Lo que pasa en Santorini Capítulo Uno
1%
Lo que pasa en Santorini

Lo que pasa en Santorini

Por Lee Vincent

© inepub.com

Capítulo Uno

(L a vida es una sinvergüenza que nos juega unas putadas que ni nos imaginamos, como ese día en el aeropuerto de Madrid-Barajas. ¿Por qué los aeropuertos tienen solo dos olores? Vacaciones y despedidas. Bueno… también huelen a mentiras).

Victoria de los Ángeles Ruiz Castellano arrastró su maleta por la terminal con la determinación de quien huye de un incendio, aunque el fuego que dejaba atrás era más bien un desastre de traición y humillación.

Tres días atrás había llegado a casa temprano, feliz con su suerte, para sorprender a Alejandro, su prometido valenciano, su jodido cuento perfecto, con una cena romántica.

Lo que encontró fue a Alejandro con la vecina alemana del quinto piso comiéndole la polla en el sofá Poltrona Frau que habían elegido juntos.

El muy cabrón ni siquiera tuvo la decencia de llevársela a un hotel, la metió al apartamento que compartían .

El apartamento que él le había abierto cuando ella dormía en una pensión en Malasaña, con el baño en el pasillo y un sueldo que no le llegaba ni a mitad de mes.

“Vente conmigo, nena. Aquí no te va a faltar nada”.

Y no le faltó. Lo único que le faltó fue preguntar de dónde salía el dinero.

Pero para preguntar hay que poder aguantar la respuesta, y ella no tenía dónde caerse muerta.

Cuando él se arrodilló con el anillo, ella ya llevaba tiempo durmiendo bajo su techo. Decir que no también costaba.

Pasó el control de seguridad en Barajas con el pasaporte azul en la mano y el estómago apretado, como siempre.

Relájate, nena. Esto es seguridad, no inmigración.

Tres años en Madrid le habían enseñado la diferencia a la mala: a estos solo les importaba que no llevara una bomba en la maleta, no que su visa de turista se hubiera vencido hacía…

ni se acordaba. Nadie le iba a sellar nada ni le iba a preguntar nada.

Volar de Madrid a Atenas era casi como coger la guagua de Bayamón a San Juan.

Guardó el pasaporte y respiró hondo. Pero su cabeza no había despegado todavía: seguía dos días atrás, plantada en aquel apartamento.

La rabia le subía por el pecho cada vez que recordaba su cara de idiota cuando abrió la puerta.

“Vicky, esto no es lo que parece”. Por favor.

¿Qué iba a ser, una clase de yoga horizontal? ¿Un examen de próstata muy íntimo?

¿Por qué todos los infieles dicen la misma estupidez: “no es lo que piensas”? Como si uno fuera imbécil.

Vicky se fue del apartamento esa misma noche, pese a los ruegos lastimeros del traidor y las promesas de que jamás sucedería de nuevo.

Pero Victoria de los Ángeles, con una dignidad apabullante, mandó todo a la mierda.

La boda con ochenta invitados, el catering, el vestido que todavía colgaba con la etiqueta puesta.

Lo que más le dolió fue llamar a sus padres para decirles que cancelaran los vuelos desde Puerto Rico, que ya no había motivo para cruzar el charco.

Antes de irse del apartamento y, aprovechando que el susodicho se largó indignadísimo, fue al dormitorio.

Se arrodilló frente al armario, marcó la combinación que se había aprendido de tanto verlo abrir la caja fuerte, y sacó los diecisiete mil euros que había dentro.

Dinero sucio. Lo sabía. Llevaba meses sabiéndolo.

Aun así, los tomó en su mano mientras su mente le clavaba la escena del sofá como un puñal. Los echó en la maleta.

El anillo de compromiso —tres mil quinientos euros de diamante solitario que él había elegido con más ego que amor— estuvo a punto de terminar en el Compro Oro de la esquina.

Dinero rápido. Limpio. Me lo merezco. Pero en lugar de bajar a la calle, subió un piso.

Axel, su mejor amigo, abrió la puerta en calzoncillos y no preguntó nada cuando ella apareció con Sardina en el transportín.

Así era Axel, el único que no necesitaba explicaciones.

Solo la abrazó, le quitó la jaula de las manos y la dejó entrar.

Lo que Axel no sabía era que, en el compartimento del fondo, envuelto en un calcetín, aparte de un hermoso gato naranja, dormía un diamante de tres mil quinientos euros.

(Sardina sí lo sabía. Y guardó el secreto como el caballero que era).

Al día siguiente se metió en la primera agencia de viajes que encontró y compró la luna de miel que Alejandro jamás pensó darle.

Para él, tres noches en Benidorm eran más que suficiente.

Para ella, tomando en cuenta la traición: Santorini, vuelo en primera clase con champán incluido, suite nupcial, catorce noches, era lo que se merecía.

¡ Qué te den, por infiel! Un viaje que requirió casi dieciséis mil euros en efectivo.

Y eso fue todo. Sin mirar atrás, con la maleta, el dinero sucio que le quedaba y el billete de abordaje, se fue directo al aeropuerto.

Luna de miel para mí solita , ahora que lo pensaba le parecía poético.

Se resistía a ser la pobre chica abandonada que se queda llorando y comiendo Ben & Jerry's directo del envase.

¡No, señor! Ella se iba a Santorini. Sola. A beberse todo el vino griego que le cupiera en el cuerpo y a olvidarse de que los hombres existían. Quería borrarse el disco duro y resetearse.

No más machos ibéricos , se dijo mientras caminaba hacia la puerta de embarque. No más valencianos con sus paellas y sus pollitas que solo saben usar los domingos. No más hombres, en fin.

(Guarda ese pensamiento, Vicky. Guárdalo muy bien porque te va a hacer falta).

M ateo Rey de Francisco llegó a la puerta de embarque con el tiempo justo y el alma hecha pedazos.

Llevaba tres días sin dormir bien. De haber descubierto la verdad de la traición.

Con la realidad atravesada en la garganta de que su mujer llevaba dos años follándose a su primo José Luis. Dos putos años de Navidades familiares, de cenas, de cumpleaños, de “qué tal, tío, cuánto tiempo”. Todo ese tiempo siendo el cornudo oficial del clan mientras todos sabían menos él.

(Sí, leíste bien. El primo. La familia es maravillosa, ¿verdad?) .

Gisela. El nombre de su hija le cruzó por la mente como un relámpago.

Su niña de diez años con esos ojos almendrados que lo miraban como si él fuera su mundo entero.

Su princesa con síndrome de Down que era más pura y valiente que todos los adultos que la rodeaban.

La razón por la que había aguantado tanto.

El motivo por el que no podía simplemente mandar todo a la mierda.

Pero ahora Daniela, su mujer, amenazaba con quitársela. Con usar a la niña como arma. Envenenarla en contra de él igual que había envenenado todo lo demás.

Apretó los puños mientras avanzaba por el pasillo del avión.

A tomar por culo todo. Ese había sido su pensamiento hace un día cuando le dijo a su asistente: “¡Quiero irme lejos! A donde sea. Solo. ¡Ya!”. Era eso o cometer una locura.

Santorini, la isla de los atardeceres y los enamorados. ¡Qué ironía más hija de puta!

Pero le daba lo mismo si era Santorini o Tombuctú. Solo quería desaparecer dos semanas. Quemar dinero. Beber hasta olvidar. Dormir la cruda en la orilla de una playa. Y quizás —solo quizás— follarse a alguien para demostrar que el problema NUNCA fue él.

Porque eso era lo que más le jodía. Que, en algún rincón oscuro de su cerebro, una vocecita le susurraba: “Tal vez te engañó porque no la satisfacías. Con seguridad eres muy flojo en la cama. Quizá José Luis sí sabe cómo hacer sentir a tu mujer”.

No. ¡Que le den! Si Daniela se había buscado a otro era porque era una inconsciente sin escrúpulos, no porque él fuera mal amante. Y si tenía que tirarse a medio Santorini para probarlo, pues bienvenido sea.

—Asiento 2C, señor.

Mateo asintió y miró hacia su fila. Asiento de pasillo. Al lado, una mujer de piel tostada y pelo rizado, recogido en una coleta, miraba por la ventanilla como si quisiera estar en cualquier otro lugar del planeta menos ahí.

Se sentó. Abrochó el cinturón y se recostó con los ojos cerrados.

Dos semanas , pensó, para mandar todo a la mierda y tener un respiro.

E l avión despegó sobre Madrid y Vicky pidió su primera copa de champán antes de que alcanzaran altura de crucero.

La azafata asintió con una sonrisa profesional mientras le servía una copa.

El hombre del asiento del pasillo también pidió algo. Whisky doble, sin hielo.

Cuando la azafata se alejó, él se volvió hacia Vicky y señaló su copa con un gesto de la barbilla.

—Champán en pleno despegue... ¿Celebras o entierras?

Entierro , pensó Vicky, que me comprometí con un cabrón infiel con una polla que parece un dedo meñique .

—Vacaciones —dijo en voz alta.

Vicky lo miró por primera vez.

Era enorme. El tipo de hombre que tiene que agacharse para pasar por algunos lugares.

Fornido, de pelo castaño, con una mandíbula que podría cortar cristal y ojeras que contaban una historia que ella no le interesaba.

Guapo, admitió a regañadientes. Muy guapo .

Pero probablemente casado, o gilipollas, o ambas cosas. O español. No, gracias .

El capitán anunció la duración del vuelo: tres horas y media hasta Atenas. Vicky se bebió el champán demasiado rápido y pidió otro.

—¿Mal día? —insistió la voz masculina a su izquierda.

Era él de nuevo. El del whisky, el de la mandíbula. La miraba con algo que podía ser curiosidad o aburrimiento, era difícil saberlo.

—Mal mes —respondió Vicky—. Mal año, en realidad. ¿Y tú?

—Mal década, probablemente.

Vicky soltó una risa corta, sin humor.

—Vaya par.

—Ya te digo.

Se quedaron en silencio. Él se bebió el whisky de un sorbo y pidió otro. Ella terminó su segundo champán y fue por el tercero.

—Mateo —dijo él de pronto, extendiendo la mano.

Ella lo miró. Mano grande. Dedos largos. Sin anillo, notó. Aunque eso no significaba nada. Ella tampoco llevaba ya el de prometida y técnicamente todavía lo estaba. Bueno, lo había estado. Hasta hacía tres días.

—Victoria. Pero todos me llaman Vicky.

—No eres española. Tienes un acento un poco extraño. Tampoco eres de Islas Canarias.