Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veintisiete #3
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Capítulo Veintisiete #3

Empezó por los hombros, amasando despacio, encontrando los nudos, deshaciéndolos con una paciencia y una firmeza que Alfonsina no le habría atribuido nunca.

Subió por el cuello, con los pulgares, presionando justo donde dolía, y Alfonsina notó cómo la contractura empezaba a ceder, cómo el dolor se disolvía bajo aquellas manos, y sin querer se le escapó un suspiro de alivio.

—¿Ves? —murmuró Nico, muy cerca de su nuca—. Sé lo que hago.

—No está mal —concedió ella, con la voz más floja de lo que pretendía.

Nico siguió. Bajó otra vez a los hombros, a la espalda alta, a la nuca, y luego —quizá sin pensarlo, quizá pensándolo demasiado— deslizó las manos hacia delante, por los lados del cuello, hacia la clavícula, rozándole la piel del escote con las yemas de los dedos.

Y a Alfonsina se le cortó la respiración.

Porque de repente el masaje ya no era un masaje.

Era otra cosa. Aquellas manos bajando despacio por su cuello, por sus clavículas, acercándose sin llegar, y ella —traicionada por su propio cuerpo, muerta de deseo, deseando en secreto que aquellas manos bajaran un poco más, solo un poco más— apretó los labios para no delatarse.

Y Nico, detrás, libraba su propia batalla.

Notaba la piel de ella caliente bajo sus dedos, el pulso acelerado en el cuello, la respiración entrecortada, y sabía —sabía perfectamente— que estaba jugando con fuego, que debía parar, que aquello se le estaba yendo de las manos en el sentido más literal.

Pero no paró. Y cuando le pasó las manos por el cuello hacia el frente, rozándole el nacimiento del pecho, a Alfonsina se le escapó un gemido. Bajo, involuntario, de puro placer.

Y ese gemido lo trastocó todo.

Nico sintió el deseo golpearle con una fuerza brutal, sintió que se ponía duro contra su voluntad, y su cordura, que llevaba toda la noche haciendo equilibrios, se cayó del alambre.

Dejó que las manos bajaran poco a poco, despacio, hasta cubrirle uno de los pechos por debajo de la fina tela de la camiseta.

La piel suave, delicada. El pezón erecto contra su palma. El pecho firme llenándole la mano.

Alfonsina intentó contener el gemido y no pudo del todo. Echó la cabeza atrás, contra el hombro de él. Y Nico, perdido, se pegó a su espalda, bajó la cara a su cuello, y empezó a besárselo, despacio, saboreándolo.

—Hueles tan bien —murmuró contra su piel, con la voz ronca—. Y eres tan suave.

—Nicolás...

Él siguió. Le acarició los dos pechos, con las dos manos ahora, mientras le besaba el cuello, el hombro, la curva donde nacía el pelo recogido, mientras ella se derretía contra él sin apenas fuerzas para resistirse.

—Alfonsina. —Su voz era un jadeo—. Me gustas mucho. Me vuelves loco.

Y Nico, de golpe, se acordó.

Se acordó del último banco de la iglesia de San Pascual.

De su conversación con Dios prometiéndole que no la tocaría hasta que ella le diera el sí frente al altar.

Tú sabes cómo soy yo, pero esto te lo juro.

La única cosa sagrada que había prometido en toda su vida, y de que estaba a punto de romperla allí mismo, en un hotel de Valencia, después de jurarse que esta vez haría las cosas bien.

Y se detuvo. Poco a poco, con un esfuerzo que le costó cada músculo del cuerpo, retiró las manos. Apoyó la frente un segundo en la nuca de ella, respirando hondo, recomponiéndose.

Y se apartó.

—De verdad que lo siento, Alfonsina. —Le salió la voz rota—. Lo siento muchísimo. Me he pasado. No debí.

Alfonsina se giró, desconcertada, con el cuerpo todavía encendido, sin entender del todo qué había pasado ni por qué se había parado justo cuando ella menos quería que parase.

Y vio a Nico levantarse de la cama, coger una sudadera de su bolsa y ponérsela con manos que no le obedecían del todo.

—¿Qué haces?

—Voy a salir a correr. —Nico se sentó a atarse las zapatillas deportivas, sin mirarla, la mandíbula apretada—. Media hora. A ver si recupero la cordura.

—Nicolás, son las once de la noche.

—Ya. —Se puso una gorra, hacia atrás, y cogió la tarjeta de la puerta de entrada—. —Pero si me quedo aquí un minuto más, no creo que podamos detenernos.

La miró un último segundo desde la puerta —despeinada, encendida, preciosa, deseándolo tanto como él a ella— y tuvo que agarrarse al marco para no volver.

—Ahora vuelvo. Ponte cómoda. Duerme en la cama, que te la mereces más que yo.

Y salió de la habitación, huyendo, a correr media hora por las calles de una Valencia recién iluminada, a ver si el aire de la noche y el cansancio de las piernas le apagaban el incendio que llevaba dentro.

Dejando a Alfonsina sola en la habitación, sentada en el borde de la cama, con el corazón desbocado, la piel ardiendo, y una pregunta nueva dándole vueltas en la cabeza:

¿Por qué un hombre que la deseaba tanto —que ella había sentido cuánto la deseaba— se levantaba y salía corriendo con tal de no tocarla más de la cuenta?

¿Qué clase de hombre hacía eso?

Y por primera vez, Alfonsina comprendió que quizá llevaba meses equivocándose con Nicolás Rey de Francisco.