Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Treinta y Nueve
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Capítulo Treinta y Nueve

N ilda se puso mala tres días después de aquella noche en Salamanca.

Fue rápido y fue feo. Empezó con una fiebre que no bajaba, siguió con un dolor que la doblaba en la cama, y a las cuatro de la mañana, cuando Alfonsina ya no supo qué hacer, llamó a una ambulancia con las manos temblándole tanto que marcó mal el número dos veces.

Y ahí empezó la otra pesadilla. La que nadie cuenta.

Porque el seguro que pagaba Federico —la habitación privada, la enfermera, el doctor Ledesma, el equipo que llevaba meses siguiendo a Nilda— ya no existía.

Federico lo había cancelado de inmediato, al día siguiente de que Alfonsina le devolviera el anillo, sin avisar, sin darle siquiera tiempo para buscar una alternativa.

Así que aquella madrugada no podían llamar a Ledesma ni ingresar directamente donde Nilda llevaba meses tratándose.

Tocaba empezar por urgencias. Hospital público.

Triaje. Camillas. Espera. Explicar otra vez el historial, los tratamientos, las últimas analíticas, mientras su madre se retorcía de dolor y Alfonsina intentaba recordar fechas con cuatro horas de sueño y el miedo metido en el cuerpo.

A la mañana siguiente, Alfonsina llamó a la consulta del oncólogo, aferrada a lo único que conocía.

—Buenos días, llamo por mi madre, Nilda. Es paciente del doctor Ledesma. La han ingresado esta noche de urgencia y necesito que...

—Un momento, que lo compruebo. —La secretaria tecleó al otro lado.

Una pausa. Y luego, con esa amabilidad neutra que hace más daño que la grosería—: Verá, lo siento mucho, pero el doctor Ledesma ya no podrá atender a su madre.

La cobertura del seguro consta como cancelada.

Sin esa cobertura, el doctor no lleva el caso.

Tendrá que gestionarlo a través de la sanidad pública. Lo lamento.

—Pero... es que ella lleva meses con él. Él conoce su caso, sus análisis, su...

—Lo entiendo, y de verdad que lo siento. Pero sin la cobertura no puedo hacer nada. Le recomiendo que hable con los médicos del hospital donde está ingresada, ellos le indicarán cómo seguir con el tratamiento por la vía pública. Que tenga buen día.

Y colgó.

Alfonsina se quedó con el móvil en la mano, en el pasillo del hospital, con el pitido del final de la llamada zumbándole en el oído.

El doctor Ledesma ya no podrá atender a su madre.

Como si su madre fuera un expediente que se cierra.

Como si meses de lucha se pudieran cancelar con un clic, igual que una suscripción.

Y entonces vino el miedo. El de verdad. El que la venía acompañando desde hacía meses pero que hasta ese momento había podido disimular.

Su madre se estaba muriendo. Y Alfonsina se sintió sola. Terriblemente sola.

Su padre estaba allí, sí, pero hundido, incapaz de tomar una decisión, moviéndose por los pasillos como un fantasma grande y callado.

Alexandra venía desde Huelva tan rápido como podía, pero todavía estaba a horas de distancia.

Y ella —Alfonsina, la correcta, la que siempre encontraba una solución— era la que tenía que saber qué hacer.

Y no lo sabía.

Se metió en un baño, se agarró al lavabo, y lloró.

Lloró de miedo, de agotamiento, de rabia, de tristeza.

Lloró porque había hecho lo correcto —dejar a Federico— y el mundo, en vez de premiarla, le había quitado hasta el suelo bajo los pies.

Lloró porque su madre se moría y ella no podía hacer nada. Nada de nada.

Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente sin salida.

L o que Alfonsina no sabía era que, esa misma mañana, Vicky había preguntado por ella en Ática. Llevaba días sin aparecer, el equipo sabía que su madre estaba grave y que algo iba muy mal. Así que Vicky hizo lo que tocaba: fue al hospital sin avisar.

La encontró destrozada en aquel pasillo y le sacó, a fuerza de cariño, lo poco que Alfonsina podía contar: que su madre estaba en cuidados intensivos, que se había quedado sin seguro, que no sabía qué hacer.

Y Vicky, que sabía muy bien lo que era estar sola, desprotegida y sin nadie en una ciudad enorme, no dijo gran cosa. Solo la abrazó, le dijo “no estás sola, ¿me oyes? No estás sola”, y en cuanto salió del hospital cogió el teléfono y llamó a su marido.

M ateo llegó al hospital menos de una hora después.

Llegó como llegaba Mateo cuando algo importaba: rápido, serio, con esa energía de quien resuelve. Encontró a Alfonsina en la sala de espera de cuidados intensivos, pequeña en una silla de plástico, con los ojos hinchados, y se agachó delante de ella.

—Alfonsina. —Le puso una mano en el hombro—. Mírame. Vamos a arreglar esto.

—Mateo, no puedo pedirte que...

—No me estás pidiendo nada. Lo estoy decidiendo yo.

—La voz de Mateo no admitía discusión, pero era suave—.

—Tu madre va a tener la atención que necesita.

Voy a llamar al médico, vamos a averiguar qué hace falta para que vuelva a llevar el caso y yo me encargo de todo lo demás.

Tú solo preocúpate de estar con ella. ¿Me oyes?

Alfonsina lo miró, con los ojos llenos otra vez.

—¿Por qué haces esto por mí?

—Porque llevas tres años cuidándonos a todos. —Mateo le apretó el hombro—. A Gisela, a mí, a la empresa, a mi hermano. Porque eres de los nuestros, Alfonsina. Y a los nuestros no se les deja tirados. Déjame hacer esto. Por favor.

Y Alfonsina, que llevaba meses cargándolo todo sola, que no sabía ya ni pedir ayuda, se dejó ayudar por primera vez. Y lloró, pero de otra manera. De alivio.

M ateo lo movió todo en un día.

Consiguió el traslado a una clínica privada, una habitación tranquila, atención inmediata y un equipo que se sentó con el historial completo de Nilda y tomó el caso sin perder tiempo.

Pagó lo que hubo que pagar sin que Alfonsina viera una sola factura.

Habló con quien tuvo que hablar, firmó lo que tuvo que firmar y no dejó que nadie —ni Alfonsina ni su orgullo— le dijera que no.

Y por un momento, un momento pequeño, Alfonsina se permitió tener esperanza.

Pero la esperanza, con el cáncer, es una moneda cruel.

D os días después del traslado, sin aviso, ni señal, una mañana Nilda ya no despertó del todo. Su cuerpo, agotado de meses de pelea, empezó a apagarse despacio, órgano por órgano, como una casa a la que le van cortando la luz habitación por habitación.

El médico nuevo —un hombre de mediana edad, de ojos amables y voz tranquila, de esos que han dado esa noticia demasiadas veces y aun así la dan con cuidado— buscó a Alfonsina en el pasillo.

—¿Es usted la hija de Nilda?

—Sí. Soy Alfonsina.

—Venga conmigo un momento. —La llevó a un banco, se sentó a su lado, y no le adornó nada, pero se lo dijo con toda la delicadeza que cabe en unas palabras así—.

Alfonsina, su madre está entrando en una fase muy delicada.

Su organismo está empezando a fallar y, en este punto, no creemos que vaya a recuperarse.

Ya no hay ningún tratamiento que pueda revertir lo que está ocurriendo.

Lo que podemos hacer ahora es que no sufra.

Que esté tranquila, sin dolor y acompañada.

Alfonsina asintió. No lloró. No en ese momento. Solo asintió, despacio, porque una parte de ella lo sabía desde hacía tiempo. Desde aquella tarde dorada en la que su madre le dio el permiso. Desde el “no tengo muchas más tardes buenas”.

—¿Puedo estar con ella?

—Claro que sí. Todo el tiempo que quiera.

N ilda estaba semiinconsciente cuando Alfonsina entró.

Pequeña en la cama grande, más frágil que nunca, con la respiración lenta y la piel de papel. Pero tranquila. Sin dolor. Los médicos habían cumplido esa parte: su madre no sufría.

Alfonsina acercó una silla, le cogió la mano —esa mano que ya casi no pesaba nada— y se quedó ahí, hablándole bajito, contándole cosas, recordándole cuando era pequeña, dándole las gracias por todo, aunque no supiera si su madre la oía.

Le acarició el pelo. Le besó la frente. Y en algún momento de la tarde, cuando la luz empezaba a caer igual que aquel otro día, apoyó la cabeza en el pecho de su madre y lloró por fin, en silencio, dejándolo salir todo.

—Te quiero, mamá —le susurró contra el pecho—. Te quiero tanto. No sé qué voy a hacer sin ti.

Y entonces, con un hilo de voz que Alfonsina no esperaba, que salió de algún lugar hondo donde a Nilda todavía le quedaba fuerza para lo único que le importaba, su madre habló.

—Finin. —Apenas un susurro. Los ojos entreabiertos, buscándola—. ¿Me hiciste caso?

A Alfonsina se le rompió el alma y se le llenó de luz al mismo tiempo. Levantó la cabeza, le tomó la cara entre las manos, y con la voz temblando, pero firme, le dio a su madre lo único que su madre quería llevarse:

—Sí, mamá. —Las lágrimas le caían, pero sonreía—. Te hice caso. Lo dejé. Soy libre, mamá. Soy libre.

Nilda cerró los ojos. Y en su cara, en esa cara cansada de meses de pelea, se dibujó algo que era casi una sonrisa. La paz de una madre que puede irse tranquila. Que ha soltado a su hija a tiempo. Que se va sabiendo que la dejó libre, y no atada.

—Mi niña —murmuró Nilda, casi sin voz—. Ríete... ríete con toda la boca.

—Me voy a reír, mamá. Te lo prometo. Me voy a reír por las dos.

Y Nilda, tranquila, libre de la única preocupación que le quedaba, se dejó ir despacio, con la mano de su hija en la suya y la respiración cada vez más lenta, más suave, más lejana.

A quella noche, Nilda murió.

Se fue en paz, sin dolor, acompañada, con su hija al lado y la certeza de que la había dejado libre.

Se fue como se van las madres que han querido bien: dándolo todo hasta el último aliento, y usando ese último aliento no para pedir, sino para asegurarse de que la hija a la que adoraba iba a estar bien.

Alfonsina se quedó con ella un rato más, en el silencio de la habitación, sosteniéndole la mano ya quieta, sin querer soltarla todavía. No lloraba a gritos. Lloraba despacio, hondo, esas lágrimas que no hacen ruido porque vienen de demasiado adentro.

Su madre se había ido.

La mujer que la había traído al mundo, que la había criado y que la había querido con una ferocidad callada toda la vida ya no estaba. Y aun al final, cuando apenas le quedaba voz, había pensado primero en ella.

—Gracias, mamá —susurró Alfonsina en la penumbra—. Gracias por quererme tanto.

Y afuera, Madrid seguía encendida, indiferente, enorme. Pero dentro de aquella habitación, una hija le sostenía la mano a su madre por última vez, y le prometía, en silencio, que iba a cumplir. Que iba a ser libre. Que iba a reír otra vez con toda la boca.

Aunque en ese momento, con el corazón hecho pedazos, no supiera todavía cómo.