Capítulo Treinta y Uno #2
Alfonsina no se lo tragó ni medio segundo. Pero le duró el gesto de fastidio lo justo, porque tenía una periodista a la que atender.
A lfonsina la recibió, profesional y elegante, y fue presentándole a todo el equipo uno por uno.
—Mateo Rey de Francisco, el chef y propietario.
Susana, nuestra sous-chef. Ernesto, de nuestro restaurante Raíz.
Guillermo, parte fundamental de esta casa.
—Y cuando llegó a Nico, hizo una pausa mínima, y no pudo resistirse—.
Y este es Nico, el hermano de Mateo. La versión... menos formal de la familia.
Rebecca le tendió la mano a Nico con una sonrisa que se demoró un poco más de lo profesional.
—Pues a mí me parece la versión mejorada.
Alfonsina apretó los labios.
—Encantado. —Nico le estrechó la mano, cortés pero comedido, muy consciente de los ojos de Alfonsina.
Alfonsina condujo a Rebecca al salón, donde se desarrollaría la entrevista, mientras el fotógrafo empezaba a buscar ángulos y a preparar el equipo. Los demás se quedaron alrededor, procurando no estorbar y fingiendo bastante mal que no estaban pendientes de todo.
Y empezó la entrevista.
R ebecca era buena en lo suyo, había que reconocerlo.
Hizo hablar a Mateo de sus inicios, de cómo había levantado su primer restaurante de la nada, de la filosofía de su cocina, de los seis locales, del imperio.
Mateo, en su salsa, contó su historia con pasión y con gracia.
Se trasladaron a la cocina para unas tomas, con Mateo emplatando, explicando técnicas, luciéndose.
Y en mitad de todo aquello, Rebecca soltó la pregunta.
—Mateo, me han contado que estas últimas semanas, mientras tú estabas de luna de miel, quien sostuvo todo esto fue tu hermano. —Miró alrededor, buscándolo—. Nico, ¿verdad? Me gustaría entrevistarlo a él también. Ese papel entre bambalinas siempre me ha parecido de lo más interesante.
Nico, que hasta ese momento había estado estupendamente escondido detrás de los demás, señaló su propio pecho.
—¿Yo?
—Tú.
—Pero si el famoso es él. —Señaló a Mateo con el pulgar.
Mateo soltó una carcajada.
—Venga, hermanito. Ahora te toca a ti.
Y a Nico no le quedó más remedio que salir de su escondite.
Y contestó impecable.
Con gracia, con humildad, con ese carisma natural que tenía y que no se podía disimular.
Contó cómo había sido sostener seis restaurantes de golpe, las anécdotas, los sustos, la inundación de Verso, la inspección de Raíz, sin darse importancia, quitándole hierro a todo, haciendo reír a la periodista.
Pero en algún momento, mientras hablaba, mientras se oía a sí mismo contar lo que había hecho aquellas semanas, algo empezó a removerse por dentro de Nico.
Porque Rebecca, con su olfato de periodista, fue tirando del hilo.
Le preguntó a qué se dedicaba él normalmente, cuál era su papel en la empresa, qué hacía cuando su hermano estaba al mando.
Y Nico, contestando, escuchándose contestar, se dio cuenta —ahí, delante de todos— de una verdad que llevaba años sin querer mirar de frente.
Había hecho muchas cosas. Pero ninguna era suya.
Desde que dejó a medias la carrera de Ingeniería Mecánica Industrial para ponerse al lado de Mateo, había tapado huecos, apagado fuegos, arreglado averías, resuelto problemas, sostenido restaurantes enteros cuando hacía falta.
Había sido el segundo a bordo, el comodín, el hermano al que se llamaba cuando algo se torcía porque, de una manera o de otra, Nico siempre encontraba cómo arreglarlo.
Pero no había construido nada que llevara su nombre. Ni un proyecto. Ni un negocio. Ni siquiera un camino que hubiera elegido porque era suyo y no porque Mateo lo necesitara allí.
Mientras su hermano levantaba un imperio, él se había convertido en una pieza imprescindible de aquella maquinaria.
Imprescindible, sí. Pero intercambiable con cualquier problema que hubiera que resolver.
Y aquella revelación, escondida entre bromas y sonrisas durante una entrevista que ni siquiera era para él, le cayó encima como una losa.
Al terminar de contestar, Nico buscó, sin pensarlo, los ojos de Alfonsina entre la gente.
Y ella, que lo conocía, notó que algo había cambiado en él. Que detrás de la sonrisa para la foto, a Nico se le había encendido dentro una pregunta que no iba a poder apagar fácilmente.
¿Y yo qué he hecho con mi vida?
Y por si el día no fuera ya bastante complicado, estaba el asunto de Rebecca Vilanova y su coqueteo.
Porque la periodista, antes y después de la entrevista, no disimuló ni un poco.
Le río todas las gracias a Nico, le tocó el brazo más de lo necesario, lo miró más de lo profesional, y se acercó a él en cada oportunidad que tuvo, sin hacer demasiado esfuerzo por esconder que el interés ya no era únicamente profesional.
Y al final de todo, cuando ya recogían los bártulos, Rebecca se acercó a Nico con su mejor sonrisa y su móvil en la mano.
—Oye, Nico, dame tu teléfono. Por si al escribir el reportaje necesito corroborar algún dato, alguna fecha, algún nombre.
—Claro.
Nico le dio el número.
—Para lo que necesites.
—Para lo que necesite —repitió Rebecca, con una sonrisa que convirtió la frase en algo bastante menos profesional.
Y a un lado, Gladys, que no se perdía una y que tenía el ojo de madre calibrado para estas cosas, murmuró por lo bajo, meneando la cabeza:
—Pobre Nicolás. Su encanto siempre le ha jugado en contra.
Y Alfonsina, a dos pasos, con la tablet apretada contra el pecho, la vista clavada en la escena y la mandíbula tan tensa que le dolía no dijo absolutamente nada.
Pero por dentro, ardía.
Porque no tenía ningún derecho a estar celosa, ella, que llevaba el anillo de otro, que le había dicho a Nico “no puedo”, que lo apartaba una y otra vez, y sin embargo lo estaba.
Celosa como no lo había estado en su vida.
Celosa de aquella mujer perfecta y libre que podía coquetear con Nico a la luz del día, sin anillos, sin madres enfermas, sin barrotes de terciopelo, sin nada que le impidiera pedirle el teléfono y sonreírle y llamarlo cuando le diera la gana.
Todo lo que Alfonsina no podía hacer.
Y apretó la tablet, y apretó la mandíbula, y se tragó los celos muriéndose por dentro.