Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veintinueve
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Capítulo Veintinueve

E l sábado fue un paréntesis robado a la realidad.

Se levantaron tarde, sin prisa, sin despertador, por primera vez en semanas. Lo primero que hizo Alfonsina, todavía sentada en la cama y con el pelo revuelto, fue llamar a su madre.

—¿Cómo amaneciste, mamá?

—Viva, que ya es bastante —contestó Nilda—. Y muy bien cuidada. Esta mujer no me deja ni levantarme a buscar un vaso de agua.

—Pues hazle caso.

—¿Y tú? ¿Cómo va Valencia?

Alfonsina miró de reojo a Nico, que andaba por la habitación buscando una camiseta.

—Bien. Ya salvamos el restaurante. Mateo nos ha dado el fin de semana libre.

—Ah. —La pausa de Nilda llevaba demasiada intención—. ¿Con Nico?

—Mamá.

—Yo no he dicho nada.

Alfonsina sonrió a pesar suyo. Hablaron unos minutos más, hasta que Nilda prácticamente la echó del teléfono, asegurándole que estaba bien, que tenía a la enfermera y a su padre y que dejara de preocuparse por unas horas.

Desayunaron en la terraza del hotel mirando el mar, y luego se dejaron llevar por Valencia sin plan ninguno, que es la mejor manera de conocer una ciudad.

Pasearon por la Ciudad de las Artes y las Ciencias, y Alfonsina se quedó embobada con aquellos edificios blancos que parecían naves espaciales, y Nico le hizo mil fotos que ella juró que borraría y que no borró ninguna.

Se perdieron por el casco antiguo, por las callejuelas del Carmen, entraron en la Lonja, en la catedral, y comieron una paella de verdad —“la única paella de verdad del mundo es la valenciana, boquita de piñón, lo demás son arroces con cosas”— en un sitio pequeño que les recomendó un camarero.

Por la tarde volvieron a la playa, porque a Alfonsina, que había jurado y perjurado que ella no era de playa, le había cogido el gusto.

Y por la noche cenaron sin arreglarse, en chanclas, agotados y felices, y se rieron hasta que les dolió la tripa recordando anécdotas de Ática, imitando a Guillermo cantando coplas, a Mateo dando órdenes, a los clientes imposibles.

Fue un día entero de vivir como si nada más existiera. Como si no hubiera un anillo en un cajón, ni una madre enferma en Madrid, ni un compromiso imposible esperándola. Un día de ser, simplemente, Alfonsina y Nico. Dos personas que se gustaban, riéndose al lado del mar.

Y esa noche volvieron a dormir en la misma cama, cada uno en su lado, con esa distancia caballerosa que Nico se imponía. Y esa noche, otra vez, amanecieron enredados sin saber cómo. Y esta vez ninguno de los dos se molestó en fingir sorpresa.

E l domingo por la mañana desayunaron en el hotel —el último desayuno, con esa melancolía suave de lo que se acaba—, hicieron las maletas, y cogieron el AVE de vuelta a Madrid.

El viaje se les hizo corto porque iban hablando, riéndose, con las rodillas rozándose en el estrecho vagón.

Los dos sabían lo qué les esperaba al bajar en Atocha: Madrid otra vez.

El anillo, la enfermedad, Federico volviendo esa misma tarde de Ámsterdam, toda la vida hecha un nudo esperándola en el andén.

—Ha sido... —empezó Alfonsina, mirando por la ventanilla los campos que pasaban.

—Ya. —Nico no necesitó que terminara—. Lo sé.

—Gracias, Nicolás. Por estos días.

—Gracias a ti, boquita de piñón. —La miró—. Aunque hayamos ido a salvar un restaurante, ha sido... ha sido el mejor viaje de trabajo de mi vida.

Y no dijeron más, porque no hacía falta, y porque los dos sabían que aquello se acababa en cuanto pusieran un pie en Atocha.

N ico insistió en acompañarla hasta su casa.

—Que no hace falta, Nicolás, cojo un Uber y ya está.

—Que te acompaño. Llevas una maleta, y yo soy un caballero, ya lo hemos establecido. —Sonrió—. Te dejo en tu portal y me voy a casa. Ni subo.

El Uber los dejó frente al edificio de los padres de Alfonsina.

Se bajaron los dos, Nico sacó el equipaje y la caja de herramientas del maletero, y estaban ahí, en la acera, alargando la despedida un segundo más de lo necesario, cuando un coche negro, elegante, conocido, frenó justo detrás del Uber.

Y de él se bajó Federico.

A caba de llegar de Ámsterdam. Venía directo del aeropuerto, con su maleta de ejecutivo todavía en el coche, a ver a su prometida nada más aterrizar. Y lo que se encontró, plantado en la acera del edificio de ella, fue a Alfonsina, el equipaje y a Nico.

Se le descompuso la cara al instante.

—Vaya. —Cerró la puerta del coche con demasiada suavidad—. Qué bonita estampa.

—Federico. —Alfonsina se quedó helada—. No sabía que...

—Ya veo que no lo sabías. —Federico avanzó hacia ellos, con la mandíbula tensa, la mirada yendo de Alfonsina a Nico y de Nico al equipaje—.

Maleta y bolso de viaje. Un fin de semana.

Qué casualidad. Yo en Ámsterdam trabajando y tú de escapada con el...

—barrió a Nico de arriba abajo con desprecio— ... con el cocinero.

—Es trabajo, Federico. Hemos ido a Valencia a salvar un restaurante que...

—No me trates como a un imbécil, Alfonsina.

Y hubo algo en el tono —algo frío, algo peligroso— que hizo que Nico diera un paso adelante, poniéndose media cabeza por delante de ella, con la mandíbula apretada y los puños cerrándosele solos a los costados.

—Baja el tono. —La voz de Nico salió baja, controlada, pero con un filo que Alfonsina no le había oído nunca—. Ella te ha dicho la verdad. Fuimos a trabajar, los dos, porque Mareas estaba a punto de cerrar. Si tienes algo que preguntarle, se lo preguntas sin faltarle al respeto.

—¿Y tú quién te crees que eres? —Federico soltó una risa despectiva, encarándose con él—. ¿El fregaplatos de mi novia?

—Mira, te voy a...

—¡Nicolás! —Alfonsina se metió entre los dos, una mano en el pecho de cada uno, el corazón desbocado, porque los dos hombres se habían acercado demasiado, porque en la cara de Nico había una tormenta a punto de estallar, porque aquello se iba a ir de las manos en cualquier momento—. Nicolás, para. Por favor.

Nico la miró. Tenía la mandíbula tan apretada que le temblaba, los ojos negros de rabia, y las ganas de partirle la cara a Federico escritas por todo el cuerpo. Pero la miró a ella. A Alfonsina. A sus ojos suplicantes.

—Vete, Nicolás. —Se lo dijo bajito, solo para él, con una mano todavía en su pecho—.  Mi madre está arriba, enferma, y no está para disgustos, no está para broncas en el portal ni para que suba la vecina con el cuento. Vete, por favor. Yo subo y ya está. No pasa nada. Yo me encargo.

—No pienso...

— Confía en mí. —Le apretó el pecho con la mano, los ojos llenos—. Vete. Por mi madre. Por favor.

Y Nico, que habría dado cualquier cosa por quedarse, por plantarse ahí y no moverse, por defenderla, tragó saliva, miró a Federico una última vez.

—Está bien. —Se apartó, recogió su bolsa del suelo y la caja de herramientas, y le habló solo a ella, ignorando a Federico por completo—. Me voy. Pero cualquier cosa, lo que sea, a la hora que sea, me llamas y aparezco. ¿Me oyes, Alfonsina? A la hora que sea.

—Te oigo. Vete.

Y Nico se fue, digno, sin correr, sin mirar atrás, aunque cada paso le costara un mundo, dejando a Alfonsina en la acera con Federico y con una maleta y con un mal presentimiento clavándosele en el pecho.

E speraron a que Nico doblara la esquina.

Y en cuanto desapareció de la vista, la máscara de Federico, esa máscara de novio perfecto y comprensivo que llevaba semanas puesta, se cayó del todo.

—Sube. —Le agarró el brazo, con fuerza, y la empujó hacia el portal—. Sube, que tú y yo tenemos que hablar.

—Federico, suéltame, me haces daño.

Pero no la soltó. La metió en el portal, lejos de la calle, lejos de los testigos, y una vez dentro, en la penumbra del zaguán, la acorraló contra la pared de los buzones, muy cerca, con la mano todavía agarrándole el brazo, y le habló entre dientes, con una voz baja y venenosa que ella no le había oído jamás.

—Ahora me vas a explicar. —La zarandeó, una vez, con rabia contenida—. ¿Por qué te has ido un fin de semana entero con ese cualquiera? ¿Eh? ¿Qué has hecho? ¿Ya te has abierto de piernas con él?

—Federico...

—Llevo un año detrás de ti. —La zarandeó otra vez, acorralándola más contra la pared—. Un año suplicándote, —Y de repente te vas un fin de semana con ese muerto de hambre y te acuestas con él a la primera. ¿Es eso?

Y algo, dentro de Alfonsina, se rompió. Pero no de miedo.

De rabia. Toda la rabia acumulada de semanas —de la humillación, del chantaje, del anillo, de los barrotes de terciopelo, de sentirse comprada y vigilada y acorralada— le subió de golpe por el cuerpo, le encendió la sangre, y le salió por la boca con una fuerza que la sorprendió hasta a ella misma.

—¡SUÉLTAME! —Se zafó de un tirón, empujándolo, plantándole las dos manos en el pecho para apartarlo—. ¡Suéltame ahora mismo! ¡Y no te atrevas a hablarme así en tu vida! ¡Nunca más! ¿Me oyes?

Federico se quedó pasmado. Nunca la había visto así. Nunca le había levantado la voz. Nunca se había plantado.

—Alfonsina, baja la voz, que...

—¡No me da la gana de bajar la voz! —Le tembló todo el cuerpo, pero no dio un paso atrás—. Puedes preguntarme lo que quieras. Lo que no puedes es agarrarme, insultarme ni exigirme cuentas como si yo fuera de tu propiedad.

Y cogió su maleta del suelo, con la mano temblándole, pero la barbilla alta, se dio la vuelta, y se metió en el ascensor sin mirarlo, dejándolo ahí plantado en la penumbra del portal, con la boca abierta, con el guion roto, sin las palabras suaves y venenosas de siempre, sin entender qué acababa de pasar ni de dónde había salido aquella Alfonsina que jamás había visto.

Las puertas del ascensor se cerraron.

Y Federico, humillado, indignadísimo, sin haber conseguido lo que venía a conseguir, se dio media vuelta y salió del portal como una exhalación, subió a su coche, y arrancó haciendo chirriar las ruedas.

Y dentro del ascensor, mientras subía, Alfonsina se miró en el espejo.

Tenía las mejillas rojas, los ojos brillantes, la respiración agitada, y la marca de los dedos de Federico empezando a asomar, tenue, en la piel del brazo.

Pero por debajo del susto, por debajo del temblor, por debajo de todo, había otra cosa.

Se había plantado. Por primera vez en un año, le había dicho que no. Le había gritado. Se había soltado. Le había puesto un límite, alto y claro, sin miedo, sin excusas, sin ceder.

Y aunque le temblaban las manos, y aunque sabía que aquello no había hecho más que empezar, y aunque le esperaba arriba una madre enferma a la que no podía contarle nada de esto...

Alfonsina se sostuvo la mirada a sí misma en el espejo del ascensor.

Y se dijo, muy bajito, que no pensaba volver a dejar que aquel hombre le pusiera una mano encima nunca más.

Costara lo que costara.