Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veintiséis
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Capítulo Veintiséis

E l miércoles ardió Troya en el restaurante de Valencia.

Alfonsina lo supo a las ocho menos cuarto de la mañana, cuando aún no había terminado el primer café, por un mensaje de Mateo que decía, escuetamente: “Reunión en mi despacho. Ahora. Valencia. Es urgente”.

Y cuando subió, se encontró a su jefe de pie detrás del escritorio —no sentado en su trono, de pie, que era mucho peor— con el teléfono en la mano y una cara de un general la mañana de una batalla perdida.

Nico ya estaba allí, apoyado en la pared, serio.

—Mareas no ha pasado la inspección. —Mateo soltó el móvil sobre la mesa—.

Inspección sorpresa, ayer por la tarde, sin avisar.

Y ha sido gorda. Deficiencias en la cámara de refrigeración, un problema con el registro de alérgenos, papeles sin firmar, y no sé cuántas cosas más.

Si no lo arreglamos en tiempo récord y presentamos alegaciones bien hechas, nos pueden cerrar el restaurante.

Cerrar, ¿me oyen? El de Valencia. El que va como un tiro.

—¿Y Lilliam? —preguntó Alfonsina—. ¿Qué dice?

—Está sobrepasada, hija. Es buenísima en sala, pero de esto no sabe, y está al borde de un infarto.

—Mateo se pasó una mano por la cara—. Necesito a gente de mi confianza allí.

Ya. Alguien que sepa de papeles y de protocolos.

—Miró a Alfonsina—. Y alguien que sepa meterse en una cocina, entender qué falla y arreglarlo con las manos.

—Miró a Nico—. Los necesito a los dos. En Valencia. Hoy.

Se hizo un silencio.

—Yo no puedo ir. —Mateo se adelantó antes de que ninguno de los dos contestara—. Esta semana empiezan las grabaciones de la tercera temporada de La Mesa del Chef y llevo cinco semanas fuera. No puedo desaparecer ahora también.

Se pasó una mano por la cara.

—Y está Gisela. Llevo cinco semanas sin estar con mi hija como Dios manda y este fin de semana le toca conmigo. No voy a volver a dejarla por trabajo. No esta vez.

Miró a Alfonsina, y su cara se suavizó.

—Y lo siento mucho, Alfonsina. De verdad.

—Bajó la voz—. Sé que ahora mismo lo último que necesitas es irte de Madrid, con lo de tu madre.

Te dije que ibas a estar menos ocupada, que te ibas a poder tomar los días que hicieran falta, y ahora te pido justo lo contrario.

Me sabe fatal. Pero es que aquí se nos va la vida, hija.

Se nos va un restaurante entero, con toda su gente. No te lo pediría si no fuera así.

A lfonsina lo pensó un segundo. Solo un segundo.

Su madre tenía a la enfermera, de siete a siete, todos los días.

Su padre estaba pendiente por las tardes.

La situación, por primera vez en semanas, estaba cubierta.

Y Mareas era Mareas: casi cuarenta empleos, un restaurante entero, la gente de Mateo.

El prestigio de su jefe, uno de los hombres más nobles que conocía. No podía decir que no. No debía.

—Voy. —Asintió—. Claro que voy. Faltaría más.

—Gracias. —Mateo soltó el aire, aliviado—.

Gracias de verdad. Los quiero a los dos allí esta mañana.

Cojan el primer AVE que puedan. Quédense lo que haga falta: un día, dos, tres, hasta que Mareas esté limpio como una patena y las alegaciones presentadas.

Lo que cueste. Yo cubro el hotel, las dietas, todo.

Y desde aquí manejo lo que pueda por teléfono.

—Yo reservo el AVE y el hotel —dijo Alfonsina, ya en modo coronela, sacando el móvil, la cabeza a mil por hora—. Nico, tú prepara lo que necesites para meterte en la cocina de Mareas. Herramientas, lo que sea. Nos vemos en Atocha.

—A la orden, jefa. —Nico se separó de la pared, y por primera vez en toda la reunión, sonrió.

Y esa sonrisa, Alfonsina no la vio, porque ya estaba tecleando en el móvil, buscando billetes de tren.

Pero Mateo sí la vio.

Y Mateo, que sabía perfectamente lo que había entre aquellos dos, que llevaba días viéndolos orbitarse sin tocarse, disimuló una media sonrisa muy suya, y no dijo nada, y pensó, para sus adentros, que a veces el destino trabaja disfrazado de inspección de sanidad.

A lfonsina reservó los billetes del AVE de las once y media desde el móvil, en el taxi, de camino a su casa.

Y reservó también el hotel: un cuatro estrellas cerca del puerto, a ocho minutos de Mareas, dos habitaciones individuales, tres noches por si acaso.

Todo cuadrado, todo en orden, como a ella le gustaba.

Pasó por casa a hacer la maleta.

—¿Que te vas a Valencia? —Su madre, desde la cama, la miró preocupada—. ¿Ahora? ¿Y me dejas?

—Solo unos días, mamá. Cosas de trabajo, una urgencia gorda de un restaurante que no pasó la inspección de sanidad y nos han dado unos días para arreglar todo.

—Alfonsina metía ropa en la maleta a toda prisa—.

Pero te quedas de lujo, ¿eh? Tienes a la enfermera todo el día, que es un cielo, y a papá por las tardes, y a Alexandra al teléfono.

Y yo te llamo cada día, mañana y noche. Y si pasa cualquier cosa, cojo el primer tren y en dos horas estoy aquí. ¿Vale?

—Vale, hija, vale. —Nilda le cogió la mano—. No te preocupes por mí, que estoy bien atendida. Ve a trabajar. Y descansa un poco tú también, anda, que te vas a Valencia, que hay playa y buen tiempo. A ver si te da un poco el sol, que estás blanca como un papel.

—No voy de vacaciones, mamá. —Alfonsina se río—. Voy a salvar un restaurante.

—Ya, ya. —Nilda la miró con esa media sonrisa de madre que ve más de lo que le cuentan—. ¿Y va Mateo contigo?

—No. Mateo se queda. Voy con... —Alfonsina se concentró mucho en cerrar la maleta—. Voy con Nico. El hermano de Mateo. Que es el que sabe de arreglar equipos de cocina.

—Ah. —Nilda alargó la sílaba, con una entonación cargada de intención que Alfonsina prefirió no mirar de frente—. Con Nico. Qué bien.

—Es trabajo, mamá.

—Yo no he dicho nada, hija. —Nilda sonrió—. Anda, dame un beso y vete, que vas a perder el tren.

Alfonsina le dio un beso, le prometió llamar al llegar, saludó a la enfermera, y salió con la maleta rodando detrás, camino de Atocha, sin querer pensar demasiado en la entonación de su madre al decir “con Nico, qué bien”.

Y llegó a la estación con el tiempo justo, con la maleta, el bolso, el móvil en la mano y el corazón latiéndole un poco más rápido de lo que la urgencia de Mareas justificaba.

Y lo vio.

Nico estaba esperándola junto a las máquinas de billetes, con una mochila de viaje al hombro y una caja de herramientas en la mano —porque cómo no iba a llevarse Nico su propia caja de herramientas a salvar un restaurante—, vestido de sí mismo: vaqueros, camiseta, la cazadora, las botas, la barba de tres días.

Y en cuanto la vio aparecer entre la gente, arrastrando su maleta, se le iluminó la cara con una sonrisa que no tenía nada que ver con las inspecciones de sanidad.

Porque para Nico aquello, por muy trabajo que fuera, por muy urgente y serio, era otra cosa.

Era Valencia. Eran tres días. Era ella y él, solos, lejos de Madrid.

Lejos de Ática, lejos de Mateo, lejos del anillo, lejos de Federico, lejos de la sombra que los vigilaba a todas horas.

Tres días en otra ciudad, con el mar cerca, trabajando codo con codo como el dúo perfecto que eran, durmiendo cerquita.

A Nico le costó Dios y ayuda no ponerse a dar saltos en mitad de la estación de Atocha.

—Boquita de piñón. —La saludó, cogiéndole la maleta de la mano sin preguntar, como hacía siempre—. Qué puntual. Pensé que ibas a llegar con la lengua fuera.

—Yo siempre llego a tiempo, Nicolás. —Alfonsina le cedió la maleta, disimulando una sonrisa—. La que llega tarde es la gente desorganizada como tú.

—Oye, que traigo hasta las herramientas. Mira. —Levantó la caja, orgulloso—. Vengo preparado para lo que sea. Destornilladores, llaves, cinta... si hay que reconstruir Mareas ladrillo a ladrillo, lo reconstruimos.

—Espero que no haga falta tanto.

—Yo espero que sí. —Nico sonrió—. Así nos quedamos más días.

Alfonsina lo miró, y no supo qué contestar a eso, porque una parte de ella, una parte que no pensaba confesar ni bajo tortura, esperaba exactamente lo mismo.

Sonó el aviso por megafonía: el AVE con destino Valencia efectuaría su salida en breve, andén ocho.

—Es el nuestro. —Alfonsina echó a andar—. Vamos, que lo perdemos.

Y echaron a andar juntos por el andén, hacia el tren, con el equipaje, las herramientas y todo lo que no se estaban diciendo, rumbo a Valencia, rumbo a tres días lejos del mundo, rumbo a lo que fuera que les tuviera preparado aquella ciudad al lado del mar.

Ninguno de los dos lo sabía todavía.

Pero los dos, en el fondo, lo estaban deseando.