Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Treinta y Seis
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Capítulo Treinta y Seis

E ra domingo por la tarde, y Nico estaba en el sofá viendo el partido.

Solo, en su piso recién pintado, con una cerveza a medias, los pies en la mesa y la cabeza recostada.

El Atleti perdía por la mínima, jugaba mal, y ni siquiera eso conseguía sacarlo del pozo tibio en el que llevaba metido desde el cumpleaños de su hermano.

Desde que la había visto irse. Desde que le había escrito aquella línea que ella no se había dignado a contestar.

De todo lo mejor es saber que sigues bien.

Silencio. Ni un “gracias”. Ni un “tú también te veías bien”. Nada. Y él ahí, como un imbécil, tres semanas después, todavía mirando el móvil de reojo por si acaso.

Llamaron a la puerta.

Nico frunció el ceño —no esperaba a nadie— y fue a abrir en camiseta y pantalón de chándal, con la cerveza en la mano.

Y se encontró a Rebecca Vilanova en el rellano.

Venía de guerra. Falda cortísima, las piernas larguísimas subidas sobre unos tacones de aguja imposibles, la melena suelta cayéndole por los hombros, los labios pintados, una nube de perfume caro entrando por la puerta antes que ella. Y una botella de vino en la mano, alzada como una bandera.

—Pasaba por el barrio —dijo, con una sonrisa que no tenía nada de casual—. Y me dije: ¿por qué no le llevo a Nico una botella y vemos qué surge?

Nico se quedó en el marco, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—Rebecca. No te esperaba.

—Ese es el encanto de las sorpresas. —Ella ya se estaba colando dentro, rozándolo al pasar, dejándole en la nariz toda esa nube de perfume—. ¿No me invitas a una copa? He traído del bueno.

Y entró en el piso como quien entra en territorio conquistado.

H ablaron un rato, al principio.

Ella se sirvió vino, se sirvió a sí misma en el sofá de Nico con una elegancia estudiada, cruzó esas piernas larguísimas y empezó a soltar la artillería.

Que qué solo estaba ahí, un hombre como él, un domingo.

Que no entendía cómo alguien así seguía sin pareja.

Que ella, desde la entrevista, no había dejado de pensar en él, y que estaba cansada de fingir que era por trabajo.

—Yo voy de frente, Nico. —Le puso una mano en la rodilla—. Me gustas. Me gustas mucho. Y creo que a ti yo no te doy igual.

Y antes de que él pudiera medir una respuesta, Rebecca dejó la copa, se levantó, y se sentó sobre él. A horcajadas. Sin pedir permiso.

Fue rápido y fuerte.

Le pasó los brazos por el cuello, se pegó a él, y empezó a besarle el cuello, la mandíbula, subiendo despacio hacia la oreja, mientras movía las caderas apenas, lo justo.

Olía de maravilla. Pesaba lo justo. Era, objetivamente, una de las mujeres más deseables de Madrid, y la tenía encima, ofreciéndose sin condiciones, sin dramas, sin anillos de otro, sin madres enfermas, sin “no puedo”.

Y Nico —hay que decirlo, porque es la verdad— estuvo a punto de mandarlo todo a la mierda.

La deseaba. Claro que la deseaba, era de carne y hueso, llevaba semanas hecho un cristo, dolido, rechazado, solo.

Y una parte de él, la más cansada, la más herida, le decía por lo bajo: dale, Nico.

Te lo mereces. Ella te quiere a ti.  Por una vez en tu vida, coge lo que se te ofrece y deja de sufrir por la que no viene.

Le puso las manos en la cintura. Le devolvió un beso.

Dejó que ella le quitara la camiseta, que le pasara las uñas por el pecho, que le mordiera el labio.

Llegó más lejos de lo que debía —las manos de ella ya en elástico del pantalón de chándal, la falda de ella ya casi por la cintura, la respiración de los dos acelerada, el punto de no retorno a un paso—.

Y entonces, justo ahí, justo cuando bastaba con dejarse ir...

Se frenó.

—Espera. —Le puso las manos en los hombros, con suavidad, pero firme, y la separó unos centímetros—. Espera, Rebecca. Para.

Ella se detuvo, con la respiración agitada, los labios entreabiertos, mirándolo sin entender.

—¿Qué pasa?

—Que... —Nico buscó las palabras, con el corazón todavía a mil, el cuerpo pidiéndole guerra y la cabeza, por una vez, ganándole la partida—.

Que vamos muy deprisa. Vamos despacio, ¿vale?

No quiero... no quiero estropear esto haciéndolo mal, con prisa, un domingo cualquiera con una botella de vino. No así.

Era mentira, y era verdad a la vez.

Era mentira porque no había ningún “esto” que estropear —a Rebecca no la quería, ni de lejos, y lo sabía—.

Y era verdad porque, en el último segundo, cuando ya solo tenía que dejarse llevar, le había aparecido una cara en la cabeza.

Un moño. Una boquita de piñón. Y entendió que no podía hacer aquello pensando en otra mujer.

No era justo para Rebecca, y tampoco era la forma en que quería empezar esa vida nueva que llevaba tres semanas intentando construir.Se apartó.

Se puso la camiseta. Se pasó una mano por el pelo.

Rebecca se quedó sentada en el sofá, recolocándose la falda, mirándolo con una mezcla de desconcierto y algo más. Algo que a Nico se le escapó pero que en ella empezó a arder despacio.

—Perdona —le dijo él, sincero a medias—. No eres tú. Eres espectacular. Es que... no es el momento. Lo siento.

Y ahí estuvo el error de Nico. Sin saberlo.

Porque Rebecca Vilanova era una mujer a la que no le decían que no.

Nunca. Jamás. Recibía propuestas a montones, mensajes a docenas, invitaciones cada noche de la semana. Los hombres se deshacían por ella, se peleaban por ella, harían cualquier cosa por una noche con ella. Estaba tan acostumbrada a que la desearan que había olvidado lo que era desear ella.

Y aquel hombre de sonrisa canalla, con su camiseta vieja y su piso en Chueca, acababa de tenerla encima, entregada, y le había dicho vamos despacio .

Le había dicho que no.

Y en vez de ofenderse, en vez de recoger sus tacones y su orgullo y largarse, Rebecca sintió cómo algo se le encendía por dentro.

Hasta entonces Nico le había gustado. Mucho.

Pero aquello era distinto. Aquello le había tocado un lugar que casi ningún hombre conseguía tocarle: el orgullo.

Porque no hay nada, absolutamente nada, que vuelva más irresistible a un hombre a los ojos de una mujer acostumbrada a ganar que descubrir que ese hombre puede resistírsele.

Ah, no , pensó Rebecca, recomponiéndose la melena, sonriendo para sus adentros mientras Nico le rellenaba la copa sin mirarla a los ojos. Ahora sí que no te me escapas. Ahora te quiero para mí.

Nico creía que la estaba frenando.

En realidad, la acababa de enganchar.

A la misma hora, al otro lado de Madrid, Alfonsina estaba sentada al borde de la cama de su madre.

Nilda había tenido una semana mala. El tratamiento la había dejado sin fuerzas, más delgada, más frágil, con esa palidez que a Alfonsina le encogía el alma cada vez que entraba en el cuarto.

Pero esa tarde estaba tranquila, despierta, con la luz dorada del atardecer entrando por la ventana y colándose entre las cortinas.

Y le había pedido a Alfonsina que se sentara con ella. Que hablaran. Las dos solas.

—Ven, hija. Siéntate aquí, que te vea.

Alfonsina se sentó. Le cogió la mano —esa mano que cada semana pesaba menos— y esperó, pensando que su madre querría hablar de la boda, de la fecha, de Federico. De todo aquello que la tenía atada.

Pero Nilda la sorprendió.

—Finin. —La llamó por el diminutivo de cuando era pequeña, el que hacía años que no usaba—. Te voy a decir una cosa. Y quiero que me escuches bien, porque a lo mejor no tengo muchas más tardes buenas para decírtela.

—Mamá, no digas eso...

—Déjame hablar. —Nilda le apretó la mano, con la poca fuerza que le quedaba—.

Llevo semanas mirándote. Aquí, desde la cama, no tengo otra cosa que hacer que mirar.

Y te veo, Finin. Te veo entrar y salir, te veo cuidarme, te veo con Federico.

Y hay una cosa que no he visto ni una sola vez en todos estos meses.

Alfonsina tragó saliva.

—¿Qué, mamá?

—No te he visto reír. —A Nilda se le quebró un poco la voz—. De verdad. Con toda la boca, como reías de pequeña, como reías antes de ese hombre. No te he visto feliz ni un solo día desde que llevas ese anillo.

Alfonsina bajó la vista a su mano. Se había puesto el anillo de nuevo a insistencia de Federico y allí estaba como una cadena en su dedo anular.

—Mamá, es que ha sido un año difícil, con lo tuyo, con todo...

—No me eches la culpa a mí ni a mi enfermedad. —Nilda negó con la cabeza, suave.

—No quise decir eso, mamá, pero obvio que estoy preocupada. Pero estoy bien dentro de lo que cabe.

—Yo sé lo que veo. Y lo que veo es a mi hija apagada. Encogida. Como si le hubieran bajado la luz. Y yo a ti te conozco bien, Finin. Sé cómo eres cuando eres feliz. Y no lo eres. Con él no lo eres.

A Alfonsina se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No sé de qué hablas, mamá. Federico es bueno. Paga tu tratamiento, te ha puesto la enfermera, la habitación del hospital, todo...

—Y ahí está. —Nilda la miró con una claridad tremenda, esa lucidez que a veces da la enfermedad—.

Ahí está el problema, hija. Que te vas a casar con él por mí.

Por mi tratamiento. Por mi habitación. Por mi enfermera.

Te crees que no me doy cuenta, pero soy tu madre.

Y no hay dolor más grande para una madre que ver a su hija encadenarse para salvarla a ella.

Alfonsina rompió a llorar. Sin ruido, dejando caer las lágrimas, incapaz de sostener más la mentira que llevaba meses cargando.

—Mamá...

—Escúchame bien, Finin, porque esto es lo más importante que te voy a decir en la vida.

—Nilda le tomó la cara entre las dos manos, temblorosas pero firmes—.

Yo no me pienso morir dejándote metida en una vida que no quieres.

¿Me oyes? No lo pienso permitir. Antes muerta, y mira que estoy cerca.

—Sonrió, entre lágrimas—. No quiero tu sacrificio.

No lo quiero. No hay tratamiento en el mundo que valga la felicidad de mi hija.

Prefiero irme sabiendo que vas a ser libre, que quedarme sabiendo que te até yo.

—Pero el dinero, mamá, la deuda, no podemos...

—El dinero se resuelve. Siempre se resuelve, de una manera o de otra.

Se vende la casa, se pide un préstamo, se hace lo que haga falta.

—Nilda le limpió una lágrima con el pulgar—.

Lo que no se resuelve, lo que no vuelve nunca, es una vida entera casada con quien no quieres.

Eso no tiene arreglo, hija. Eso es para siempre.

Alfonsina lloraba y asentía, lloraba y asentía, como si le estuvieran quitando de encima, piedra a piedra, un muro que llevaba meses aplastándola.

—Prométeme una cosa. —Nilda la miró a los ojos—.

Prométeme que vas a dejar a ese hombre. Que no te vas a casar con él.

Que vas a buscar eso que a ti te hace reír con toda la boca, sea lo que sea, sea quien sea.

—Le sonrió, con una picardía cansada—. Que yo no soy tonta, Finin.

Yo también te he visto la cara cuando hablas de cierto hombrecito, que no me termina de gustar del todo, pero que te hace sonreír como una boba.

Y esa cara sí que la conozco. Esa es la cara de mi hija feliz.

Alfonsina soltó una carcajada rota, entre las lágrimas.

—Mamá...

—Prométemelo. Que te vas a reír otra vez con toda la boca. Es lo único que te pido. Lo único que quiero llevarme.

—Te lo prometo. —Alfonsina la abrazó, con cuidado, con todo el amor del mundo, hundiendo la cara en el hombro frágil de su madre—. Te lo prometo, mamá. Te lo prometo.

Y las dos lloraron abrazadas, en la luz dorada de aquella tarde de domingo. Pero por primera vez en muchos meses, no eran lágrimas de las que pesan.

Eran lágrimas de las que liberan. Porque acababa de caer la última cadena.

La soltó su madre, desde una cama de enferma, con el gesto más valiente y generoso que puede tener una madre: soltar a la hija.

Alfonsina se separó, se secó las lágrimas, y por primera vez en un año, respiró hondo. De verdad. Hasta el fondo.

Tenía una promesa que cumplir. Y sabía exactamente por dónde iba a empezar.