Capítulo Treinta y Siete
T res semanas más tarde, Nico encontró el local.
Lo había estado buscando sin prisa, rebuscando Madrid barrio por barrio, con la caja de herramientas siempre en el maletero de su nuevo coche y una idea cada vez más clara en la cabeza.
Y cuando entró en aquel local vacío de Lavapiés —techos altos, vigas de madera vieja, una barra larguísima que pedía a gritos que la llenaran de ruido—, lo supo.
Como se saben las cosas que importan: sin dudar.
Era ahí.
Y ya tenía hasta el nombre. Lo había decidido una noche, en su apartamento, mirando el techo: El Disidente.
Porque eso era él, al fin y al cabo. El díscolo.
El que se salía del molde. El que se había ido del imperio de su hermano para montar lo suyo.
Una taberna moderna, contracultural, con mesas de madera desnuda, la barra ruidosa, bandas tocando los fines de semana, y comida madrileña de siempre llevada al extremo del sabor: unos callos perfectos, de los que resucitan a un muerto; oreja crujiente con un toque asiático que no se esperaba nadie; la cocina de la abuela con la actitud de quien no le pide permiso a nadie.
Lavapiés. Mestizo, ruidoso, vivo, lleno de gente de todas partes y de sitios que parecían hechos sin pedir permiso. El lugar perfecto para un disidente.
E se mismo día, después de ver el local con el corazón a mil, Nico se pasó por Ática a almorzar con su hermano.
Y Alfonsina lo estaba esperando. Sin querer, pero esperándolo.
Porque esa mañana Mateo había comentado, como quien no quiere la cosa, que Nico se pasaría al mediodía.
Y desde ese momento, aunque se dijo a sí misma mil veces que le daba igual, que ya no era asunto suyo, Alfonsina no había dejado de mirar el reloj.
Y cuando dieron las dos menos cuarto, se descubrió a sí misma junto a la ventana de su oficina, con la excusa de estirar las piernas, echando un ojo a la calle. Buscando la moto.
Porque a Nico se le esperaba así: con el oído puesto en el rugido de la moto, en el frenazo canalla en doble fila, en el casco bajo el brazo. Ese era el Nico que ella conocía. El de la cazadora de cuero, la camisa de alguna banda de metal y el pelo revuelto por principio.
Pero la moto no llegó. Lo que frenó abajo, aparcando con una tranquilidad que no era la suya de siempre, fue un coche.
Un sedán. Un Audi blanco, sobrio, elegante, reluciente, de esos que no gritan, pero se hacen notar.
Alfonsina lo miró sin entender, pensando que sería una visita, un proveedor, cualquiera.
Y entonces se abrió la puerta, y bajó él.
Y a Alfonsina se le paró el corazón.
Porque no era el Nico de siempre. No del todo.
Llevaba un pantalón de vestir, oscuro, bien cortado, y una camisa remangada con un aire que era informal y elegante a la vez.
Se había cortado un poco el pelo —seguía revuelto, pero domado, con intención—.
Y se había afeitado esa barba de tres días que llevaba media vida, dejándose la cara limpia, más despejada, más…
hombre. Más adulto. Más dueño de sí mismo.
Cerró la puerta del coche con un gesto tranquilo, se ajustó la camisa y levantó la vista hacia el edificio.
Alfonsina se apartó de la ventana de un salto, con el corazón golpeándole las costillas, por si acaso la había visto. Pero no había podido evitar mirar. Y lo que había visto la había dejado sin aire.
¿Y este quién es? , pensó, aunque sabía perfectamente quién era.
Era Nico. El mismo Nico de siempre y, sin embargo, había algo distinto en él que Alfonsina no habría sabido explicar.
No era el coche, ni la camisa, ni la barba que ya no estaba.
Era la manera de bajar del coche, de cerrar la puerta, de caminar hacia Ática.
Una seguridad nueva, más quieta, menos pendiente de demostrar nada.
Como si en aquellas semanas hubiera encontrado algo que llevaba mucho tiempo buscando sin saberlo.
Como si empezara, por fin, a sentirse dueño de su propia vida.
Y a Alfonsina, que se moría por él con moto y sin moto, con barba y sin barba, aquella transformación no le quitó ni una pizca de amor.
Al contrario. Le entraron ganas de llorar.
Qué te cuento , pensó, apoyándose en la pared, con la mano en el pecho. Que me muero. Que me muero por ese hombre, y ese hombre está con otra, y yo aquí, mirándolo por la ventana como una tonta.
A bajo, Nico entró en Ática, subió las escaleras y entró al despacho de su hermano.
Comieron en el escritorio, algo rápido, y a mitad Nico lo soltó, sin poder aguantarse más, con una sonrisa que hacía semanas que no se le veía.
—He encontrado local, Mateo. Voy a abrir un restaurante.
Mateo levantó la vista, y se le iluminó la cara.
—¿En serio? ¡Cuéntame! ¿Dónde? ¿Qué es?
Y Nico se lo contó todo. El Disidente. Lavapiés.
La taberna. Los callos, la oreja, las bandas los fines de semana, la barra ruidosa.
Se lo contó con las manos, con los ojos brillantes, con esa pasión de quien por fin ha encontrado algo que es suyo y solo suyo.
Y Mateo lo escuchó embobado, orgulloso, viendo a su hermano pequeño transformado, encendido, vivo como no lo había visto en años.
—Me encanta —dijo Mateo, y lo decía de verdad—.
Me encanta, Nico. Es perfectísimo para ti.
—Y entonces, porque era Mateo, porque era el hombre de los grandes gestos, se echó para adelante—.
Oye, y el dinero, ¿cómo vas? Porque yo te puedo poner lo que haga falta.
Montar un restaurante cuesta un riñón, ya lo sabes. Tú me dices cuánto y...
—No. —Nico sonrió, negando con la cabeza—. Para, Mateo. No.
—Que es una inversión, hombre, que no te lo regalo...
—Que no. —Nico lo dijo con cariño, pero firme—.
Esto lo hago yo. Con lo mío. Con mis ahorros, con un préstamo, con lo que sea, pero mío.
¿No lo entiendes? El sentido de esto es que sea mío.
Si me pones tú el dinero, vuelvo a ser “el hermano de Mateo montando un bar con la pasta de Mateo”.
Y yo quiero ser Nico. A secas. El del Disidente.
Mateo lo miró, y aunque le fastidiaba, a él le encantaba resolver las cosas con la cartera—, lo entendió. Y lo respetó.
—Está bien, cabezota. —Levantó las manos—. Pero que conste que te lo he ofrecido.
—Consta. —Nico sonrió—. Y te lo agradezco. Pero hay una cosa que sí te voy a pedir.
—Lo que sea.
—Me quiero llevar a Susana.
Mateo frunció el ceño. Susana era su sous-chef . Una de las mejores manos de la cocina de Ática, callada, seria, con un talento que Nico llevaba años viendo de cerca.
—A Susana. —Mateo se rascó la barbilla—. Me estás quitando a mi sous-chef , canalla.
—Te estoy pidiendo prestada a la mejor cocinera que tienes, que no es lo mismo.
—Nico sonrió—. La necesito, Mateo. Yo tengo el concepto, tengo las manos, pero necesito a alguien de confianza en la cocina, alguien que sepa lo que se hace.
Y no hay nadie mejor que ella. Además, se lo he propuesto y le brillan los ojos. Se muere de ganas.
—¿Cómo que se lo has propuesto? ¿Has venido a contarme que vas a abrir un restaurante y resulta que ya estás fichando a mi gente?
Mateo lo pensó un momento. Y como era Mateo, encontró la manera de ayudar, aunque no le dejaran.
—Vale. Te la llevas. —Y antes de que Nico protestara, levantó un dedo—.
Pero con una condición. El primer trimestre, el sueldo de Susana lo pago yo.
Es mi regalo de inauguración, y esto no me lo discutes, porque no es para ti, es para ella, para que no la líes con los pagos mientras arrancas y ella se quede tranquila. Punto.
Nico abrió la boca para protestar, la volvió a cerrar. Miró a su hermano. Y por una vez, cedió.
—Vale. Tres meses. Ni un día más.. Eso sí te lo acepto. —Sonrió—. Gracias, Mateo.
—Para eso están los hermanos. —Mateo le dio una palmada en el brazo—. Aunque seas un cabezota que no me deja ayudarte como Dios manda.
Y entonces Mateo cogió el teléfono del despacho y llamó a Alfonsina.
—Alfonsina, ¿puedes venir un momento? Hay que tramitar una cosa.
A lfonsina fue al despacho, respirando hondo para recomponerse.
Y cuando abrió la puerta y vio a Nico ahí sentado —de cerca, la camisa, la cara afeitada, el pelo domado, ese aire nuevo de hombre serio—, a los dos se les cortó un poco la respiración.
De lejos ya la había dejado sin aire; de cerca era peor.
Hacía semanas que no coincidían. Desde el cumpleaños. Desde que ella se fue de la fiesta y él la vio marcharse. Desde el mensaje sin contestar.
—Hola —dijo ella.
—Hola —dijo él.
Y se saludaron como dos extraños. Con una cortesía tirante, dolorosa, de esas que duelen más que un grito.
Dos personas que sabían reconocerse hasta en un silencio y ahora se trataban como desconocidos, midiendo cada palabra, sin sostenerse la mirada más de un segundo, porque sostenérsela era peligroso.
Se deseaban. Se echaban de menos con un hambre que llenaba todo el despacho.
Y fingían, los dos, que solo eran el hermano del jefe y la asistente del jefe.
—Alfonsina —dijo Mateo, ajeno al voltaje que había en la habitación, o quizás no tan ajeno—, Nico se lleva a Susana.
Abre un restaurante. Hay que empezar a tramitar el traspaso cuando ella acepte, y el tema del sueldo, que el primer trimestre lo asumo yo.
Encárgate tú, que tú sabes de esto más que nadie.
—Claro. —Alfonsina asintió, profesional, y se giró hacia Nico. Tragó saliva—. Enhorabuena. Por el restaurante. Me... me alegro mucho por ti. De verdad.
Y lo decía de corazón, aunque le temblara un poco la voz.
—Gracias. —Nico la miró, y por un segundo se le olvidó todo: el orgullo, las semanas sin verla—. Gracias, Alfonsina.
Se quedaron un instante así, mirándose, con todo lo que no se decían flotando entre los dos.
—Bueno. —Alfonsina rompió el momento, porque alguien tenía que romperlo—. Voy a hablar con Susana y empiezo con los papeles. Con permiso.
Y salió del despacho, casi huyendo, con el corazón golpeándole las costillas.
C uando Mateo y Nico se quedaron solos, Mateo lo miró, ladeó la cabeza, y le soltó lo que llevaba mordiéndose.
—Oye. ¿Y cuándo vas a arreglar ese desastre?
—¿Qué desastre? —Nico se hizo el tonto.
—No te hagas el imbécil conmigo, que te conozco desde que llevabas pañales. —Mateo señaló la puerta por donde había salido Alfonsina—. Ese desastre. El que se acaba de ir por esa puerta muriéndose por ti mientras tú te mueres por ella y los dos hacen como que no pasa nada. Ese desastre.
—No hay nada que arreglar, Mateo. —Nico apartó la vista—. Ella tiene su vida. Yo tengo la mía. Y ahora mismo tengo las manos llenas. Un restaurante, un local que reformar, una cocina que montar. No tengo tiempo para desastres.
—Ya. —Mateo no se lo tragó ni medio segundo—. Las manos llenas. Claro.
—Las manos llenas —repitió Nico, terco.
Y Mateo lo dejó estar. Porque conocía a su hermano, y sabía que cuando se ponía así de cabezota no había manera.
El restaurante era de verdad, de eso no tenía ninguna duda.
Nico había encontrado por fin algo suyo, algo que lo tenía encendido como no lo había visto en años.
Pero también sabía otra cosa: que un hombre no monta una taberna llamada El Disidente en Lavapiés y se llena las manos de trabajo hasta arriba por casualidad, si no quisiera dejar de pensar en una mujer.
Las manos llenas. Ya.
T res días después, explotó el chisme.
Y explotó a lo grande, porque en Madrid, cuando un Rey de Francisco es noticia, es noticia de verdad.
“Rebecca Vilanova y Nicolás Rey de Francisco: las imágenes que confirman su romance”.
Estaba en todas partes. En las redes, en la tele del corazón, en los periódicos, en las revistas.
Y no eran solo palabras: había fotos. Nico de la mano de Rebecca saliendo de una tienda de ropa.
Un beso robado en la terraza de algún bar.
Una tarde de los dos paseando por el Retiro, ella colgada de su brazo, él riéndose.
Un reportaje entero sobre “la nueva pareja de moda de Madrid”, con Rebecca espectacular en cada foto y Nico, guapo, sonriente, cogido de su mano.
Y en Ática, todo el mundo lo vio.
A lfonsina lo vio en el móvil, entre pedido y pedido, sin buscarlo, porque le saltó solo, porque era imposible no verlo. Y se le cayó el alma a los pies.
Ahí estaba. La confirmación, en fotos, a todo color, publicada para toda España. Nico feliz con otra. Nico paseando, riendo, besando a otra a la luz del día, sin esconderse, sin secretos, sin anillos de por medio. Todo lo que ella nunca había podido darle.
Se le llenaron los ojos. Se metió en el baño de empleados, se sentó en la tapa del váter, y se permitió tres minutos de derrumbe silencioso.
Solo tres. Después se lavó la cara, respiró y salió, porque tenía trabajo, porque la vida seguía y porque Nico no le debía espera, ni explicaciones, ni fidelidad a una historia que nunca habían podido empezar.
Aunque cada foto fuera un cuchillo.
E l móvil le vibró. Un mensaje de Edith.
“Tía. ¿Esto es cierto? ¿Nico con la Vilanova? ¿Qué ha pasado? Llámame”.
Alfonsina miró la pantalla y no supo qué contestar. Porque, ¿qué iba a decir? ¿Que sí, que era cierto? ¿Que se moría de celos sin ningún derecho? ¿Que después de meses creyendo que no podía elegir, por fin podía hacerlo y había descubierto que quizá había llegado tarde?
Guardó el móvil sin contestar. No tenía fuerzas.
Y mientras tanto, al otro lado de la ciudad, a Nico también le vibraba el teléfono.
Era Kike. Su amigo del alma, el fisgón, el bocazas. Un mensaje de WhatsApp que resumía a la perfección por qué a veces Nico quería estrangularlo:
“¿Estás comiendo bueno, gilipollas? ¿Y sin decirme nada? Primero te comes a la del moño y luego a esta, que está más buena que el pan recién hecho. ERES MI ÍDOLO”.
Nico miró el mensaje. Y en vez de reírse, como habría hecho en otro momento, sintió una punzada de asco. De sí mismo.
Porque “la del moño” no era un trofeo. Era Alfonsina.
Y Rebecca tampoco era “esta”. Era una mujer de verdad, una mujer a la que él había dejado entrar en su vida porque le gustaba, porque la deseaba y porque había querido creer que podía empezar de nuevo.
Y ahora estaban en todas las portadas de Madrid, convertidos en una historia que quizá había avanzado mucho más deprisa que él.
No le contestó a Kike.
Se quedó mirando el móvil, en su local a medio reformar, rodeado de escombros y de planes, con su restaurante nuevo y su vida nueva y su libertad recién estrenada.
Y, al ver aquellas fotos, lo primero que había pensado no había sido en Rebecca, ni en el reportaje, ni siquiera en sí mismo. Había pensado en Alfonsina. En si lo habría visto. En la cara que habría puesto al verlo besar a otra.
Y por primera vez desde que había dicho que sí a Rebecca, se preguntó qué demonios estaba haciendo.