Capítulo Veinticinco #3
Y Alfonsina, que un segundo antes había creído que la soltaba, entendió que había pasado justo lo contrario: que ella misma le había puesto el anillo en la mano para que él se lo devolviera al dedo, que la había atado más fuerte con su propia colaboración, y que además le había dejado clarísimo, sin levantar la voz, quién mandaba.
Bajó la vista al anillo en su dedo y no dijo nada. No le quedaban fuerzas para nada.
—Descansa, mi vida. —Le dio un beso suave en la frente al despedirse—. Y no te preocupes por nada. Absolutamente por nada. Yo lo tengo todo controlado.
Y Alfonsina subió a casa con el anillo otra vez en el dedo, con la sensación de haber peleado una guerra y haberla perdido sin entender muy bien cómo, y con una certeza incómoda instalándosele en el pecho: que era más fácil dejar a un hombre que le gritara, que le hiciera daño, que se portara mal.
Que a un hombre así, tan atento, tan generoso, tan aparentemente bueno, tan hábil para acorralarla sin levantar la voz ni una sola vez, no había por dónde cogerlo.
Que la jaula más difícil de romper era precisamente la que estaba forrada de terciopelo.
Se durmió agotada, con el anillo pesándole en la mano.
Y a la mañana siguiente, la jaula se cerró un poco más.
A las siete de la mañana sonó el telefonillo.
Alfonsina, que se estaba preparando para ir al trabajo, con su padre ya desayunando y su madre todavía en la cama, fue a abrir extrañada —¿quién llamaba a las siete de la mañana desde el teléfono del portal? — y se encontró, al descolgar, con una voz desconocida.
—Buenos días. Vengo de parte de don Federico. Soy la enfermera.
—¿La... qué?
Y era eso. Una enfermera. Uniformada, amable, con su maletín y sus credenciales, plantada en el portal a las siete de la mañana.
Federico había contratado —y pagado— a una enfermera profesional para que cuidara de Nilda durante el día, para que la atendiera, le controlara la medicación, estuviera pendiente de ella mientras Alfonsina y su padre se iban a trabajar.
—Don Federico lo dejó todo organizado ayer por la noche —explicó la enfermera, pasando ya, profesional, quitándose la chaqueta—. Vengo de lunes a sábado, de siete a siete. Me han dado todas las indicaciones del tratamiento. Usted váyase tranquila a su trabajo, que de su madre me ocupo yo.
Alfonsina se quedó parada en el recibidor, sin saber qué decir, mientras la enfermera ya entraba en casa como si tal cosa, saludaba a su padre, preguntaba por la paciente.
No sabía si darle las gracias o echarse a llorar.
Porque era, objetivamente, un regalo enorme. Su madre atendida todo el día por una profesional. Su padre liberado de una carga que le venía grande. Ella, tranquila en el trabajo sabiendo que había alguien pendiente. Cualquiera habría dado las gracias de rodillas.
Y, sin embargo, mientras salía de casa hacia Ática, Alfonsina sentía que le costaba respirar otra vez.
Porque cada regalo de Federico era un barrote más.
Cada gesto de generosidad, una vuelta más de llave.
Ya no era solo el anillo, ni el tratamiento: ahora era una enfermera en su casa, pagada por él, cuidando a su madre.
¿Cómo se dejaba a un hombre que te ponía una enfermera para tu madre moribunda?
¿Cómo se rompía eso sin ser un monstruo?
De camino al trabajo, lo llamó.
—Federico. La enfermera. No... no tenías que hacer eso.
—Ah, ¿ya llegó? Estupendo. —La voz de Federico venía risueña, ligera, como quien no le da importancia a nada—. No es nada, cariño. Solo quiero que tu madre esté cómoda y bien atendida, y que tú puedas hacer tus cosas tranquila, sin la angustia de dejarla sola. Es lo mínimo. Ni lo menciones.
—Pero Federico, es que es mucho, no sé cómo...
—Que no, que no le des más vueltas. —La cortó, cariñoso—. Mira, te llamo también porque tengo que contarte una cosa. Me sale un viaje de trabajo, una reunión importante en la central del banco, en Ámsterdam. Salgo hoy mismo y no vuelvo hasta el domingo.
—Ah. Vaya.
—Ya, una lata, pero es lo que hay. —Hizo una pausa cálida—.
Pero te prometo que te llamo todos los días, ¿eh?
Todos. Para saber cómo estás tú y cómo va tu madre.
Y otra cosa: acabo de hacerte una transferencia.
Te he ingresado un dinero en tu cuenta, por si necesitas cualquier cosa para tu madre estos días que yo no estoy: medicinas, lo que sea, un capricho para ella o para ti.
No quiero que te falte de nada ni que tengas que preocuparte por el dinero en un momento así.
—Federico, no hacía falta que...
—Alfonsina. —Su voz se puso suave, íntima, la voz del hombre perfecto—.
Déjame cuidarte. Es lo único que quiero.
Si ocurre cualquier eventualidad, cualquier cosa, me llamas a la hora que sea, ¿me oyes?
A la hora que sea, y yo aparezco, esté donde esté.
No sabes cuánto te quiero, vida mía. Cuídate.
Y cuida a tu madre. Te llamaré todos los días, mi vida.
Y colgó, dejando a Alfonsina en mitad de la acera, con el móvil en la mano, más atrapada que nunca.
Porque no había nada que reprochar. Nada.
Federico se iba de viaje, sí, pero le dejaba una enfermera para su madre, dinero en la cuenta, promesas de llamar cada día, disponibilidad absoluta.
Sobre el papel, era el novio perfecto. El yerno perfecto.
El hombre que cualquier madre querría para su hija.
Y esa era la trampa. Que no había queja posible. Que si ella intentaba explicarle a alguien —a su madre, a su padre, al mundo— por qué quería dejar a un hombre así, sonaría a loca, a desagradecida, a niña caprichosa que no sabe la suerte que tiene.
Caminó hacia Ática con la certeza que salir de esa prisión le iba a costar más de lo que ella suponía.