Capítulo Cuarenta y Cuatro
A lfonsina se despertó temprano, con la primera luz dorada de la Toscana colándose por las rendijas del ventanal.
Nico dormía a su lado, boca abajo, con un brazo cruzado sobre la almohada y la respiración lenta y profunda.
Se habían dormido vestidos a medias, reventados, sin hacer nada.
Y ahora, con el día nuevo entrando por la ventana y el cuerpo por fin descansado, Alfonsina lo miró dormir un momento —su marido, qué palabra— y sintió que el corazón le latía distinto.
Hoy. ¡Iba a ser hoy!
Se levantó con cuidado, sin hacer ruido, y se metió en el baño.
Y allí, con la puerta cerrada, se permitió estar nerviosa.
Muy nerviosa. Porque una cosa era desearlo —y lo deseaba, Dios, cómo lo deseaba, llevaba años deseándolo— y otra muy distinta era la realidad de lo que iba a pasar.
Alfonsina era virgen. No por mojigata, sino porque nunca había querido a nadie lo suficiente.
Y ahora, con el único hombre al que había querido de verdad, al otro lado de esa puerta, le temblaban un poco las manos.
Pero Alfonsina era Alfonsina. Y si de algo iba sobrada, era de cabeza.
Técnicamente, sabía. Había leído. Muchísimo.
Se había negado a ver esas películas que a ella le parecían frías y feas, guarras —eso no—, pero había leído todo lo demás: novelas, artículos, un par de libros con títulos que la hacían ruborizarse en la librería.
Sabía, en teoría, lo que pasaba, lo que gustaba, lo que dolía.
Tenía la cabeza llena de información y el cuerpo temblando de nervios, que es la combinación más humana del mundo.
Se dio una ducha, se echó crema por toda la piel hasta dejarla suave y perfumada.
Y había hecho una cosa más. Una que la sacaba por completo de su zona de confort.
Se había comprado un conjunto. Lo sacó de la maleta con el pulso acelerado y se lo puso frente al espejo.
Un body de encaje negro con liguero que le sujetaba unas medias de nailon oscuras.
Se pintó los labios de un rojo intenso, se soltó el pelo, y se calzó unos tacones de aguja altísimos que la hacían caminar como no había caminado en su vida.
Se miró. Por un segundo reconoció en el espejo a la Alfonsina del moño apretado, escandalizada ante semejante despliegue.
Y casi se rio. Aquella también era ella.
Pero esta también. Porque esto también lo había leído: que a los hombres los volvía locos.
Y ella no quería llegar a esta primera vez siendo una mojigata muerta de vergüenza.
Su marido tenía experiencia —mucha, toda una vida de experiencia— y aunque sabía que Nico la quería exactamente como era, una parte de ella quería regalarle esto.
Quería verlo perder la cabeza. Quería, por una vez, ser ella la que encendiera la mecha.
Respiró hondo tres veces frente al espejo y se dijo: vamos allá, Alfonsina. Con toda la valentía del mundo.
Y salió del baño.
N ico aún dormía. Alfonsina se acercó a la cama, se paró a los pies, y lo llamó bajito.
—Nicolás. —Nada—. Nicolás, despierta.
Nico abrió un ojo, perezoso, medio dormido. Y lo que vio lo despertó en un santiamén.
Se incorporó de golpe sobre los codos, con los dos ojos abiertos de par en par y toda la modorra evaporada, mirándola de arriba abajo, desde los tacones imposibles hasta los labios rojos, pasando por el encaje negro, las medias, el liguero. Se quedó sin palabras. Sencillamente sin palabras.
Y Alfonsina, que en su vida había hecho algo así, sintió una oleada de poder que no conocía.
Sonrió, coqueta, y se paseó despacio por la habitación, fingiendo naturalidad, dejando que él la mirara.
Se inclinó hacia la maleta, doblándose despacio, como si buscara algo —no buscaba nada; era puro teatro, pura tentación—, y notó los ojos de Nico clavados en ella como dos brasas.
—Alfonsina. —La voz le salió ronca—. Estás…
Ella se giró y le sonrió, mordiéndose el labio.
Nico no necesitó más. Se quitó la camiseta de un tirón, quedándose solo en bóxer, se levantó de la cama, cruzó la habitación en dos pasos, la agarró de la cintura y la besó.
La besó como llevaba meses queriendo besarla. Hondo, hambriento, entero. Y mientras la besaba, sus manos bajaron por su espalda, le acariciaron las caderas, y le apretaron el trasero —eso, eso lo tenía loco desde el primer día—, atrayéndola contra su cuerpo.
—Me imaginaba acariciarte así —murmuró contra su boca— cada vez que te veía entrar al despacho de Mateo con ese moño y esa faldita.
—¿Sí? —preguntó ella, coqueta, sin aliento.
—Cada. Maldito. Día.
Y volvió a comerle la boca, guiándola despacio hasta que la espalda de ella tocó la pared. Le acarició un pecho por encima del encaje, y Alfonsina gimió —un sonido nuevo, involuntario, que la sorprendió a ella misma.
Nico se detuvo un segundo, apoyó la frente en la de ella, y la miró a los ojos con una seriedad que la derritió.
—Quiero que me digas si algo no te gusta —dijo—. En cualquier momento. Lo que sea. ¿De acuerdo? Tú mandas.
—Todo en ti me gusta —susurró ella— . Pero ahora mismo no quiero que pares.
Y a Nico se le encendió algo en la mirada.
V olvió a besarla, más despacio ahora, con una paciencia deliberada. Le comió el cuello, bajando, y Alfonsina echó la cabeza hacia atrás contra la pared, entregada. La acarició por encima del encaje, en medio de su placer, y ella volvió a gemir, más fuerte.
—Así, cariño —le susurró Nico al oído, con la voz ronca—. Gime para mí. Quiero oírte. Quiero oírte toda.
La tomó en brazos y la llevó hasta la cama. La tumbó con cuidado y se detuvo a mirarla —despeinada, sonrojada, con el encaje negro y los tacones, deseándolo—. Y empezó por los pies.
Le quitó los tacones, uno a uno, sin prisa.
Ella, atrevida, le puso un pie descalzo en el pecho, y Nico sonrió con esa sonrisa canalla que era solo suya.
Le desabrochó el liguero. Le fue bajando una media despacio, con una lentitud que era pura tortura dulce, y a medida que la piel quedaba desnuda, la iba besando: le mordisqueó la pantorrilla, subió por la cara interna del muslo dejando un reguero de besos que la hacían temblar.
Y luego hizo lo mismo con la otra pierna, sin ninguna prisa, deleitándose, mientras Alfonsina se retorcía de placer sobre las sábanas.
Después le quitó el body de encaje, deslizándolo despacio, y la contempló desnuda ante él, entera, por primera vez.
—Dios —murmuró, y no fue una blasfemia; fue casi una oración—. Eres lo más hermoso que he visto en mi vida.
Y entonces la miró a los ojos, y le pidió permiso sin palabras, solo con la mirada, antes de bajar y enterrarse entre sus piernas para darle placer.
Alfonsina asintió, incapaz de hablar. Y lo que vino después la deshizo por completo.
El placer llegó rápido —ridículamente rápido, como si su cuerpo llevara demasiado tiempo esperando esto, conteniéndose, guardándose—.
Se arqueó, se aferró a las sábanas, y se dejó ir con un gemido largo que resonó en la habitación toscana, mientras Nico la sostenía y no la soltaba, atento a cada temblor, bebiéndose cada reacción.
Nico estaba al límite —su cuerpo lo delataba, tenso, evidente— pero no tenía ninguna prisa.
Quería que ella se relajara del todo, que estuviera lista, que este primer día fuera para ella.
Así que la besó entera, cada centímetro, y la acarició con paciencia infinita hasta hacerla llegar al placer una segunda vez, más hondo aún que la primera.
Alfonsina, sin aliento, temblorosa, le buscó la cara con las manos.
—Ahora tú, Nicolás —susurró—. Nicolás. Disfruta tú.
—Ya estoy disfrutando, cariño. Muchísimo.
Tímida pero decidida, se aventuró a acariciarlo, a devolverle algo de todo lo que él le estaba dando. Y Nico cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás, y por un momento se dejó ir, entregado a las manos de ella.
—Nicolás —susurró Alfonsina.
—Dime.
—Hazme el amor.
Y Nico, que llevaba conteniéndose desde el primer día que la vio entrar por la puerta del despacho de Mateo, que había hecho una promesa a Dios y la había cumplido a rajatabla, respiró hondo y se colocó sobre ella, entre sus piernas.
Pero antes se aseguró, con las manos y la boca, de que ella estuviera lista, húmeda, entregada. Y la miró a los ojos, muy serio.
—Alfonsina. Si algo te duele, si no te gusta o simplemente quieres que pare, me lo dices. Y paro. ¿Sí?
—Nicolás. —Alfonsina le puso un dedo en los labios, sonriendo, con los ojos brillantes—. Ya deja de hablar tanto.
Y fue ella quien le entrelazó las piernas alrededor de la cintura, atrayéndolo, decidiéndolo.
Hubo una presión. Un instante de dolor —corto, ridículamente corto, mucho menos de lo que había temido—.
Alfonsina contuvo el aliento, se agarró a los hombros de su marido, y despacio, muy despacio.
Nico se quedó quieto dentro de ella, aguantando, dándole todo el tiempo del mundo a acostumbrarse, cubriéndole la cara de besos, susurrándole que la quería, que qué hermosa era.
Y cuando el dolor se disolvió y llegó otra cosa —el calor, el placer, la plenitud—, Alfonsina empezó a gemir, a pedir, a perder la cabeza. Porque aquel hombre no dejaba de mirarla como si fuera una diosa, y se movía despacio, sabía prestar atención, cómo darle placer sin hacerle daño.
En algún momento, Alfonsina lo vio cerrar los ojos, contenerse, pendiente todavía de ella incluso cuando ya le costaba pensar con claridad. Y entendió lo que estaba haciendo.
—Nicolás.
Él abrió los ojos.
—¿Qué? ¿Estás bien?
Alfonsina sonrió. Ahí estaba otra vez. Vigilándola. Preguntando. Preocupándose por hacerlo todo bien.
—Estoy bien.
—¿Segura?
—Segurísima. Pero deja de pensar tanto.
Nico soltó una risa entrecortada.
—Mira quién habla.
Y Alfonsina se rio también, porque tenía razón.
Ella llevaba toda la mañana haciendo exactamente lo mismo: recordando lo que había leído, preguntándose qué venía después, si aquello era normal, si debía hacer esto o aquello, si lo estaría haciendo bien.
Como si hubiera un orden correcto. Como si en algún sitio alguien estuviera poniéndoles nota.
Y de pronto le pareció absurdo. No había examen. No tenía que demostrarle nada a Nico. Nico tampoco tenía que demostrarle nada a ella.
Así que dejó de pensar.
—Me encantas, Nicolás.
Lo abrazó, lo besó y se permitió sentir sin preguntarse qué debía ocurrir después. Y Nico pareció entenderlo, porque algo cambió también en él. Se acabó aquella concentración casi solemne, aquel cuidado llevado hasta el extremo de vigilar cada segundo. Seguía atento a ella, pero ya no tenía miedo.
Por fin dejaron de intentar hacerlo perfecto. Fueron simplemente ellos.
—Mía, mi mujer. Quiero comerte completita.
—Eso quiero.
Ambos entrelazaron sus manos, ella se abrió un poco más, él empujó hasta que ambos tocaron el umbral del placer entre gemidos y palabras ininteligibles. Ella sonriendo, él apretando los dientes para evitar algún alarido.
Y cuando todo terminó, Alfonsina se quedó quieta entre sus brazos, con el corazón todavía acelerado y la primera luz de la mañana calentándole la piel. Nico le apartó el pelo de la cara y la observó con una preocupación tan evidente que ella supo exactamente qué estaba pensando.
—¿Estás bien? —preguntó.
Alfonsina lo miró. Y empezó a reírse.
No una risita nerviosa. Se rio de verdad, feliz, todavía abrazada a él, con toda la boca.
—¿Qué? —Nico empezó a sonreír también, desconcertado—. ¿De qué te ríes?
—De nada.
—Alfonsina.
Ella intentó contenerse y fue peor.
—Es que... uno de los libros exageraba muchísimo.
Nico dejó de sonreír.
—¿Qué libro?
—Uno que leí.
—¿Tú leíste un libro para esto?
Alfonsina guardó silencio.
Nico entrecerró los ojos.
—¿Cuántos?
—Eso no importa.
—Alfonsina Reyes. ¿Cuántos libros te leíste?
—Un par.
—¿Un par?
—Media docena. Y algunos artículos.
Nico se quedó mirándola, incrédulo.
—¿Hiciste investigación?
—Quería estar preparada.
Y Nico se echó a reír. Alfonsina también. Y acabaron los dos abrazados, desnudos bajo las sábanas de una viña en la Toscana.
Alfonsina había estudiado tanto para aquel momento que solo al terminar comprendió lo único que ninguno de sus libros había sabido explicarle.
Con Nico no había ningún examen que aprobar.
Solo tenía que ser ella.
A lfonsina se reía.
—Nicolás... —murmuró ella contra su pecho una segunda vez de sexo. Ahora más libre, más adulto—. Ha sido increíble.
Nico se río, con esa risa grave que a ella le encantaba.
—Podemos repetir —dijo ella, coqueta— antes de bajar a desayunar.
Nico se río, encantado, y le besó la coronilla.
—Por supuesto, señora Rey de Francisco. Todas las veces que quiera.
—La abrazó más fuerte, y le habló al oído con una sonrisa canalla que ella sintió contra la piel—.
Pero dame cinco minutos, que me acabas de matar.
—Además, señora Rey de Francisco, todavía tengo un par de guarradas que quiero enseñarte.
Alfonsina levantó la cabeza, lo miró, y arqueó una ceja, coqueta.
—¿Un par?
Nico sonrió con toda la picardía del mundo.
— Bueno... quizá hice una lista.
Se acercó y le dijo la primera. Ella le dio un guantazo.
—Eres un sinvergüenza.
— Entre tú y yo se vale todo, señora Rey.
—¿Qué dices, canalla?
—En la cama lo que los dos queramos.
Y la besó, mientras el sol subía sobre los viñedos y empezaba, por fin, una vida juntos.
—Fin—