Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Treinta y Cuatro
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Capítulo Treinta y Cuatro

L a cena en casa de Gladys era el sábado a las ocho, y Mateo y Nico se pusieron de acuerdo para llegar juntos.

—Paso yo por ti —dijo Mateo—. Y llevamos algo decente para beber, que mamá se ha puesto misteriosa y no quiero llegar con las manos vacías.

Así que el sábado a las siete y media, Mateo pasó a recoger a Nico en su coche color vino, con dos botellas de las buenas —de las de verdad, de la cava de Ática— en el asiento de atrás.

Y los dos hermanos Rey de Francisco enfilaron hacia Chamberí, hacia el piso que olía a trementina y a eucalipto donde su madre había pintado media vida, sin sospechar lo que les esperaba.

G ladys les abrió la puerta. Y estaba guapísima.

No guapa de andar por casa. Guapísima. Con un vestido que no le habían visto nunca, el pelo arreglado, un toque de color en los labios, unos pendientes que solo se ponía en las ocasiones importantes. Radiante. Con un brillo en los ojos que, a Nico, al verla, le disparó todas las alarmas de golpe.

—¡Mis niños! —Los besó a los dos—. Pasen, pasen.

Y al pasar al salón, lo vieron.

Detrás de Gladys, de pie, levantándose del sofá con la naturalidad de quien ya se ha sentado ahí más de una vez, había un hombre. De unos sesenta años. Muy bien conservado, con el pelo blanco peinado hacia atrás, camisa buena, aire de tener posibles.

Mateo se tensó de arriba abajo.

Nico no dijo nada. Ni una palabra. Solo se quedó muy quieto, muy serio, midiendo al desconocido con la mirada.

—Muchachos —dijo Gladys, con una sonrisa que era pura ilusión—, él es Francisco. Un amigo que he invitado a cenar.

—Mucho gusto, muchachos. —El hombre les tendió la mano, cordial.

Mateo se la estrechó, correcto pero rígido. Nico también, sin soltar prenda, sin dejar de mirarlo.

Y entonces Nico buscó los ojos de su madre, esperando encontrar ahí una explicación, un “es un amigo de la asociación de pintores”, un “es el vecino del quinto”, cualquier cosa que devolviera el mundo a su sitio.

Pero para su absoluto terror, lo que encontró fue a Gladys mirando al fulano de las canas con los ojos brillantes, embelesada, como una quinceañera.

Esto no huele bien , pensó Nico. Esto no huele nada bien.

S e sentaron en el salón.

Y Gladys, atentísima con el tal Francisco —que si un poco más de vino, que si prueba estas aceitunas que te encantan, que si ponte cómodo—, dejó caer la bomba con toda la tranquilidad del mundo.

—Quería que lo conocieran. —Se sentó al lado del hombre, cerquita—. Porque últimamente Francisco y yo nos hemos hecho muy buenos amigos.

Nico se acomodó en el sofá, despacio.

Buenos amigos.

Eso de “buenos amigos” lo conocía él perfectamente. Lo había usado mil veces. “Es una buena amiga”, “somos muy buenos amigos”, “una amiga con la que salgo a veces”. Sabía exactamente lo que significaba la frasecita en boca de una persona con los ojos brillantes.

Su madre. Con un hombre. “Buenos amigos”.

Imposible. Sencillamente imposible.

Y entonces Francisco, carraspeando, poniéndose un poco solemne, soltó lo que había venido a soltar.

—Su madre es una gran mujer —dijo, mirándolos a los dos—. Y quería conocerlos. Y, sobre todo, pedirles a ustedes, que son lo más importante de su vida, que me den la oportunidad de cortejarla como se merece.

Silencio.

Un silencio espeso, absoluto, de los dos hermanos Rey de Francisco.

M ateo, como el más sensato, como el mayor, como el que sabía comportarse en sociedad, fue el primero en recomponerse y hablar.

—Mire, Francisco. —Carraspeó, midiendo las palabras, muy adulto, muy diplomático—.

Mi madre es una mujer adulta y libre. No necesita nuestro permiso para nada, y nosotros no somos quiénes para dárselo o negárselo.

Lo único que le voy a pedir es respeto y verdad hacia ella.

Que recuerde siempre que mi madre nos tiene a nosotros.

Y que, si no viene usted a sumar a su vida, a hacerla más feliz de lo que ya es... pues que no se arrime.

—Mateo. —Gladys lo miró, entre reprendiéndole y enternecida—. Que Francisco tiene su empresa, es un hombre serio, no es un...

—Qué bien que sea un hombre serio y responsable, mamá. Me alegro. —Mateo no se bajó del burro, con una sonrisa tensa—. Solo digo que, si no va a hacerte más feliz de lo que ya eres, mejor que no te complique la vida.

Francisco carraspeó otra vez, se acomodó en la butaca, y asintió, aguantando el tipo.

—Lo entiendo perfectamente, Mateo. Y me parece bien. Me comprometo, aquí, delante de ustedes dos, a tratar a su madre siempre con respeto y con honestidad. Tienen mi palabra.

Nico resopló.

Un resoplido corto, seco, elocuentísimo, que hizo que todas las miradas se volvieran hacia él.

—No basta la palabra. —Nico se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas, clavándole al pobre Francisco una mirada de sargento en un interrogatorio—.

Con el respeto que usted quiera, pero la palabra no basta.

Queremos hechos. Queremos verla a ella siempre sonriente.

Siempre feliz. Siempre bien tratada. ¿Entendido, Frankie?

—¿Frankie? —murmuró Francisco, descolocado.

—Frankie. —Nico no se inmutó; ya le había puesto mote al intruso, señal de que aquello iba en serio—.

Mire, se lo explico. Esta mujer que ve usted aquí ya tiene dos hombres en su vida.

Dos. Nosotros. Y ninguno de los dos le trae un solo problema.

Ninguno. Así que como usted sea el tercero que le traiga, aunque sea medio problema, aunque sea una lágrima, ya sabe con quién se las va a ver.

Con los dos. ¿Nos vamos entendiendo, Frankie?

Mateo, disimuladamente, alargó la mano y le apretó a Nico la rodilla. Modérate. Pero por dentro —y esto Nico no lo veía— Mateo estaba disfrutando cada palabra, porque su hermano pequeño estaba diciendo en voz alta, sin filtro, todo lo que él, el sensato, el adulto, se estaba tragando por educación.

—Por ahora —intervino Mateo, recuperando la compostura, tendiéndole la mano a Francisco—, solo queremos ver que todo evolucione para bien. Démonos tiempo.

Francisco le estrechó la mano, aliviado de que al menos uno de los dos aflojara.

Nico no aflojó. Se mantuvo firme, erguido en el sofá, sin dejar de vigilar al intruso con cara de “te tengo fichado, Frankie”.

Y Gladys, desde su sitio, mirando a su hijo menor montar aquel numerito de guardaespaldas ofendido, hizo algo que solo Nico vio: le guiñó un ojo.

Nico conocía aquel guiño desde niño.

Tranquilo, mi vida.

No se ablandó del todo, porque tampoco había que darle facilidades a Frankie, pero algo se le destensó en los hombros.

P asaron a la mesa.

Y durante la cena, con el vino de la cava de Ática ayudando a suavizar el ambiente, Francisco se fue soltando, contando su vida, tratando de ganarse a los dragones que custodiaban a su dama.

Tenía una empresa. Inmobiliaria, pero de una rama en concreto: propiedades turísticas por toda España.

Apartamentos, villas, chalés de alquiler vacacional de gama alta.

Le iba bien, se le notaba. Era viudo desde hacía seis años.

Y tenía dos hijas, las dos ya pasadas de los treinta, las dos casadas: una vivía en Inglaterra y la otra en Barcelona.

Nico lo escuchaba todo, asintiendo apenas, sin bajar la guardia, procesando cada dato como un investigador privado.

Viudo. Vale. Empresa propia. Vale. Dos hijas lejos.

Vale. Nada que objetar, de momento. Pero él seguía en su papel, porque una cosa era que el currículum estuviera limpio y otra muy distinta era fiarse.

—¿Y llevas tú solo la empresa? —preguntó Mateo, ya algo más relajado.

—Tengo un socio y un equipo bastante bueno. Yo cada vez intento delegar más. Mis hijas llevan años diciéndome que trabaje menos y disfrute un poco de la vida.

—Pues tus hijas son listas —dijo Gladys.

Francisco la miró y sonrió.

—Sí. Aunque últimamente tengo algún incentivo más para hacerles caso.

Gladys bajó los ojos hacia el plato, sonriendo como una quinceañera.

Nico dejó de masticar. Mateo lo vio por el rabillo del ojo.

—¿Quieres un poco más de vino, cariño?

Nico levantó la cabeza.

Mateo cerró los ojos un segundo.

Ahí estaba. Cariño.

Nico miró a su hermano.

Mateo le sostuvo la mirada y negó con la cabeza apenas un milímetro.

Ni se te ocurra.

Nico volvió al plato.

—¿Qué pasa, Nicolás? —preguntó Gladys.

—Nada.

—Pues deja de apuñalar la patata.

Nico miró el tenedor. Tenía una patata ensartada con una violencia innecesaria.

—Estoy cenando.

—Ya veo.

Y la velada, poco a poco, fue derivando en algo parecido a una cena agradable, con dos hijos vigilantes empezando, muy a su pesar, a aceptar que a su madre le brillaban los ojos por primera vez en años.

A l final de la cena, después de la sobremesa, del vino, del café y de los postres que Gladys había preparado con esmero, los dos hermanos se despidieron.

Besos a mamá. Un apretón de manos a Francisco —un poco menos rígido que al principio, todo hay que decirlo—. Y a la calle.

Y fue en el portal, en cuanto pusieron un pie en la acera, cuando a Nico le estalló lo que llevaba toda la noche incubándose.

—¿La vamos a dejar ahí? —Se paró en seco—. ¿Con ese hombre? ¿Sola? ¿En su piso?

—Es lo normal, Nicolás. —Mateo suspiró, buscando las llaves del coche—. Son dos adultos. Vamos.

—¿Lo normal? —Nico lo miró como si Mateo hubiera perdido la cabeza—. Mateo, que el tipo se va a quedar ahí. A solas. Con mamá. Y querrá... ya sabes... —Bajó la voz, horrorizado—. Querrá cosas.

Mateo se giró, muy despacio, y lo miró con una ceja levantada y una sonrisa que le empezaba a asomar en la comisura.

—Obvio que querrá cosas, Nico. —Se encogió de hombros—. Doña Gladys es una mujer guapísima. Los dos están solos. Los dos son viudos. Es sábado por la noche. Y ha quedado media botella de vino. Suma tú.

—¡Mateo! —Nico se llevó las manos a la cabeza—. ¿Y no te preocupa que nuestra madre...? ¡Que es MAMÁ, Mateo! Yo no puedo ni imaginarme que mamá... que mamá vaya a... —No fue capaz ni de terminar la frase. Le daba un sofoco.

Y Mateo se echó a reír. A carcajadas. Una carcajada enorme, de las que le salían del estómago, apoyándose en el capó de su coche color vino, señalando a su hermano pequeño muerto de la risa.

—Ay, Nico. Nico, Nico, Nico. —Se secó una lágrima de risa—.

Sí, hermano. Nuestra madre folla. Siente.

Y padece. Como todo el mundo. Es una mujer, no una estampita.

Y si ese señor la hace feliz, si le brillan los ojos como esta noche, ¿sabes qué?

—Mateo dejó de reírse poco a poco—. Ahora en serio, Nico.

Mamá cuidó de papá hasta el último día. Lo acompañó hasta el final y después se quedó sola.

Ha vivido para nosotros, para Gisela, para sus cuadros, para todo el mundo menos para ella.

Si ahora aparece un hombre decente que la hace ponerse un vestido nuevo un sábado y mirarlo como la hemos visto mirarlo esta noche...

—se encogió de hombros—. Pues que disfrute. Se lo ha ganado.

Eso sí lo entendía.

No le gustaba imaginar cómo pensaba disfrutarlo, porque tampoco hacía falta hacerse daño gratuitamente, pero lo entendía.

—Y ahora vámonos, anda, que Vicky me está esperando en casa. Y yo también tengo derecho a ser feliz un sábado por la noche.

Nico se quedó un segundo plantado en la acera, procesando aquello, con cara de niño al que le acaban de explicar algo que preferiría no haber oído nunca.

—Que sepas que eres un guarro —masculló, subiéndose al coche.

—Y tú un mojigato con la madre. —Mateo arrancó, todavía sonriendo—. Que tienes treinta y dos años y te acabas de escandalizar como si tuvieras doce.

—Es que es MAMÁ.

—Es que tú eres el niño de mamá, por eso te pones así. —Mateo lo miró de reojo, divertido—. Siempre has sido el que peor lleva compartirla.

—No soy el niño de mamá.

—Tienes treinta y dos años y acabas de intentar impedir que nuestra madre se quede sola en su propia casa con un señor.

—Porque no conocemos a Frankie.

—Se llama Francisco.

—Para ti.

Y Nico no contestó, porque era verdad, y porque en el fondo, muy en el fondo, debajo de todo el numerito de guardaespaldas ofendido, si su madre había encontrado a alguien que le devolviera el brillo a los ojos a estas alturas de la vida, después de todo lo que había dado por ellos...

Pues igual, solo igual, hasta se alegraba.

Un poco.

Pero a Frankie lo pensaba tener vigilado. Eso por descontado.