Capítulo Cuarenta y Dos
H abía una cosa que Nico no había calculado cuando le pidió matrimonio a Alfonsina de rodillas, sin anillo, a las cuatro de la mañana en un hotel de Barcelona.
No había calculado los trámites.
Porque una cosa era el gesto romántico, la promesa a Dios, el “cásate conmigo” que le salió del alma.
Y otra muy distinta era todo lo que venía después: los papeles, las reuniones, las flores, los menús, las citas, el cura.
Nico, que en su vida había organizado nada más complicado que una comanda de sesenta cubiertos un sábado por la noche, descubrió que casarse por la Iglesia era, básicamente, un máster.
Y el primer día de ese máster empezó con el cura.
L a boda iba a ser en San Pascual. No en cualquier iglesia. En San Pascual, en el Paseo de Recoletos, la misma iglesia donde Nico, meses atrás, se había sentado en el último banco a hacerle a Dios la promesa más loca de su vida.
Lo que no sabía era que casarse en San Pascual venía con todo el rigor.
Padre Anselmo, el cura, tenía como setenta años, unas cejas blancas espesísimas, y esa mirada de los curas viejos que han oído en confesión absolutamente todo lo que un ser humano puede hacer y ya no se escandalizan de nada.
Los citó a los dos en su despacho, y mientras Alfonsina entraba tranquila, Nico estaba sudando como si fuera a un examen para el que no había estudiado.
—Relájate —le dijo Alfonsina, divertida, al verlo tan tieso—. Es un cura, no un dentista.
—Prefiero el dentista —murmuró Nico.
P adre Anselmo los recibió con una sonrisa bondadosa, les ofreció asiento, y empezó por donde empiezan todos los curas: por lo bonito del sacramento.
—Así que se quieren casar. Qué alegría, hijos míos.
El matrimonio es una cosa muy seria y hermosa.
Un hombre y una mujer que se entregan el uno al otro para toda la vida.
—Juntó las manos sobre la mesa—. Y déjenme que les hable con franqueza, porque son jóvenes y en estos tiempos las cosas se confunden mucho.
Nico asintió, respetuoso, pensando que aquello duraría cinco minutos.
Duró cuarenta.
—El matrimonio, hijos, no es solo la ceremonia bonita.
Es la vida en común. Es aprender a compartir el techo, la mesa, las preocupaciones.
Y también —padre Anselmo bajó un poco la voz, con la delicadeza de quien va a hablar de algo íntimo— la unión de los cuerpos.
Que es algo sagrado, ¿eh? No es lo que les venden por ahí.
Es la entrega total, dentro del amor, dentro del respeto.
Y sé que, para ustedes, que llegan puros al matrimonio, todo esto puede dar un poco de vértigo...
Nico parpadeó. ¿Que llegamos... qué? Ella sí… Yo no tanto.
—...pero no tengan miedo —continuó el cura, ajeno al terremoto interior de Nico—.
Es normal que dos jóvenes que se han guardado el uno para el otro sientan nervios ante la noche de bodas.
Es natural. Dios bendice esa espera. Esa pureza.
No saben la cantidad de parejas que llegan hoy en día ya...
en fin, ya habiendo quemado etapas. Y ustedes no.
Ustedes han sabido esperar. Eso tiene mucho mérito, hijo.
—Miró a Nico directamente—. Mucho mérito.
Y Nico, el hombre del calendario erótico, el que había protagonizado la mitad de los chismes de Madrid, se quedó ahí sentado, con la cara muy seria, asintiendo despacio, mientras por dentro se le desataba el infierno.
Nico levantó los ojos un segundo hacia el techo del despacho, como quien busca a alguien allá arriba.
¿Tú estás oyendo esto, Señor? ¿Lo estás oyendo?
Puros. El pobre hombre ha dicho puros. Tú y yo sabemos que, si este señor tuviera la más remota idea de la clase de vida que he llevado yo, le da un soponcio aquí mismo y hay que llamar a una ambulancia.
Tú lo sabes mejor que nadie, que tú llevas la cuenta.
Así que hazme el favor y no te rías, que te estoy viendo.
Alfonsina, a su lado, tenía la vista clavada en sus propias manos y los labios apretadísimos. Nico la conocía. Sabía que se estaba aguantando la risa con todas sus fuerzas. Y eso lo hacía todo mil veces peor.
—Sí, padre —dijo Nico, con una voz que no era la suya—. Muchas gracias.
Y entonces el padre Anselmo soltó la bomba.
—Ahora bien. Para poder casarse por la Iglesia, hay unos requisitos.
—Sacó una carpeta, se puso las gafas—. La partida de bautismo, que ya me la traerán.
El cursillo prematrimonial, que lo hacen en la parroquia.
Y en tu caso, hijo —miró a Nico por encima de las gafas—, veo aquí que estás bautizado, pero no confirmado.
Así que vas a tener que hacer la confirmación antes de la boda.
Y, por supuesto, los dos se van a confesar conmigo.
Una buena confesión, para llegar limpios al altar. Yo mismo los confieso.
Nico se quedó de piedra.
¿Confesarme? ¿Con usted? ¿Una confesión?
Un momento, un momento. Nico volvió a mirar al techo, esta vez con cara de reproche.
Señor, tenemos que hablar. Que la promesa no incluía esto.
Que yo TE prometí no tocarla hasta el altar, y eso lo estoy cumpliendo como un santo, con un mérito que no merece duda, pero de confesarme no dijimos nada.
¡Nada! Esto es letra pequeña. Esto Tú me lo has metido por debajo de la puerta.
Que, si yo me confieso con este señor, tiembla Madrid.
Que le tengo que contar treinta y dos años de currículum, y Tú sabes que no exagero.
Que no le va a alcanzar la tarde al pobre hombre.
Que va a tener que traerse un bocadillo.
Que a lo mejor le toca cerrar la iglesia y seguimos mañana.
¿En serio me vas a hacer esto, Señor? ¿Después de todo lo que estoy haciendo? ¿A mí?
—¿Te parece bien, hijo? —preguntó el cura, amable.
—Perfecto, padre —dijo Nico, con una sonrisa que era pura agonía—. Me hace mucha ilusión. La… la… confesión. Sí.
Al lado, oyó a Alfonsina hacer un ruidito raro, como una tos que en realidad era una carcajada estrangulada.
Iba a matarla.
L a segunda estación del viacrucis fue el salón.
Habían reservado para la celebración uno de los salones del Palace, el hotel grande y clásico del centro, todo mármol y lámparas de araña.
Y esa tarde habían quedado allí para verlo, para hablar con la del hotel, para decidir la decoración, las flores, el menú, la disposición de las mesas. Un asunto de una hora, pensó Nico.
Craso error.
Porque a la reunión no fueron solo ellos.
Fue Vicky, que se había autoproclamado wedding planner extraoficial y estaba disfrutando esto más que los propios novios.
Y fue Cayetana, la de la floristería Bloomingdale, que llegó con un catálogo de flores del grosor de una guía telefónica.
Y entre las tres mujeres —Alfonsina, Vicky y Cayetana— se montó un comité de decisiones nupciales que a Nico lo sobrepasó por completo en los primeros diez minutos.
—A ver, para el camino del altar yo veo peonías —decía Cayetana, extendiendo fotos sobre la mesa—. Peonías blancas y un toque de eucalipto. Pero también podríamos ir a algo más silvestre, más romántico, con ranúnculos...
—¿Y no quedaría mejor algo en tono crema para que combine con los manteles? —decía Vicky—. Porque si los manteles son marfil y las flores blanco puro, va a haber una pelea de blancos que no...
—¡Ay, tienes razón, la pelea de blancos! —Cayetana se llevó una mano al pecho, horrorizada—. Marfil con blanco óptico es un crimen. Entonces vamos a crema. ¿Alfonsina, tú qué dices, crema o hueso?
Y Alfonsina, feliz, metidísima, respondía con una seriedad que a Nico le parecía de otro planeta:
—Hueso. Pero un hueso calentito, no un hueso frío.
¿Hueso calentito? , pensó Nico. ¿Hueso frío? ¿De qué están hablando? ¿Cuántos huesos hay?
Estaba sentado en una esquina de la mesa, con el estómago rugiéndole —eran las cinco de la tarde y no había comido—, viendo pasar por delante de sus ojos muestras de mantel, cartas de menú, fotos de centros de mesa, tipos de vela, modelos de servilleta doblada, y una conversación sobre si el pollo o el pescado o los dos que llevaba ya cuarenta minutos sin resolverse.
—Nico, ¿tú qué opinas? —le preguntó Vicky de pronto—. ¿Lazo en la silla o funda entera?
Nico levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Para las sillas. Lazo o funda.
Nico miró las dos fotos que le acercaban. Eran, hasta donde él podía ver, exactamente la misma silla.
—La... ¿la de la derecha?
—¡Esa es la funda! —dijo Cayetana, encantada—. Buen ojo, Nico.
—Sí —dijo Nico—. Buen ojo. Ese soy yo.
Y mientras las tres mujeres volvían a sumergirse en el debate del hueso calentito, Nico se recostó en la silla, cerró los ojos un segundo, y pensó, con el estómago vacío y el alma rendida:
Lo que tengo que hacer por hacerla mi mujer, Señor. Lo que tengo que hacer.
Abrió un ojo. Miró a Alfonsina, que en ese momento se reía de algo que había dicho Vicky, echando la cabeza hacia atrás, con esa risa de toda la boca, radiante, feliz, hermosa.
Y a Nico se le pasó el hambre, el aburrimiento y las ganas de huir, todo de golpe.
...lo peor de todo es que lo volvería a hacer. Mil veces. Me sentaría en mil reuniones de sillas idénticas con tal de verla reír así. Estoy perdido. Perdidísimo.
L a tercera y última estación fue la sastrería.
Mateo lo llevó a una casa de novios elegante, de esas donde le toman a uno las medidas para el traje con una cinta métrica y mucha ceremonia.
Y mientras un sastre le medía las hombreras y le hablaba de solapas y de si italiano o inglés, Mateo lo observaba desde un sillón, con una copa de cava que le habían ofrecido, disfrutando de lo lindo.
Porque Mateo había notado que su hermano estaba raro. Tenso. Cargado. Como con un muelle apretado por dentro.
—Oye —le dijo, cuando el sastre se retiró un momento a buscar otro modelo—. ¿A ti qué te pasa? Estás como un flan desde hace días. Y no me digas que son los nervios de la boda, porque a ti las bodas te resbalan.
Nico, de pie sobre la tarima, con los brazos en cruz y media chaqueta hilvanada encima, resopló.
—No es la boda, Mateo. Es... —Miró alrededor para asegurarse de que el sastre no volvía—. Es otra cosa.
—¿Qué cosa?
Nico bajó la voz.
—Ella es pura, Mateo.
Mateo parpadeó.
—¿Cómo?
—Que Alfonsina es... que no ha estado nunca con nadie. Que es virgen. —Nico se pasó una mano por la cara—. Y yo no sé qué hacer con eso.
Mateo abrió la boca. La cerró. Y luego, muy despacio, empezó a sonreír con una sonrisa enorme, malévola, de hermano que va a disfrutar esto una barbaridad.
—A ver. Déjame ver si lo entiendo. —Se inclinó hacia delante—. Tú. Tú, Nicolás Rey de Francisco. El que tiene un currículum que no cabe en un pen drive. ¿Me estás diciendo que estás acojonado por una noche de bodas?
—No te rías.
—No me estoy riendo. —Se estaba riendo—. Me estoy... admirando de la vida. De sus vueltas. De su sentido del humor.
—Mateo, en serio. —Nico bajó de la tarima, se sentó a su lado, y por primera vez habló sin bromas, con una preocupación de verdad que dejó a Mateo callado—.
No lo entiendes. Yo nunca he estado con una mujer inocente.
Nunca. Todas las mujeres con las que yo he estado sabían perfectamente lo que hacían, igual que yo.
Era un juego entre iguales. Pero ella no.
Ella no sabe nada. Ella me va a mirar esa noche con esos ojos, confiando en mí, confiando en mí para algo que no ha vivido nunca, y yo...
—Tragó saliva—. Y me da un pánico que no te imaginas hacerlo mal.
Asustarla. Hacerle daño. Que su primera vez sea algo que recuerde con miedo en vez de con amor.
Prefiero morirme, Mateo. Prefiero morirme antes que hacerle daño.
Y Mateo dejó de reírse.
Porque debajo de la comedia había algo muy serio, muy hermoso: su hermano, el canalla, estaba aterrado no por él, sino por ella. Por hacerle daño a la mujer que amaba.
—Ven acá, anda. —Mateo le puso una mano en el hombro, ya sin guasa—.
Te voy a decir una cosa, y me vas a escuchar, porque de esto sí sé un poco.
—Respiró—. Nico, no tienes que hacer nada del otro mundo.
No hay técnica, no hay examen, no hay nota.
Lo único que tienes que hacer es lo que llevas meses haciendo sin que nadie te lo mandara: quererla.
Ir despacio. Estar pendiente de ella y no de ti. Mirarla. Preguntarle. Ir poco a poco.
—¿Y si me desespero? ¿Y si...?
—No te vas a desesperar. —Mateo sonrió—.
Porque por primera vez en tu vida no vas a estar pensando en ti.
Vas a estar pensando en ella. Y cuando uno quiere de verdad, Nico, lo demás lo hace el cuerp o Y no des por hecho nada.
Si algo no sabes, se lo preguntas. Ella tampoco tiene que saberlo todo.
Lo van descubriendo juntos. Tú ve despacio, con cariño, atento a ella, y déjate llevar.
La naturaleza sabe. El amor sabe. Confía.
Nico lo miró, un poco más tranquilo.
—¿Tú crees?
—Lo sé. —Mateo le apretó el hombro—. Vas a ver como esa noche, cuando por fin llegue, después de todo lo que les ha costado llegar hasta ahí... va a ser la cosa más natural del mundo. Y la más bonita. Confía en ti. Y confía en ella, que te quiere tanto como tú a ella.
Nico asintió, despacio. Y por primera vez en días, el muelle que llevaba apretado por dentro se aflojó un poco.
—Gracias, hermano.
—Para eso estamos. —Mateo recuperó la sonrisa canalla—. Ahora súbete ahí y déjate medir, que como no te estés quieto te van a hacer un traje con una pernera más corta que la otra y vas a parecer un pirata en tu propia boda.
Nico se río —la primera risa de verdad en toda la semana— y volvió a subirse a la tarima.
Y mientras el sastre le medía las mangas y Mateo lo vacilaba desde el sillón, Nico pensó que valía la pena. Todo. El cura y la confesión que iba a hacer temblar Madrid. Las sillas idénticas. Los huesos de distintas temperaturas. El hambre. Los nervios.
Todo valía la pena si al final del camino estaba ella, con su risa de toda la boca, esperándolo en un altar.