Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Treinta y Cinco
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Capítulo Treinta y Cinco

P asaron tres semanas.

Tres semanas raras, suspendidas, en las que la vida de todos siguió su curso por caminos separados.

Nico, por primera vez en años, se dedicó a sí mismo.

Se encerró en su piso de Chueca —ese apartamento impecable que era su único orden— y lo puso patas arriba para volver a ordenarlo a su manera.

Limpió las ventanas hasta dejar los cristales invisibles.

Cambió una llave del baño que llevaba meses goteando, tic, tic, tic, volviéndolo loco, y que nunca había tenido tiempo de arreglar porque siempre había un fuego más urgente en algún restaurante de su hermano.

Pintó su habitación de un color nuevo, un verde muy suave, casi gris, que había elegido él solo, sin que nadie opinara.

Sacó la moto del garaje, la desmontó media tarde, le cambió el aceite, apretó lo que tocaba, y la dejó ronroneando como nueva.

Salió a correr por las mañanas. Durmió. Leyó. Pensó. Y obvio, vio futbol.

Y poco a poco, entre llave y llave, entre pared y pared, entre juego y juego, Nico fue notando algo que hacía mucho que no sentía: que las horas eran suyas.

Que no le debía su tiempo a nadie. Que, por primera vez en su vida adulta, cuando se levantaba por la mañana, la pregunta no era “¿qué se ha roto hoy?”, sino “¿qué me apetece hacer hoy?”.

Y aunque todavía no tenía ni idea de qué iba a hacer con su vida, aunque la pregunta grande seguía sin respuesta, había empezado a disfrutar del silencio necesario para escucharla.

Lo único que no conseguía apagar era el nombre que se le colaba en la cabeza a las horas más tontas.

Alfonsina. Alfonsina limpiando cristales.

Alfonsina cambiando la llave. Alfonsina en la moto detrás de él.

Alfonsina. Alfonsina. Pero eso, se decía, ya se le iría pasando. Todo da y pasa en esta vida.

O eso quería creer.

A lfonsina, mientras tanto, seguía en su rueda.

Los cuidados de su madre —que había salido del hospital, estabilizada, más frágil, pero en casa otra vez, con la enfermera de Federico de siete a siete—.

El trabajo en Ática, que sin Nico se había quedado más silencioso, más gris, sin el ruido de sus herramientas ni sus canciones malas ni sus tonterías subiendo por las escaleras.

Federico, con el que seguía en aquel limbo helado: ni juntos ni separados, él manteniendo las formas y los pagos, ella manteniendo la distancia, el anillo todavía en el cajón, sin ponérselo, sin devolverlo.

Y el hueco. El hueco enorme que había dejado Nico. Que Alfonsina notaba a cada hora, en cada rincón de Ática, cada vez que oía unos pasos en la escalera y por una décima de segundo pensaba que era él, y no era él, y nunca más iba a ser él.

Pero se aguantaba. Porque lo había dejado ir ella. Porque era lo correcto. Porque él estaba mejor así, buscándose la vida, libre. Y ella no tenía ningún derecho a echarlo de menos con la fuerza con que lo echaba de menos.

Así pasaron las tres semanas. Cada uno en lo suyo. Cada uno tragándose lo suyo.

Hasta que llegó el cumpleaños de Mateo.

M ateo cumplía treinta y cinco, y Vicky quería celebrarlo a lo grande.

—Es que este hombre nunca celebra nada suyo — le explicó a Alfonsina, tomándose un café en Ática mientras lo organizaban a escondidas—. Siempre pendiente de todo el mundo, de los restaurantes, de la gente, de mí. Este año no, nena. Este año le montamos una que se va a acordar toda la vida.

Y se pusieron manos a la obra, en secreto, con todo el equipo confabulando.

Buscaron una azotea en el centro de Madrid, con vistas, con terraza, de esas que quitan el aliento al atardecer. Contrataron una banda. Encargaron bebida. Y cuando llegó el tema de la comida, se montó la primera pelea cariñosa: Vicky insistía en contratar un catering.

—Es una fiesta y nadie tiene que trabajar, que para eso es el cumpleaños del jefe.

Pero los empleados se negaron en redondo.

—¿Cómo va a ser eso, Vicky? —protestó Ernesto, indignado—. ¿Comida de catering para el cumpleaños de Mateo Rey de Francisco, el mejor chef de Madrid? Ni de broma. La comida la hacemos nosotros. Con las mejores recetas de él. Faltaría más.

—Me da cosa que trabajen en la fiesta...

—No es trabajo. —Susana zanjó la discusión—. Es cariño. Que es distinto.

Y así quedó: Susana y Ernesto se encargarían de la comida, con la ayuda de media cocina, poniendo el alma en cada plato.

Y el resto se fue armando entre todos, como una conspiración de amor.

La nueva pastry chef —Micaela Febres, la que Alfonsina había fichado semanas atrás, una repostera de manos de oro que había resultado ser tan buena como prometía su currículum— se encargó de la tarta.

Y no hizo una tarta. Hizo un monumento. Un bizcocho enorme, de seis pisos, decorado con un mimo de orfebre, coronado por unas figuritas de azúcar que eran Mateo: Mateo el chef, con su chaquetilla y su gorro; Mateo el padre, con Gisela de la mano; Mateo el marido, con Vicky del brazo.

Las tres vidas del homenajeado, moldeadas en fondant, subidas a lo más alto de la tarta.

Cayetana, la dueña de Bloomingdale —la floristería donde trabajaba Vicky, su jefa y ya su amiga—, se encargó de la decoración junto a Xavi, su ayudante.

Y dejaron la terraza convertida en un jardín colgante: guirnaldas de luces y centros de mesa preciosos, un montaje digno de un evento para el Rey de la Mesa.

Invitaron a la familia y a los de siempre: a Gisela, que estaba loca de contenta con la sorpresa a su padre; a Axel; a doña Matilde; a Gonzalo Cifuentes, el abogado y amigo de la infancia de Mateo, el que le había llevado el divorcio y había oficiado su boda con Vicky; a algún que otro amigo de Mateo de toda la vida.

A Gladys, por supuesto —que llegó del brazo de Frankie, para regocijo cotilla de todos—.

A todo el equipo de los seis restaurantes.

Y, por supuesto, a Nico.

Que tomó una decisión terrible.

P orque Nico, en aquellas tres semanas de soledad y de silencio y de Alfonsina metida en la cabeza sin poder sacarla, había recibido las llamadas y los mensajes constantes de Rebecca Vilanova.

La periodista no se había rendido. Desde la entrevista no le había dado tregua: un mensaje por aquí, una llamada por allá, “¿un café?”, “¿una copa?”, “que tengo que corroborar un dato, en persona mejor”.

Y Nico, que las primeras dos semanas la había toreado con evasivas, en algún momento de la tercera —dolido, solo, harto de querer a una mujer que le había dicho: “no puedo” y que llevaba el anillo de otro, harto de esperar algo que no iba a pasar nunca— había decidido darse una oportunidad.

Devolverle una llamada. Aceptar un café.

Y otro. Y dejarse querer un poco por alguien que sí quería quererlo a la luz del día, sin secretos, sin barrotes.

Así que, a la fiesta de Mateo, Nico llegó acompañado. Del brazo de Rebecca Vilanova.

Que iba hermosísima. Deslumbrante. Vestido de infarto, tacones, melena, sonrisa de portada. Del brazo de Nico, guapo, recién afeitado, con una camisa que le sentaba de maravilla, riéndose de algo que ella le decía al oído.

Y Alfonsina, que estaba en la otra punta de la terraza con una copa en la mano, los vio entrar.

Y se quiso morir.

F ue la peor noche de su vida. O una de ellas.

Porque Alfonsina tuvo que quedarse ahí, sonriendo, felicitando a Mateo, charlando con Vicky, cumpliendo con todo el mundo, mientras a tres metros veía a Nico con otra.

Y no una otra cualquiera. La mujer más espectacular de la fiesta.

Riéndose con ella. Bebiendo con ella. Trayéndole una copa, poniéndole la mano en la espalda, inclinándose para escucharla entre el ruido de la banda.

Y cuando la banda arrancó y la gente empezó a bailar, y Nico sacó a Rebecca a bailar, y la cogió de la cintura, y se movieron juntos entre risas bajo las guirnaldas de luces...

Alfonsina no pudo más.

No tenía ningún derecho. Lo sabía. Ella lo había dejado ir. No tenía ningún derecho a sentir lo que estaba sintiendo, que era un dolor físico, real, una garra en el pecho, unos celos que le quemaban por dentro como ácido. Pero lo sentía igual. Vaya si lo sentía.

Y por si la noche no fuera ya bastante para Alfonsina, estaba Gonzalo.

Gonzalo Cifuentes, el abogado, el amigo de la infancia de Mateo, el que le había llevado el divorcio de Daniela y había oficiado su boda con Vicky, llevaba tres whiskys de más y una lengua cada vez más suelta.

—¿Bailas? —le preguntó.

Ella sonrió y se negó con cordialidad, y Gonzalo aceptó la derrota con una reverencia bastante menos firme de lo que pretendía.

Un rato después, cuando alguien pidió unas palabras..., Gonzalo se subió a una silla, copa en mano, con esa seguridad temeraria que dan los ebrios, y soltó un brindis que empezó bien y acabó, como todo lo suyo, en terreno pantanoso.

—¡Por Mateo! —arrancó, alzando la copa—.

Mi amigo del alma, al que conozco desde que éramos unos críos, cuando los dos nos meábamos encima en el colegio del Pilar.

Un hombre que ha tenido el valor de casarse.

¡Otra vez! Que eso, señores, tiene más mérito que ganar la lotería, porque casarse una vez es amor y casarse dos es no aprender.

—Risas—. Yo, que le llevé el divorcio y le oficié la boda, doy fe de las dos cosas.

Y les digo una cosa: si esta mujer —señaló a Vicky— aguanta a este cocinero cabezota, es que es una santa, o está tan buena que a él se le olvida discutir.

Que yo, viéndola, lo entiendo perfectamente, ¿eh, Mateo? Que tienes un ojo...

—¡Gonzalo! —Mateo, entre risas y horror.

—¿Qué? ¡Que es un piropo a tu señora, hombre! —Gonzalo, imperturbable, se giró hacia Vicky—. Vicky, cariño, si algún día este te cansa, tú me llamas, que yo divorcios hago rapidísimo y a los amigos les cobro la mitad. Es broma. —Pausa etílica—. O no.

—¡Baja de ahí, animal! —Mateo lo agarró del brazo entre carcajadas de todo el mundo, mientras Vicky se moría de la risa y Gonzalo se dejaba bajar de la silla con la dignidad intacta del que no recuerda nada de lo que acaba de decir.

Y hasta Alfonsina, en medio de su naufragio, tuvo que reírse. Porque Gonzalo achispado era un espectáculo, y porque a veces la risa es lo único que te sostiene cuando por dentro te estás cayendo a pedazos.

Aguantó lo justo, hasta que sacaron la tarta de seis pisos, hasta que se apagaron las luces, hasta que todos cantaron el cumpleaños feliz a un Mateo emocionado que no se esperaba nada de aquello y que abrazó a Vicky con los ojos húmedos.

Aguantó ese momento, porque era de Mateo, y Mateo se lo merecía, y no iba a estropeárselo.

Y en cuanto su jefe sopló las velas y estalló el aplauso y la fiesta se volvió ruido y alegría, Alfonsina dejó su copa en una mesa, cogió su bolso, se despidió de Vicky con una excusa —“mi madre, que la he dejado sola demasiado rato, mejor me voy”— y se fue.

Se fue sin que casi nadie lo notara.

Casi nadie.

Porque Nico, desde la pista, entre el baile y las luces y la mujer hermosísima que tenía entre los brazos, la vio irse.

Cruzar la terraza deprisa, con el bolso apretado, la cabeza gacha, hacia la salida.

Y algo se le encogió por dentro, algo que ni Rebecca, ni el baile, ni las tres semanas, ni todo el vino del mundo habían conseguido apagar.

La siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta.

Y se quedó bailando con otra, con el corazón a medio camino, saliendo detrás de una mujer que ya no estaba.

E sa noche, cuando llegó a su casa, ya de madrugada, Nico no pudo dormir.

Se quedó dando vueltas en la cama, en la habitación recién pintada de verde suave, pensando en la cara de Alfonsina al irse. En cómo había apretado el bolso. En cómo no había mirado atrás.

Y a las tantas, sin poder evitarlo, cogió el móvil y le escribió.

Una sola línea. Sin reproches, sin preguntas, sin exigir nada.

“De todo, lo mejor es saber que sigues bien”.

Le dio a enviar, y se quedó mirando la pantalla, esperando el doble check, esperando los tres puntos suspensivos, esperando algo.

A lfonsina lo leyó enseguida.

Estaba despierta, cómo no, en su cuarto, con la cara mojada, con el pañuelo de Nico —el segundo, apretado en la mano. Vio el mensaje aparecer en la pantalla, iluminando la oscuridad del cuarto, y se le rompió un poquito más el corazón, si es que quedaba algo por romper.

“De todo lo mejor es saber que sigues bien”.

Lo leyó tres veces. Cuatro. Se lo aprendió de memoria.

Y no contestó.

Porque, ¿qué le iba a decir? ¿Que no estaba bien?

¿Que se había ido de la fiesta porque no soportaba verlo con otra?

¿Que lo quería, que lo quería tanto que le dolía respirar, pero que seguía sin poder ofrecerle nada, atada como estaba a un anillo, a una deuda, a una madre enferma?

¿Para qué? ¿Para alimentar algo que no iba a suceder?

¿Para hacerle daño otra vez, para retenerlo cuando por fin él parecía estar rehaciendo su vida?

No.

Si Nico era feliz con aquella mujer —que podía quererlo a la luz del día, sin secretos, sin cadenas—, entonces ella lo iba a aceptar. Aunque le costara la vida. Aunque se muriera de celos cada noche. Porque eso también era quererlo: dejarlo ser feliz, aunque fuera con otra, lejos de ella.

Así que Alfonsina leyó el mensaje una última vez, lo dejó ahí, sin contestar, y apagó la pantalla.

Y se quedó a oscuras, con el pañuelo en la mano, aprendiendo la lección más difícil del amor: Que a veces querer a alguien es, precisamente, soltarlo.

Aunque el que se sueltes sea el último clavo al que estabas agarrada.