Capítulo Treinta y Tres
E l viernes, Alfonsina no fue a Ática.
Por dos razones. La primera, la de verdad, la que podía contar: a su madre le habían dado tratamiento el jueves y no había reaccionado bien.
Se había puesto mala por la noche —fiebre, vómitos, una debilidad que asustaba— y a primera hora de la mañana habían tenido que ingresarla al hospital para estabilizarla.
La segunda razón, la que no pensaba contarle a nadie, era que no habría soportado estar en Ática ese día.
No habría soportado ver a Nico recoger sus cosas, meter sus herramientas en una caja, y marcharse.
Había cosas que uno no puede mirar de frente.
Así que se pasó el día en el hospital, al lado de la cama de su madre.
L e habían dado una habitación privada. Amplia, luminosa, con sillón para acompañante, con todas las comodidades. Y no hacía falta preguntar quién la pagaba.
Federico llegó a media mañana, impecable, con un ramo y una caja de bombones que dejó en la mesita, y se movió por el hospital como se movía por todas partes: como si fuera suyo.
Habló con los médicos, se aseguró de que a Nilda no le faltara de nada, dejó caer, con esa naturalidad suya, que la habitación privada y los cuidados especiales corrían de su cuenta, que faltaría más, que para eso estaba la familia.
Y Alfonsina, esta vez, ni peleó.
No le quedaban fuerzas. Estaban distanciados —desde el portal, desde el zarandeo, desde los mensajes sin contestar, entre ellos se había abierto un abismo de hielo—, pero no lo había dejado.
No podía. Ahí estaba la prueba, en aquella habitación privada que ella no habría podido pagar en la vida, con su madre enchufada a una vía, estabilizándose gracias a unos cuidados que costaban un dineral.
El anillo seguía en el cajón de su casa, sin ponérselo, pero tampoco devuelto. En tierra de nadie. Como ella.
Federico se portó impecable todo el día. Atento, comedido, generoso. El novio perfecto de cara a la galería. Y Alfonsina lo dejó hacer, agotada, sin energía para la batalla, tragándose el asco y la gratitud a partes iguales, como llevaba haciendo desde hacía semanas.
A mediodía llegó Alexandra.
La hermana mayor. La de Huelva. Entró en la habitación con la maleta todavía en la mano, directa desde el AVE, y en cuanto vio a su madre en la cama se le rompió un poco la cara, aunque enseguida la recompuso, porque Alexandra era de las que se recomponen deprisa.
—He dejado a Sandra al frente de todo —dijo Alexandra mientras se tomaban un café malísimo de máquina—. El negocio, la casa, todo. Le he dicho que me tomo los días que hagan falta. Ahora mismo mi sitio está aquí. ¿Cómo la ves?
—Mal, Alex. —A Alfonsina le tembló la voz—. Está mal. Hoy la hemos tenido que ingresar. Pero los médicos dicen que la van a estabilizar, que es un bache del tratamiento, que se va a recuperar de esta. De esta.
—De esta. —Alexandra asintió, y las dos hermanas se entendieron en ese “de esta” todo lo que no se decían. Que la cosa iba hacia un sitio del que nadie vuelve.
Y se abrazaron, las dos hermanas, en un pasillo de hospital, con el café malo en las manos, compartiendo un miedo que no cabía en palabras.
Y el padre.
El padre de Alfonsina estaba que no se encontraba.
Iba y venía por la habitación, colocaba y descolocaba las cosas de la mesita, salía al pasillo, volvía a entrar, le preguntaba a la enfermera cosas que ya le habían contestado, le ajustaba la manta a Nilda, aunque no hiciera falta.
Un hombre grande, callado, que llevaba toda la vida al lado de aquella mujer y que no sabía estar en un mundo donde ella pudiera faltar.
No lloraba. No se quejaba. Solo se movía, sin parar, como si parándose se le fuera a caer todo encima.
Y así pasaron el día los cuatro. Alfonsina, Alexandra, su padre y Nilda dormida en la cama.
Hablaban poco y siempre bajito, como si todos hubieran llegado al acuerdo de no hacer demasiado ruido, de no asustarse unos a otros, de no ser el primero que se viniera abajo porque entonces, quizá, se venían abajo todos.
Federico entraba y salía, ajeno a esa intimidad de la que nunca formaría parte del todo, por mucho que pagara la habitación.
M ientras tanto, en Ática, Nico le pidió a Mateo hablar a solas.
—Sube al despacho —le dijo—. Tengo que contarte una cosa.
Subieron. Y antes de que Nico pudiera arrancar, Mateo, que venía de dejar a Gisela en el campamento después de la excursión del día anterior, soltó lo suyo primero, con el ceño fruncido:
—Oye, ¿a ti también te ha escrito mamá? —Se dejó caer en su butacón—.
Está rarísima. Nos ha invitado a cenar mañana por la noche.
A ti y a mí. Y a Vicky no, fíjate. Solo ella, tú y yo.
Los tres solos. Y cuando le he preguntado que a qué venía tanto misterio, me ha dicho que ya lo veríamos. ¿Tú sabes algo?
—Sí, me escribió. —Nico se encogió de hombros—. No tengo ni idea de qué se trae. Pero conociendo a mamá, algo trama. Doña Gladys no reúne a sus hijos para cenar sin motivo.
—Ya. Eso temo yo. —Mateo lo miró—. Bueno. ¿Y tú qué me querías contar?
Nico respiró hondo. Y lo soltó.
—Me voy, Mateo.
—¿Cómo que te vas? ¿A dónde?
—Me voy de Ática. Dejo la empresa. —Nico se sentó enfrente de su hermano, en el borde de la silla, con los codos en las rodillas—.
Necesito tomarme un tiempo. Parar. Reencontrarme conmigo mismo, si es que eso existe.
Llevo años siendo tu sombra, Mateo. Tu comodín.
El que tapa huecos. Y está bien, no me quejo, lo he hecho encantado.
Pero me he dado cuenta de que no tengo nada mío.
Nada. Y necesito irme a averiguar quién soy cuando no soy “el hermano de Mateo”.
Mateo se quedó mirándolo, serio.
—¿Es por lo de Alfonsina?
—Es por mí. —Nico negó—. Lo de Alfonsina es otra cosa, y también, no te voy a mentir. Pero sobre todo es por mí. Porque tengo treinta y dos años y no sé qué he hecho con mi vida.
Mateo se echó hacia atrás en el butacón, cruzó los brazos, y buscó, como buen hermano mayor, la manera de retenerlo.
—Mira, no. —Se inclinó hacia delante—. Escúchame.
Tú no te vas. Lo que hacemos es lo siguiente: te nombro vicepresidente de la corporación.
En serio. Con tu despacho, tu sueldo de verdad, tu equipo.
Se acabó lo de tapar huecos. Tienes galones, tienes peso, tomas decisiones.
Dejas de ser mi sombra y pasas a ser mi socio. ¿Eh? ¿Qué me dices?
Y a Nico se le encogió el corazón, porque sabía lo que le costaba a Mateo ofrecer aquello, sabía que era su manera de decir “te quiero, quédate”. Pero negó con la cabeza, despacio.
—No puedo, Mateo. Esta vez no. —Sonrió, triste—.
Y te lo agradezco. De verdad. Pero si me nombras vicepresidente, sigo siendo tu sombra, solo que con un despacho más grande.
Sigo siendo el hermano de. Y necesito, aunque sea una vez en la vida, saber qué soy yo solo.
Sin ti. Sin el apellido. Sin el imperio.
—¿Y qué vas a hacer?
—Arreglar mi apartamento, que lo tengo hecho un asco.
—Nico se río un poco—. Hacer deporte, que estoy fofo.
Arreglar la moto, que lleva meses tosiendo.
Dormir. Pensar. Y a ver qué se me ocurre.
Igual retomo la carrera, igual me monto algo, igual me da por criar ovejas en un pueblo perdido de Teruel, yo qué sé. Pero quiero descubrirlo yo. A mi ritmo.
Mateo lo miró un buen rato, en silencio. Y al final, como todo hermano mayor que no logra convencer, cedió, pero a su manera.
—Está bien. —Suspiró—. Si necesitas parar, para. Pero no me vengas con lo de vivir de tus ahorros como un mártir. Te pago un mes. Como unas vacaciones. Te las has ganado a pulso, has trabajado estos años como un animal, así que te tomas un mes pagado y punto, no se hable más.
—No, Mateo. —Nico levantó una mano—. Te lo agradezco, pero no. He ahorrado. Tengo para tirar un tiempo sin agobios. Y necesito hacer esto solo, con lo mío. Si me pagas tú, otra vez dependo de ti. Y de eso se trata precisamente, ¿no? De dejar de depender.
Mateo apretó los labios. No estaba acostumbrado a que su hermano pequeño le dijera que no. Pero por primera vez, vio en Nico algo que no le había visto nunca: una firmeza tranquila, una decisión que no era rebeldía ni pataleta, sino otra cosa. Algo adulto. Y lo respetó.
—¿Y qué va a pasar con Alfonsina? —preguntó Mateo, más bajo.
Nico tardó en contestar.
—Ella no me necesita.
—¿Se lo has dicho?
—Ayer.
Mateo levantó las cejas.
—¿Antes que a mí?
Nico lo miró.
—Sí.
Mateo entendió más de lo que Nico quería explicar.
—¿Y qué te dijo?
Nico bajó la vista.
—Que no me fuera.
Mateo guardó silencio.
—Entonces no me vengas con que no te necesita.
Nico apretó la mandíbula.
—No he dicho que no me quiera cerca. He dicho que yo no puedo arreglar lo que le pasa. Tiene lo de su madre, tiene al correcto, tiene la vida hecha un nudo... y yo estoy ahí todos los días queriéndola y esperando algo que ahora mismo no puede darme. Eso tampoco es bueno para ninguno de los dos.
—Nicolás...
—Y te tiene a ti. —Lo miró—. Cuídala, Mateo. Aunque no te cuente todo. Aunque te diga que está bien. Tú cuídala.
Mateo sostuvo la mirada de su hermano.
—Eso ni tienes que pedírmelo.
Silencio.
—Nicolás. —Mateo lo miró fijo—. No tomes decisiones a la ligera. Estas cosas, cuando se hacen en caliente, luego se lamentan.
Nico se levantó. Fue hacia la puerta. Y con la mano en el pomo, de espaldas a su hermano, negó con la cabeza.
—No es en caliente. Es todo lo contrario. La intención es precisamente esa: parar. Detenerme. Dejar de hacer las cosas en caliente y pensar, por una vez, con la cabeza fría. —Se giró a medias—. Es lo más en frío que he decidido en mi vida, Mateo.
Y Mateo, desde su butacón, lo miró marcharse con un nudo en la garganta.
—Siempre puedes volver cuando quieras —dijo—. Que te quede claro. Tu oficina se queda intacta. No la toca nadie. Y el día que quieras volver, sea dentro de un mes o de un año, aquí está tu sitio, esperándote.
Nico se paró en la puerta.
—Gracias, Mateo.
—Y otra cosa. —A Mateo se le puso la voz un poco ronca—.
No se te ocurra pasar dificultades. Si te hace falta algo, lo que sea, un euro, un consejo, una cama, me llamas.
Que eres mi hermano. Que te agradezco todo lo que has hecho por mí estos años, todo, aunque nunca te lo haya dicho como Dios manda.
Que sin ti yo no habría podido con todo esto. Que lo sepas.
Y ahí, a los dos hermanos Rey de Francisco se les rompió un poco la voz a la vez.
Nico cruzó el despacho de vuelta, y no lo pensó. Rodeó la mesa y abrazó a su hermano.
Un abrazo fuerte, de los de verdad, de esos que los hombres se dan pocas veces en la vida.
Mateo se levantó y se lo devolvió, palmeándole la espalda con fuerza, apretándolo contra él, los dos hermanos, grandotes, agarrados en mitad del despacho donde habían discutido, reído y trabajado codo con codo durante años.
—Cuídate, canalla —le dijo Mateo al oído, con la voz tomada.
—Y tú. —Nico le apretó más fuerte—. Cuida de todos. Y de ti.
Cuando se separaron, los dos tenían los ojos brillantes. Y los dos hicieron lo que hacen los hombres en esos casos: apartar la vista, carraspear, y limpiarse las lágrimas con torpeza, deprisa, con el dorso de la mano, como si el otro no lo hubiera visto, como si limpiándoselas rápido no contaran.
—Se me ha metido algo en el ojo —dijo Nico.
—A mí también. —Mateo se frotó los ojos—. Debe de ser el aire acondicionado, que está fatal.
—Sí. El aire acondicionado.
Y los dos se rieron, con los ojos rojos, porque era mentira y los dos lo sabían, y a veces la única manera de aguantar un adiós es fingir juntos que no duele.
Y Nico recogió sus cosas.
Metió sus herramientas en la caja —esas herramientas con las que había salvado Verso, arreglado neveras, cambiado tablas, sostenido un imperio— y echó un último vistazo a Ática, al restaurante que había sido su casa y su cárcel y su escuela durante tanto tiempo.
Guillermo, que lo sabía ya, se acercó a darle un abrazo y a soltarle, con los ojos húmedos, un “esto sin ti no va a ser lo mismo, Nico” que casi lo tira.
Susana le dio dos besos. Los de la cocina le dieron la mano.
Y se fue.
Salió a la calle de Chueca con su caja de herramientas bajo el brazo, respiró el aire de Madrid, y por primera vez en años, no tenía que volver corriendo a ningún sitio.
No tenía un fuego que apagar, ni un hueco que tapar, ni un marrón que resolver.
Solo tenía por delante un montón de tiempo vacío y una pregunta enorme:
¿Y ahora qué, Nicolás?
Y aunque le daba un miedo de muerte, aunque le dolía dejar a Alfonsina, aunque no tenía ni idea de qué iba a hacer con su vida, mientras caminaba solo por Chueca, Nico sintió, muy debajo del miedo y de la pena, algo que hacía muchísimo tiempo que no sentía.
Libertad.
Por primera vez en años, no era el hermano de Mateo, ni el comodín de Ática, ni el hombre que corría de un restaurante a otro arreglando los problemas de todos.
Era Nicolás Rey de Francisco, con una caja de herramientas bajo el brazo, unos ahorros, demasiado tiempo libre y ninguna puta idea de qué hacer con todo aquello.
Pero su vida volvía a ser suya.
Aunque para recuperarla hubiera tenido que dejarse el corazón por el camino.