Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Treinta y Uno
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Capítulo Treinta y Uno

E l martes fue un caos, exactamente como Nico había vaticinado.

Se inspeccionó Ática hasta debajo de las alfombras, peor que en una inspección de sanidad.

Mateo estaba insufrible, repasando cada plato, cada copa, cada centímetro del local, obsesionado con que todo estuviera perfecto para la revista, y Alfonsina llevaba el asunto como una generala en campaña, con la tablet en una mano y el móvil en la otra, dando órdenes, cuadrando horarios, apagando fuegos.

Y, por si fuera poco, el restaurante estaba a tope.

La publicidad involuntaria de la Bernal —aquel video difamatorio— seguía haciendo de las suyas, y Ática llevaba días lleno de curiosos, con las reservas disparadas.

Así que el equipo estuvo hasta casi medianoche entre el servicio completo y los preparativos para la entrevista.

Y cuando por fin se fue el último cliente, cerca de las doce, Alfonsina no dijo “váyanse a casa”.

No. Alfonsina dijo:

—Hay que dejar esto impecable. Mañana a las ocho tenemos a la revista aquí y no quiero ni una miga en el piso. Vamos.

Y todos se pusieron en marcha.

L legaron hasta refuerzos.

Vicky se presentó directa desde la escuela de cocina, con el uniforme todavía puesto y el pelo recogido, dispuesta a arrimar el hombro.

Ernesto vino desde Raíz. Laura, la de las trenzas, desde Verso.

Y entre todos, cada uno sabiendo exactamente qué hacer, moviéndose como las piezas de un engranaje perfecto y bien engrasado, se propusieron dejar a Ática reluciente: sacar brillo a las copas, alinear las mesas, pulir el suelo, repasar la cocina hasta que se pudiera comer en el suelo.

Alfonsina y Vicky acabaron sacando lustre a la cristalería.

—Oye, nena, ¿y esto de la revista de dónde salió? —Vicky frotaba una copa a contraluz, con ese acento boricua suyo tan particular—. Porque Mateo no me había dicho ná.

—Se le pasó decírmelo a mí también. —Alfonsina puso los ojos en blanco—. A mí, que le llevo la agenda. Imagínate.

—Ay, bendito. —Vicky se río—. Es que ese hombre es un desastre organizado, chica. Bueno, desastre organizado no. Desastre a secas. Menos mal que te tiene a ti, que si no, este imperio se le cae en una semana.

—No te creas que no se lo recuerdo.

—Muy bien, mija. —Vicky le guiñó un ojo—. A los hombres hay que recordarles las cosas, que si no, se les olvida hasta cómo se llaman.

Y las dos se rieron, cómplices, con esa complicidad fácil que había ido naciendo entre ellas.

Y siguieron un rato así, pasándose las copas de una a otra, hablando de cualquier cosa mientras alrededor el restaurante bullía de escobas, cubiertos y protestas.

—Oye, nena —dijo Vicky al cabo de un rato, bajando la voz mientras examinaba otra copa a contraluz—. Tú estás bien, ¿verdad?

Alfonsina la miró.

—Sí. ¿Por qué?

—Por nada. —Vicky se encogió de hombros y siguió frotando—. Te noto como cansada. Pero cansada de aquí. —Se tocó el pecho con dos dedos—. No de sueño.

Alfonsina bajó la vista a la copa que tenía entre las manos.

—Han sido semanas complicadas.

—Ya. Con lo de tu mami y todo eso, me imagino.

—Sí.

Vicky asintió, sin hacer más preguntas.

—Pues cuando necesites hablar mierda de la vida, me llamas. Yo soy buenísima para eso. No resuelvo nada, pero escucho y digo “¡qué cabrón!” en los momentos apropiados.

A Alfonsina se le escapó una carcajada.

—Qué servicio tan completo.

—Cinco estrellas, mija. Y gratis, que eso en Madrid no se consigue.

Alfonsina sonrió y le pasó otra copa.

—Me lo apunto.

—Hazlo. Que uno necesita amigas también. No todo va a ser trabajar con esta familia de locos.

Y no insistió.

Alfonsina se lo agradeció más de lo que Vicky podía imaginar.

Y en ésas andaban cuando pasó Mateo, agotado, arrastrando los pies después de un día infernal, camino de la cocina con una caja de copas.

Y al pasar por detrás de Vicky, sin pararse, con toda la naturalidad del mundo, alargó la mano y le dio un buen apretón en el culo.

—¡Mateo! —Vicky se giró de golpe, con la copa en la mano, entre escandalizada y risueña—. ¡Que estamos trabajando! ¡Que hay gente! ¡Respétame!

—Perdón, perdón. —Mateo siguió andando, sin arrepentirse lo más mínimo, con una sonrisa de crío travieso—. Es que pasaba por ahí y estabas irresistible. Culpa tuya.

—¡No tienes vergüenza!

Pero lo dijo sonriendo, colorada, con ese brillo en los ojos de quien está enamorada hasta las trancas.

Y a un par de metros, Alfonsina y Nico, cada uno con un trapo en la mano, levantaron la vista al mismo tiempo. Y se miraron.

Solo un segundo.

Pero en ese segundo, los dos vieron lo mismo.

Vieron a Mateo y a Vicky —esa complicidad, esa manaza en el culo con confianza, ese “sinvergüenza” dicho con amor, esa intimidad de pareja que se quiere y se toca y se ríe sin pedir permiso a nadie— y los dos sintieron exactamente la misma punzada.

Porque eso, justo eso, era lo que ellos anhelaban.

Lo que no podían tener. La libertad de quererse a la vista de todos, sin anillos de otro, sin secretos, sin barrotes.

Se sostuvieron la mirada un instante más de la cuenta.

Y luego, casi a la vez, apartaron los ojos y volvieron cada uno a su trapo, a su copa, a su silencio.

A las tres de la madrugada, por fin, Ática quedó perfecta.

—A casa todos —ordenó Mateo—. Y gracias. De verdad. Mañana los quiero aquí frescos y guapos a las siete.

A l día siguiente, a las seis y media, ya estaban todos en Ática.

Y era un espectáculo verlos.

Mateo, impecable, con su chaquetilla de chef blanca inmaculada, el nombre bordado, hecho todo un patrón de imperio gastronómico.

Susana, la sous-chef , igual de pulcra, con su uniforme reluciente.

Guillermo, con su uniforme planchado como si fuera a recibir a la reina, encantado de salir en una revista, aunque fuera de fondo.

Y Nico, vestido con camisa blanca y americana, guapísimo, batallando —cómo no— con la corbata que no había manera de anudarse.

Cuando Alfonsina llegó, se encontró a Vicky peleándose con el nudo de la corbata de su cuñado.

—Ay ¡qué bueno que llegas, Alfonsina! —Vicky soltó la corbata, aliviada—. Yo no sirvo pa esto de los nudos, chica. Y este —señaló a Nico— con los nervios está que se sube por las paredes. Ayúdalo.

Alfonsina soltó el bolso en una de las sillas. Y se puso manos a la obra.

Pero esta vez fue distinto. Esta vez no se miraron a los ojos. Alfonsina levantó el cuello de la camisa, pasó la corbata alrededor, cruzó un extremo sobre el otro y empezó a hacer el nudo con unos dedos que le temblaron un poco.

Nico se dio cuenta. No dijo nada.

—Todo va a salir bien —murmuró ella, terminando el nudo.

Pero lo dijo más para sí misma que para él.

Nico tampoco contestó. Esperó a que ella terminara y, cuando Alfonsina deslizó el nudo hasta ajustárselo al cuello, bajó por fin los ojos hacia ella.

Entonces sí se miraron. Solo un instante.

Y en los ojos de Nico seguía estando todo lo de la mañana anterior: a aquella tristeza nueva de saber por fin qué los mantenía separados y no poder hacer nada para cambiarlo.

Alfonsina le alisó la corbata sobre el pecho.

—Ya está.

—Gracias, boquita de piñón.

Y ella apartó las manos.

Y entonces llegó Gladys.

La madre de los Rey de Francisco no se quería perder la entrevista por nada del mundo. Entró en Ática con una bandeja de chucherías caseras para picar —“que la prensa trabaja mejor con el estómago lleno, hijos míos”— y una sonrisa tan grande y contagiosa que iluminó el local entero.

—¡Mis niños! —Fue repartiendo besos—. ¡Qué guapos están todos!

Saludó a Alfonsina con un cariño especial, cogiéndole la cara entre las manos.

—Y tú, criatura. —La miró con ternura—. Gracias por lo que haces por mis hijos. Por llevarles la vida en orden, que, si no fuera por ti, estos dos andarían descalzos y sin peinar. Que lo sé yo, que los parí.

—Es mi trabajo, Gladys. —Alfonsina se puso colorada.

—Ya, ya. Tu trabajo. —Gladys le acarició una mejilla antes de soltarla—. Pues que te lo agradezcan como Dios manda, que estos hijos míos se acostumbran muy rápido a que les resuelvan la vida.

Gladys se fue a abrazar a Vicky, con la que se enredó enseguida en una charla de suegra y nuera —cosas de la escuela de cocina— mientras iba colocando sus chucherías y ayudando en lo que podía, sin estorbar, como esas madres que saben estar sin molestar.

A las ocho en punto, llegó la periodista.

Y con ella, un pequeño terremoto silencioso.

Rebecca Vilanova tenía fama de ser una de las periodistas más guapas y sexys de España, y bastaba verla entrar para entender de dónde venía la fama.

Melena, curvas, unos ojos que sabían exactamente el efecto que causaban, y una seguridad de mujer acostumbrada a que todos los hombres de la sala se giraran a mirarla.

Entró en Ática con su fotoperiodista detrás —cámara al cuello y trípode— y el ambiente, sutilmente, cambió.

Mateo la vio entrar, y por un instante se le fue la vista donde no debía. Pero notó de inmediato la mirada láser de Vicky clavada en él, y se recompuso a la velocidad de un rayo, carraspeando, muy digno, muy casado.

Y Nico y Mateo se cruzaron una mirada. Una de esas miradas de hermanos que contenían una conversación entera, porque los dos habían reconocido a Rebecca Vilanova al instante.

Años atrás, antes del periodismo, había participado en un certamen de belleza y protagonizado uno de aquellos calendarios de bikinis mínimos que había decorado más de una habitación de veinteañero madrileño.

Incluidas las suyas.

Nico miró. Miró un segundo de más, con esa media sonrisa involuntaria del que reconoce a la protagonista de sus recuerdos adolescentes.

Pero entonces sintió una mirada.

Y giró la cabeza, y se encontró con los ojos de Alfonsina clavados en él, con una ceja levantada y la mandíbula un poco tensa.

Y Nico, como un resorte, se recompuso. Se ajustó la corbata que ella misma le había hecho, cerró la boca, adoptó una expresión de indiferencia absoluta —“¿yo? ¿mirando? qué va, si ni me he fijado”— y disimuló como quien no quiere la cosa, tragándose la sonrisa tonta.