Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veintisiete
70%

Capítulo Veintisiete

E l día en Mareas fue una batalla campal.

Llegaron a mediodía y no levantaron cabeza hasta pasadas las diez de la noche.

Nico se metió en la cocina en cuanto cruzó la puerta y empezó a destripar el problema de la cámara de refrigeración con Lilliam pisándole los talones y el jefe de cocina explicándole el desastre.

Alfonsina, por su parte, se sentó con toda la documentación, el registro de alérgenos, las hojas de trazabilidad, y se puso a reconstruir el papeleo pieza por pieza, a redactar alegaciones, a llamar a la asesoría, a poner orden en el caos administrativo que había dejado al restaurante al borde del cierre.

Trabajaron como dos bestias. Cada uno en lo suyo, pero coordinados, como el dúo perfecto que eran, cruzándose de vez en cuando por el pasillo con un café, una pregunta, una actualización.

Y aunque no avanzaron todo lo que querían —aquello daba para dos días más, mínimo—, cuando por fin cerraron Mareas y salieron a la calle, agotados, sudados, muertos de hambre, tenían la sensación reconfortante de haber empezado a domar la fiera.

—Mañana seguimos —dijo Nico, estirando la espalda con un gruñido—. Pero hoy ya hemos hecho bastante. Vámonos al hotel, que necesito una ducha y una cama.

Y fue justo al llegar al hotel cuando Valencia decidió complicarles un poco más la noche.

S e fue la luz.

No solo en el hotel: en media ciudad. Un apagón general, de esos gordos, que dejó barrios enteros a oscuras y a la gente asomada a los balcones preguntándose qué había pasado.

El vestíbulo del hotel estaba iluminado por unas luces de emergencia mortecinas, y un recepcionista agobiado intentaba explicarle la situación a una cola de huéspedes cada vez más sudorosa.

—Lo lamento muchísimo —les dijo cuando les tocó el turno—.

Ha sido un apagón en toda la zona, no depende de nosotros.

Tenemos un generador, pero solo da para un ala del hotel, la del ala este.

Ahí hay luz y aire acondicionado. El resto del hotel está sin electricidad, y con este calor, las habitaciones se han convertido en hornos.

—¿Y nuestras habitaciones? —preguntó Alfonsina, con un mal presentimiento.

El recepcionista tecleó en un ordenador que funcionaba de milagro.

—Ustedes tienen dos individuales... —Frunció el ceño—.

Una está en el ala este, la que tiene generador.

La otra está en el ala oeste, sin luz ni aire.

—Levantó la vista, apurado—. Y me temo que no me quedan más habitaciones en el ala buena.

Están todas ocupadas. Con el apagón, todo el mundo ha querido cambiarse allí.

Alfonsina y Nico se miraron.

Una habitación con aire. Una habitación sin aire. Y ellos dos.

—La del ala este es la mía —dijo Nico, con una lentitud deliberada, empezando a disfrutar de la situación—. La reservaste tú, boquita de piñón. A mi nombre.

—Qué oportuno.

—El destino, que me quiere.

S ubieron. Y en cuanto entraron en la habitación de Nico —fresca, iluminada, con el aire acondicionado ronroneando como una bendición— y Alfonsina asomó la cabeza un segundo en la suya, al otro lado del pasillo —negra como boca de lobo, con un calor que golpeaba en la cara nada más abrir—, la cosa quedó clara.

Pero Alfonsina no pensaba rendirse tan fácil.

—Bueno. —Dejó su maleta en la habitación de Nico, con toda la dignidad del mundo—. Imagino que, como el caballero que eres, tú dormirás en el sofá y me dejarás a mí la cama.

Nico, que estaba dejando la caja de herramientas y la mochila de viaje en un rincón, se giró despacio, con una sonrisa canalla de oreja a oreja.

—Ni de coña.

—¿Perdona?

—Que ni de coña, jefa. —Se dejó caer en la cama, se probó el colchón, satisfecho—.

He trabajado como una bestia todo el día, me he metido hasta el codo en una cámara de refrigeración asquerosa, y merezco esta cama más que nadie en el mundo.

Además, técnicamente no es la primera vez que dormimos juntos.

—No son las mismas circunstancias, Nicolás. Estaba Gisela.

—Si tú eres tan digna y orgullosa... ahí tienes el sofá. Todo tuyo.

Alfonsina miró el sofá. Un sofá pequeño, tapizado en una tela dura, con pinta de haber sido diseñado por alguien que odiaba el sueño humano.

—Eres un maleducado.

—Soy un hombre cansado. —Nico se levantó, cogió unos boxers de su bolsa, una toalla—. Voy a ducharme. Tú ve decidiendo si prefieres tu horno del ala oeste o el lujoso sofá presidencial. Las dos opciones son estupendas, aunque la cama es grande y prometo que no ronco.

Y se metió en el baño, silbando.

A lfonsina probó el sofá.

Se sentó. Se tumbó. Cambió de postura. Puso un cojín aquí, otro allá.

Y confirmó lo que ya sabía: aquel sofá era duro como una piedra, corto como una desgracia, y dormir en él iba a ser una penitencia.

Pero volver a su habitación, al horno del ala oeste, en pleno junio valenciano, sin aire, sin luz, era imposible. Se asaría viva.

Y ahí estaba, atrapada en una disyuntiva ridícula: su orgullo contra su comodidad. El sofá de tortura contra la cama compartida con Nico. La dignidad contra el sentido común.

Estaba todavía rumiándolo cuando se abrió la puerta del baño.

Y salió Nico. En boxers de seda negros que no cubrían prácticamente nada, y todo el resto de Nico —el torso, los brazos, la espalda, las piernas, la barba mojada, el pelo revuelto y goteando— completamente al aire.

—¡Tío! —Alfonsina apartó la vista, colorada hasta la raíz del pelo—. ¡Tápate, que vas casi desnudo!

—Voy a dormir cómodo. —Nico, tan pancho, tendió la toalla sobre una silla—. Y agradece, boquita de piñón, porque yo normalmente duermo desnudo del todo. Que hoy me haya puesto los boxers es una deferencia hacia ti. Un gesto de caballerosidad que no todos sabrían apreciar.

—Eres imposible.

—Soy considerado. Es distinto. —Y le guiñó un ojo.

Alfonsina, sin mirarlo demasiado —o mirándolo lo justo, de reojo, lo que su fuerza de voluntad le permitía, que no era mucho—, cogió su neceser y su pijama y se metió en el baño con toda la prisa que pudo, huyendo de aquella estampa que no le convenía nada.

T ardó en la ducha más de lo debido.

Bastante más. Tanto que Nico, desde la cama, llegó a preguntarse si se habría dormido ahí dentro. La verdad era más simple: Alfonsina estaba usando el agua fría para bajar la temperatura de todo: del cuerpo, de las ideas, de lo que fuera que se le había disparado al ver salir a Nico del baño.

Y cuando por fin salió, salió armada.

Salió con un pijama de manga larga y pantalón, de algodón grueso, abrochado hasta el cuello, como si en vez de estar en Valencia en junio con un apagón estuviera a punto de salir a caminar por la estepa siberiana en pleno enero.

Nico, tumbado en la cama con el móvil, levantó la vista y se quedó mirándola. Y se echó a reír.

—Te vas a asar ahí dentro, Alfonsina.

—Estoy perfectamente.

—Vas tapada como un esquimal. Estamos a treinta grados. —Nico ladeó la cabeza, con una sonrisita—. Mira, si quieres apago la luz, te pones algo más cómodo y fresquito, y finjo que no te veo. Palabra de honor. No miro.

Alfonsina le torció le lanzó una mirada asesina que a Nico le encantó.

—Ni lo sueñes.

—Luego no te quejes del sudor.

Y en ésas, le sonó el móvil.

Federico.

Alfonsina sintió el pinchazo de siempre en el estómago, la sombra que la alcanzaba incluso en Valencia, incluso a oscuras, a mil kilómetros.

Miró la pantalla, miró a Nico, y sin decir nada salió al pequeño balcón de la habitación, corrió la puerta de cristal tras de sí, y atendió la llamada bajo el cielo negro de la ciudad apagada.

—Hola, Federico.

—Hola, cariño. ¿Cómo estás? Te noto rara.

—Estoy bien, es que... estoy cansada. Ha sido un día largo. —Se apoyó en la barandilla—. Estoy en Valencia, ¿sabes? Ha surgido una urgencia de trabajo con uno de los restaurantes, he tenido que venir a echar una mano.

—¿En Valencia? ¿Y eso? ¿Con quién has ido?

—Con... gente del trabajo. —Alfonsina miró de reojo, a través del cristal, la silueta de Nico tumbado en la cama—. A resolver un tema de una inspección. Cosa de un par de días.

No le dijo que estaba con Nico. Le dio la información justa, la mínima, la que no mentía del todo, pero tampoco enseñaba nada. Y se sintió, por una vez, sin una pizca de culpa por ello.

—Bueno, mi vida, tú descansa. Yo aquí sigo con lo del banco, mañana tengo otra jornada de reuniones. Te llamo mañana, ¿vale? Cuídate mucho. Y ya sabes, cualquier cosa, me llamas.

—Vale. Buenas noches, Federico.

Y colgó, y se quedó un momento en el balcón, respirando el aire tibio de la noche valenciana, con las luces de emergencia parpadeando en la lejanía, sintiéndose muy lejos de Madrid y de todo lo que esa ciudad significaba.

C uando volvió a entrar, se encontró una estampa que le dio ganas de reír y de tirarle un cojín a la vez.

Nico se había espatarrado en la cama como el dueño y señor del universo.

Ocupaba prácticamente todo el colchón, tumbado boca arriba, con un brazo doblado detrás de la cabeza, el otro sobre la barriga, y en la tele —que funcionaba, gracias al generador— había puesto las repeticiones de los goles de la jornada, y las veía con la placidez de un sultán en su harén, esperando tranquilamente a que ella volviera.

—¿Cómodo? —preguntó Alfonsina, con retintín.

—Muy cómodo, gracias. —Nico ni se giró—. ¿Y el correcto? ¿Bien?

Alfonsina no contestó a eso. No pensaba darle el gusto.

Cogió un cojín de la cama, el único que Nico no había acaparado, lo llevó al sofá de tortura, cogió una toalla limpia para usarla de sábana, se acomodó como pudo en aquel potro de castigo tapizado, y apagó la lamparita de la mesita de al lado.

La habitación quedó a oscuras, solo con el resplandor azulado de la tele.

—Puedes dormir conmigo. —La voz de Nico, desde la cama, tranquila—. Cabemos de sobra. No te voy a comer.

—No es conveniente, Nicolás.

—¿Por qué?

—¿Tengo que explicártelo?

—Puedo ser un caballero. —Lo dijo en serio, sin sorna esta vez—. Te lo prometo. Cada uno en su lado. No te toco.