Capítulo Veintisiete #2
Y era verdad. Más verdad de lo que Alfonsina podía imaginar, porque Nico tenía sus propias razones, una promesa hecha en un banco de iglesia, un juramento que ella no conocía, para saber que podía dormir a su lado sin cruzar ni una línea.
Pero no se lo dijo. Solo esperó, en la oscuridad, por si ella cambiaba de idea.
—Es mejor así. —Alfonsina se acurrucó en el sofá, dándole la espalda a la cama—. Duerme, anda, que mañana va a ser otro día largo.
—Como quieras, cabezota. —Se le oyó sonreír en la oscuridad—. Buenas noches, Alfonsina.
—Buenas noches, Nicolás.
Y apenas dos minutos después, desde la cama, empezó a subir un ronquido suave, rítmico, tranquilo. Nico se había dormido. Así, sin más. Con la facilidad de un niño o de un hombre con la conciencia limpia.
Alfonsina, en la oscuridad, sonrió.
Sonrió por lo absurdo de todo, por aquel hombre imposible capaz de dormirse en dos minutos, por la ternura que le daba oírlo roncar bajito al otro lado de la habitación.
Y luego intentó dormir.
Y no pudo.
Porque el sofá era, en efecto, incómodo como el carajo. Duro donde tenía que ser blando, corto donde tenía que ser largo, con un reposabrazos que se le clavaba en el cuello hiciera lo que hiciera. Dio vueltas. Se cambió de lado. Dobló las piernas, las estiró, se hizo un ovillo. Nada. Imposible.
Y mientras se retorcía en aquel potro de tortura, muerta de incomodidad, oía a un metro y medio de distancia a Nico durmiendo plácidamente en una cama enorme, fresca, cómoda, con sitio de sobra para dos.
Puedes dormir conmigo. Cabemos de sobra.
Alfonsina apretó los ojos, tozuda, y decidió que iba a dormir en aquel sofá, aunque le costara la vida.
Lo que todavía no sabía es cuánto le iba a costar mantener esa decisión.
A lfonsina amaneció con el cuello torcido, la espalda hecha un nudo y un humor de perros.
El sofá había cumplido su amenaza: le había destrozado la noche entera. Se despertó varias veces, cada una en una postura más imposible que la anterior, y cuando por fin se hizo de día tenía una contractura en el cuello que no le dejaba girar la cabeza sin soltar un quejido.
Nico, en cambio, se levantó fresco como una rosa, descansado, silbando, insoportable, feliz.
Y durante el desayuno en Mareas, sentados frente al puerto —café, zumo y una tostada con tomate—, mientras Alfonsina intentaba girar el cuello con cuidado y ponía cara de mártir, Nico la observó por encima de su café, con una sonrisa lenta.
—Cuando regresemos esta noche al hotel —dijo, como quien no quiere la cosa—, te doy un masaje. Te dejo el cuello nuevo.
Alfonsina le sacó la lengua.
—Ni loca.
—Luego no vengas quejándote de que no puedes ni mirar a los lados como un búho estreñido —Nico se encogió de hombros, divertido.
—Prefiero el búho estreñido.
—Eso lo dices ahora.
E l segundo día en Mareas fue tan duro como el primero.
Más papeles, más cocina, más llamadas a la asesoría, más lucha con la inspección. Avanzaron mucho —el restaurante empezaba a estar presentable, las alegaciones casi listas—, pero acabaron reventados otra vez, y otra vez llegaron al hotel de noche, arrastrando los pies.
Y para colmo, el apagón seguía sin resolverse del todo.
Había vuelto la luz a la ciudad, sí, pero no al hotel. Una avería en la instalación provocada por el apagón mantenía todavía inutilizada buena parte del edificio, y el ala este seguía funcionando con el generador mientras terminaban las reparaciones.
En recepción se deshicieron en disculpas. Les descontaron el importe de la segunda habitación, la que no habían usado, y, como gesto de buena voluntad por las molestias, les mandaron a la habitación una botella de champán bien fría, cortesía de la casa.
Cuando entraron y Nico vio la botella sudando dentro de una cubitera sobre la mesa, se quedó mirándola un segundo, y sonrió de medio lado.
—Esta noche promete.
—No digas boberías, Nicolás. —Alfonsina dejó el bolso, roja solo de pensarlo—. El champán se queda en la cubitera. Estamos en un viaje de trabajo.
—Lo que tú digas, jefa. Lo que tú digas.
S e turnaron para ducharse, como la noche anterior.
Y cuando los dos estuvieron limpios, frescos, en ropa de dormir, ya relajados después del día bestia que habían pasado, con el aire acondicionado ronroneando y las luces de la ciudad brillando otra vez al otro lado de la ventana, la contractura de Alfonsina dijo basta.
Fue a girar el cuello para dejar el neceser y soltó un gemido de dolor, agarrándose el hombro, incapaz de mover la cabeza.
—Ay. Ay, no puedo. No puedo girar el cuello.
—Ven aquí. —Nico se incorporó en la cama—. Déjate y no seas terca, Alfonsina. Te lo dije esta mañana. Te doy el masaje y te pones bien. No voy a hacer nada raro. Soy un profesional de las contracturas.
—Tú no eres profesional de nada, Nicolás.
—Soy profesional de muchas cosas. Ven. Que te veo sufrir y me da pena. —Palmeó el borde de la cama—. Anda. Recógete el cabello.
Y Alfonsina, vencida por el dolor y por algo más que no quería nombrar, obedeció.
Se recogió el pelo en un moño alto, dejando el cuello y los hombros al aire.
Llevaba una camiseta de tirantes finos y unos pantaloncitos cortos —el pijama de verano que al final había ganado la batalla al de esquimal porque en Valencia en junio no había orgullo que aguantara—.
Nico llevaba unos boxers y una camiseta blanca pegada al cuerpo.
Se sentó ella en el borde de la cama, y él se colocó detrás, de rodillas sobre el colchón.
—Necesito crema. —Nico miró alrededor—. ¿Tienes crema? De manos, de cuerpo, la que sea.
—En el neceser. La de las piernas.
Nico cogió el bote, se echó un poco en las manos, se las frotó para calentarla.
—Relájate, mujer. —Le puso las manos en los hombros—. Que estás tiesa como una tabla.
—Lo intento.
Pero era mentira. Lo intentaba y no podía. Porque aquellas manos —aquellas manazas grandes, cálidas, ásperas de trabajar— sobre sus hombros desnudos no ayudaban absolutamente nada a relajarse. Todo lo contrario.
N ico se esmeró.