Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Treinta y Dos
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Capítulo Treinta y Dos

N ico no durmió aquella noche.

Después de la entrevista, después de que se fuera la periodista con su fotoperiodista y su número de teléfono guardado, después de que el equipo se relajara y Mateo los invitara a todos a una caña para celebrar, Nico se fue pronto a casa, sin ganas de celebrar nada.

Y se pasó la noche en el balcón de su piso y una frase dándole vueltas en la cabeza como una piedra en una lavadora.

¿Y tú a qué te dedicas normalmente, Nico?

La pregunta de Rebecca. Una pregunta de trámite, de rellenar reportajes.

Y, sin embargo, cuando se oyó contestarla —cuando se oyó decir, con su gracia de siempre, que él “echaba una mano”, que “estaba donde hiciera falta”, que “apoyaba a su hermano en lo que surgiera”— algo se le había roto por dentro.

Porque al decirlo en voz alta, delante de una cámara, delante de Alfonsina, delante de su madre, se había escuchado a sí mismo por primera vez en años.

Y lo que había oído no le había gustado nada.

Un hombre de treinta y dos que no sabía señalar una sola cosa y decir: esto lo elegí yo .

Había dejado a medias una carrera de Ingeniería Mecánica Industrial, una carrera que se le daba bien, que le gustaba, para ponerse al lado de su hermano cuando Mateo empezaba a levantar aquello.

Y después había venido un restaurante, y luego otro, y luego otro más, y siempre había habido algo que arreglar, algún incendio que apagar, algún sitio donde Mateo lo necesitaba.

Y los años habían pasado. Nico había seguido siendo necesario.

Quizá ese había sido precisamente el problema.

Porque era muy fácil no preguntarse qué quería uno cuando siempre había alguien a quien ayudar.

Miró Madrid desde el balcón, con los brazos apoyados en la barandilla.

Mateo tenía un imperio. Tenía una profesión, una vocación, un nombre construido a pulso. Hasta Vicky estaba levantando ahora su propio camino en la escuela de cocina.

¿Y él? ¿Qué había elegido para sí mismo? No supo contestarse.

Pero sí recordó que le gustaba aquella carrera.

Y esa noche, en el balcón, tomó una decisión que llevaba años posponiendo sin saberlo.

E l jueves por la mañana, Nico entró en el despacho de Alfonsina con una cara que ella no le había visto nunca.

Ni la de galán, ni la de payaso, ni la de canalla encantador. Una cara seria. Casi tímida.

—Boquita de piñón. —Cerró la puerta tras de sí—. Tengo que decirte algo.

A Alfonsina se le encogió el estómago. Cuando Nico la llamaba “boquita de piñón” con esa voz suave, sin sorna, era que algo pasaba.

—¿Qué? —Dejó el bolígrafo—. Me estás asustando, Nicolás. ¿Qué pasa?

Nico no contestó enseguida. Cruzó el despacho, se dejó caer en una de las sillas de enfrente, con esa pesadez de quien no ha dormido dándole vueltas a algo, y la miró.

—Me voy.

Alfonsina sonrió, sin entender, esperando el chiste.

—¿A dónde, Nicolás? ¿A Verso? ¿A Raíz? ¿A San Sebastián?

—No. —Nico no le devolvió la sonrisa—. Me voy de verdad, Alfonsina. Me voy de Ática.

La sonrisa de Alfonsina se congeló.

—¿Qué?

—Fue ayer. En la entrevista. —Nico se pasó una mano por la cara—.

Esa mujer me preguntó a qué me dedico yo.

Una tontería, una pregunta de nada. Y me oí contestar.

Me oí decir que “echo una mano”, que “estoy donde hago falta”, que “apoyo a mi hermano”.

—Negó con la cabeza, con una amargura que Alfonsina no le conocía—.

Y me di cuenta, ahí, delante de todo el mundo, de que no tengo nada mío.

Nada. Que llevo años siendo la sombra de Mateo.

Tapando sus huecos, resolviendo sus marrones, sosteniendo su imperio.

Y que mi vida, mi vida de verdad, la dejé aparcada hace no sé cuánto y no he vuelto a mirarla.

—Nico...

—Dejé la carrera por esto, ¿sabes? —La miró—.

Ingeniería. La tenía casi acabada. Y la dejé para venir a echarle una mano a mi hermano “una temporada”.

Y esa temporada lleva años. Y aquí sigo.

De comodín. De segundo. De hermano de. —Tragó saliva—.

Y me he mirado al espejo y me he preguntado qué he hecho yo con mi vida.

Y no tengo respuesta, Alfonsina. No tengo ninguna respuesta.

Y eso me da un miedo que no te puedes imaginar.

Alfonsina se había quedado blanca.

—Mañana se lo digo a mi hermano. Hoy está de excursión con Gisela, con el campamento, así que tendrá que ser el viernes.

Y le diré que ese mismo día es mi último día aquí.

—Lo soltó, y al decirlo en voz alta pareció confirmárselo a sí mismo—.

Todavía no lo sabe. Quería decírtelo a ti primero.

—Se pasó una mano por el pelo—. Voy a tomarme unos días para arreglar unas cosas en mi apartamento, que lo tengo hecho un desastre.

Y luego... no sé. Viviré un par de semanas de mis ahorros, sin agobios, y buscaré algo que hacer con mi vida.

Algo que sea mío. Aunque sea pequeño. Pero mío.

—Nicolás...

—Que para jugador de fútbol ya estoy viejo. —Sonrió, con una tristeza que le partió el alma a ella—. Pero para pasear a los perros de los ricos de Salamanca todavía no. Algo encontraré.

Alfonsina se levantó de su silla.

No lo decidió. Le salió del cuerpo. Rodeó la mesa, se acercó a él, y Nico, al verla venir, se puso de pie y ella le tendió la mano, y él se la cogió, y quedaron los dos de pie, muy cerca, en mitad del despacho.

—No puedes dejarme, Nicolás. —A Alfonsina le temblaba la voz—.

No puedes. Hacemos el dúo perfecto, tú y yo.

Somos el mejor equipo que ha pasado por esta casa.

Yo... yo sin ti aquí no me encuentro. No sé estar en Ática sin saber que estás abajo peleándote con un cable o cantando barbaridades en la cocina o subiendo a decirme una tontería. No me hagas esto.

—No, boquita de piñón. —Nico negó con la cabeza, despacio—. Tú eres extraordinaria. Tú no me necesitas a mí. El chef sin ti se pierde, pero tú... tú brillas sola. Siempre has brillado sola. —Sonrió, triste—. Yo soy el que necesita irse a averiguar si brilla o no.

Alfonsina levantó una mano y le acarició la cara. La barba de tres días, la mandíbula, la mejilla. Un gesto que no se había permitido nunca, hecho ahora sin pensar, con los ojos llenos.

—No me dejes —susurró—. Por favor.

—Nunca te voy a dejar, Alfonsina. —Nico le cubrió la mano con la suya, apretándosela contra su cara—.

Eso que te quede claro. Nunca. Pase lo que pase, esté donde esté, yo voy a estar.

Pero esto... esto también lo hago para protegerme un poco, ¿sabes?

—Bajó la voz—. Tú estás liada con lo de tu madre, con tu compromiso, con toda tu vida hecha un nudo.

Y yo estoy aquí, todos los días, a tu lado, queriéndote sin poder decírtelo, y sé que eso te mete presión.

Una presión indirecta, callada, pero presión.

Y no quiero ser una cosa más que te pese encima de todo lo que ya cargas.

—Tú eres el que menos me presiona. —A Alfonsina se le escapó una lágrima—. Tú eres el único sitio donde puedo respirar, Nicolás. No te vayas. Por favor. No te vayas.

Nico sonrió. Una sonrisa dulce y rota a la vez.

Y Alfonsina, sin pensarlo, se puso de puntilla y lo besó. Despacio. Un beso suave, largo, triste, un beso que no pedía nada y lo decía todo, un beso de despedida, aunque ninguno de los dos quisiera llamarlo así.

Cuando se separaron, Nico apoyó la frente en la de ella.

—Necesito hacerlo, Alfonsina. —Lo dijo bajito, con los ojos cerrados—.

Necesito tiempo para pensar. Para entender qué quiero hacer con mi vida.

Qué soy yo sin estar pegado a Mateo, sin ser el hermano de, sin ser el que tapa huecos.

Llevo toda la vida a la sombra de mi hermano, haciendo lo que hacía falta, y nunca me he parado a pensar qué quiero yo.

Y ahora lo necesito. Necesito irme a averiguarlo.

Y ahí, con la frente pegada a la de él, Alfonsina lo entendió.

Entendió que Nico estaba decidido. Que no era un farol, ni un despecho, ni una manera de presionarla.

Que era una decisión honesta, madura, de un hombre que por primera vez en su vida quería averiguar quién era por su cuenta.

Y entendió, con un dolor que le subió desde muy hondo, que ella no tenía ningún derecho a impedírselo.

Porque, ¿qué le iba a ofrecer ella a cambio de que se quedara?

¿Que se quedara para verla casarse con Federico?

¿Para seguir a su lado, queriéndola en silencio, mientras ella cumplía con un compromiso que no podía romper, atada por el agradecimiento, por la deuda, por la enfermedad de su madre?

¿Para condenarlo a él a la misma jaula en la que estaba metida ella?

No. Eso no era querer a alguien. Eso era ser egoísta.

Ella estaba atrapada. Ella, con toda probabilidad, iba a tener que cumplir con aquel compromiso, tarde o temprano, por pura gratitud, por pura imposibilidad de salir.

Y arrastrar a Nico a esa tragedia, retenerlo a su lado solo para no sentirse tan sola en su propia cárcel, era lo más cruel que podía hacerle al hombre que quería.

Lo mejor que podía hacer por Nico —lo único de verdad generoso— era dejarlo ir.

Aunque se muriera por dentro.

—Está bien. —Alfonsina se apartó, despacio, y se secó la lágrima con el dorso de la mano, y le salió una sonrisa temblorosa, pero de verdad—. Está bien, Nicolás. Vete. Ve a averiguar quién eres. Te lo mereces más que nadie.

Nico la miró, sorprendido de que cediera, quizá esperando que peleara más.

—¿Lo dices en serio?

—Lo digo en serio. —Alfonsina tragó saliva—.

Vas a encontrar algo increíble, porque eres increíble.

Y el día que sepas qué quieres hacer con tu vida, el mundo se va a enterar, porque tú no sabes hacer las cosas a medias.

—Le tembló la voz, pero siguió—. Y yo voy a estar orgullosísima de ti. Desde donde sea que esté. Siempre.

Se quedaron un momento mirándose, los dos con los ojos brillantes, sabiendo que acababan de decirse muchas más cosas de las que las palabras alcanzaban.

—Gracias —dijo Nico, con la voz ronca—. Por entenderlo. Sabía que lo entenderías. Eres la única que siempre me entiende.

Y salió del despacho, dejando a Alfonsina de pie en mitad de la habitación, con la cara mojada y la mano todavía caliente de haberle acariciado la cara, sintiendo que acababa de hacer la cosa más generosa y dolorosa de toda su vida.

Dejarlo libre.

Cuando lo único que quería en el mundo era pedirle que se quedara para siempre.

Y cuando la puerta se cerró, Alfonsina se sentó en su silla, apoyó los codos en la mesa, hundió la cara en las manos, y por fin, a solas, se permitió llorar de verdad.

No por Federico. No por su madre. No por la deuda ni por el anillo.

Lloró por Nico. Por el hombre al que acababa de dejar marchar con una sonrisa mientras por dentro se le rompía todo. Por el único que la había querido bien, sin ataduras, sin facturas, sin jaulas. Por el único al que ella habría elegido, si su vida hubiera sido suya para elegir.

Lloró por lo que pudo ser y no iba a ser.

Y afuera, al otro lado de la puerta, en el rellano de la escalera, Nico se paró un momento, se apretó los ojos con el pulgar y el índice, respiró hondo, y se tragó lo suyo también.

Porque los dos estaban haciendo lo mismo, cada uno por su lado, sin saberlo: renunciar al otro por amor.

Que es la manera más tonta y noble que existe de quererse.