Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Cuarenta y Tres
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Capítulo Cuarenta y Tres

E l día de la boda amaneció despejado, con ese cielo alto y azul que a veces le regala Madrid al mes de enero.

En San Pascual, en el Paseo de Recoletos, todo estaba listo.

Las peonías color hueso —hueso calentito, que quedó claro— caían en cascada por el pasillo central.

El órgano esperaba, callado, con el organista repasando la marcha por lo bajo.

Y Vicky, con un vestido espectacular y unos tacones imposibles, iba de un lado a otro con un radio comunicador que se había agenciado de no se sabía dónde, dirigiendo el operativo como un general en vísperas de batalla.

—Los del coro, arriba. Las flores del segundo tramo, medio dedo más a la izquierda. Que nadie encienda el móvil durante la ceremonia o lo mato con mis propias manos. —Se llevó el dedo al radio—. ¿Los novios? ¿Dónde están los novios? Necesito al novio en posición. Xavi, el cortejo. Cambio.

—Tía, que sí, que calmes los nervios —le contestó Xavi.

—Ya tengo a Nico en posición en el altar —anunció Cayetana.

N ico estaba en el altar, esperando, con un traje que le sentaba como un guante y un nudo en la garganta que no le dejaba tragar.

A su lado, Mateo, el padrino, impecable, le puso una mano en el hombro.

—Respira, anda. Que te va a dar algo antes de tiempo.

—Estoy respirando.

—Estás jadeando como un perro. Respira despacio. —Mateo sonrió—. ¿Nervioso?

—Aterrado —confesó Nico—. Pero del bueno.

Detrás, en primera fila, estaba Gladys, guapísima, del brazo de Frankie, ya con el pañuelo preparado porque sabía que iba a llorar desde la primera nota.

Edith, la madrina, andaba por ahí meciendo a su bebé de pocas semanas —había parido hacía nada y aun así no se habría perdido esta boda ni muerta—, con Noé, su marido, a su lado haciéndole carantoñas al crío.

Marta tampoco se lo había querido perder.

Kike el amigo de Nico se había sentado lejos del altar porque se negaba ver de cerca el sacrificio de su amigo.

Y repartidos por los bancos, la gente de Ática, los amigos, doña Matilde, Gonzalo Cifuentes con cara de no beber esta vez (o eso prometió).

Y más atrás, discreta, en un banco lateral, estaba Daniela.

La ex de Mateo. La madre de Gisela. Que no tenía por qué estar allí, y sin embargo había querido venir —solo a la iglesia, solo a la ceremonia, nada de banquete—, porque a Nico lo quería de verdad desde siempre, desde los años en que era su cuñada, y no se iba a perder por nada del mundo verlo casarse con la mujer que por fin le había puesto la cabeza en su sitio.

Cruzó una mirada con Nico, le sonrió, y él le devolvió la sonrisa con un cariño sincero.

No hacían falta palabras. Ella había venido a acompañarlo en su día. Con eso bastaba.

Y en el centro de todo, esperando su momento, la pequeña Gisela, monísima con su vestido de fiesta, aferrada con las dos manos al cojincito de los anillos como si le fuera la vida en ello, tomándose su trabajo con una seriedad que derretía.

—Tío Nico. —Le había dicho antes, muy digna—. Yo llevo los anillos. Otra vez. Se me da muy bien.

—Se te da de maravilla, campeona —le había contestado Nico, agachándose a su altura—. Eres la mejor del mundo llevando anillos.

Y entonces el órgano rompió a sonar.

La marcha nupcial llenó San Pascual de arriba abajo, y todo el mundo se puso de pie y giró la cabeza hacia el fondo. Y ahí apareció Alfonsina, del brazo de su padre.

Y a Nico se le olvidó cómo respirar.

Porque Alfonsina estaba... no había palabra.

El vestido era sencillo y hermoso, de una elegancia que no gritaba, que la hacía parecer ella misma pero elevada a otra cosa, luminosa.

Llevaba el pelo recogido con suavidad, unas flores pequeñas, y una sonrisa temblorosa que le iluminaba toda la cara.

No era la del moño apretado. Era Alfonsina entera, libre, feliz, caminando hacia él.

Y el padre —aquel hombre grande y callado que sin Nilda se había quedado como un barco sin timón— la llevaba del brazo con un cuidado infinito, tieso, conteniendo la emoción a duras penas, cumpliendo el que quizá era el encargo más importante que su mujer le había dejado: acompañar a su niña hasta el hombre que había elegido.

Cuando llegaron al altar, el padre le levantó el velo a Alfonsina, le dio un beso en la frente que le tembló en los labios, y puso la mano de su hija en la de Nico.

—Cuídamela —fue lo único que dijo. Grande, callado, roto y entero a la vez.

—Con mi vida —respondió Nico.

Y no era una frase hecha. Lo decía en serio.

Por un segundo Nico recordó el último banco. Aquel desde el que había mirado ese mismo altar meses atrás y había hecho una promesa sin saber si algún día tendría derecho a cumplirla.

E l padre Anselmo ofició con esa mezcla de solemnidad y campechanía de los curas de barrio de toda la vida.

—Hermanos, estamos aquí reunidos para unir a estos dos jóvenes que, como todos saben, han sabido esperarse el uno al otro con una paciencia que ya quisieran muchos...

—Nico notó que le subían los colores; a su lado, Alfonsina apretó los labios—.

Porque el amor, hijos míos, no es la prisa.

El amor es la espera. Es saber que lo que vale la pena, se espera.

Y estos dos se han guardado en la pureza y se han esperado bien.

No sabe usted cuánto , pensó Nico, mirando de reojo al techo. Señor, si este cura supiera lo que me ha costado esta espera, me canoniza aquí mismo sin esperar a que me muera. Y con razón.

—El matrimonio —siguió el cura— es dos personas que deciden caminar juntas el resto del camino.

En lo bueno y en lo malo. En la salud y en la enfermedad.

Alfonsina, tú que has sabido lo que es cuidar y perder, sabes mejor que nadie lo que vale un amor de verdad.

Y Nicolás, hijo... —lo miró con cariño— Nicolás, hijo...

tú has recorrido un buen camino para llegar hasta aquí.

Los dos saben lo que les ha costado encontrarse.

No lo olviden cuando lleguen los días difíciles.

Alfonsina tenía los ojos llenos. Nico le apretó la mano.

Y llegó el momento de los anillos.

—Gisela, cariño —dijo el cura—. ¿Nos traes los anillos?

Y Gisela avanzó, pasito a pasito, con una concentración monumental, sujetando el cojín con las dos manos y la lengua asomándole un poco por la comisura del esfuerzo. Cuando llegó al altar, levantó el cojín en alto, hacia Nico, y anunció, con una voz clara que resonó en toda la iglesia:

—Aquí están. No se me cayeron, tío Nico.

Y San Pascual entero se río, con esa risa tierna y húmeda de las bodas, mientras Nico se agachaba a darle un beso en la coronilla a su sobrina y le susurraba “eres la campeona del mundo”.

S e dieron el sí.

Nico lo dijo con la voz firme, mirándola a los ojos, sin un temblor: sí, quiero. Alfonsina lo dijo con la voz rota de pura felicidad, y una lágrima le rodó por la cara cuando lo hizo.

Y cuando el padre Anselmo los declaró marido y mujer y le dijo a Nico que podía besar a la novia, Nico le tomó la cara entre las dos manos, con una delicadeza que nadie habría esperado de él, y la besó. Un beso limpio, largo, verdadero. El primero de casados. El primero de una vida entera.

Y en algún lugar de su cabeza, mientras la besaba, Nico le dijo a Dios: Ya está. Cumplí. Te di mi palabra y la cumplí hasta el final. Ahora, si me haces el favor, la noche de boda ya es cosa nuestra.

Y le pareció, aunque a lo mejor fue la emoción, que Dios se reía. Con cariño.

E l banquete fue en el Palace, en el salón de las lámparas de araña y el hueso calentito por todas partes.

Vicky había organizado hasta el último detalle —las flores, las mesas, la luz, la disposición—, y andaba entre los invitados recibiendo felicitaciones por una boda que, técnicamente, no era la suya, pero que ella había organizado como si lo fuera.

Gladys lloraba en una mesa, feliz, con Frankie pasándole su pañuelo.

Edith daba de mamar al bebé sin perderse una.

Y Gisela correteaba entre las mesas robando fresas de los postres antes de tiempo.

Y en el momento del brindis, Mateo se puso de pie, copa en mano, y carraspeó.

Se hizo el silencio.

—Voy a intentar no ponerme sentimental, pero les aviso que voy a fracasar.

—Sonó una risa suave por el salón—. A mi hermano Nico lo conozco desde que nació.

Casi le cambié pañales. Lo vi crecer, hacer todas las tonterías que se pueden hacer, y unas cuantas más que hubo que inventar sobre la marcha.

Durante mucho tiempo, mi hermano fue... digamos que un espíritu libre.

—Risas—. Un desastre con mucho encanto. Con demasiado.

Nico levantó la copa, aceptando el golpe con una sonrisa.

— Pero yo siempre supe que dentro de ese desastre había un hombre bueno.

Un hombre leal, que da la vida por los suyos.

Lo que él tardó bastante, pero por fin lo descubrió...

Resultó que había alguien que llevaba mucho tiempo viéndolo mejor de lo que él se veía a sí mismo.

—Miró a Alfonsina—. Alfonsina, gracias por querer a mi hermano como es.

No por arreglarlo, porque bastante trabajo tienes ya —risas—, sino por verlo.

Y Nico... sé que lo vas a hacer bien, hermano.

Mateo levantó la copa un poco más, miró a su hermano se le quebró la voz.

—A tu estilo, que Dios nos pille confesados, pero bien.

Sé que la vas a cuidar, y que la vas a hacer reír, y que le vas a dar la vida que se merece.

Porque si algo sé de ti, es que cuando quieres a alguien, lo quieres con todo.

Por Nico y Alfonsina. Por los que ya no están y hoy nos miran desde arriba.

Y por toda la vida que les queda por delante.

—¡Por Nico y Alfonsina! —rugió el salón.

Y Alfonsina, con los ojos llenos otra vez, miró hacia arriba un segundo, hacia donde Mateo había señalado, y susurró algo que solo ella oyó. Lo hice, mamá. Me casé riendo con toda la boca.

E n mitad de la fiesta, Gladys se llevó a Nico a un aparte.

—Ven aquí un momento, hijo, que tu madre te tiene que decir una cosa.

Lo apartó a un rincón, lejos del ruido, le colocó bien la solapa con esas manos de madre que nunca dejan de arreglarte, aunque tengas treinta y dos años, y lo miró con los ojos brillantes.

—Estoy muy orgullosa de ti. Muchísimo. —Le dio unas palmaditas en el pecho—.

Y ahora escúchame, que de esto sé más que tú, aunque no lo creas.

Esta noche, y todas las que vengan, tú trátala como lo que es: lo más valioso que vas a tener nunca.

Con paciencia. Con ternura. Sin prisa. —Le tomó la cara, como cuando era niño—.

El amor no es lo que tú te crees que sabes, Nico.

El amor de verdad es el que se cocina despacio, a fuego lento, cuidando cada detalle.

Como los buenos guisos. Tú de eso sabes. Aplícalo.

—Mamá... —Nico se río, entre avergonzado y conmovido.

—No te rías, que hablo en serio. —Pero sonreía—. Ve despacio, hijo. Y déjate querer, que también hay que saber dejarse querer. —Le dio un beso—. Anda, ve con tu mujer. Tu mujer. Qué bonito suena, ¿verdad?

—Suena de maravilla, mamá.

Y fue la propia Gladys quien un rato después orquestó la fuga.

—Vámonos, vámonos, que pierden el vuelo.

—Los agarró a los dos del brazo y los llevó hacia una puerta lateral, entre risas y con el sigilo de una conspiradora—.

Que si se despiden de uno en uno de todos los invitados, no salen de aquí hasta mañana.

Yo los saco. La madre del novio tiene sus privilegios.

Porque tenían un vuelo esa misma noche, rumbo a Florencia.

Habían elegido, para la luna de miel, una viña en la campiña toscana —un lugar que era a la vez bodega y hotel, con hileras de vides hasta donde alcanzaba la vista, piedra antigua, luz dorada y un silencio de esos que solo existen en el campo italiano—.

Lo más romántico que Nico había podido encontrar. Para ella. Para empezar bien.

Ya se habían cambiado —Alfonsina había dejado el vestido de novia colgado con cuidado en una habitación del hotel, para que su hermana lo recogiera y llevaba ahora un conjunto cómodo de viaje; Nico había mudado el traje por unos vaqueros y un jersey—.

Con las maletas listas desde la mañana, solo faltaba escaparse sin que los pescara el batallón de invitados con ganas de abrazos y fotos.

Y Gladys los sacó por la puerta de servicio, entre las cocinas del Palace, ella descalza porque los tacones ya no podían más y Nico cargando las dos maletas y muerto de risa, mientras a su espalda la fiesta seguía sin enterarse de que los novios se estaban fugando.

—¡Que sean muy felices! —les susurró Gladys en la puerta, con los ojos llenos—. ¡Y cuando lleguen me mandan un WhatsApp, que si no, no duermo!

Un beso, un abrazo, un coche esperando. Y se fueron.

L legaron a la viña cerca de las tres de la madrugada, ya del día siguiente, hora italiana —una hora por delante de Madrid—, después del vuelo, del coche que los recogió en Florencia, del camino entre viñedos oscuros con los faros abriendo la noche.

Y llegaron reventados.

Reventados de verdad. Del día entero, de la ceremonia, de la emoción, del banquete, de los nervios acumulados de semanas, del vuelo, del viaje. Con esa clase de cansancio feliz que se te mete en los huesos cuando has vivido el día más importante de tu vida y el cuerpo, por fin, se rinde.

La habitación era preciosa —una suite con vigas de madera, una cama enorme vestida de blanco, un ventanal que de día daría a los viñedos y ahora daba a la noche estrellada de la Toscana—. Había una botella de vino esperando en un cubo, pétalos, velas que alguien había encendido.

Nico y Alfonsina la miraron. Miraron la cama. Se miraron el uno al otro.

Y se echaron a reír.

—No puedo —dijo Alfonsina, quitándose los zapatos con un quejido de alivio—. Nico, no puedo con mi alma. Estoy muerta.

—Yo llevo despierto desde las seis y me he casado por el medio —dijo Nico, deshaciéndose del jersey—. Creo que, si me tumbo, no me levanto hasta el jueves.

Se dejaron caer en la cama, los dos, vestidos a medias, sin fuerzas ni para deshacer las maletas. Alfonsina se acurrucó contra el pecho de Nico, él le pasó el brazo por encima, y por un momento se quedaron así, en silencio, escuchando la noche toscana por el ventanal.

—Nico.

—¿Mmm?

—Estamos casados.

—Estamos casados.

—Qué locura.

—La mejor locura de mi vida. —Le besó el pelo—. Buenas noches, señora Rey de Francisco.

Pero Alfonsina ya no contestó.

Se había quedado dormida, ahí, sobre su pecho, con una sonrisa en la cara y la ropa de viaje todavía a medio quitar.

Y Nico, que llevaba meses soñando con esa noche, que había hecho una promesa a Dios y la había cumplido a rajatabla, la miró dormir un rato largo, con una ternura que le desbordaba el pecho.

Y no la despertó.

Le apartó un mechón de la cara, la tapó con cuidado, se acomodó a su lado, y cerró los ojos él también.

Lo demás —todo lo demás, lo que llevaban meses esperando— podía esperar una noche más.

Que ya no había prisa.

Que ahora tenían toda la vida.