimo.

—Un hombre de negocios.

—Sí. —Sonrió—. Viajo mucho.

(Dos mentirosos medio ebrios en primera clase rumbo a Atenas. Esto promete, doña Lectora) .

E l champán le había dado a Vicky una soltura que sobria jamás tendría.

El whisky le había quitado a Mateo cualquier rastro de sutileza.

Él se había pasado los últimos diez minutos intentando no mirarle el escote.

Había fracasado estrepitosamente. Y ella intentaba disimular que esa boca no la llevaba a tener mil malos pensamientos.

—¿Soltera? —Mateo la estudió con ojos curiosos.

—Divorciada —dijo Vicky disfrutando la mentira—. Hace un año.

—Lo siento.

—No lo sientas. Era un gilipollas.

Mateo se rio.

—¿Y tú? —preguntó Vicky, aunque su curiosidad correspondía a pura cortesía, no a interés genuino.

—Soltero. —Otra mentira—. No creo en otro estatus.

(¿Tú le crees? Pero a estas alturas y con tanto alcohol ¿a quién le importa?) .

—¿Un hombre guapo y exitoso como tú soltero?

—¿Crees que soy guapo?

Vicky sintió que se le subía el champán de nuevo.

—No te emociones. He bebido mucho.

—Yo también creo que eres muy guapa.

—Ya. Claro.

—En serio. —Se acercó un poco.

Olía a whisky y a loción masculina, un aroma cálido que le hizo cosquillas en el estómago a Vicky.

—Cuando te vi pensé: “¿Por qué coño viaja sola una tía así?”

—¿Una tía así cómo?

—Guapa. Con ese culo. Esas tetas.

—¡Oye! —Pero tenía una media sonrisa, aunque batallaba con ella—. Te estás pasando.

—El alcohol me pone sincero. Disculpa.

—Ya veo.

Se miraron. El aire entre ellos se volvió espeso, cargado de algo que Vicky no quería nombrar. Llevaba meses sin sentir eso, de sexo tibio con Alejandro, de polvos de cinco minutos, de “ya está, ¿no?” mientras ella se quedaba mirando el techo preguntándose si más adelante ese asunto mejoraría.

Y ahora este español con mandíbula de acero y ojos azul grisáceo la miraba como si quisiera comérsela entera.

Esa boca , pensó Vicky sin poder evitarlo. Esas manos.

—Tengo una idea —dijo Mateo, travieso, en voz baja, perezosa por el alcohol.

—¿Cuál?

—Una idea terrible.

—Las mejores ideas son terribles.

Él se rio. Una risa grave, profunda, que le vibró en el pecho a Vicky.

—El baño —dijo él.

—¿Qué pasa con el baño?

—Que está vacío.

Vicky lo miró. Sabía lo que estaba sugiriendo. Sabía también que era una locura, que no conocía a este hombre, que con gran probabilidad todo lo que le había dicho era mentira, igual que todo lo que ella le había dicho a él.

Pero también sabía que estaba harta. Cansada de ser la idiota de la historia, la que siempre cree, la más pendeja. Estaba hasta las narices de hombres que la decepcionaban. De no tomar la iniciativa ella y dejar que otros decidieran.

Además, tener sexo a treinta y cinco mil pies de altura siempre le había parecido excitante.

A la mierda , pensó.

—Guíame —le dijo.

E l baño de primera clase era pequeño, pero lujoso. Espejo iluminado, jabón que olía a limón, espacio apenas suficiente para dos personas que no pensaban mantener mucha distancia.

Mateo cerró la puerta y la miró. En el espacio reducido, Vicky podía sentir el calor de su cuerpo, oler el whisky en su aliento mezclado con algo más peligroso.

—¿Estás segura? —preguntó él con voz baja, ronca, masculina.

—No —admitió ella—. Pero no importa.

Él sonrió. Y entonces la besó.