Capítulo Cuarenta
L a noche que murió Nilda, Nico estaba en una gala.
Una de esas ceremonias de premios que se inventa el gremio para darse palmaditas en la espalda —los galardones de no sé qué asociación de periodistas, con alfombra, con cámaras, con discursos larguísimos y canapés diminutos—.
Rebecca estaba nominada a algo, y lo había arrastrado, guapísima ella, del brazo, sonriente para las fotos, en su salsa.
Nico llevaba un traje que no era suyo del todo, aplaudía cuando había que aplaudir, y se aburría como una ostra en aquel mundo de brillo y de nada, pensando que preferiría estar en Lavapiés, con el mono de trabajo, tirando un tabique de su restaurante.
Y entonces le vibró el móvil en el bolsillo.
Lo sacó por debajo de la mesa, con disimulo, esperando que fuera cualquier cosa. Y era un mensaje de Mateo.
“La madre de Alfonsina acaba de morir. Estamos todos aquí”.
Debajo, la dirección de la clínica. Y una línea más:
“Creo que deberías venir”.
N ico leyó el mensaje una vez. Y otra. Y el mundo de la gala —las luces, los aplausos, el discurso que alguien daba en el escenario, Rebecca a su lado— se apagó de golpe, como si le hubieran quitado el sonido a todo.
La madre de Alfonsina acaba de morir.
No lo pensó. No lo dudó. No hubo un cálculo, ni una duda, ni un “¿qué va a decir Rebecca?”. Fue como un resorte. Como saber respirar. Nico supo, en ese segundo, exactamente cuál era su lugar en el mundo, y no era aquella mesa con manteles negros y cubiertos elegantes.
Se levantó.
—Rebecca. —Se inclinó hacia ella, la voz baja pero firme—. Me tengo que ir. Ha surgido una emergencia familiar.
—¿Qué? —Rebecca lo miró, entre sorprendida y molesta—. Nico, están a punto de dar mi premio. No puedes irte ahora.
—Lo siento. De verdad. Pero me tengo que ir. Es importante.
—¿Más importante que esto? —Ella señaló el escenario, la gala, todo.
Nico la miró. Y por un instante, en esa pregunta, vio con una claridad tremenda la distancia que había entre los dos. Para Rebecca, aquello —el premio, el brillo, las fotos— era lo importante. Para él, lo importante estaba en una habitación de hospital, recogiendo las cosas de una madre muerta.
—Sí —dijo, sin dramatismo, solo con la verdad—. Muchísimo más importante. Perdona.
Y se fue, dejando a Rebecca con su premio, su gala y su cara de no entender nada.
Cruzó el salón sin mirar atrás, se quitó la pajarita en el ascensor, y para cuando llegó a la calle ya iba al trote hacia el aparcacoches, con el corazón en la garganta.
Cinco minutos después salía del estacionamiento en su coche, rumbo a la clínica, saltándose todos los límites que se atrevía a saltar.
L legó a la clínica y estaban todos en el pasillo.
Mateo, con la cara seria, de pie. Vicky, con expresión de tristeza.
Gente del entorno de Alfonsina que Nico no conocía, en corrillos silenciosos, con esa quietud pesada que hay siempre en los pasillos de hospital cuando acaba de pasar lo peor.
El padre de Alfonsina, un hombre grande y roto, sentado en una silla mirando al suelo, incapaz de sostenerse en pie.
Alexandra, la hermana, sujetándolo por el hombro.
Mateo lo vio llegar y le puso una mano en el brazo.
—Viniste.
—¿Dónde está? —Nico miró alrededor.
—En la habitación. —Mateo señaló el fondo del pasillo—. Ya se llevaron... el cuerpo. Ella se quedó recogiendo las cosas de su madre. No ha querido que la ayudemos. Está sola ahí dentro.
Nico no esperó más.
E ntró sin tocar.
La habitación estaba en penumbra, con la cama ya vacía y deshecha, y Alfonsina de espaldas, doblando despacio un chal de su madre, guardándolo en una bolsa con un cuidado infinito, como si todavía pudiera hacerle daño a Nilda si lo hacía deprisa.
Estaba sola. Pequeña. Rota. Recogiendo, una a una, las últimas cosas del mundo que le quedaban de su madre: un camisón, unas gafas, un libro con el punto marcado en una página que ya nadie iba a terminar.
—Alfonsina.
Ella se giró. Y al verlo —a Nico, ahí, en la puerta, que no debería estar ahí, que estaba con otra, que ya no era asunto suyo, y que sin embargo había venido— se le rompió por dentro lo poco que le quedaba entero.
No dijo nada. No hizo falta.
Nico cruzó la habitación en dos zancadas y la abrazó.
La abrazó fuerte, entera, sosteniéndola contra su pecho mientras ella por fin se dejaba caer, mientras por fin dejaba de ser la fuerte, la que recoge, la que aguanta, y lloraba con todo el cuerpo, aferrada a su camisa, temblando.
Y Nico la sostuvo. No le dijo “vas a estar bien”, porque no iba a estar bien, no todavía.
No le dijo nada. Solo la abrazó, con la barbilla apoyada en su coronilla, dejándole llorar todo lo que necesitara llorar, aguantando él el peso de los dos para que ella no tuviera que aguantar nada.
Estuvieron así mucho rato. En la penumbra. Sin palabras. Dos personas que se querían con toda el alma, abrazadas en el peor momento, sin que ninguno de los dos dijera lo único que los dos sabían.
N ico estuvo en todo.
El velatorio, discreto, en una esquina, yendo por cafés, encargándose de las cosas prácticas que nadie tiene cabeza para hacer cuando se le acaba de morir una madre.
Estuvo en el funeral, en un banco de atrás, con un traje oscuro esta vez sí serio, viendo a Alfonsina despedir a Nilda con una entereza que le partía el corazón.
Estuvo en las exequias, sosteniendo a distancia, presente sin invadir, cerca sin pedir nada.
Y no hubo promesas.
No hubo ningún momento de “cuando pase todo esto, tú y yo”.
No hubo declaraciones, ni besos robados, ni “te he echado de menos”.
Nada de eso. Porque no era el momento —ninguno de los dos lo habría querido así, sobre el ataúd de Nilda—, y porque los dos, cada uno por su lado, cargaban con una idea equivocada que los mantenía separados.
Nico quería darle espacio. Acababa de perder a su madre; lo último que necesitaba era que él llegara a remover el corazón. Ya habría tiempo, se decía. Ahora tocaba estar, sostener, y callar.
Y Alfonsina, por su parte, lo veía venir a todo, ayudar en todo, estar en todo, y lo interpretaba como lo que hace un buen amigo, el hermano del jefe, alguien de la familia Rey.
Nada más. Porque en su cabeza Nico ya era feliz con Rebecca —lo había visto en las portadas, del brazo, en la gala de la que había salido corriendo para acompañarla a ella—.
Y una cosa era que Nico fuera un buen hombre que la acompañaba en el peor momento, y otra muy distinta hacerse ilusiones con un hombre que tenía su vida hecha con otra.
Así que los dos se quisieron en silencio, una vez más, cada uno convencido de que el otro estaba en otro sitio.
C uando pasó lo más duro, Alfonsina tomó una decisión.
Necesitaba irse. Salir de Madrid, de Ática, de los pasillos que olían a hospital, de la casa donde cada rincón le recordaba a su madre, de las portadas donde Nico sonreía con otra. Necesitaba respirar, llorar tranquila, y estar con los suyos.
Así que se fue a Huelva. Con su padre, que sin Nilda se movía por el mundo como un barco sin timón y necesitaba a sus hijas cerca, con Alexandra, y con Sara, la mujer de Alexandra, a aquella casa del sur con luz de mar donde a lo mejor, con tiempo, con familia, con calma, empezaba a aprender de nuevo a respirar.
Se tomó unas vacaciones largas, sin fecha de vuelta, de las que uno se toma cuando la vida le ha pegado tan fuerte que necesita parar del todo.
Un tiempo para el duelo. Un tiempo para ella.
Y Nico, mientras tanto, se metió de lleno en lo suyo.
En El Disidente. En las obras, en los permisos, en la cocina que montaba plato a plato con Susana, en las paredes que pintaba él mismo con las manos manchadas hasta el codo.
Se enterró en el trabajo como quien se agarra a un salvavidas, levantando su sueño ladrillo a ladrillo, ocupando cada hora del día para no pensar en la mujer que se había ido al sur, en el abrazo de aquella habitación de hospital, en todo lo que no se habían dicho.
Y trató de ser feliz. Como pudo.
Con Rebecca, que seguía ahí —dolida todavía por el plantón de la gala, pero intentando que aquello funcionara—, aunque cada día que pasaba Nico se sentía más lejos de ella, más incómodo en un noviazgo que había empezado casi sin darse cuenta y que ahora no sabía cómo terminar sin hacer daño.
Con su restaurante, que empezaba a tomar forma y le devolvía, a ratos, la ilusión. Con su hermano, con su madre, con Gisela, con su gente.
Trató de ser feliz como se trata de ser feliz cuando la persona que quieres está a seiscientos kilómetros, llorando a su madre, convencida de que tú no la quieres.
Es decir: a medias. Siempre a medias.
Porque los dos, cada uno en su sitio —ella en el sur, él en Lavapiés—, seguían cargando con la misma pena tonta y enorme: la de quererse con toda el alma y estar seguros, cada uno por su lado, de que ese amor no tenía a dónde ir.
Y así, con Madrid entrando en el invierno, se separaron sus caminos.