Capítulo Veintiocho
A lfonsina se despertó en la cama.
Y lo primero que pensó, antes incluso de abrir los ojos del todo, fue: un momento. Yo no me dormí aquí.
Porque su último recuerdo era el sofá. Se había acostado en aquel potro de tortura, tozuda, decidida a pasar la noche allí, aunque le costara la vida, esperando a que Nico volviera de correr.
Y Nico no había vuelto, o ella no lo había oído volver, y en algún momento, rendida por el cansancio, se había quedado dormida hecha un ovillo en aquel sofá imposible.
Y ahora estaba en la cama. Tapada. Cómoda. Con la cabeza sobre una almohada mullida.
Se incorporó, desorientada, y buscó a Nico con la mirada. Estaba de pie frente al espejo, ya duchado, peleándose con una camisa blanca de manga larga —porque aquel día tocaba ir formales, elegantes, de inspección—, y al verla despertar le sonrió por el reflejo.
—Buenos días, bella durmiente.
—¿Cómo he llegado a la cama?
—Tranquila. Te he cargado. —Nico se giró—.
Es que estabas hecha un ovillo en ese sofá incómodo, con una postura que solo de verte me dolía a mí la espalda.
Así que, a las tantas de la madrugada, cuando volví de correr y te vi ahí, te cogí en brazos y te pasé a la cama.
Ni te enteraste. Dormías como un tronco.
—¿Me cargaste? —Alfonsina se puso colorada—. ¿Y tú dónde dormiste?
—En el sofá. —Nico se encogió de hombros, como si fuera lo más natural del mundo—. Aunque te confieso que ese sofá es un instrumento de tortura medieval. Tenías toda razón.
Y siguió arreglándose la camisa como si nada, como si cargar a una mujer dormida en brazos en mitad de la noche y cederle la cama y tragarse él el sofá fuera la cosa más normal del mundo.
Y Alfonsina se quedó mirándolo, con el corazón un poco tonto, pensando otra vez en aquella pregunta que no la dejaba en paz: ¿qué clase de hombre hace estas cosas?
A quel día tocaba la inspección.
Llegaron a Mareas guapos y formales —Nico con la camisa blanca y un pantalón de vestir, sin corbata; Alfonsina con un traje de chaqueta impecable, el pelo recogido, la coraza profesional puesta— y allí estaban ya esperándolos dos inspectores, con sus carpetas y sus caras de póker.
Y empezó la revisión.
Duró cuatro horas. Cuatro horas de repasar cada rincón de la cocina, cada papel, cada registro, cada cámara, cada protocolo.
Cuatro horas en las que Alfonsina desplegó toda su artillería administrativa —las alegaciones perfectas, la documentación al día, cada hoja firmada y en su sitio— y Nico enseñó cada rincón de la cocina, cada arreglo, cada mejora, con una seguridad y una competencia que no se le notaban cuando hacía el payaso.
Y al final de las cuatro horas, el inspector jefe cerró su carpeta, miró a su compañero, asintió, y les tendió la documentación con el sello.
Los inspectores salieron tras despedirse.
Habían pasado. Mareas estaba a salvo.
—Lo hemos conseguido. —Alfonsina cogió los papeles, incrédula, leyéndolos dos veces para asegurarse—. Nico, lo hemos conseguido. Está limpio. No hay cierre. No hay nada. Lo hemos...
No pudo terminar la frase.
Porque Nico, en un arranque de pura euforia, soltó un grito de alegría, la agarró por la cintura, la levantó del suelo en volandas, dio media vuelta con ella en el aire, y en la cresta de la emoción, sin pensarlo, la besó.
Un beso rápido, sonoro, feliz, un beso de celebración que le salió del cuerpo antes de que el cerebro pudiera frenarlo.
Y en cuanto la dejó otra vez en el suelo, se dio cuenta de lo que había hecho, y se puso colorado hasta las orejas.
—Perdón. Perdón, jefa, que fue la emoción. —Se apartó, atropellado, señalando los papeles como si tuvieran la culpa—. Que hemos salvado un restaurante, joder, que no es para menos. No... no ha sido nada. La emoción del momento.
—Ya. La emoción. —Alfonsina, con las mejillas ardiendo y el corazón a mil, intentó recomponer la compostura, aunque los labios todavía le hormigueaban—. No pasa nada. La emoción.
Y los dos se quedaron ahí, con los papeles del sello en la mano, colorados como dos críos, fingiendo muy mal que aquel beso no había significado absolutamente nada.
L lamaron a Mateo para darle la buena nueva.
—¡Esos son mis cracks! —La voz de Mateo estalló de alegría al otro lado del teléfono—. ¡Sabía que lo iban a conseguir! Lo sabía. Son los mejores. De verdad. Me han salvado Valencia.
—Ha sido cosa de los dos —dijo Alfonsina, con el altavoz puesto—. Nico se ha metido en esa cocina como un animal y...
—Que sí, que sí, que ya me lo imagino. Mi hermano cuando quiere, puede. —Se le oía sonreír—. Oigan, una cosa. Es viernes. Han trabajado como bestias tres días seguidos, sin parar, y se merecen un respiro. Así que se toman el fin de semana. Los dos. En Valencia. A mi cuenta el hotel.
—Mateo, no hace falta, podemos volver hoy mismo y... —estaba diciendo Alfonsina.
—Ni hoy ni mañana. Vuelven el domingo. —Mateo no admitía réplica—. Dos días para que hagan lo que les dé la gana en Valencia. Playa, paella, lo que quieran. Se lo han ganado a pulso. Es una orden de su jefe. Descansen.
Y colgó.
Y mientras Alfonsina se guardaba el móvil, pensativa, Nico —a su lado— hacía verdaderos esfuerzos por no ponerse a dar saltos de alegría. Dos días. Dos días enteros, sin trabajo, sin Madrid, sin Federico, en Valencia, con ella. Por dentro estaba montando una fiesta con confeti y orquesta.
Alfonsina lo miró de reojo. Luego pensó en Mateo, en aquel guiño que le había hecho a Nico durante el partido, en la facilidad con que acababa de regalarles dos días enteros en Valencia, y entrecerró los ojos.
—Mateo sabe algo.
—¿Qué dices? —Nico se hizo el loco—. ¿Qué va a saber?
—Nicolás.
—¿Qué?
—Mateo sabe algo.
—Mateo sabe muchas cosas. Tiene restaurantes. Es un hombre informado.
R egresaron al hotel después de almorzar, y Nico, en cuanto dejaron las cosas, se giró hacia ella con una idea entre ceja y ceja.
—Vámonos a la playa.
—¿A la playa?
—Estamos en Valencia, mujer. Hay una playa enorme ahí al lado, la Malvarrosa, con su arena y su mar y todo. Hace un sol de justicia. Y nos acaban de regalar el fin de semana. —Abrió los brazos—. ¿Qué mejor plan que la playa?
—Que no tengo traje de baño, Nicolás. —Alfonsina puso su mejor cara de excusa razonable—. No he venido preparada para la playa. He venido a salvar un restaurante, no de vacaciones.
—Pero, Alfonsina. —Nico la miró como si hubiera dicho la tontería más grande del mundo—. Que eso se compra. Que hay tiendas. Que Valencia está llena de sitios donde venden bañadores. No me seas aguafiestas.
Y así, sin comerlo ni beberlo, Alfonsina se encontró de tiendas con Nico una tarde de viernes, buscando un traje de baño que no tenía ninguna intención de comprarse esa mañana, dejándose arrastrar por aquel hombre imposible que convertía cualquier plan en una aventura.
Y terminaron en la playa.
Fue un error de cálculo de Nico, y lo supo en cuanto Alfonsina se quitó el vestido de verano.
Porque el bikini que había acabado comprándose —después de mucho mirar, mucho dudar, y mucho “este no, este tampoco”— era de un verde lima que le sentaba como un guante.
Un verde vivo, luminoso, que le resaltaba la piel, que le sentaba de escándalo, y que cubría exactamente lo necesario: ni demasiado, ni demasiado poco.
Lo justo para ser decente. Lo justo para volver loco a un hombre.
Y cuando Alfonsina se quitó el vestido, ahí de pie, sobre la arena, con aquel bikini verde, el pelo suelto y la piel bajo el sol de Valencia, Nico —que estaba tirado en la toalla haciéndose el interesante— tuvo que apartar la vista, tragar saliva, y encomendarse a lo más alto.
Señor , rezó para sus adentros, con los ojos cerrados y la cara vuelta hacia el cielo.
Señor, esto es una prueba en toda regla.
Oye, que yo te hice una promesa y la pienso cumplir, pero tú fíjate lo que me pones delante.
Fíjate. Que tu hijo también es débil, Señor.
Que tú mismo hiciste a Adán, y ya sabes cómo acabó aquello con una simple manzana.
Pues esta mujer es como la manzana esa, pero peor.
Muchísimo peor. Que me la comería aquí mismo, delante de todo el mundo, y no puedo, porque te fallaría a ti, y a ti no te puedo fallar.
Así que ayúdame un poco, ¿eh? Échame un cable. Que solo soy un hombre.
—¿Rezas? —Alfonsina lo miró, extrañada, poniéndose crema.
—¿Yo? Qué va. —Nico abrió los ojos de golpe—. Tomaba el sol. Concentrado. Con los ojos cerrados. Es una técnica.
—Ya. Una técnica. —Alfonsina sonrió, sin creérselo—. Estás rarísimo, Nicolás.
—Es el sol. Vamos a bañarnos, anda.
Y fue una tarde perfecta.
Se bañaron en el mar, que estaba fresco, azul y precioso.
Nico la salpicó, ella le devolvió el ataque con creces, y acabaron los dos jugando en el agua como dos críos, riéndose a carcajadas, olvidándose de Madrid, de Federico, del anillo, de la enfermedad, de todo lo que les esperaba a la vuelta.
Nico la cogió en brazos y amagó con tirarla al agua, ella gritó y se agarró a su cuello, y por un momento se quedaron así, en el agua hasta la cintura, muy juntos, mojados, riéndose, con las caras a un palmo.
Y Nico se contuvo —una vez más, siempre conteniéndose— y la soltó suave en el agua antes de que el momento se le fuera de las manos.
Hicieron castillos que no les salían. Se tostaron al sol.
Compartieron una horchata con fartons de un puesto de la playa.
Y cuando cayó la tarde, se cambiaron y se fueron a cenar a un restaurante pequeño cerca del mar, sin pretensiones, con las mesas en la arena, donde comieron pescado fresco y bebieron vino blanco y hablaron de todo, sin prisa, como si el mundo no existiera más allá de aquella mesa.
Fue, para los dos, uno de los días más felices que recordaban.
Y volvieron al hotel de noche, cansados, salados, felices, con esa pereza buena que deja un día entero de sol y mar.
Y esta vez, cuando llegó la hora de dormir, Alfonsina no discutió.
No hubo tira y afloja, ni sofá, ni orgullo.
Estaba agotada, estaba a gusto, y decidió, por voluntad propia, sin que nadie la empujara, que dormiría en la cama.
Cada uno en su lado, como personas civilizadas.
Se acostó, le dio las buenas noches a Nico, que se tumbó en su lado con una distancia prudente y caballerosa, y se quedó dormida casi al instante, arrullada por el cansancio y el rumor lejano del mar.
Y de madrugada, se despertó.
Y se encontró a sí misma recostada sobre el pecho de Nico.
No supo cómo había pasado. En algún momento de la noche, dormidos los dos, sus cuerpos se habían buscado solos, y ahora ella tenía la cabeza apoyada sobre aquel pecho ancho, cálido, que subía y bajaba despacio con la respiración, y una pierna de él enredada con las suyas, y el brazo de él rodeándole la espalda, sosteniéndola incluso en sueños.
Estaba pegada a aquel hombretón caliente, lindo, tibio, hermoso, que dormía plácidamente con ella encima, como si aquel fuera su sitio de siempre.
Y Alfonsina, en la penumbra, en vez de apartarse, sonrió.
Sonrió porque estaba bien. Porque se sentía segura. Porque hacía muchísimo tiempo que no dormía tan a gusto como sobre aquel pecho que olía a sol y a sal y a Nico.
Y sonrió también por lo absurdo de todo.
Porque aquel hombre la evitaba —se contenía, se frenaba, salía corriendo a la calle a medianoche con tal de no tocarla más de la cuenta— y sin embargo dormido, sin defensas, la abrazaba contra su pecho como si no pudiera vivir sin ella.
Y ella no entendía nada. No entendía por qué se apartaba despierto y la buscaba dormido.
No entendía qué se guardaba, qué lo frenaba, qué secreto escondía debajo de tanta broma.
Pero lo que sí tenía clarísimo —lo que ni todas las contradicciones del mundo podían cambiar— era que aquel hombre, la evitara o no, la buscara o no, no perdía ni una pizca de su atractivo.
Todo lo contrario.
Cada día que pasaba, cada gesto contenido, cada carrera a medianoche, cada beso robado con excusa de la emoción, lo hacían más irresistible.
Y Alfonsina cerró los ojos, se acurrucó un poco más contra aquel pecho tibio, y decidió que, por una noche, no iba a pensar en nada. Ni en Madrid, ni en Federico, ni en el anillo, ni en su madre, ni en el lío imposible en el que estaba metida su vida.
Por una noche, solo iba a dejarse dormir sobre el pecho del hombre al que quería.
Aunque a la mañana siguiente tuviera que fingir, otra vez, que aquello no había pasado.