Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Cuarenta y Uno
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Capítulo Cuarenta y Uno

H uelva le devolvió a Alfonsina algo que Madrid le había ido quitando sin que se diera cuenta.

Fueron unos meses lentos, de esos que curan sin prisa. Se cortó un poco el pelo —lo llevaba largo por costumbre, y una tarde entró en una peluquería del pueblo y salió con media melena y la cabeza más ligera—.

Recuperó unos kilos sin proponérselo, a fuerza de comer bien, de los guisos de su hermana, de pan con aceite en la terraza.

Y esos kilos le redondearon el cuerpo, le suavizaron las esquinas que el estrés le había afilado en Madrid, le devolvieron una forma de mujer que llevaba demasiado tiempo escondida debajo de tanto aguante.

Se hizo aficionada a tomar el sol por las tardes con su padre, que se sentaba a su lado en una silla de playa con un gorro de pescador calado hasta las cejas, callado como siempre, pero un poco menos roto cada día.

No hablaban mucho. No hacía falta. Se acompañaban, que a veces es la única forma de sostenerse.

Y aprendió, sobre todo, a reír con las cosas pequeñas.

Con una gaviota torpe. Con un chiste malo de Sara.

Con la manía de Alexandra de cantar fatal mientras cocinaba.

Con su padre soltando, una vez, sin venir a cuento, una carcajada que hacía meses que no se le oía.

Aprendió que reír no era traicionar el luto, sino honrarlo.

Que su madre se había ido pidiéndole exactamente eso: que se riera con toda la boca.

Y despacio, tarde tras tarde, bajo aquel sol del sur, Alfonsina fue cumpliendo la promesa.

R egresó a finales de noviembre.

Y no regresó por casualidad. Regresó porque se enteró de algo: a Mateo lo nombraban Hombre del Año.

Era una de esas galas a todo dar, de las de verdad, con las mujeres de largo y los hombres de esmoquin y pajarita, con alfombra y prensa y cena de gala.

Y ese año la hacían en Barcelona. En cuanto Alfonsina se enteró, algo se le encendió por dentro: quería estar ahí.

Por Mateo, que se lo merecía como nadie.

Por la familia Rey, que la había sostenido en el peor momento de su vida.

Por ella misma, que necesitaba volver al mundo con la cabeza alta y la cara nueva.

Así que llamó a Vicky y lo tramaron juntas: Alfonsina se presentaría para darle la sorpresa a Mateo.

Su padre se quedó en Huelva un tiempo más —todavía no estaba listo para el ruido de Madrid, para el mundo, y sus hijas lo entendieron—.

Pero ella hizo la maleta, puso dentro un vestido que llevaba meses sin tener ocasión de usar y emprendió viaje a Barcelona con el corazón latiéndole distinto por primera vez en meses.

E l vestido era negro. Largo, de un hombro descubierto, con un volante que caía en cascada por un costado hasta el suelo y una abertura que dejaba ver la pierna al caminar, esta vez sin media de nilón que la tapara.

Elegante, rotundo, de mujer que sabe lo que vale.

Cuando Alfonsina se lo puso en la habitación del hotel y se miró al espejo, no reconoció a la del moño apretado y la blusa cerrada hasta el cuello.

Reconoció a otra. A una mujer nueva, más plena, más suya.

Se soltó el pelo recién cortado, se puso unos pendientes largos, se pintó los labios, y se dijo, mirándose a los ojos: esto es por ti, mamá. Mírame. Estoy aprendiendo a reír.

Y fue a la gala dispuesta a darle la sorpresa a Mateo.

Sin sospechar que la sorpresa se la llevaría ella.

P orque cuando entró en el salón —arañas de cristal, mesas redondas, el murmullo elegante de la gente—, buscando a Vicky con la mirada, lo vio a él.

A Nico. De esmoquin y pajarita, altísimo, guapísimo, con el pelo domado, peinado hacia atrás y la cara afeitada y ese porte nuevo de hombre que se ha hecho a sí mismo. De pie junto a una mesa, con una copa en la mano.

Solo. Sin Rebecca. Sin nadie del brazo. Solo.

A Alfonsina se le paró el corazón un segundo.

Porque lo último que sabía de Nico era que estaba con la periodista, feliz, en las portadas.

Y sin embargo ahí estaba, en la gala más importante del año, sin ella.

Solo. Y por un instante los dos mundos que Alfonsina creía separados —el de ella, libre; el de él, ocupado— temblaron, como si algo no encajara del todo.

No tuvo tiempo de pensarlo. Vicky la vio, corrió a abrazarla, Mateo se giró y al reconocerla se le iluminó la cara y la abrazó fuerte, emocionado de verla ahí, renovada, viva.

Y en el revuelo del reencuentro, Alfonsina no se atrevió a mirar hacia donde estaba Nico.

Pero sintió sus ojos. Todo el rato. Clavados en ella.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar.

Cuando se sentaron a cenar, Alfonsina descubrió que la habían puesto justo al lado de Nico.

No supo si fue cosa de Vicky, o de Mateo, o del destino, que a veces también hace de organizador de eventos. El caso es que ahí estaban los dos, codo con codo, después de meses, con el mantel blanco entre ellos y un millón de cosas sin decir.

—Hola, boquita de piñón —dijo Nico, bajito, con esa media sonrisa que ella conocía de memoria—. Cuánto tiempo.

—Hola, Nicolás.

Y algo, en la forma en que se dijeron hola, ya no era el hola tirante de dos extraños. Era otra cosa. Como si los dos, sin decirlo, hubieran dejado atrás una parte del dolor.

Durante la cena hablaron. Poco al principio, con cuidado, y luego más, y más suelto, hasta que se dieron cuenta de que se reían.

Que era fácil. Que siempre había sido fácil entre ellos cuando dejaban de defenderse.

Nico le contó de El Disidente, de las obras, de los callos que ya le salían perfectos.

Ella le contó de Huelva, del gorro de pescador de su padre, de que había aprendido a reír otra vez.

Y Nico la miró cuando dijo eso — aprendí a reír otra vez — con una ternura que a Alfonsina le dio un vuelco.

C uando empezó el baile, Nico se levantó, le tendió la mano y le hizo una reverencia de broma.

—¿Me concede este baile, señorita Reyes?

Alfonsina se río —con toda la boca, como le había prometido a su madre— y le dio la mano.

Y bailaron.

Bailaron toda la noche, entre risas, celebrando a Mateo, brindando con Vicky, bebiendo mucho más vino del que debían.

Gladys andaba por ahí del brazo de Frankie, radiante.

Mateo, Hombre del Año, con Vicky pegada a él, no cabía en sí de dicha.

Y en medio de todo aquello estaba Alfonsina —libre, hermosa, más mujer, riéndose de todo con una risa que le salía de dentro— y Nico, que no le quitaba los ojos de encima.

De vez en cuando, entre baile y baile, entre copa y copa, sus miradas se encontraban.

Y se sostenían un segundo de más. Y los dos apartaban la vista, sonriendo, como dos críos.

La cadena de malentendidos que los había mantenido separados durante meses se iba deshaciendo sola, sin palabras, en cada roce de manos en el baile, en cada mirada que duraba demasiado.

C uando la gala terminó, la gente empezó a marcharse.

Mateo y Vicky se despidieron los primeros —el Hombre del Año estaba muerto de sueño y feliz—.

Gladys y Frankie se fueron poco después, ella colgada de su brazo, guapísima.

Y de pronto, en el vestíbulo del hotel, Alfonsina y Nico se encontraron casi solos, con la noche todavía joven y ninguna gana de que se acabara.

—¿Te apetece caminar un poco? —dijo Nico—. El Born está aquí al lado. Podemos tomar la última copa en algún sitio.

—Sí —dijo Alfonsina, sin pensarlo, libre—. Me apetece.

Y caminaron por el Born, por las callejuelas de piedra, con los tacones de ella repiqueteando en el empedrado y la risa fácil de los dos rebotando en las paredes.

Encontraron un bar abierto y bebieron un poco más.

Hablaron de todo y de nada. Se rozaron los brazos mil veces.

Y la noche fue avanzando, dulce y lenta, hasta que a las cuatro de la madrugada, cuando el bar cerraba y ya no quedaba a dónde ir, se quedaron los dos en una esquina del Born, mirándose, sin querer despedirse.

Y fue ella quien lo dijo.

Alfonsina, la correcta, la del moño, la que siempre esperaba, la que nunca daba el primer paso. Fue ella quien lo miró a los ojos, y con la voz firme de la mujer nueva que era, le dijo:

—Quiero dormir contigo, Nicolás.

A Nico se le iluminó el rostro.

No dijo nada. Le tomó la mano, se la apretó, y echaron a andar hacia el hotel casi corriendo, riéndose como dos ladrones, con esa urgencia feliz de los que llevan demasiado tiempo esperándose.

Subieron. Abrieron la puerta de la habitación.

Y en cuanto la puerta se cerró, se buscaron.

Nico la tomó de la cintura, ella le echó los brazos al cuello, y empezaron a besarse por fin después de meses, después de todo, con un beso hondo y hambriento que sabía a vino y a todo lo que no se habían dicho.

Y entonces Nico se acordó del último banco de una iglesia. De San Pascual, aquella tarde en que Alfonsina se enteró de lo de su madre y él la llevó a rezar. Se acordó de la promesa que le había hecho a Dios, a solas, sin que ella lo supiera.

Y se detuvo. Se separó de ella, con la respiración agitada, la frente apoyada en la de ella, y dijo:

—No puedo.

Alfonsina abrió los ojos, desconcertada.

—Pero... Nicolás.

—No puedo. —Negó con la cabeza, sonriendo, con los ojos brillantes—. Primero tengo que hacer algo.

Y ante la mirada atónita de Alfonsina, Nico dio un paso atrás, respiró hondo, y puso una rodilla en el suelo.

Sin anillo. Sin discurso preparado. Solo él, de esmoquin arrugado, con una rodilla en el suelo en la habitación de un hotel a las cuatro de la mañana, mirándola como si fuera lo único que hubiera mirado en su vida.

—Cásate conmigo.

Alfonsina se llevó una mano a la boca.

—Nicolás, o estás loco o estás borracho.

—Ni lo uno ni lo otro. —La voz de Nico no temblaba.

Era la cosa más seria que había dicho en su vida—.

El día que te enteraste de lo de tu madre, y fuimos a la iglesia, le prometí a Dios que no te tocaría hasta que me dieras el sí frente a un altar.

Se lo prometí a cambio de que me ayudara a conquistarte.

—Tragó saliva—. —Por eso no podía tocarte antes ni puedo ir más lejos esta noche, Alfonsina. Porque le di mi palabra. A Dios.

La miró desde el suelo, con el corazón entero en la cara.

—Así que te lo pregunto en serio. Sin anillo, que ya te compraré el que quieras. Sin nada preparado, porque no sabía que ibas a estar aquí esta noche. Solo con todo lo que tengo, que eres tú y Dios. ¿Te casas conmigo?

Y Alfonsina —la del moño, la correcta, la que había aprendido a reír con toda la boca en las tardes de Huelva, la mujer nueva y libre y hermosa que había vuelto para cumplir su propia promesa a una madre moribunda— lo miró a los ojos, con la cara bañada en lágrimas y una sonrisa que le rompía la cara en dos, y dijo:

—Claro, Nicolás. Me caso contigo.

E sa noche durmieron en la misma cama. Pero no se tocaron.

Se durmieron abrazados, vestidos, con las manos entrelazadas y las frentes juntas, hablando en susurros hasta que les venció el sueño, riéndose bajito de lo absurdo y lo hermoso de todo, del canalla que había hecho una promesa a Dios, de la correcta que por fin había ido a buscarlo, de todo el tiempo que habían pasado queriéndose a destiempo.

Y por primera vez en mucho, los dos se durmieron enteros. Sin cadenas, sin malentendidos, sin nada pendiente. Solo ellos dos, esperando —ahora sí, juntos, y ya sin prisa— el altar donde por fin cumplirían todas las promesas.