Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Treinta
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Capítulo Treinta

E l lunes por la mañana, Alfonsina llegó a Ática con el teléfono ardiendo.

Federico llevaba desde el domingo por la noche bombardeándola a mensajes. Decenas de ellos. Una lluvia constante que ella había ido leyendo, sin contestar ni uno, con el estómago encogido, viendo desfilar en la pantalla el repertorio completo del narcisista al que se le ha escapado la presa.

“Perdóname. Ayer perdí los nervios, pero tú también me provocaste”.

“Contéstame, por favor”.

“¿Así me vas a tratar? ¿Después de todo lo que hago por ti?”

“¿Cómo es posible que me hagas esto? Yo solo quiero que estemos bien”.

“¿Ves cómo me tratas? Uno se deja la piel por una persona y mira”.

“Espero que sepas reconocer cuánto me esfuerzo por nosotros, Alfonsina. No cualquiera haría lo que yo hago”.

“Llevas todo el día sin contestar. Muy bonito”.

Y así, uno detrás de otro, la culpa disfrazada de amor, el reproche disfrazado de perdón, el chantaje disfrazado de esfuerzo.

Alfonsina los había leído todos —el doble check azul que él vigilaba como un halcón— y no había contestado ninguno.

Por primera vez, no tenía fuerzas ni ganas de entrar a su juego.

Guardó el móvil en el bolso, respiró hondo, y entró en Ática dispuesta a refugiarse en el trabajo.

H abía movimiento en el restaurante.

Algo había pasado con una de las neveras industriales durante el fin de semana, y a esas horas de la mañana estaban Nico, con medio cuerpo metido en el motor del aparato, Mateo dando vueltas alrededor con cara de preocupación, y Guillermo, cómo no, opinando de todo sin que nadie se lo pidiera.

—Buenos días —saludó Alfonsina, con una sonrisa cansada.

—Buenos días, jefa —dijo Nico, sacando la cabeza de la nevera un segundo, buscándole la mirada.

Pero ella no se la sostuvo. Saludó al grupo en general, sin detenerse, y subió directa a su oficina. Se encerró. Y se puso a trabajar, o a fingir que trabajaba, con la cabeza en otra parte y el corazón hecho un desastre.

Abajo, Nico se quedó mirando las escaleras por las que ella había subido, con el ceño fruncido, sin acabar de tragarse aquel saludo de refilón.

A las nueve, Nico dejó la nevera a medias.

—Voy a mear —anunció, quitándose los guantes—. Ahora vuelvo.

Y en vez de ir al baño, subió las escaleras de dos en dos y tocó con los nudillos en la puerta del despacho de Alfonsina.

—Adelante —dijo ella, sin volverse.

Estaba de espaldas a la puerta, tecleando, atendiendo una bandeja de correos que se le había acumulado. Nico entró, cerró tras de sí y se apoyó en la puerta.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre una nevera rota y mi vida amorosa? —soltó, con su mejor voz de cómico—. Que la nevera al menos tiene arreglo.

Silencio.

Ella no se rio. Ni se giró.

Nico frunció el ceño.

—¿Estás bien?

Alfonsina siguió tecleando unos segundos, con los hombros tensos y la vista clavada en una pantalla que llevaba demasiado rato sin leer.

—¿Qué pasó ayer con el correcto? —preguntó Nico, ya sin rastro de broma en la voz.

Y entonces ella se giró.

Y Nico vio que tenía los ojos hinchados, la cara descompuesta, la mirada de quien llevaba toda la noche llorando y apenas había dormido.

Se le borró la sonrisa de golpe.

—No me digas que ese gilipollas te hizo algo. —La voz le cambió, cargada de una rabia que tuvo que tragarse antes de seguir—. Alfonsina, dime qué pasó.

—Nicolás, déjalo ya. ¿Está bien? No quiero hablar de eso.

—No está bien. —Nico cruzó el despacho, se acercó a ella y, al verla bajar la cabeza, le acarició el rostro con una ternura que no tenía nada que ver con la furia que llevaba por dentro—. Mírame. Dime qué pasa.

Alfonsina bajó la vista al suelo.

Y se le escapó una lágrima.

—Nicolás, tú eres una buena persona.

—¿Qué significa eso?

—Que no quiero hacerte daño.

Nico se quedó mirándola un momento y luego se puso en cuclillas frente a ella, para quedar a su altura, y le tomó las dos manos entre las suyas.

—No me estás haciendo daño por decirme la verdad.

Alfonsina tragó saliva.

—No sé ni cuál es la verdad ya.

A Alfonsina se le llenaron otra vez los ojos.

Nico le apretó las manos.

—¿Quieres seguir con él?

La pregunta la atravesó.

Pero aquella vez no tuvo que buscar la respuesta.

—No.

Algo se movió en la cara de Nico, una mezcla de alivio y dolor que intentó esconder y no consiguió del todo.

—Entonces déjalo.

Alfonsina bajó los ojos.

—No puedo.

Nico guardó silencio.

La miró unos segundos, desconcertado al principio, hasta que empezó a encajar las piezas.

Federico. El oncólogo. Los tratamientos.

La enfermera que había aparecido en casa de Nilda pagada por él.

Todo lo que Alfonsina le había ido contando durante aquellas semanas, cosas sueltas que de pronto dejaban de estar sueltas.

—Es por tu madre.

Alfonsina cerró los ojos.

No hacía falta explicar mucho más. Sabía lo suficiente.

—Joder, Alfonsina.

Ella retiró las manos de las suyas.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si fuera una cobarde.

Nico frunció el ceño.

—No te estoy mirando como si fueras una cobarde.

—Pues lo soy. —La voz se le quebró—. Sé que tengo que dejarlo. Sé que no quiero casarme con él, sé que no quiero seguir con él, sé que cada día que pasa estoy dejando que me ate un poco más... y aun así no lo dejo.

—Porque tu madre está enferma.

—Porque mi madre se está muriendo, Nicolás.

La frase cayó entre los dos.

Alfonsina se llevó una mano a la boca, intentando contener el llanto, pero ya no pudo. Nico volvió a tomarle las manos, y ella se aferró a las suyas como si llevara semanas esperando poder decir aquello en voz alta.

—Eso es lo que me da vergüenza —continuó Alfonsina—. Me da vergüenza saber que debería mandarlo al infierno y no atreverme porque el precio de hacerlo puede pagarlo mi madre.

Nico se quedó callado.

Y aquella vez no intentó decirle que dejara a Federico.

Podría haberle prometido que encontrarían el dinero, que Mateo ayudaría, que él haría lo que fuera, que entre todos sacarían a Nilda adelante.

Pero habría sido muy fácil decirlo desde el otro lado de aquella mesa, cuando no era su madre la que estaba enferma ni suya la decisión que podía poner en peligro el tratamiento.

Así que se quedó allí, frente a ella, sosteniéndole las manos.

—No eres una cobarde, Alfonsina.

Ella soltó una risa amarga.

—Pues se parece bastante.

—No. —Nico negó con la cabeza—. Estás intentando mantener viva a tu madre. Yo no sé qué haría en tu lugar, y no voy a hacerme el listo diciendo que sí.

Alfonsina lo miró.

Y aquello, precisamente aquello, fue lo que terminó de romperla.

Porque estaba acostumbrada a que todo el mundo supiera lo que debía hacer. Federico sabía lo que le convenía. Su madre sabía con quién debía casarse. Su padre sabía cuándo tenía que descansar. Todo el mundo tenía una respuesta, una solución, una opinión sobre su vida.

Nico no. Nico estaba allí delante de ella, diciéndole que no sabía.

Y por alguna razón, eso la hizo llorar todavía más.

—Ay, boquita de piñón... —murmuró él.

Se sacó del bolsillo un pañuelo de tela, limpio, planchado, perfumado, y se lo tendió.

Alfonsina lo miró y, a pesar de las lágrimas, casi sonrió.

—Ya me diste uno el día que me enteré del cáncer de mamá. Lo tengo en casa. Todavía no te lo he devuelto.

Lo que no le dijo —lo que no pensaba decirle— era que aquel primer pañuelo lo guardaba en un cofre, sobre la cómoda de su habitación, y que a veces lo cogía y lo olía para acordarse de él.

—Pues te quedas también con este. —Nico le puso el nuevo en la mano—. Y no me lo devuelvas. Los dos son tuyos.

Nico levantó una mano, le apartó un mechón de la cara y se inclinó para darle un beso en la frente, largo, quieto, sin pedirle nada a cambio.

—Lo único que te voy a decir es que no cargues con esto tú sola. Aunque no pueda arreglarlo. Aunque no tenga ni puta idea de cómo arreglarlo. Para escucharte sí sirvo.

—Sirves para muchas cosas más.

—Bueno, arreglo neveras.

Alfonsina volvió a reír entre las lágrimas.

—Vete a arreglarla, anda.

—Ahora voy. —Nico se incorporó, pero antes de soltarle la mano le apretó los dedos una vez.

Alfonsina levantó los ojos hacia él.

Nico le sostuvo la mirada un instante.

—Y ahora voy a terminar la puta nevera antes de que Mateo descubra que llevo veinte minutos meando y mande a Guillermo a buscarme.

Alfonsina soltó una carcajada entre las lágrimas.

—Vete, anda.

—A la orden, jefa.

Y salió, cerrando la puerta tras de sí, dejándola sola con el pañuelo nuevo entre las manos, el recuerdo del otro guardado en un cofre en su habitación y, por primera vez desde que había visto aquella factura en el hospital, la sensación de que al menos había una persona en el mundo que sabía exactamente por qué seguía dentro de aquella jaula y no la juzgaba por no saber todavía cómo salir.

A quel día fue largo.

Alfonsina se mantuvo encerrada en su despacho, saliendo lo justo.

Nico siguió peleándose con la nevera, cabizbajo, sin bromas, metiendo la rabia y la impotencia en tornillos y tuercas.

Mateo entró y salió varias veces, con reuniones fuera, ajeno al peso que cargaban aquellos dos desde aquella mañana.

Y por la tarde, sonó el teléfono del despacho de Alfonsina.

Era la redacción de Food & Wine España . Llamaban para confirmar una entrevista con Mateo Rey de Francisco —sobre sus restaurantes, sobre su imperio, sobre su trayectoria— para el miércoles a las ocho de la mañana, allí, en Ática.

—Sí, sí, por supuesto —contestó Alfonsina, profesional, tomando nota—. Aquí los esperamos.

Colgó. Y se quedó mirando la agenda, desconcertada.

Porque ella no tenía ni idea de aquella entrevista.

Nadie se la había comentado. Y ella era la que llevaba la agenda de Mateo, la que cuadraba cada compromiso.

Que se hubiera colado una entrevista con una revista sin que ella lo supiera era, sencillamente, imposible.

Cogió su tablet y fue hasta el despacho de Mateo, que acababa de llegar.

M ateo y Nico estaban comiendo algo ligero en el despacho, unos sándwiches, un par de refrescos, un descanso entre el caos del día. Y entró Alfonsina, con su tablet, su moño impecable, su traje que le sentaba como un guante y las medias de nailon oscuras, hecha una furia contenida.

—¿Le has dicho que sí a Food & Wine para una entrevista el miércoles a las ocho de la mañana aquí? —le soltó a Mateo, sin saludar.

Mateo siguió masticando, tranquilo.

—Sí. Me llamaron cuando ustedes estaban en Valencia y pensé que sería una buena oportunidad. Salir en esa revista es publicidad de la buena.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo?

—Se me pasó, Alfonsina. —Mateo se encogió de hombros, con la boca llena—. Con el lío de la nevera y todo, se me fue de la cabeza.

Y mientras ellos discutían, Nico la observaba en silencio desde su silla.

Observaba aquella boquita de piñón apretada por el enfado.

Aquel moño tirante. Aquel traje que se le ajustaba a cada curva.

Las medias de nailon oscuras. Y aquella liga que él sabía —porque lo sabía, porque lo había visto una vez y no lo había olvidado nunca— que llevaba a mitad del muslo, escondida bajo la falda correcta.

Y pensó que era una tortura, tenerla ahí delante, enfadada y guapísima e imposible, después de lo de la mañana.

—No te preocupes. —Alfonsina cerró la tablet de golpe, seca—. Yo me encargo de todo. Como siempre.

Y salió del despacho dando un portazo.

Mateo se quedó mirando la puerta, con el sándwich a medio camino de la boca.

—¿Y a esta qué mosca le ha picado? —Miró a Nico, entrecerrando los ojos—. Espero que tú no tengas nada que ver con su mal humor.

—Siempre soy el chivo expiatorio de este imperio. —Nico se levantó, se sacudió las migas—. Me voy, que, si el miércoles vienen los de la revista, habrá que dejar esto reluciente. Inspeccionar hasta debajo de las alfombras.

Y cuando llegó a la puerta, se giró un segundo.

—Y ve rezando para que el miércoles salga todo perfecto —añadió desde la puerta—. Porque como los de Food & Wine encuentren una mota de polvo, la próxima entrevista te la hacen en el tanatorio.

—Lárgate.

—Eso hago.

Y salió.