Lo que pasa en Madrid (Lo que pasa en… 2) Capítulo Veinticinco #2
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Capítulo Veinticinco #2

Es solo hablar , se dijo. Le devuelvo el anillo, le explico que necesito tiempo, que con lo de mi madre no estoy para bodas, y ya veremos lo demás poco a poco. Es solo hablar.

E l Casino de Madrid, en la calle de Alcalá, era el terreno de Federico: mármoles centenarios, techos altísimos, lámparas de araña, camareros de chaquetilla blanca que se movían sin hacer ruido y que lo conocían por su nombre.

Un templo del poder viejo, de los apellidos con “de” en medio, de los negocios que se cierran con un apretón de manos entre el café y el coñac.

Federico era socio desde que su padre lo había apuntado al cumplir los dieciocho. Allí se sentía dios.

—Don Federico, su mesa de siempre. —El maître los guio entre las mesas con una reverencia—. Y permítame decirle, señorita, que está usted encantadora esta noche.

Alfonsina murmuró un gracias y se dejó llevar hasta un rincón junto a los ventanales, mientras notaba las miradas discretas de las otras mesas, matrimonios mayores, hombres de traje, señoras enjoyadas, posarse un segundo sobre ella y volver a sus asuntos.

Se sintió, como siempre que Federico la llevaba a su mundo, una intrusa con el vestido equivocado.

Había ido con un plan. Llevaba el anillo en el bolso, en su estuche, y el discurso ensayado en la cabeza. Lo había repasado en silencio durante todo el trayecto, sentada en el asiento del copiloto del coche de Federico, mientras él conducía hablándole de cualquier cosa sin sospechar nada.

—Pensé que después de la semana tan dura que llevas, con lo de tu madre, te vendría bien una noche agradable.

—Federico desplegó la servilleta sobre su regazo con un gesto elegante, sonriente, dueño de la situación—.

Cuidarte un poco. Que para eso estoy. Aquí se come de maravilla, ya verás. El chef es amigo mío.

—Federico. Gracias. De verdad. —Alfonsina respiró hondo, decidida a ir de frente antes de que el ambiente la ablandara—.

Y gracias, sobre todo, por lo de mi madre.

Por el doctor Ledesma, por el tratamiento.

No te imaginas lo importante que ha sido.

Pero necesito hablarte de una cosa, y necesito que me escuches.

—Claro, cariño. Lo que quieras. —Federico le hizo una seña al sumiller—. Pero primero pidamos vino, que aquí tienen un Vega Sicilia que...

—Federico. —Alfonsina abrió el bolso sobre el regazo, buscó el estuche con el anillo dentro, y empezó a sacarlo, discreta, para deslizárselo por encima del mantel—. No puedo seguir con esto. Te devuelvo el...

Y no llegó porque en cuanto Federico vio el gesto, el bulto del estuche asomando del bolso, su mano cruzó la mesa con una rapidez suave y le cubrió la de ella, apretándosela, deteniéndola en seco.

Sin brusquedad. Con una sonrisa amplia, cálida, de cara a la sala.

Cualquiera que mirara desde otra mesa vería a un hombre enamorado cogiéndole la mano a su chica.

—Aquí no. —Se lo dijo bajito, sin que se le moviera la sonrisa, con los dientes casi apretados—. Aquí no, Alfonsina. Guarda eso ahora mismo.

—Federico, suelta, quiero...

—Que lo guardes. —La presión de su mano aumentó un grado, sin dejar de sonreír, mientras con la otra saludaba con la cabeza a un matrimonio que pasaba—.

¿Tú sabes dónde estás? Media España que importa está cenando en esta sala.

Y tú vas a montar aquí un numerito de telenovela, con el anillo por encima de la mesa, para que mañana sea la comidilla de todo Madrid.

¿Eso es lo que quieres? ¿Humillarme delante de toda esta gente? ¿Humillarte tú?

Alfonsina se quedó paralizada, con la mano atrapada bajo la de él, con el estuche a medio salir del bolso, y de pronto consciente de las miradas, de los camareros, del silencio aterciopelado del comedor donde cualquier escena sería un escándalo.

Federico lo sabía. Por eso la había citado allí.

Aquel sitio era una jaula con lámparas de araña.

—Guárdalo —repitió él, dulcísimo—. Y hablamos como personas civilizadas luego, en un lugar más adecuado.

Y Alfonsina, con las mejillas ardiendo, volvió a meter el estuche en el bolso y lo cerró.

Federico le soltó la mano. Le acarició los nudillos, ya relajado, victorioso, y le hizo una seña al sumiller como si no hubiera pasado nada.

—Así me gusta. Dos copas del Vega Sicilia, Manolo, gracias. —Y volviéndose a ella, bajando la voz, con esa suavidad venenosa de siempre—. Ahora sí. Cuéntame qué es eso tan grave, pero sin espectáculos.

Y Alfonsina, en voz baja, casi derrotada, lo intentó igual.

—No puedo casarme contigo, Federico. No te quiero como se tiene que querer. Dije que sí en Sevilla porque me pillaste delante de todo el mundo, porque no supe reaccionar. Pero no es verdad. Y no es justo para ninguno de los dos.

Federico la escuchó sin inmutarse, dando un sorbo a su vaso de agua, con la paciencia de quien tiene todas las cartas.

—¿Has terminado? —Dejó el vaso—. Bien. Ahora escúchame tú a mí.

Estás agotada. Tu madre se está muriendo, llevas semanas sin dormir, y en un momento así uno dice cosas que no piensa.

Lo entiendo. No te lo tengo en cuenta. —Se inclinó un poco hacia ella—.

Pero déjame recordarte una cosa, ya que hablamos de tu madre.

¿Tú sabes cuánto llevo gastado en su tratamiento?

El doctor Ledesma, que es amigo mío y la ha metido en su agenda porque se lo pedí yo personalmente.

Los protocolos que traigo de fuera. Lo que no cubre la seguridad social.

—Sonrió, sirviéndole el vino que acababa de llegar—.

Tu madre está viva gracias a eso. Gracias a nosotros. A esta familia que estamos formando.

Ahí estaba. El cuchillo, envuelto en seda, servido con una copa de Vega Sicilia.

—¿Me estás diciendo que si te dejo le quitas el tratamiento a mi madre? —Alfonsina lo miró, helada.

—¡Por Dios, Alfonsina! —Federico se llevó una mano al pecho, escandalizado, pero sin levantar la voz, siempre pendiente de la sala—.

¿Cómo puedes pensar algo tan ruin de mí?

Me ofendes. Yo solo te digo la realidad.

Que la familia se cuida. Que cuando estemos casados, mi dinero será tu dinero, y el tratamiento de tu madre será cosa de los dos, y no tendrás que preocuparte por nada nunca más.

—Bajó aún más la voz—. Ahora, si tú decides romper esta familia...

pues las cosas cambian, claro. Ya no seríamos familia.

Y uno, con los de fuera, no tiene las mismas obligaciones que con los suyos.

Es ley de vida. Pero eso lo decides tú. Yo no te obligo a nada.

No la obligaba a nada. Solo le había dibujado, con toda claridad, la jaula: cásate conmigo y tu madre vive cuidada; déjame, y ya veremos si el amigo del golf sigue teniendo hueco en la agenda, y quién paga lo que falta.

Sin una sola amenaza explícita. Sin ensuciarse las manos.

Con una sonrisa impecable y media España mirando.

Alfonsina sintió que le faltaba el aire en aquel comedor precioso y asfixiante.

—Eres... —empezó, pero no encontró la palabra. No había palabra.

—Soy un hombre que te quiere. —Federico le cogió la mano por encima del mantel, esta vez con ternura de cara a la galería—.

Y que quiere cuidar de ti y de tu familia.

Eso es todo lo que soy. —Le acarició el dorso con el pulgar—.

Anda. Vamos a cenar tranquilos, y esta conversación no ha existido.

Estás cansada y asustada, y yo estoy aquí para sostenerte.

¿Vale? Cómete algo, que estás en los huesos.

Y Alfonsina, con la vida de su madre en un platillo de la balanza y su libertad en el otro, con el aire faltándole y toda aquella sala de mármol y apellidos vigilándola en silencio, hizo lo único que sentía que podía hacer en aquel momento.

Bajó la cabeza. Y se rindió.

—Así me gusta. —Federico sonrió, victorioso, y le besó los nudillos delante de todo el comedor, como quien sella un trato—. Mi chica lista.

Y a partir de ahí, Federico fue todo dulzura.

No hubo prisa, ni exigencia, ni un solo gesto fuera de lugar.

Al contrario. Se comportó como el hombre perfecto que sabía ser cuando le convenía: comprensivo, atento, cariñoso.

La invitó a cenar de su carta favorita, le habló con suavidad de lo dura que estaba siendo la enfermedad de su madre, de lo mucho que la admiraba por aguantar tanto, de que no tenía por qué cargar sola con nada nunca más.

—Tú tranquila, cariño. —Le acariciaba la mano por encima del mantel—. Que para eso estoy yo. Yo me encargo de todo. Tú solo tienes que dejarte cuidar.

Y Alfonsina, agotada, vacía, sin fuerzas para nada después de la emboscada, se dejó cuidar.

Cenó poco. Sonrió cuando tocaba. Y cuando terminaron, Federico la ayudó a ponerse la chaqueta, saludó a medio comedor camino de la salida —“un placer, como siempre”, “dale recuerdos a tu padre”— y la llevó él mismo hasta el portal de casa de sus padres, hablándole todo el camino de planes tranquilos, de lo bien que se iba a poner su madre, de lo felices que iban a ser.

Fue ya en el coche, parado frente a su portal, cuando Federico le tendió la mano, con la palma abierta.

—El anillo. Dámelo.

Y Alfonsina, por un segundo, sintió algo parecido al alivio. Lo ha entendido , pensó. Me lo pide para guardárselo. Me va a soltar. Ha entendido que no puedo, y me devuelve mi libertad. Sacó el estuche del bolso y se lo puso en la mano, con un hilo de esperanza encendiéndosele en el pecho.

Pero Federico no se lo guardó. Abrió el estuche, sacó el anillo, cogió la mano de Alfonsina, y se lo deslizó él mismo en el dedo, despacio, mirándola a los ojos.

—No te lo quites nunca más. —Su voz era suave, definitiva, sin una grieta—. Por nada del mundo. ¿Me oyes?