Capítulo Treinta y Ocho
F ue el día del chisme.
El día que Alfonsina vio a Nico en todas las portadas de Madrid, de la mano de Rebecca Vilanova, rehecho, guapo, dueño de su vida y de su restaurante nuevo. El día que lo vio transformado, entero, libre. Y algo, en medio de todo aquel dolor, se le puso de pie por dentro.
Porque hacía tres semanas que su madre le había dado el permiso.
Tres semanas con ese salvoconducto guardado en el pecho sin atreverse a usarlo.
Alfonsina, que llevaba toda la vida siendo la que aplaza, la que traga, la que no se atreve, había seguido aplazando.
Un día más. Una semana más. Tenía el permiso de Nilda, pero el valor no le llegaba.
Hasta ese día. Hasta el chisme.
Porque ver a Nico así —libre, valiente, dueño de todo— fue lo que por fin le encendió la mecha.
Míralo , pensó, con el móvil temblándole en la mano y las portadas ardiéndole en los ojos.
Tuvo el valor de largarse. De dejar el imperio de su hermano, de arriesgarse, de montar lo suyo, de cambiar de vida entera.
Y tú, Alfonsina, ¿qué haces? Con el permiso de tu madre en el bolsillo desde hace tres semanas, encadenada a un hombre que no quieres, muerta de miedo, aplazando.
Si Nico había podido, ella podía.
No lo iba a hacer por él —Nico ya estaba con otra, ya no había nada que esperar por ese lado, y esa era precisamente la punzada que la empujaba—.
Lo iba a hacer por ella. Por la promesa que le había hecho a su madre.
Por recuperar su vida, su risa, su cara de antes.
Porque ver a Nico ser valiente, y verlo con otra, le había quitado de golpe todas las excusas.
Ya no quedaba nada que esperar. Solo quedaba ser libre.
Cogió el móvil, esa misma tarde, y le escribió a Federico.
“Federico, tenemos que hablar. En persona. ¿Cuándo puedes?”
La respuesta llegó enseguida, cordial, tranquila:
“Claro, vida. Hoy estoy trabajando en casa, en remoto. Pásate esta noche por el apartamento y cenamos, así hablamos con calma. Preparo yo algo. Te espero a las ocho”.
Alfonsina leyó el mensaje y sintió un escalofrío que no supo explicar. Pero se lo tragó. Es la última vez , se dijo. Entras, se lo dices, le devuelves el anillo, y sales libre. Una hora. Nada más.
A lfonsina llegó a las ocho, tensa, con el anillo en el bolso y el discurso ensayado en la cabeza.
Y se encontró el apartamento de Salamanca convertido en una postal.
Las luces bajas. Velas encendidas. Música suave.
La mesa puesta con el mantel bueno, la cristalería buena, los cubiertos de plata alineados con precisión de cirujano.
Y sobre ella, una cena que, a juzgar por el emplatado impecable y el aroma que llenaba el comedor, Federico había encargado en algún restaurante.
Porque Federico no cocinaba. Nunca. Federico consideraba la cocina cosa de servicio.
—Bienvenida, vida. —La recibió con una copa de vino ya servida, impecable, sonriente—. He preparado algo especial. Siéntate.
Alfonsina se quedó en la puerta un segundo, con el corazón encogido. Aquello no era una cena para hablar. Federico había preparado una velada romántica para una conversación que todavía no habían tenido, como si hubiera decidido de antemano cómo debía terminar.
Pero ya estaba ahí. Y quería acabar. Así que entró, se sentó, y aguantó la cena entera con el discurso quemándole en la garganta, mientras Federico hablaba de trivialidades, servía vino, se mostraba encantador, atento, el novio perfecto de la función.
Cuando terminaron de cenar, Alfonsina no aguantó más.
Sacó el anillo del bolso. Lo puso en la mesa, entre las copas, con un gesto tranquilo, pero definitivo. Y lo miró a los ojos.
—Federico, no puedo seguir con esto. Lo he pensado mucho. No te quiero como se quiere a un hombre con el que te vas a casar, y no es justo para ninguno de los dos. Te devuelvo el anillo. Se acabó. Lo siento.
Hubo un silencio.
Federico miró el anillo sobre la mesa. Miró a Alfonsina. Y en vez de enfadarse, en vez de gritar, sonrió. Una sonrisa suave, condescendiente, de las que dan más miedo que un grito.
—Ay, vida. —Negó con la cabeza, despacio—. Mírate. Estás agotada. Llevas meses cuidando a tu madre, con el trabajo, con todo encima. Estás estresada, cansada, no sabes ni lo que dices. Esto no lo dices tú. Lo dice el cansancio.
—Federico, lo digo yo. Muy en serio.
—Ven aquí. —Se levantó, rodeó la mesa, y se puso detrás de su silla—. Relájate. Estás tan tensa que me da hasta pena.
Y le puso las manos en los hombros. Y empezó a masajeárselos.
Alfonsina se quedó rígida. Todas las alarmas encendidas.
—Federico, para. No he venido a esto. He venido a...
—Shhh. —Le apretó los hombros—. Deja de pensar tanto. Siempre pensando. Ese es tu problema.
Y la levantó de la silla con firmeza, la giró hacia él, y la besó.
A lfonsina se puso las manos en el pecho de él para apartarlo.
—Federico, no. He venido a dejarte. Escúchame.
Pero él no escuchaba. El beso se volvió más exigente, más duro, con esa determinación fría del que ha decidido que no acepta un no. La fue empujando, paso a paso, hasta que la espalda de ella chocó con la pared.
—Federico, detente. —La voz de Alfonsina se quebró—. Para. Te estoy diciendo que pares.
—No digas tonterías. —Le habló pegado a la boca, sin soltarla—. Tú eres mía. Siempre lo has sido. Y esta noche te voy a recordar por qué.
Le desabrochó el primer botón de la camisa. El segundo. Le metió la mano dentro, buscándole el pecho, mientras la sujetaba contra la pared con el peso del cuerpo.
—¡No! —Alfonsina se resistió, empujándolo, girando la cara—. ¡Federico, suéltame!
Y entonces él le agarró las dos muñecas con una mano, se las inmovilizó contra la pared por encima de la cabeza, y con la otra mano le subió la falda, buscándole la ropa interior para arrancársela.
Y algo se rompió dentro de Alfonsina.
No fue rabia. No fue fuerza. Fue terror. Terror puro, animal, absoluto. El cuerpo entero se le disparó en una alarma que no pudo controlar: el corazón desbocado, la respiración cortada, el mundo dándole vueltas, las manos y los pies helados de golpe.
Y el cuerpo, que a veces se defiende cuando la voluntad ya no puede, hizo lo único que le quedaba.
Alfonsina vomitó.
Ahí mismo. Doblada sobre sí misma, temblando, incapaz de respirar, vomitó la cena entera de puro pánico.
Federico la soltó de un salto, con una mueca de asco.
—¡Pero qué...! —Se apartó, mirándose la ropa, mirando el suelo—. ¡Por Dios, Alfonsina!
Ella se quedó doblada contra la pared, tiritando, con la camisa abierta, tratando de coger aire que no le entraba, presa todavía del pánico.
Y Federico, el hombre que un segundo antes la tenía inmovilizada contra la pared, miró al suelo, y lo que le salió del alma no fue una disculpa. No fue “¿estás bien?”. No fue horror por lo que acababa de hacer.
Fue esto:
—Me has manchado la alfombra. —La voz le temblaba de indignación—. ¿Tú sabes lo que cuesta esa alfombra? Es una alfombra persa. De anticuario. ¿Tú tienes idea de lo que has hecho?
Y ahí, en esa frase, Alfonsina lo vio entero. Por fin. Vio al hombre completo. A un tipo capaz de acorralar a una mujer contra una pared, de sujetarla por las muñecas, de meterle la mano bajo la falda mientras ella le suplicaba que parara, y de preocuparse, un segundo después, por una alfombra.
Una puta alfombra.
Alfonsina se recompuso como pudo. Se abrochó la camisa con dedos temblorosos, cogió su bolso del suelo, y sin decir una palabra, se encerró en el baño de visitas.
Echó el pestillo. Se apoyó en la puerta, resbaló hasta el suelo, y con las manos temblándole tanto que casi no podía sostener el móvil, marcó el único número que necesitaba marcar.
—¿Edith? —La voz le salió rota—. Edith, ven a buscarme. Por favor. Estoy en casa de Federico. Ven, por favor.
—¿Qué ha pasado? —La voz de Edith, al otro lado, cambió de golpe—. Alfonsina, ¿qué te ha hecho? ¿Estás bien?
—Ven. Por favor. Ya.
—Voy. No te muevas de donde estés. Voy ahora mismo.
Y Edith fue.
Edith, con casi ocho meses de embarazo, con la barriga por delante, con lo que le costaba ya moverse, se levantó del sofá, cogió las llaves, y condujo hasta Salamanca sin pensárselo dos veces.
Porque para eso están las amigas de verdad.
Para presentarse embarazadísimas, a las tantas de la noche, en casa de un canalla, a rescatar a la que quieres como a una hermana.
Llegó, tocó el timbre, y cuando Federico abrió la puerta, recompuesto, con esa cara de “aquí no ha pasado nada”, Edith no le dio ni tiempo.
—¿Dónde está? —Entró sin que la invitaran, apartándolo con la barriga—. ¡Alfonsina!
—Oye, un momento, esto es una situación privada entre... —empezó Federico.
Y Edith se giró hacia él como una fiera.
—¿Privada? —Lo miró de arriba abajo, con un desprecio que cortaba—.
Como le hayas puesto una mano encima, te juro por esta barriga que lo que te va a caer encima no lo arreglas ni con todos los abogados de tu banco.
¿Me oyes? Mírame bien la cara, Federico, porque es la última que vas a ver de esta familia.
—No sé qué te habrá contado, pero ella se ha puesto histérica sola y...
—Cállate. —Edith no le dejó terminar—. Cállate la boca. No te atrevas a decir ni una palabra más. Siempre sospeché la clase de rata que eras debajo del traje.
Fue hasta la puerta del baño.
—Alfonsina, soy yo. Abre, cariño. Ya estoy aquí. Vámonos.
Y Alfonsina abrió. Y al ver a Edith —su Edith, con la barriga enorme, con la cara de guerrera, plantada ahí para sacarla de aquel infierno— se le rompió todo por dentro y se echó a llorar, y se agarró a ella, y las dos amigas se abrazaron en el pasillo de aquel apartamento de Salamanca mientras Federico las miraba desde el salón sin saber ya qué decir.
—Vámonos de aquí. —Edith la sostuvo, le pasó el brazo por los hombros, y la llevó hacia la puerta—. Vámonos a casa. Ya está. Ya pasó. Ya estás conmigo.
Y en el umbral, antes de salir, Edith se giró una última vez hacia Federico. Le dedicó una mirada larga, de arriba abajo, y le soltó, con una calma helada que valía más que mil gritos:
—Como se te ocurra volver a acercarte a ella, aunque sea para cualquier tontería, te vas a acordar de mí toda tu vida. Y ahora reza para que ella no vaya a la policía.
Y se fueron. Las dos. Alfonsina apoyada en su amiga, temblando todavía, pero fuera. Por fin fuera.
Y ya en el coche, con Madrid pasando por la ventanilla y las manos aun temblándole, Alfonsina se dio cuenta de una cosa.
Estaba libre.
Le había costado el peor momento de su vida.
Le había costado un ataque de pánico y una humillación que no olvidaría.
Pero se acabó. El anillo se había quedado en aquella mesa, entre las copas, y ella no pensaba volver a por él jamás.
Federico había quedado atrás, con su alfombra persa y su careta hecha añicos.
Estaba libre. Temblando todavía, pero libre.
Y mientras Edith conducía en silencio, con una mano en el volante y la otra apretándole la rodilla para que supiera que no estaba sola, Alfonsina miró por la ventanilla las luces de Madrid y pensó, por primera vez en mucho tiempo, en su madre.
Ya está, mamá , pensó. Lo hice. Lo dejé. Cumplí mi promesa.
Ahora solo me falta aprender otra vez a reír con toda la boca.